¡QUÉ MALA SUERTE!

    Sin querer ahondar en cuestiones filosóficas acerca del fatalismo, la predestinación y el libre albedrío que lleven a discutir sobre la libertad del hombre, lo cierto es que hay ocasiones en las que suceden hechos indeseados, algunas veces de modo encadenado, que llegan a conmovernos por la indefensión ante lo irremediable.

    Y es que personajes de la historia tocados por la mala suerte hay muchos, pero si hay uno del que podemos hablar con propiedad de haberla tenido no es otro que el escritor uruguayo Horacio Quiroga.

    Casi recién nacido el pequeño Horacio quedó huérfano de padre. Un disparo de escopeta acabó con su vida. Si fue un disparo accidental o un suicidio no quedó esclarecido, el caso es que el pequeño Horacio quedó sin padre, aunque por poco tiempo. Su madre pronto contrajo nuevas nupcias; mas la mala suerte de Horacio no había hecho más que comenzar. Su padrastro muy deprimido a causa de una apoplejía decidió quitarse la vida, y no se le ocurrió peor manera que hacerlo con la escopeta que había dejado huérfano al chiquillo. En presencia de éste, Ascencio Barcos, que así se llamaba el padrastro de Horacio, apretó el gatillo del arma con el pulgar de su pie, muriendo en el acto.

    La vida de Horacio quedó marcada por el fatalismo y la desgracia. En mil 1902 Horacio Quiroga está en Uruguay. Ha regresado de Europa. En París ha conocido a Rubén Darío y a Manuel Machado, pero también ha pasado muchas penalidades. Y es en Montevideo donde la mala suerte le acecha de nuevo. Está en un hotel. Limpia el arma con la que su amigo Federico Ferrando se tiene que batir en duelo al día siguiente. Si el 6 de marzo de 1902 Federico debió morir o matar nunca lo sabremos. Accidentalmente a Horacio se le dispara el arma y pierde un amigo. La muerte de Ferrando ha sido fortuita, la justicia así lo entiende. Horacio queda libre y viaja a Buenos Aires.

    En 1910 contrae matrimonio con la jovencísima Ana María Cirés que le da dos hijos. El matrimonio se traslada a Misiones donde Horacio pone en funcionamiento una explotación agrícola, sin ningún éxito económico. Esto y el carácter atormentado de Horacio debieron ser la causa de que su matrimonio no durara mucho. Deprimida, Ana María también pone fin a su vida envenenándose.

    Aún continúan sus desgracias: pierde dos hermanos fallecidos a causa del tifus; pero entonces parece que su suerte cambia. Contrae segundas nupcias, esta vez con María Elena Bravo, treinta y un años más joven que él; sin embargo lo que puede parecer como la ruptura con la desgracia no es más que un espejismo. María Elena le abandona llevándose a la hija fruto del matrimonio.

    Y su mala suerte continúa con él mismo. Su salud nunca fue buena. Asmático desde la niñez, ahora a los cincuenta y ocho años se encuentra en un hospital. No es el asma la causa, sino una incurable enfermedad del estómago. Horacio pide permiso para salir. Se lo conceden. Cuando vuelve al hospital la vida se le está yendo. El cianuro comprado en una farmacia hace su efecto. A la mañana siguiente, 18 de febrero de 1937, yace sin vida en la cama del hospital.

    Sirvan unas rimas de Guillén de Castro escritas tres siglos antes para resumir la vida de quien se quedó en el intento de ser feliz.

                        Aquí yace un dichoso desdichado
                        que desdichado fue por ser dichoso.

*Algunos de los cuentos de Horacio Quiroga pueden leerse en http://www.patriagrande.net/uruguay/horacio.quiroga/cuentos.htm

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ORDALÍAS

     Fue durante la baja Edad Media cuando la inquisición hizo uso frecuente de los juicios de Dios. Con la certeza de que los acusados serían incapaces de sobreponerse a los castigos a los que el verdugo les sometía, salvo hecho milagroso, los inquisidores no dudaron en invocar tales juicios para sus fines; sin embargo, en ocasiones, han sido los agraviados, en los juicios de los hombres, los que han emplazado a ordalías o juicios de Dios a sus jueces, para obtener justicia divina. El resultado: una mezcla de Historia y leyenda.

