ANIMALADAS

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LOCOS DE ATAR

     El diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que se trata de una locura, pero también define la manía como extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada.

     Algunos personajes de la historia han sido víctimas de muy variadas manías; pero sin entrar en precisiones psiquiátricas, que las harían dignas de tratamiento en un diván, podemos recordar algunas de las que llevaron a cabo algunos de ellos.

     Puede que las de Calígula, variadas y constantes, no fueran más que la manifestación de una locura en toda regla, y es que historiadores y psiquiatras reconocen en su comportamiento la disociación de la personalidad propia de los esquizofrénicos. Nombró cónsul a su caballo Incitatus, obligó a los senadores a enfrentarse entre sí, como vulgares gladiadores, en el circo. Tan pronto despertaba aterrado en medio de la noche gritando fuera de sí, sin razón para ello, como durante el día ordenaba decapitar las estatuas de Júpiter para colocar en ellas su testa esculpida, creyéndose un nuevo dios. Pero dentro de su locura, el orate desarrolló manías, a cual más excéntrica. Los beneficiarios de ellas fueron las fieras del circo, que disfrutaron de un variado menú: primero de calvos, porque el emperador, ido del todo, un día despertó con aversión hacia ellos; después de filósofos a los que odió durante una temporada. Salvo el entonces joven Séneca, que se fingió gravemente enfermo y Claudio, tío del maniático, que pasaba por tonto, todos fueron eliminados.

     Naturalmente, no fue difícil encontrar quien liberara a Roma de semejante monstruo. Casio Quereas, comandante de los pretorianos, le clavó un puñal. Sus soldados hicieron lo propio con su esposa y su hija. Una sociedad desquiciada, dominada por el terror, se recuperaría gracias a su sucesor, el “tonto” Claudio que, listo, había logrado sobrevivir a su sanguinario sobrino.

     Mil quinientos años después, Carlos V hizo una visita a Brujas. El recibimiento fue majestuoso, como correspondía. El emperador, en agradecimiento a tal acogida, decidió concederles lo que pidieran. Preguntó qué necesitaban en la ciudad. Le contestaron que precisaban de un manicomio. Pasado un tiempo, el emperador volvió a la ciudad para hacer entrega de lo prometido. Había construido una muralla que rodeaba la ciudad y la entregaba a sus habitantes diciendo: “Ahí tenéis vuestro manicomio, pues estáis todos locos”.

    
    Un siglo más tarde, en Francia, un rey, de nombre Luis, de ordinal trece, anduvo entre manías toda su vida. Dicen que su padre, Enrique IV, le propinó una paliza cuando vio como su retoño, niño aún, aplastaba sin piedad la cabeza de un gorrión que acababa de capturar. El caso es que el pequeño Luis desarrolló una conducta peculiar durante toda su vida. Quien había nacido para ser rey, para ser servido, tuvo aficiones de lo contrario. Gustaba de servir a los demás. Cuando no ejercía de cocinero, lo hacía de barbero. En una ocasión se entretuvo en afeitar a sus oficiales que, resignados, vieron rozar su piel con el filo manejado por tan regias manos.

     Y si los hombres han sido objeto de manías variadas, los animales no lo han sido menos. Perros, gatos, palomas han sido causa de temor o afición según los casos.

     Nicolás Tesla nació en tierras balcánicas a mediados del siglo XIX. Hijo de un sacerdote ortodoxo, vivió sus primeros años en un medio campesino. Curioso y de viva inteligencia, ya de niño exhibió un comportamiento propio del inventor que llegaría a ser: valiéndose tan sólo de un paraguas para el aterrizaje, se lanzó desde el tejado de la casa familiar. Su intención era volar. Casi le costó la vida. Tenía cinco años. Después, más mayorcito, estudió ingeniería y tras un periplo por distintas ciudades europeas, a los 28 años emigró a los Estados Unidos. Allí dieron fruto sus investigaciones. Primero al servicio de Edison. Después, al de Westinghouse. Tesla firme partidario de la corriente alterna abandonó al primero y trabajó en el equipo del segundo(1). Al fin, independizado, solo, desarrolló una fértil actividad creadora. Registro más de doscientas patentes, la mayor parte de ellas de aparatos eléctricos; pero la añoranza por la campiña europea hizo mella en él. Comenzó a sentir pasión por las palomas, quizá lo más parecido a los gansos y aves de corral que revolotearon a su alrededor cuando trataba, cual Ícaro, de volar sobre la casa de sus padres. Su afición por las palomas fue tal que abandonaba el trabajo en su laboratorio y se dirigía a un parque cercano para darles de comer. Si no podía atenderlas él, siempre debido a fuerza de causa mayor, encargaba a otra persona que lo hiciese. La obsesión por las palomas le llevó a adoptar una como compañera. Decía mantener con ella comunicación telepática. Afirmaba que se comunicaban sus desdichas y se consolaban mutuamente. A estas alturas su iniciativa científica estaba agotada y sus recursos económicos muy disminuidos.