     Fernando IV fue rey de Castilla entre los siglos XII y XIII, y ha pasado a la Historia con el apelativo del “el Emplazado” debido a su muerte inesperada, probablemente, a causa, según modernas investigaciones, de un ataque coronario. Fue en Palencia donde se produjo el terrible asesinato de Juan de Benavides, un notable personaje de la ciudad. Dos hombres embozados le asaltaron en la noche, dándole muerte. Nadie pudo reconocer a los agresores y pareció que el crimen quedaría impune, pero pasado largo tiempo, estando el rey de campaña por tierras de Andalucía, llevaron a presencia del rey a dos hermanos, Juan y Pedro Carvajal. Se les acusaba del asesinato de Benavides. Las pruebas de su culpabilidad no eran concluyentes. Apremiado por los avatares de la campaña militar, el rey dictó sentencia, haciendo caso omiso de las reclamaciones y ruegos de los hermanos Carvajal, que manifestaban su inocencia. Había en Martos, donde se encontraban, una gran montaña que, como si fuera cortada a cuchillo, formaba una peña de mucha altura. Se les introdujo en unas jaulas forradas de pinchos en su interior y fueron arrojados desde lo alto de la peña. Los desgraciados murieron en la caída y sus cuerpos llegaron a fondo del precipicio totalmente desfigurados; pero antes de ser despeñados emplazaron al rey, que les condenaba a tan inicua muerte, al juicio de Dios en el plazo de treinta días desde su condena. Al poco, el rey se sintió enfermo. Era joven y no había explicación para su enfermedad. El temor a que se cumpliera la ordalía a la que le habían emplazado los ajusticiados causó gran preocupación al rey y su séquito. Al fin, el monarca se fue recuperando de su inesperada enfermedad. Al cumplirse el plazo dado por los hermanos Carvajal estaba totalmente restablecido y celebró su recuperación y las victorias de su ejército comiendo y bebiendo en abundancia, y haciendo burla de las amenazas recibidas. Al final del día el rey se retiró a descansar. Por la mañana, al entrar en sus aposentos, encontraron su cuerpo sin vida.

     Más de dos siglos después, en 1453, en la plaza Mayor de Valladolid, era ajusticiado por orden del rey Juan II de Castilla don Álvaro de Luna. Condestable de Castilla, conde de Santiesteban y Maestre de la Orden de Santiago fue el hombre más poderoso del reino después del rey. Había sido encumbrado por el joven monarca, al que manejó desde el principio. Odiado por la nobleza, movió los hilos del poder a su antojo. Intervino a favor de su rey en ocasiones, en contra otras veces; pero el rey, incapaz, pusilánime y más dado a los placeres que al gobierno del reino siempre acudía a él. El matrimonio del rey con Isabel del Portugal supuso el fin de don Álvaro. La influencia del de Luna sobre el monarca fue sustituida por la de la reina, que con la nobleza de su parte urdió una conspiración en contra del privado, que fue detenido, preso y juzgado en el castillo de Portillo. Llevado a Valladolid fue degollado el 2 de junio de 1453.

    En ese preciso instante descargaba sobre Segovia una grandísima tormenta con gran aparato eléctrico. Juan II, en el Alcázar, quizá con mala conciencia, tuvo una visión. Por un instante, en el tiempo que dura un relámpago, vio como el de Luna, que le había servido durante treinta años, le requería a comparecer ante Dios en el plazo de un año, para explicar como había pagado los servicios que le había prestado.

El alcázar de Segovia. 2005

     La tormenta cesó; pero el rey ya no sería el mismo. Aquejado de males constantes, siempre melancólico, se trasladó a Valladolid. Allí le sobrevino la muerte. Era el mes de junio de 1454. Había pasado un año desde la muerte de don Álvaro de Luna.
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QUE EL CIELO LO JUZGUE

    Es una de las esculturas más famosas de su autor, y de entre las muchísimas que hay en el monasterio de El Escorial, de las más admiradas. Y la esculpió un artista tenido por corrupto, inmoral, sin más principios que aquellos que podían beneficiarle, mujeriego y sodomita al mismo tiempo y, asesino. Se podría pensar que con tal semblanza personal, hecha por los historiadores, según sus actos y su autobiografía “Vita”, su padre, Giovanni, un maestro de obras florentino y aficionado a la música, anduvo errado al bautizarlo con el nombre con el que expresaba la alegría de su nacimiento, de su llegada a este mundo: Benvenuto.

    El saludado y nombrado así por su padre nació al comenzar el siglo dieciséis. Su vida transcurrió entre amigos y enemigos, entre cuidad y ciudad. Ya de joven, en su querida Florencia, tuvo una disputa con los hermanos Guasconti, también orfebres: apuñala a uno de ellos y se ve obligado a huir, lo hace disfrazado de fraile. Su destino es Roma. Su fama crece, el Papa le quiere, le da trabajo y le protege. Allí participa en la defensa de la ciudad frente a las tropas de Carlos de Borbón, al que, se dice, ha matado de un disparo de arcabuz. No hay certeza de que fuera así, pero sí de que asesinó tiempo después a un guardia que en defensa propia había matado a un hermano suyo durante una pelea; y a Pompeo de Capitaneis, otro orfebre al que acusaba de quitarle el trabajo: dos certeros cortes con su puñal dan con el rival en tierra para siempre; pero Cellini es un artista famoso, quienes tienen el poder y el dinero quieren que trabaje para ellos, también el nuevo papa Pablo III, que le protege, como hizo el anterior, aunque también tiene enemigos, y algunos de ellos quieren vengar a sus amigos asesinados. Benvenuto huye. Primero va a Florencia, después Venecia, París, otra vez Florencia, otra vez Roma… y, nueva disputa, ahora con el famoso Bandinelli, al que tacha de mal escultor.

    Porque Benvenuto Cellini se tenía a sí mismo como un buen escultor, aunque fuera más conocido como orfebre. Lo cierto es que tenía genialidad sobrada para todo arte, y fue él quien, como inspirado por la gracia divina, realizó el Cristo de mármol blanco que hoy podemos ver en el monasterio escurialense.

    Esa inspiración le ha llegado en 1566, cuando Benvenuto tiene 66 años. Esculpe “el Cristo”. Primero lo realiza en cera, por fin en blanco mármol de Carrara. Está orgulloso de él. Aunque, durante su vida, no ha cumplido como un buen cristiano, Benvenuto, como él mismo dice, se considera inspirado por el Todopoderoso para realizar una obra que le sitúa al nivel de los más grandes escultores. El Cristo acaba siendo comprado por Cosme de Medicis, que no lo había aceptado como regalo del escultor. En 1576 Francisco I Medicis, sucesor de Cosme lo dona a Felipe II, que lo aprecia en lo que vale. Lo manda llevar al monasterio del Escorial., obra cumbre de su reinado: palacio, monasterio y sepulcro suyo. La desnudez del cuerpo, objeto de crítica, impide que sea instalado en la sala capitular. Los monjes se oponen a tenerlo donde se reúnen, pero no impide al rey Felipe admirar la perfección y la belleza de la obra. Queda instalado en una capilla donde aún está, cubierta su desnudez, pero igualmente admirable, tal y como lo concibió Benvenuto Cellini. Juzguemos sólo su arte: esplendido, y sea el cielo quien juzgue su alma, en la que creía como mejor parte del ser humano, según manifestó en su testamento.
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LA MÁSCARA DE HIERRO

    Que haya habido un hombre que, durante toda su vida, se haya visto confinado, sin ser culpable de delito alguno, y con el rostro oculto para que nadie pudiera reconocerlo, más aún, conocerlo siquiera, es algo que siempre ha despertado la curiosidad de historiadores, novelistas y en nuestra época directores de cine. Varias películas se han rodado, con más o menos rigor, relatando las desventuras de tan enigmático personaje.

    Aunque se ha dudado de su existencia; sin embargo, está comprobado por la historia que el enmascarado vivió, ya que se conoce el nombre de su carcelero, el mosquetero Saint-Mars, el lugar de su muerte, la Bastilla, y la fecha, el 19 de noviembre de 1703.

    También parece claro que no fue cubierto con una máscara de hierro. En realidad su rostro debió verse oculto por algún tipo de antifaz, probablemente del tipo veneciano, de terciopelo, que cubría frente, nariz y pómulos. Aceptada su realidad existen varias hipótesis acerca de la posible identidad de tan desgraciado ser. La más difundida, aunque no por ello la más verosímil, es la que le atribuye parentesco fraterno con el rey Luis XIV de Francia. Según esta teoría, el rey Sol no habría soportado la existencia de un gemelo que eclipsara su luz. Voltaire, influyente como pocos en el siglo XVIII, defendió esta hipótesis. Novelistas, pero también historiadores, en el siglo XIX, la apoyaron. El vizconde de Bragelonne, tercera parte de una trilogía formada por “Los tres mosqueteros” y “Veinte años después” de Alejandro Dumás padre, sirvió para difundirla. Pura fantasía, como lo fue también mucha de la historia difundida por autores románticos en el siglo XIX. Pese a ser aún la creencia más aceptada, historiadores más rigurosos y críticos rechazan dicha solución.

    Otra hipótesis sobre la personalidad del prisionero enmascarado recae sobre Nicolás Fouquet. Había entrado en la administración de la mano de su padre y poco a poco había ascendido hasta convertirse en ministro de finanzas. Amasó una gran fortuna y adquirió con parte de ella un palacio que acondicionó y decoró de tal forma que rivalizaba con los del rey. Preparó una gran recepción a la que asistió Luis XIV. El rey Sol, una vez más, envidioso, creyéndose oscurecido, mandó apresar a su ministro. Tras un largo e inicuo proceso, Fouquet no volvió a ver la luz. Surgen dudas sobre su muerte. Aunque se afirma que falleció en 1680, no consta certificado alguno de su muerte. ¿Permaneció preso después de su fallecimiento oficial? Fouquet hubiera tenido 88 años al morir en la Bastilla en 1703. Es improbable que fuera el enmascarado, pero no imposible.

    También pudo serlo Antonio de Matthioli. Éste era secretario de Estado del duque de Mantua. Joven, impulsivo, estaba en la cima del poder, y hacía uso de él. Para ello precisaba de mucho dinero, y a cambio de él ofreció a Francia una fortaleza, que no pensaba entregar: Casale. Luis XIV, engañado, lo capturó y ordenó fuera preso hasta el fin de sus días. Nadie preguntó por él. Tampoco su duque movió un dedo por salvarle.

    Estos personajes y otros muchos han sido propuestos por la imaginación popular y también por la de los estudiosos como el desgraciado enmascarado, habitante de la Bastilla, custodiado por el mosquetero Benigne de Saint-Mars, persona muy próxima al rey. Saint-Mars se llevó a la tumba en 1708 el secreto de su identidad, cinco años después del fallecimiento del hombre de la máscara de hierro.
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MILAGRO

    Sucedió en Guadalajara el 11 de enero de 1495… Así, o de forma parecida, pudo comenzar el expediente que se dice abrió la Iglesia a causa de lo sucedido al morir don Pedro González de Mendoza en su palacio de Guadalajara.
   