(1) La víctima de las disputas entre Edison y Westinghouse sobre este asunto fue un elefante que murió electrocutado en un experimento.
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ENANOS

    En un tiempo en el que la medicina apenas servía para aliviar males aplicando ungüentos, preparando infusiones o sometiendo al paciente a sangrías, la acondroplasia no figuraba entre las preocupaciones de los médicos de la época. Más bien se consideraba el enanismo como una anomalía de la que se aprovechaban los monarcas para su propia diversión.
  
    En todas las cortes europeas, los enanos eran buscados como bufones. Muchos de ellos gozaban de una inteligencia clara, que supieron utilizar en beneficio propio. En el siglo XVI, el primero de los Carlos que tuvo España como rey, y más tarde su hijo Felipe usaron de los servicios de estos personajes. Luego, Felipe III prescindiría de ellos casi por completo. Aquello duro poco. Felipe III tuvo un reinado breve. No llegó a cumplir los cuarenta años. Anciano en plena juventud fue sentado junto a una estufa en un frío día de invierno. La rigidez del protocolo le mató. Sólo el ayudante del Rey, el duque de Uceda, tenía atribuciones en los menesteres personales del monarca. El rey, sufrido, no se quejaba del calor que le subía hasta la cabeza, pero el marqués de Tovar sí advirtió las molestias del soberano, comunicándoselo al duque de Alba. Ninguno de los dos se atrevió a retirar el brasero. El duque de Uceda se encontraba fuera de Madrid. Se le hizo llamar y regresó precipitadamente. El rey, con los sudores producidos por el exceso del calor estaba consumido. Tenía fiebre alta. Contrajo una erisipela y al poco murió. Su hijo, Felipe IV, tuvo un reinado largo. Reanudó la presencia, en palacio, de los enanos y bufones. Velázquez, el pintor del rey, los reprodujo profusamente en sus cuadros. Eran pintados a menudo junto a perros para dejar patente su brevedad física. Sin embargo muchos de ellos, inteligentes, alcanzaron prebendas y distinciones.

    Mari Bárbola era de origen alemán. Fea, gordinflona y de rostro achatado, estaba al servicio de la reina. Recibía muchos regalos y amasó una nada despreciable fortunita. Velázquez la pintó en el cuadro de Las Meninas contrastando su fealdad con la delicadeza de la infanta Margarita María. Al lado de Mari Bárbola, con un pie sobre el mastín “León”, Velázquez retrató a Nicolasito Pertusato. Más listo que el hambre, también estuvo al servicio de la reina. Intrigante, pero cauto y discreto, logró que la reina lo nombrase ayudante de cámara. Desde entonces fue don Nicolás. Se hizo rico dejando como herencia tres casas en Madrid y más de quince mil ducados.

    Hubo más personajes, muchos de ellos pintados por Velázquez, que los retrata con toda crudeza: el Niño de Vallecas llamado el Vizcaíno, don Diego de Acedo, el Primo, personaje inteligente, prestó servicios en dependencias administrativas. Era mordaz en sus juicios, cualidad que se permitía explotar como bufón amparado en su aspecto.

    El resto de cortes europeas también se divertían con estos personajes. La citada Mari Bárbola tenía raíces alemanas. A Flandes fueron algunos y de allí vinieron otros: don Antonio, el Inglés, un enano distinguido, que llegó a tener criado, había llegado a España desde Flandes, enviado por la Infanta Isabel Clara Eugenia para divertir a Felipe IV cuando aún era un niño. La mayor parte de ellos lograron tener una vida mucho más acomodada de la que hubieran tenido que padecer de haber vivido fuera del Alcázar, en las sucias y pobres calles del Madrid de los Austrias. Calles de hidalgos famélicos, curas necesitados, pícaros desnutridos y mendigos harapientos.
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SOBRE LA SALUD, EL DINERO Y EL AMOR EN LA HISTORIA (II)

    Podría decirse que fue por amor que Isabel II de España perdiera el trono al estallar la “Gloriosa” revolución del 68; aunque más bien se debió a la pasión. Era Isabel una mujer fogosa a la que buscaron marido. Y le encontraron uno, que hizo decir a la reina tras la noche de bodas: “¿Que voy a hacer con un hombre que lleva más puntillas que yo?”