    En la misma ciudad había nacido don Pedro sesenta y siete años antes en casa del marqués de Santillana, su padre, con el que estuvo muy unido. De los nueve hermanos que tuvo cuatro eran mayores y el primero de ellos, don Diego Hurtado de Mendoza, llegaría a ser el primer duque del Infantado por gracia concedida por los reyes Católicos.

Palacio del Infantado. Guadalajara. 2009
 Guadalajara. Palacio del Infantado
   
    Pero si el primogénito inauguró un ducado cuyo titular lograría ser Grande de España, el quinto retoño del marqués fue considerado como el tercer rey de España. Dedicado a la carrera eclesiástica, pasó como obispo por distintas diócesis hasta ser creado cardenal, despertando la envidia del arzobispo de la sede Primada don Alonso Carrillo de Acuña. Éste fue importante personaje, intrigante y conspirador desde los tiempos de Enrique IV, que quedó con las ganas de poner sobre su cabeza el solideo rojo y que sin querer, al morir, dejó la plaza a su rival de toda la vida: don Pedro González de Mendoza.

    Don Pedro, según sus biógrafos, también fue influyente, muchísimo, pero sin doblez. No olvidó su papel pastoral, pero dedicó sus esfuerzos a la política, aconsejando a los Reyes Católicos, que lo tenían en mucha consideración, en especial doña Isabel.

    Tal fue su ascendencia sobre la reina que cuando ésta quedó sin confesor por el traslado, como arzobispo, del que tenía hasta entonces, don Fernando de Talavera, a la diócesis de Granada, influyó decisivamente en el nombramiento para dicho cargo en la persona de un fraile franciscano, apenas conocido, humilde, dedicado a la vida monástica, al que había conocido en Sigüenza: Gonzalo Ximénez.

    Gonzalo Ximénez había sido capellán mayor de Sigüenza por orden del cardenal don Pedro, en esos momentos obispo de la ciudad, pero Gonzalo, más dado al misticismo que a los asuntos del siglo, ingreso en la orden franciscana. De allí lo sacó don Pedro para presentárselo a la reina, que logró convencer al fraile, que aceptó, dócil, los deseos de su Católica majestad. Si grande llegó a ser el cardenal Mendoza, no menos lo sería su protegido, el nuevo confesor de la reina: la Historia le conocería como cardenal Cisneros.

    En su lecho de muerte el cardenal Mendoza estuvo rodeado de familiares y amigos. Entre estos Isabel y Fernando, que se trasladaron a Guadalajara al conocer el inmediato final de quien les sirvió leal siempre. Aquel undécimo día del mes de enero de 1454, apareció en el cielo, en la vertical de la casa del Cardenal, una cruz. Llamó la atención sobre ella el conde de Coruña, hermano del moribundo, pero fueron muchos los que la vieron. Allí, sobre la última morada terrenal de don Pedro estuvo largas horas de aquel día. Tanta seguridad tuvieron en la realidad de la cruz que se veía que hasta fue estimada su altura en unos cuarenta codos. Los reyes comunicaron el hecho milagroso a Roma, pero del expediente que se abrió para investigar lo sucedido no hay rastro conocido. Porqué y cómo desapareció se desconoce, pero de que existió parece no haber duda. Varias fuentes lo aseguran y dan cuenta de ello: una Historia de Toledo, obra de don Francisco de Pisa es una de ellas; otra los escritos de don Esteban de Garibay, cronista de Felipe II. Y no son las únicas.

    ¿Hubo quien quiso promover su canonización? ¿Tuvo enemigos que quisieron impedirlo? ¿Pesó en ello el hecho de haber engendrado dos hijos en su juventud? Son incógnitas difíciles de despejar en una ecuación, todavía sin respuesta.
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EL CUENTO DE LOS CUENTOS

    Podría decirse que es el cuento de los cuentos. Cuentos de origen persa, egipcio, de la lejana India; también de otros lugares remotos y exóticos: Aladino y la lámpara maravillosa, Alí Baba y los cuarenta ladrones, Simbad el marino...; llegaron a Europa durante el reinado de Luis XIV de Francia, y obtuvieron difusión gracias a la traducción que de ellos hizo Antoine Galland en 1704. Fueron tantos que sirvieron para llenar más de mil veladas y para que un rey persa, Schahriar, tirano y sanguinario, aplacara su furia.

    El rey había descubierto que su esposa le engañaba con un esclavo. Sus concubinas tampoco guardaban la fidelidad debida a su señor y traicionaban su amor con el mismo esclavo que la reina. El rey, enfurecido, ordenó al visir que ejecutase al lascivo esclavo y a su infiel esposa, y él mismo mató a todas sus concubinas. Luego, desengañado, ordenó le presentaran cada día una muchacha virgen. Se casaría con ella y tras la noche de bodas la mataría. No daría lugar a nuevas traiciones. De este modo evitaría que sus amantes le engañaran. Cada noche el rey yacía con su nueva esposa. Cada mañana asistía a su ejecución. Transcurrieron tres años. Ya no quedaban en el reino más jóvenes vírgenes que las hijas del visir: Sherezada y Doniazada. La mayor, Sherezada, decidió presentarse en palacio con la intención de casarse con el rey. Su padre trató de disuadirla: “Si acudes, si te casas con el rey, será tu fin”, le dijo. Sherezada no hizo caso. Ignoró los consejos de su padre, y contrajo matrimonio con el rey.