    Ella se desquitó de la frustración con creces. Fue amante de cuantos generales se le pusieron a tiro. También de militares de inferior grado. Así ocurríó en 1868. La reina disfrutaba de los últimos días de su veraneo en San Sebastián con el amante de turno. Éste no era otro que Carlos Marfori, sobrino de Narváez, y ministro en aquellos tiempos. En el séquito real se encontraba el Marqués de Alcañices. Al llegar desde Madrid las noticias del alzamiento el marqués aconsejó a la reina que retornara rápido a Madrid y que tomara el control de la situación, que el pueblo la aclamaría otorgándole el laurel de la gloria. Isabel le contesto: “Mira, Alcañices, la gloria para los niños que mueren y el laurel para la pepitoria”. Isabel, inconsciente y veleidosa prefirió salir de España con su amante, rumbo a París. Jamás volvió a reinar, aunque sí su hijo Alfonso, que fue el decimosegundo de los que ha tenido España con ese nombre. De Alfonso se puede hablar de amor, pero también de salud. Amor suyo fue el de la mujer con la que se casó: María de las Mercedes, la reina que inspiró a su muerte la famosa copla:

                                    ¿Donde vas Alfonso XII?
                                    ¿Donde vas, triste de ti?
                                    Voy en busca de Mercedes
                                    Que ayer tarde no la vi
                                    Tu Mercedes ya se ha muerto
                                    muerta está que yo la vi
                                    Cuatro duques la llevaban
                                    por las calles de Madrid.

    María Mercedes tuvo mala salud. Murió de tifus. El Rey, que murió tuberculoso tampoco disfrutó de buena salud, y además la poca que tenía no la cuidó. Aún así, tuvo tiempo de contraer segundas nupcias y dejar un hijo, que sería póstumo.

    También la salud bucal tiene su apartado aquí. La célebre Josefina Tascher de la Pagerie, amante primero, esposa después de Napoleón Bonaparte fue famosa por su belleza, pero es poco conocido el hecho de que ya casada con el emperador estuviera mellada, algo frecuente en la mayor parte de la población, sin distingos de clase. Regía el destino de España José Bonaparte, mientras la familia real española se encontraba retenida en Francia. Allí Carlos y su esposa María Luisa de Parma, en infame entrega al emperador, recibían atenciones del dueño de Europa. María Luisa, fea, como muestra Goya en sus lienzos, sin embargo, presumía de dos cosas: sus brazos y su dentadura. Al abrir la boca, exhibía una blanca fila de dientes que era admiración y envidia de cuantas cortesanas la trataban. Josefina, interesada, le solicitó información sobre los autores de la artesanía dental que lucía María Luisa. Se trataba de una familia de Medina de Rioseco, que fabricaba los dientes en porcelana y sabía como implantarlos en las mandíbulas, con éxito claro. Les llamaban los Saelices: Antonio y sus cuatro hijos. Josefina se dispuso a realizar el encargo para la compostura de su dentadura; pero llegó tarde. Las tropas de su marido invadían España, y las de uno de sus generales, Lasalle, saqueaban Medina de Rioseco. La matanza fue terrible. Antonio Saelices, su mujer, sus hijos y todos los empleados de su taller resultaron muertos. No fueron los únicos, pero sí los mas importantes para Josefina. La emperatriz, en adelante, lloraría sinceramente su ausencia dos veces al día.

    Si de la fe se dice que mueve montañas, del dinero puede decirse que además cambia de lugar la capital del un reino. Don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia, ya era también duque de Lerma. El rey, Felipe III, había concedido el ducado a su valido, que se ocupaba, ayudado por Rodrigo Calderón, de dirigir los asuntos de España al tiempo que se convertía en el hombre más rico de la nación. Mandó construir un palacio en Lerma, que parecía querer rivalizar con el alcázar de los Austrias, y convenció al rey para el traslado de la capital a Valladolid. Allí se construyeron palacios, conventos, casas. Rodrigo Calderón trasladó allí su vecindad. Se enriqueció igual que su mentor. Por fin la burbuja inmobiliaria estalló. El duque cayó en desgracia. Madrid recuperó la capitalidad. Acusados de corrupción el duque se puso a salvo al ser creado cardenal.

                                       Por no morir ahorcado
                                       el mayor ladrón de España
                                       se vistió de colorado.

    Rodrigo Calderón tuvo peor suerte. Fue ajusticiado tras largo e irregular proceso en la recién construida Plaza Mayor de Madrid.

Plaza Mayor de Madrid. 2006
   
    El ocaso del Duque de Lerma no resolvió los problemas de España. El propio hijo del duque, también duque, pero de Uceda, con la ayuda del Conde de Olivares, al que el caído, en su omnipotencia había negado la grandeza de España sustituyeron a los cesados. Ambos igual que sus antecesores fueron ganados por la codicia.
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SOBRE LA SALUD, EL DINERO Y EL AMOR EN LA HISTORIA (I)

      Dice la canción: tres cosas hay en la vida. Sobre ellas la Historia está plagada de anécdotas. Unas son reales, otras son meras fábulas atribuidas a protagonistas del pasado que, por su personalidad fueron referidas como ciertas, todas son curiosas.
      SALUD
     Sir Winston Churchill, nació en 1874. Su buena salud debió contribuir al enorme despliegue de actividad de la que hizo gala hasta su muerte, a los 91 años. A partir de los años cincuenta del siglo XX, comenzó a recibir homenajes y galardones, incluido el Premio Nobel de Literatura en 1954. Al cumplir los ochenta años concedió una entrevista en exclusiva a un joven periodista. Al terminar, éste le dijo agradecido:
-Muchas gracias Sir, espero entrevistarlo de nuevo cuando cumpla noventa años.
-Seguro que sí -le contestó Sir Winston- porque tiene usted cara de estar sano.

      Peor salud tuvo Carlos II. Fue el último de los Habsburgo españoles que rigieron los destinos de España. Se le llamo el Hechizado, porque se le creyó poseído por el mal. Realmente tenía una pésima salud. Había heredado todos los males de sus antepasados: una mandíbula prognática, por la que el mentón le sobresalía exageradamente, impidiéndole masticar correctamente y provocándole al tiempo problemas digestivos. Tenía las piernas hinchadas, purulencias, tumores y continuas diarreas, y se dice que fue impotente. A ciencia cierta no se sabe cuales fueron las causas de su muerte, pero tuvo convulsiones durante las últimas tres horas de vida. Puede que no muriera de ninguna enfermedad concreta. Puede que muriera de todas ellas; por ello le dijo a la reina, María de Neoburgo, al final, poco antes de morir: “Me duele todo”.
      Su impotencia debió de ser cierta, o al menos su esterilidad. No logró que ninguna de sus esposas engendrara un heredero. Es de suponer que su primera esposa, la joven María Luisa de Orleáns, traída de Francia, sí estuviera sana, aunque el pueblo le echara la culpa de no procrear:
                                                    
                                         Parid, bella flor de lis
                                         que en aflicción tan extraña
                                         si parís, parís a España
                                         si no parís, a París.

      Pero también hay protagonistas de la Historia con una muy buena salud. Benedicto XIII, el Papa Luna, vivió a caballo entre los siglos XIV y XV. Siendo el único Cardenal vivo anterior al Cisma, y siendo únicamente los Cardenales quienes podían elegir Sumo Pontífice, se nombró a sí mismo Papa. Fue Papa en Avignon y más tarde antipapa en Peñíscola, donde se enrocó manteniéndose en “sus trece” de ser considerado el único Papa legítimo de la Iglesia. Allí resistió, gracias a su determinación y ferrea salud, hasta los noventa y cinco años, tras haberse recuperado, incluso, de un envenenamiento con el que habían tratado de eliminarlo sus enemigos.

      DINERO
     Parece que fue cierta la anécdota que cuentan del general Castaños, el héroe de Bailén en la lucha contra el francés. Se encontraba el general en un besamanos el día de la pascua militar, un día de reyes, vestido de blanco con el uniforme de verano. El rey al llegar a su altura mostró su extrañeza por dicho atavío. Contestó el general: “Majestad, la estación lo requiere. Su majestad estará en enero; yo, que no tengo otro calendario que el de mis pagas todavía estoy en julio”.
  
      Y es que el dinero ha sido fuente constante de anécdotas. Cuentan que el Marqués de la Ensenada, ministro de Carlos III, fue reprendido por el monarca por el mucho gasto que hacía y la ostentación que practicaba. También tuvo justa respuesta al rey: “Señor, es por la librea del criado que se sabe de la grandeza de su señor”.

      Aunque los que más afición dedicaron al derroche en lujos y su ostentación fueron los propios reyes. En Portugal hubo uno de nombre Joao y ordinal quinto, que ordenó construir un monasterio en Mafra. Al decorarlo encargó que fabricaran un reloj de carillón. Cuando solicitó el precio del encargo le dijeron una cantidad exageradísima de dinero. El rey soberbio dijo: “No pensaba que fuera tan barato, quiero dos”.

      También interpretaron anécdotas curiosas el marqués de Salamanca, la mayor fortuna de España en su época y Narváez, el espadón de Loja, que tuvieron disputas económicas toda su vida. Por lo surrealista, hay quien dice que aquella en la que se afirmó que el marqués, con un billete de mil pesetas alumbraba el suelo en el que el general buscaba una moneda no sucedió.

      Pero si alguno de nuestros grandes personajes de la Historia demostró gran despego por el dinero no fue otro que don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Se sabe que, ya en España, después de sus victoriosas campañas de Italia, dijo a su contador: “Dad todo con liberalidad, que nunca se goza mejor de la hacienda que cuando se reparte”; y es comprensible que dijera esto quien al ser preguntado por su Rey, don Fernando, el Católico, acerca de los gastos de guerra le contestara con la archifamosa frase: “En palas, picos y azadones, varios millones”.