    Al llegar la noche, Sherezada, dándose cuenta de que el rey no podía conciliar el sueño se ofreció a contarle un cuento. El rey permanecía atento a la historia que le contaba su esposa, pero al amanecer Sherezada interrumpió su narración. El deseo del rey por conocer el desenlace del cuento era tal que se vio obligado a aplazar la ejecución de su nueva esposa.

    La noche siguiente, Sherezada dio fin al cuento que había comenzado la noche anterior y dio comienzo a otro. Al clarear el día aún no había finalizado su nuevo relato, que quedó aplazado hasta la noche siguiente. Así se sucedían los días a la espera de la llegada de sus respectivas noches en las que el rey obtenía el deseado desenlace del cuento interrumpido la noche anterior. Hasta mil noches sucedieron de esta manera; pero al llegar la milunésima noche Sherezada contó a su esposo el último cuento. Para entonces, era madre de un niño de más de dos años y de dos gemelos y, el rey, enamorado, había abandonado toda idea de matarla. Schahriar llamó a su hermano, el rey Schahazamán de Samarcanda. Éste acudió a la llamada. Al llegar quedó enamorado de Doniazada, que vivía en palacio y, por amor, renunció a su reino para poder desposarla. Así las dos hermanas, hijas del visir y nuevo rey de Samarcanda, vivieron dichosas con los dos hermanos, sus esposos, que a partir de entonces compartieron el gobierno del reino y, dice el cuento, una vida feliz.
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EL PODER DEL CINCEL

    Si los pintores se han atrevido, a lo largo de los siglos, a ejercer su poder en los lienzos dando salida a sus venganzas, burlas, pasiones o caprichos, los escultores, pese a los inconvenientes del material con el que trabajan, no han sido menos osados en la expresión de su genio.

    Del genio de Miguel Ángel no cabe la menor duda; de su mal genio tampoco(1). Cuando Miguel Angel esculpió el Moisés, que podemos ver, aún hoy, en Roma, en la iglesia de San Pietro in Vincoli, quedó tan conforme con el resultado de su obra, tan satisfecho con la perfección de la figura que, tomando el mazo del que se había servido para esculpirlo, golpeó una de las rodillas de la escultura y ordenó: “Habla”. Quienes visiten San Pedro todavía podrán ver la muesca que produjo el golpe.

    Desde mucho antes de que Miguel Angel esculpiera su Moisés, los canteros de la Edad Media ya habían dejado señal de su obra en los sillares que pulían para la construcción de grandes monumentos. Signos extraños, misteriosos, que han despertado la imaginación de generaciones posteriores atribuyéndoles significados mágicos o de transmisión del conocimiento. No es imposible que tuvieran ese propósito; aunque probablemente no fueran más que señales contables, indicaciones para la construcción o las firmas de los autores.

    Pero además de los albañiles y sus toscas señales había otros artesanos de la piedra: los maestros. Se dedicaban a la ornamentación, y han dejado Europa plagada de capiteles, en los que muestran su genialidad. También su osadía. Es difícil encontrar una catedral europea en la que no sea posible ver algún personaje irreverente en algún capitel o en las jambas de las puertas de los templos. Junto a representaciones de escenas bíblicas han reproducido todo tipo de figuras ajenas al propósito de los religiosos que los contrataron: dragones, animales feroces, sátiros en actitudes procaces.


    En la catedral de Santa María de Ciudad Rodrigo existe un magnífico coro obra de Rodrigo Alemán. Tardó unos cuatro años en terminarlo, los dos últimos del siglo XV y los dos primeros del XVI. La belleza de la talla es bien reconocida. Está adornado con detalles florales y geométricos, a excepción hecha de asiento episcopal, en cuyo respaldo se puede ver un relieve de San Pedro, y del brazo de uno de los asientos laterales. Discretamente el artista talló un hombre. Parece un mendigo. Esta agachado, haciendo sus necesidades. No sabemos que razones tuvo para colocar esa figura. Sí sabemos que no fue el único que hizo algo parecido.

    En tiempos modernos también los escultores han querido dejar huella. El siglo XX ha sido tiempo de curiosidades. La catedral de Salamanca luce en una de sus puertas laterales y, a no mucha altura, asequible a la vista de todos, la figura de un astronauta. Fue puesta en una de sus últimas restauraciones, para dejar constancia de nuestro tiempo, dicen.

La de Palencia tiene la figura de un fotógrafo. Se colocó durante la restauración que llevo a cabo, a principios del siglo XX, el arquitecto Jerónimo Arroyo, como homenaje a José Sanabria, famoso fotógrafo local; y para que el pétreo observador pudiera cumplir con su tarea, se le colocó en lo alto, asomado, con su cámara, haciendo fotografías, y desaguando las aguas pluviales, desde su doble oficio de fotógrafo y gárgola.