      En ocasiones no fue el dinero, sino su falta la que dio lugar a crueles sentencias, normalmente populares. Así le sucedió a doña Isabel de Braganza, esposa de Fernando VI, que tuvo que leer en un pasquín colocado en la puerta del palacio Real el siguiente ripio:

                                        Fea, pobre y portuguesa,
                                        ¡Chúpate esa!

      Y AMOR
      Sobre el cortejo y el amor, la infidelidad y el desamor, la Historia está plagada de casos anecdóticos. Se cuenta que en el antiguo Egipto hubo una prostituta llamada Archídice. Poseía una gran belleza y era requerida por los hombres más ricos de Egipto. Hubo un cliente que pretendió yacer con ella, pero Archídice lo rechazó por considerarlo insuficientemente rico. Se enteró más tarde de que el cliente rechazado proclamaba haber soñado con ella, por lo que la prostituta le reclamó una buena cantidad de dinero por dichas fantasías. El hombre se negó al pago y Archídice lo denunció a los jueces pretendiendo cobrar su tarifa. Los magistrados le dieron la razón: sentenciaron que ella debería soñar que su admirador le pagaba lo estipulado por el servicio.

      Muchos siglos mas tarde, Napoleón III quedó prendado de la española Eugenia de Montijo, con la que al fin se casó. Antes de hacerlo Eugenia se lo había dejado claro: Al regreso de una cacería el emperador pasó bajo el balcón en el que se encontraba con otras damas saludando el regreso de los cazadores. Napoleón se dirigió a ella preguntándole cómo podría llegar hasta allí. La española contestó: “El único camino, monsieur, es por la capilla”. Diez semanas después contraían matrimonio en Notre-Dame.

      Don Antonio Cánovas del Castillo fue presidente del gobierno en varias ocasiones, en alternancia con el liberal Sagasta, durante la Restauración. Era malagueño, y tenía el deje propio de su tierra. No cuesta mucho imaginar como respondió al rey, Alfonso XII, cuando éste le dijo:
-Mucho le deben molestar las señoras con tantas peticiones.
-Majestad, -dijo- a mí no me molestan las mujeres por lo que me piden, sino por lo que me niegan.
      En otra ocasión, ya viudo, una hermosa duquesa le propuso matrimonio. Cánovas le contestó: “Lo haría con sumo placer, de no tener usted dos hijas tan bellas a las que seguramente no podría mirar con ojos de padre”.
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COLUMNAS HUMANAS

    Vivió hace quince siglos. Había nacido en Sisan, ciudad de Cilicia, en aquellos primeros tiempos del cristianismo en los que las comunidades monásticas carecían de reglas rígidas que regularan la convivencia de sus miembros. En una de estas comunidades ingresó Simeón cuando tenía 17 años. Había decidido entregar su cuerpo a las prácticas ascéticas más mortificadoras como forma de entrega a Dios. Simeón destacaba entre sus compañeros por la extrema dureza de las penitencias que se imponía. Se aplicaba un cilicio, del que se dice fue inventor, y guardaba silencio durante largos periodos de tiempo. Su aislamiento provocó que el resto de los monjes le propusieran abandonar el cenobio. No resultaba todo lo sociable que deseaban y además, daba mayores muestras de sacrificio que ningún otro monje, lo que era causa de envidia.
   
    Se instaló en diversos lugares: un pozo, una cueva donde permanecía de pie la mayor parte del tiempo. Su fama se fue extendiendo. La gente comenzó a visitarlo. Le pedían consejo. Se acercaban a él para tocarlo. Simeón necesitaba aislarse. Primero se instaló sobre un montículo de piedras, pero la gente seguía acudiendo a verle. Después se hizo construir una columna sobre la que colocarse. Al principio tenía una altura de tres metros, pero no resultó suficientemente alta para sus propósitos. Hizo elevarla, sucesivamente, hasta los 18 metros. Allí, sobre una pequeña plataforma de apenas cuatro metros cuadrados vivió los siguientes 37 años. La tarima carecía de techumbre. Simeón estaba expuesto al castigo constante de la intemperie. Un poste situado en el centro de la plataforma y una pequeña balaustrada eran las únicas instalaciones del tablado. El poste era utilizado para atarse y poder mantenerse erguido durante la cuaresma, en la que tenía el propósito de mantenerse en pie los cuarenta días de su celebración. Desde lo alto, Simeón predicaba a quienes abajo aguardaban pacientemente que se asomara. El resto del tiempo permanecía en oración. Un día de 459 al ver que no se asomaba para su predicación diaria, Antonio, un discípulo suyo, subió a la plataforma. Encontró al asceta postrado en el suelo, en la posición en la que acostumbraba a orar, muerto.

    Fue Teodoreto, Obispo de Ciro, población cercana al lugar donde Simeón elevó la columna quién dejó escrita la biografía del Santo, dando fe de lo sucedido con detalle de lugares y fechas.

    Simeón el estilita fue imitado por muchos otros: Daniel y Simeón el joven, casi un siglo después, también construyeron sus moradas en lo alto de pilastras en las que vivieron casi toda su vida: ambos tuvieron también reconocimiento de Santidad por la Iglesia.

    Había lugares en los que se erigían columnas unas al lado de otras hasta formar auténticos bosques de columnas, cada una de ellas coronada por un ser humano.

    La moda perduró durante siglos. Sobre todo hasta el siglo X fue muy frecuente la existencia de estilitas; pero llegó a haber casos hasta el siglo XIX, como Serafín de Sarov, un santo ortodoxo georgiano, que habitó durante tres años en lo alto de una columna. Del último estilita se desconoce el nombre, pero se sabe que fue un monje del monasterio rumano de Tizmana. Él como todos sus antecesores se encaramó en lo alto de una pilastra, alejándose drásticamente de lo terrenal en busca de la “fuga mundi”.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. GRANADA

    Apreciada por los españoles, también los extranjeros la han admirado. Chateubriand escribió un cuento de amor sobre ella: “El último abencerraje” y habló de sus ríos: “El Darro lleva oro, el Genil plata”. Washington Irving también escribió cuentos, los de la Alhambra. Su inspiración para hacerlo contó con un gran estímulo. Fueron escritos en las habitaciones del emperador, que el escritor norteamericano ocupó, en la propia Alhambra, cuando, durante su misión diplomática en España, estuvo en Granada en los años treinta del siglo XIX. El viajero no puede alojarse en la Alhambra. Se conformará con visitarla, pero toma habitación en hotel bien céntrico. Cerca tiene la Catedral, la Capilla Real, la Alcaicería y el inicio de las calles que cuesta arriba se adentran en el Albaicín.

    El viajero aprende, plano en mano, donde está lo que le interesa. Pasea por el dédalo de la Alcaicería, bazar muy disminuido en tamaño de lo que fue zoco y mercado de sedas, que sufrió incendio en mil ochocientos y pico, y fue reconstruido y confinado a un recinto que hoy hace las delicias de los compradores de recuerdos. En uno de sus límites, atravesando un arco de herradura sale a la plaza de Bib-rambla, donde desde siempre se han desarrollado todo tipo de actos: torneos, festejos, autos de fe, mercados. En otro de sus bordes el viajero cumple con el rito: tapear. Sentado en una mesa de mármol que tiene a su lado un cartelito con el aviso de que esa y las contiguas datan de los años mil novecientos treinta, que a ellas estuvieron sentados Falla y García Lorca y que, por lo pesadas y la fragilidad del mármol nadie debe tratar de moverlas, el viajero degusta unas habitas con jamón de Trévelez.

    Con el gusto satisfecho, el viajero sube por la calle de los Oficios. Entra en la Capilla Real. Fue deseo de la reina Isabel que sus restos y los de su esposo reposaran en Granada. Para ello mandó construir esta capilla; pero primero la reina y doce años después el rey, fallecieron sin que la capilla hubiera sido terminada. Su nieto, Carlos I de España, fue el encargado de continuar la obra. El emperador no estaba convencido de la idoneidad del lugar elegido por su abuela Isabel. Pensó en emplazar los restos de sus abuelos en la Capilla Mayor de la catedral. Encargó a Diego de Siloé su construcción –que ya había sido proyectada por los Reyes Católicos– pero finalmente el nieto cumplió la voluntad de sus católicos abuelos y los restos de los vencedores de Boabdil fueron depositados en la Capilla que la reina Isabel quería que fuera su última morada. El viajero, ya dentro de la capilla, ve los sepulcros de los Reyes Católicos, de su hija doña Juana y yerno don Felipe, en el centro de la capilla, sobre la cripta con los féretros que conservan sus cenizas. Saliendo de la Capilla Real el viajero rodea la catedral. La fachada principal es obra de Alonso Cano. Sabe el viajero que este artista, granadino de nacimiento, de vida agitada, protegido de Velázquez, desarrolló su genio en la pintura, la escultura y la arquitectura. La catedral es prueba de ello. Mucho de lo que hizo está allí. Tiempo tuvo para ello. Vivió durante una buena temporada en el primer piso de la torre, hasta que el cabildo catedralicio irritado por su comportamiento le ordenó abandonarlo. Su carácter irascible se advierte en los tratos que mantuvo con un cliente, un magistrado que le encargó una imagen de San Antonio de Padua. Al entregar la obra, solicitó el pago, que el artista fijó en cien doblones. El Magistrado contrariado le observó lo elevado del precio, diciéndole que le cobraba más de un doblón por día trabajado, más de lo que él mismo ganaba como magistrado. Cano irritado arrojó la figura al suelo, haciéndose añicos, mientras le decía al magistrado que el rey podía nombrar cuantos magistrados quisiera, pero un Alonso Cano capaz de hacer un San Antonio así, sólo estaba reservado a Dios. El viajero disfruta de la catedral, y en la sacristía, de una obra maestra: la escultura de la Inmaculada Concepción obra del omnipresente Cano.