(1) Miguel Angel dio prueba de su carácter en otras muchas ocasiones. Una de ellas se puede leer en “El Poder del pincel”.
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FORZUDOS

La Biblia nos habla de alguno de ellos: Sansón hijo de Manué mantuvo durante su vida una conducta disipada y contraria a la Ley, pero era el juez destinado por Yavé para liberar a Israel del yugo del pueblo llegado del mar, los filisteos, que oprimían al pueblo de Israel. Varios episodios hablan de su fuerza. Cierto día camino de Timna le salió al paso un león. Sansón se enfrentó a él. Sólo con la fuerza de sus manos lo destrozó como si fuera un cabrito. En otra ocasión los de Judá le entregaron a los filisteos, que le perseguían. Sansón rompió las ligaduras con las que había sido atado y tomando una quijada de asno derrotó a mil hombres. Terminada su proeza arrojó la quijada y llamó a aquel lugar Ramat Lejí, colina de la quijada.

Su último acto de fuerza supuso lograr su fin, y ser su final. Había sido rapado gracias a la traición de Dalila. Los filisteos lo apresaron, le sacaron los ojos y lo encadenaron. Le obligaron a empujar la rueda de un molino, y se burlaban de él. Con el tiempo el cabello le creció. Un día fue conducido al templo. Allí, apoyándose en las columnas las empujó diciendo: “Muera yo con los filisteos”. Las columnas se tambalearon y templo se derrumbó. Murieron los príncipes filisteos y todo el pueblo que estaba allí congregado.

Pero los más fuertes y vigorosos personajes han tenido su momento de debilidad. Convencidos de su propia fuerza, unos, confiados, resultaron vencidos por la astucia de rivales más débiles; otros, incapaces de reconocer su declive físico, terminaron vencidos por su arrogancia.

Goliat, famoso por su corpulencia y fortaleza era un soldado filisteo. De enorme estatura, era tenido por un invencible guerrero. Todos temían al gigante, y nadie se atrevía a enfrentarse a él, hasta que David, el joven hijo de Esaí, que llegaría a ser rey de Israel, le derribó de un certero tiro de honda.

Milón de Crotona, calabrés, fue uno de los atletas más laureados de la antigua Grecia. Seis veces vencedor en los juegos olímpicos, él mismo se encargó de trasladar hasta su pedestal la estatua que el escultor Damoas había esculpido del fornido deportista. Se dice de Milón que, en cierta ocasión, cargó sobre sus hombros un buey de cuatro años y, con él a cuestas, realizó todo el recorrido de un estadio. Después, de un puñetazo, dio muerte al animal, comiéndoselo a continuación. En otro momento se hallaba en una casa con varios acompañantes. La casa amenazó con derrumbarse. Milón alzando los brazos sujeto una viga y permitió que los allí presentes abandonaran el lugar sanos y salvos. Sin embargo, su fin fue indigno de su fama. De camino por un campo vio un árbol con unas hendiduras producidas por unas cuñas. Milón trató de ensancharlas. Introdujo sus dedos en las grietas, pero quedó preso por las manos. Allí, atrapado e indefenso, fue devorado por las fieras.

De Polidamas de Tesalia también se cuentan prodigios sobre su fuerza. Dicen que una vez cogió un toro por una de sus patas traseras. El animal trató de escapar. Y lo logró, pero se dejó la pezuña en la mano del atleta. Su muerte, como la de Milón, se debió al exceso de confianza en sí mismo. Un verano, huyendo del sofocante calor, se refugió con unos amigos en el interior de una cueva. Esta comenzó a derrumbarse. Los amigos de Polidamas iniciaron la huida; pero el forzudo Polidamas, convencido de su poder, trató de sostener el techo. Se equivocó. La montaña resultó un enemigo demasiado pesado. Polidamas murió aplastado, quedando sepultado bajo los escombros.

España también ha tenido sus forzudos. En el siglo XV, hubo un tal Diego García de Paredes. Llamado el Sansón de Extremadura, formaba parte de los ejércitos que Cesar Borgia dirigía contra los señores rivales del Papa Alejandro VI, su padre. Tal era su fuerza que aseguran arrancó una pila de agua bendita para acercarla a una dama a fin de que pudiera mojar sus dedos con facilidad.

Guerreros o atletas, soldados o deportistas, los forzudos siempre han despertado la admiración general. Las proezas de las que han sido capaces están al alcance de pocos…, afortunadamente.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. BURGOS

     Las agujas de la catedral vistas desde el otro lado del Arlanzón emergen, por encima del arco de Santa María, apuntando al cielo, como si quisieran engancharse allí. El viajero cruza el arco, que es puerta, pero parece castillo, palacio y torre. Fue hecho en tiempos de Carlos I para recibirlo en una de sus visitas a la ciudad, y se le representó en él junto a los personajes más insignes que la ciudad había tenido hasta entonces y aún lo son ahora: don Diego Porcelos, su fundador; don Fernán González, el primer conde castellano desligado de los leoneses; y don Rodrigo Díaz, que no nació en Burgos, sino en Vivar, ni murió en él, pero que es allí donde dejó huella duradera de sus acciones.