    Si lo visto es la obra cristiana que decora Granada, al viajero le toca visitar la obra musulmana: el Generalife, palacio de verano de los reyes, en lo alto del cerro del Sol, y los palacios nazaríes, en la Alhambra. Hasta llegar allí el viajero pasea por los jardines. Por fín llega a los palacios. En una sucesión de salas y patios donde la geometría decora todos los rincones, el viajero deambula entre susurros de agua, admirando mocárabes y celosías en los palacios en los que disfrutaban del lujo, pero también conspiraban zegríes y abencerrajes. Desde el peinador de la reina, en las dependencias cristianas de los palacios nazaríes el viajero ve el Albaicín. Mira atento, busca y ve la torre de la iglesia de San Nicolás. Allí quiere ir el viajero.

La Alhambra

    Al barrio del Albaicín el viajero sube callejeando entre blancas paredes, pasa por la plaza de San Miguel Bajo y enfila directamente hasta la plaza de San Nicolás. Se hace tarde, el sol desciende deprisa y quiere disfrutar de la más universal de las vistas de la Alhambra. La luz arrebolada del ocaso alumbra la Alcazaba y el palacio de Carlos V. Detrás, a lo lejos, imponente, Sierra Nevada. El viajero fotografía lo que ve y continúa Albaicín adentro, se asoma a varios cármenes, ya vio otros en el Realejo, y desde el barrio del Sacromonte regresa al centro por la acera del Darro, custodiado en su paseo, ya casi nocturno, por la mole de la Alhambra, cruza la Plaza Nueva y llega a su destino.

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JUANA, LA PAPISA QUE NO FUE

    Allá por el año 855 ocurrió un hecho, que hasta el siglo XVII fue considerado histórico por la Iglesia. Fue elegido Papa, con el nombre de Juan VIII, una mujer. Nadie supo que lo era hasta que un parto, en el momento menos oportuno, descubrió el embarazo que había logrado ocultar durante nueve meses.

    La protagonista de esta historia había nacido en el año 822 en un pueblo alemán próximo a Maguncia. Una versión de la leyenda dice que el padre, monje, crió a su hija en un ambiente de estudio y fervor religioso, por lo que la pequeña Juana se convirtió en un modelo de virtud y sapiencia. Acompañando a su padre en el peregrinaje entre monasterios, Juana se instruía en todas las disciplinas, algo infrecuente entre las mujeres; otra, apunta a que acompañó a un amante, estudioso y viajero, al que imitó en el aprendizaje. No habría conseguido mantener dicho tipo de vida nómada y de formación de no haber adoptado, desde un principio, una indumentaria y modos masculinos. Viajo a Constantinopla y Atenas. Estuvo en Tierra Santa y, por fin, regresó a Europa. A mediados del siglo IX llegó a Roma. La Ciudad Eterna era un hervidero de disputas entre las familias más poderosas. Juana, culta y aparentemente virtuosa, no tardó en introducirse en los círculos pontificios. Ocupó varios cargos hasta obtener el cardenalato y, tras la muerte del Papa León IV fue elegida para ocupar la silla de Pedro. Poco más de dos años duró su reinado. Su virtud y santidad no debían estar reñidas con la lujuria. Juana quedó encinta. Sus mantos, casullas, túnicas y sobrepellices, que tan bien habían ocultado su género, disimularon igualmente su preñez; pero durante una procesión que presidía montada a caballo y discurría entre San Pedro y San Juan de Letrán ocurrió el parto. La gente primero atónita, luego enfurecida por el engaño, dio cuenta de ella lapidándola.

    La historia comenzó a difundirse en el siglo XII. Juan de Mailly, un monje dominico, y Martín el Polaco son dos de los principales divulgadores de la misma. Cada uno de ellos la sitúa en un tiempo histórico diferente; pero en esencia el relato, con mínimas diferencias, es el mismo. La propaganda que se hizo del caso fue considerable, y dio lugar a que la Iglesia la diera por cierta. A dicho convencimiento de certeza se ha debido la existencia de obras de arte, losas con inscripciones y esculturas que conmemoraban el hecho: en la catedral de Siena, en los bajorrelieves situados en el techo que representan a los Pontífices habidos hasta hoy, hubo un busto de la papisa situado entre León IV y Benedicto III.

    La leyenda también ha dado lugar a otros bulos. Se dice que a partir de dicho engaño la Iglesia comenzó a utilizar los sillones perforados. Son éstos unos asientos fabricados de pórfido o mármol con un orificio central, abiertos por la parte delantera que, las lenguas maledicientes se ocuparon de afirmar que eran usados para comprobar la masculinidad de los Papas. Quedan dos de ellos: uno está en Roma, el otro, llevado a Francia por Napoleón, está en el museo del Louvre. La mayoría de los estudiosos convienen en que dichos asientos no son otra cosa que sillones de alivio.

    Todo este cúmulo de fantasías, fueron en un principio usadas para desprestigiar al Papado Romano en una época de desorden. Se dice que el ficticio relato de la papisa Juana fue inventado por la Iglesia de Oriente, que no hacía mucho se había separado de Roma con el Cisma de Miguel Cerulario en 1054, y que la invención probablemente fue traída a occidente en el trasiego de Las Cruzadas. La Iglesia —y también la Historia— consideran hoy el caso como una leyenda. Una más de las muchas historias que, siendo inciertas, han pasado durante siglos como auténticas, y que, aún hoy, hay quien las quiere suponer así.
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EL TESORO DE PISCO: LA VERDADERA ISLA DEL TESORO

    Pisco es una población costera del Perú. Allí, hace más de un siglo, durante la Guerra del Pacífico que enfrentó a Bolivia, Chile y Perú entre 1879 y 1883, cuatro mercenarios: un español, un inglés, un norteamericano y un irlandés, aprovechando la confusión creada por el conflicto, convencieron al párroco de una iglesia de la localidad para que pusiera a salvo las riquezas del templo, trasladándolas a Lima o Cuzco, ciudades más seguras que Pisco. Embarcaron unas catorce toneladas de oro y joyas. Una vez en alta mar, los mercenarios asesinaron al fraile y a la tripulación del barco, apropiándose del tesoro. Luego, tomaron rumbo a las islas del Pacífico. Cuando llegaron a las Tuamotu, un archipiélago de atolones coralinos, enterraron la mayor parte del tesoro junto a la laguna de uno de los atolones, dirigiéndose después a Australia con el resto.

    Gastando el dinero a manos llenas, pronto acabaron con su fortuna. Decidieron, entonces, dirigirse al norte donde había una mina de oro. Allí pensaban reunir el dinero suficiente para adquirir un barco con el que ir en busca del resto de su tesoro; pero el español y el inglés resultaron muertos por los aborígenes, y el norteamericano y el irlandés acabaron con sus huesos en la cárcel a causa de una riña en la que resultó un hombre muerto. Cuando terminó la pena de veinte años a la que habían sido condenados, sólo el irlandés se mantenía con vida. Viejo y enfermo falleció al poco tiempo, pero antes de morir había transmitido el secreto del tesoro a un tal Charles Howe, un cazafortunas que, tras verificar la historia, organizó en 1913 una expedición a las Tuamotu en busca del tesoro. Después de varios años de infructuosa búsqueda cayó en la cuenta de que se había equivocado de isla. Por fin, cerca del atolón de Raraka, localizó el tesoro. Extrajo una parte de él y volvió a enterrar el resto con la intención de volver en su busca más adelante, de manera mas discreta. En 1932 Charles Howe, poco antes de emprender la expedición que le iba a convertir en un hombre rico, desapareció en la selva. Nada más se supo de él.
   
    Dos años después, otro aventurero que había conseguido apropiarse de los apuntes de Howe, incluido un plano que permitía localizar el tesoro, preparó otra expedición al atolón. Su nombre era George Hamilton y era un experto buceador. Ya en la isla, comenzó las perforaciones en la laguna, en el lugar en donde dedujo estaría el tesoro, pero conforme ahondaba en el fondo de la laguna, las corrientes del lago volvían a cubrir de arena el foso. Las condiciones de trabajo se hicieron muy difíciles. Hamilton fue atacado por un pulpo gigante. Al fin, Hamilton abandono la búsqueda.
  
    En 1994 el recuerdo del tesoro seguía vivo. Un descendiente de Hamilton examinó la vieja documentación y dispuso una nueva visita a la isla del tesoro, que también fracasó. La expedición se vio envuelta en una terrible tormenta de la que salieron con vida de milagro. No ha sido el último intento. Una popular productora de documentales dispuso el patrocinio de una nueva expedición a la isla. La expedición fue suspendida antes de partir. El tesoro sigue bajo las arenas de un perdido atolón polinesio. Quizá su destino no sea acabar en las manos de un aventurero. Puede que quede enterrado para siempre. Es posible que lo encuentre alguien que lo embarque de vuelta a Pisco. ¿Quién sabe? ¿Querría descubrirlo usted?
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