     Por la puerta que hubo donde está la que el viajero cruza salió hacia el destierro con doce de los suyos(1), tras una campaña sobre Toledo sin el consentimiento del rey, al que tiempo atrás había obligado a jurar que no había ordenado dar muerte a don Sancho, el rey leonés, hermano y rival del castellano. Tiene el caballero de Vivar, en lugar destacado estatua ecuestre, de mediados del siglo pasado, vaciada por Juan Cristóbal. Está en actitud, que al viajero, poco dado a imaginaciones, le facilita comprender porqué a don Rodrigo se le ha atribuido la condición de “Cid Campeador”. Espada al frente y capa al viento, el viajero lo imagina fácilmente invencible por tierras castellanas, andaluzas o levantinas. El viajero no sabe cuantas como ésta habrá en otros lugares. Seguramente sea única, pero sabe de otra que tiene su original en Nueva York, y copias en Sevilla, San Francisco, Buenos Aires, San Diego y Valencia. La hizo Anna Hyatt, segunda esposa del hispanista Archer Huntington, el fundador de la Hispanic Society. Archer Huntington era hijo de un importante industrial de la siderurgia. Su destino hubiera sido dirigir los negocios familiares, pero Archer prefirió el mecenazgo de artistas. Viajo mucho y España fue uno de sus países preferidos para hacerlo. Esta afición le llevó a constituir en Nueva York una fundación que se ocupara del estudio y divulgación de todo lo español. Así nació la Hispanic Society. Era el año 1904. Entre tanto viaje, su esposa, al parecer también aficionada a las artes, particularmente a las interpretativas, acabó fugándose con un director de teatro inglés. El divorcio se produjo inexorablemente y también el consiguiente convenio económico, del que el señor Huntington no salió bien parado. Tiempo después Archer conoció a Anna, una madura escultora. Tenía especial afición por la anatomía equina. Archer la trajo a España, ya casados, donde él demostraría mucho interés por la figura del Campeador, traduciendo al inglés el Poema del Mio Cid. Así el fomento de ambas aficiones dio lugar al boceto que Anna, ya de apellido Huntington, realizó para una estatua ecuestre del Cid Campeador, que sería colocada frente a la entrada principal de la Sociedad Hispánica. Tan admirada fue la escultura que llovieron peticiones de muchas ciudades por poseer una igual. Anna, complaciente, hizo cuantas réplicas se le solicitaron.

     Si hay personajes con los que los españoles creen verse identificados el Cid es uno de ellos; representa la gallardía, el valor y el honor; el otro, también castellano, nacido quinientos años después de la imaginación de Cervantes es don Alonso Quijano, don Quijote, que también representa los mismos méritos; y la decadencia y la locura que se avecinaba en la recién comenzada centuria del mil seiscientos, el Siglo de Oro, bajo el exultante boato barroco y la locura guerrera de los Felipes y sus insaciables privados. Pobreza y locura, arte y genialidad.

     El viajero cruza el arco de Santa María y ve por primera vez la catedral. Su mole lo tapa todo sino fuera por los calados que los Colonia hicieron en sus torres. Llena de rincones, puertas, gárgolas, aún tardará el viajero en decidirse a ver el interior que sabe que iguala sino supera el exterior.

 Si fuera la saga de los Colonia hicieron lo que pocos supieron repetir, dentro ellos mismos y otros quisieron impresionar los ojos ya asombrados a la luz del sol: Felipe Vigarny pulió los sepulcros de don Pedro de Velasco, Condestable de Castilla, y su esposa doña Mencía de Mendoza. Las figuras de los yacentes casi hacen creer al viajero que pudieran ser cuerpos embalsamados en lugar de mármoles cincelados: tal es la perfección del detalle, que hasta las venas que discurren por el dorso de las manos de don Pedro parecen palpitar. Están los restos del condestable y señora en capilla propia, filigrana gótica obra de Simón y Francisco de Colonia, en la que el viajero ve el arranque de las nervaduras que conforman la bóveda; se cruzan poco después de nacer siguiendo paralelas hasta su destino en la clave. El viajero visita el claustro. En la capilla del Corpus Christi, a mucha altura, tanta que casi nadie lo ve si no se es buen observador o hay aviso por medio, está el cofre del Cid. La leyenda cuenta que estuvo lleno de piedras, pero los prestamistas Raquel y Vidas, que hicieron entrega a don Rodrigo del dinero para sus campañas en el destierro, lo creyeron lleno de oro, y en ese convencimiento y con la promesa de que sería suyo en el plazo de un año si en dicho tiempo el prestatario no estaba de vuelta le concedieron el préstamo. El Cid les impuso una condición: no deberían abrirlo hasta que expirase el plazo. Los prestamistas aceptaron convencidos del buen negocio que habían hecho. Pusieron el cofre a buen recaudo y el Cid partió hacia el destierro con su mesnada.

     Mucho le queda al viajero por ver, sobre todo en las afueras. Por un lado el Monasterio de las Huelgas Reales, lugar de descanso de reyes, hoy patrimonio del Estado. El monasterio esta cuidado como siempre lo ha estado por monjas de clausura. Es grande, fuerte, con una gran torre, y encierra mucho digno de ver; pero el viajero hablará de lo que más le gusta. Al otro lado de la ciudad, también en sus afueras está la cartuja de Miraflores. Pequeña, delicada, también gótica. Esta cuidada por monjes cartujos. Aunque la fundó Juan II, fue su hija Isabel la Católica quien llevó su construcción a buen fin. La obra, según planos, fue cosa de los Colonia, Juan y su hijo Simón. La reina Católica quiso que sus padres yacieran allí y encargo a Gil de Siloé la talla de sus sepulcros. Fue una buena elección. El viajero ve los sepulcros de Juan II e Isabel de Portugal y se pregunta quién sino él pudo hacerlos con tal primor; acaso su hijo Diego, que dejó constancia de su buen hacer en la escalera dorada de la catedral, que el viajero ya vió.

     El viajero vuelve al centro, camina por el animado Paseo del Espolón y vuelve a cruzar el Arco de Santa María. Casi al lado de la catedral esta la iglesia de San Nicolás. El viajero sube para verla por dentro. Sabe que hay un retablo labrado en piedra, que no puede dejar de ver. Antes entra otra vez en la catedral, por la puerta principal, a los pies del templo. Van a dar las horas y el viajero quiere ver el “Papamoscas”, artilugio con un autómata que señala las horas golpeando una campana al tiempo que abre la boca con cada toque. Las horas han pasado. Es tiempo de partir y de que el viajero visite otros lugares.

(1) Fue Manuel Machado quien en su poema “Castilla” dice que partió hacia el destierro con doce de los suyos:

                                        El ciego sol, la sed y la fatiga
                                        por la terrible estepa castellana
                                        al destierro con doce de los suyos
                                        polvo, sudor y hierro el Cid cabalga.

En realidad su mesnada estaba formada por unos trescientos hombres y su destierro duró seis años.

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EL "GENIO" DEL DOCTOR TORRALBA

     Eugenio Torralba nació en Cuenca. Eran los tiempos de Fernando el Católico y del Cardenal Cisneros, en los últimos años del siglo XV y primeros del siglo XVI. Bien jovencito fue a Roma como paje del obispo Volterra. Allí, llevó a cabo estudios de medicina y filosofía. Allí, impregnó su conocimiento de teorías deístas y llegó al convencimiento de la mortalidad del alma y, allí, conoció a un fraile dominico, que agradecido por haberle curado de su enfermedad, le cedió a Zequiel, un espíritu que estaba al servicio del fraile, que parecía ser un “espíritu bueno” poseedor de grandes poderes, que ponía en práctica según se le antojaba.

Cuenca
Cuenca, ciudad natal del Eugenio Torralba

     Zequiel se presentó a su nuevo dueño en forma de joven y elegante muchacho, vestido de rojo y negro y le dijo: “Yo seré tu servidor mientras viva”. Desde entonces Zequiel se le apareció con frecuencia. Le hablaba, le aconsejaba sobre lo que debía hacer, le facilitaba dinero en momentos de penuria y le enseñaba cuanto sabía sobre las propiedades de hierbas, plantas y animales.

     Zequiel también poseía poderes adivinatorios, y comunicaba a Torralba acontecimientos futuros, que éste ponía a disposición del cardenal Cisneros: la muerte de Don Fernando el Católico, y hasta el encumbramiento del propio cardenal. Naturalmente Cisneros quiso conocer al duende capaz de tantos prodigios, pero Zequiel, un espíritu libre, nunca consintió en aparecérsele al cardenal, como tampoco en ser cedido al cardenal Volterra, que lo pretendió al ser conocedor de tanta maravilla.

     Avisado por Zequiel de que Roma iba a sufrir el saqueo por parte de las tropas imperiales, el doctor pidió a Zequiel que le llevara a contemplar la escena. Subidos en un “palo muy recio”, Zequiel pidió a Torralba que cerrara los ojos y que no tuviera miedo. Salieron de Valladolid envueltos en una nube y poco después se encontraban en Roma, sobre la Torre de Nona. Era el 6 de mayo de 1527. Contemplaron el saqueo de la ciudad y la muerte de Carlos de Borbón(1), y a las pocas horas estaban de vuelta en la ciudad del Pisuerga. Semejante aventura no tardó en ser divulgada a los cuatro vientos por el doctor. Comenzaron a extenderse sospechas de brujería, y acabó siendo delatado a la Inquisición por un amigo suyo: don Diego de Zúñiga. Se encontraron testigos abundantes que declararon en su contra. A lo largo de su vida Torralba no se había caracterizado por su discreción. Se le detuvo y se le torturó; pero él mantuvo su inocencia. Manifestaba que nunca llegó a pacto alguno con su duende. Que Zequiel era un espíritu bueno y que su alma estaba limpia. Al cabo, el doctor fue tenido por demente, por lo que se le trató benignamente. Se le condenó a sambenito(2) y a cuatro años de cárcel de los que fue indultado al poco por don Alonso Manrique, a condición de que no invocara más al espíritu Zequiel. Así debió ser. Torralba volvió a ejercer su profesión. Fue médico del almirante de Castilla don Fadrique Enríquez, y Zequiel desapareció de su vida.

(1) Los Lansquenetes eran tropas imperiales a cuyo mando estaba Carlos de Borbón, primo de Francisco I de Francia. Carlos de Borbón había pasado de servir a su primo Francisco I a secundar al enemigo de aquel, el emperador Carlos V. Roma ante la pasividad del Papa fue saqueada y tomada. El escultor Benvenuto Cellini que participaba en la defensa de la ciudad, dicen que fue quien mató de un arcabuzazo al duque Carlos de Borbón.

(2) La pena de sambenito se aplicaba a los herejes y acusados de brujería, que habían confesado su culpa y demostraban arrepentimiento. Consistía en llevar colgado una especie de capotillo llamado sambenito.
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