CANGAS DE ONÍS

   No es Cangas de Onís una localidad grande en población, pero sí en historia y renombre. Los casi trece siglos transcurridos desde que aquel asentamiento en el que los romanos dejaron huella con un puente que unía sobre el río Sella la calzada por ellos construida, entró en la historia por derecho propio, al convertirse durante más de cincuenta años en la corte y capital del incipiente reino cristiano de Asturias, no han hecho olvidar su importancia ni los hechos que en sus alrededores sucedieron. Bien lo supieron los cangueses que en el escudo de la población quisieron inmortalizar la enorme importancia de su pequeña ciudad con la leyenda: “Minima urbium, maxima sedium”.

   El viajero, cuando llega a Cangas de Onís lo primero que ve, aguas arriba, al cruzar el río Sella por la calzada de un moderno y supone que feo puente, es el famosísimo, y este sí hermoso, puente medieval. A él se dirigirá después de dar un paseo por la ciudad tomada por los visitantes que corretean arriba y abajo por una Avenida de Covadonga llena de cafeterías y tiendas de recuerdos.

   Pero como al viajero interesan poco estas cosas, aunque no niega haber comprado algún recuerdo, el viajero deja tan principal avenida y por una de sus bocacalles llega a la Capilla de la Santa Cruz. Está esta pequeña capilla levantada sobre un montículo en el que antes hubo otra más pequeña aún, erigida en tiempos de Favila, rey asturiano hijo de don Pelayo, y aún antes en los tiempos en los que las gentes ni siquiera sabían escribir, un túmulo funerario.


   Volviendo sobre sus pasos el viajero se acerca a río Sella para cruzarlo por el puente medieval, que de esa época es, aunque lo llamen romano, quizás porque antes del que hoy cruza el viajero hubo otro cuyo empedrado era parte de la calzada que unía Portus Victoriae y Lucus Asturum. Y si famoso es el puente, no lo es menos la Cruz de la Victoria que pende del gran arco central, réplica de la donada en 908 por Alfonso III, que se custodia en la catedral de Oviedo. Se colocó en el puente la reproducción de la cruz para conmemorar el retorno de la Virgen de Covadonga, la Santina, que al final de la guerra civil estuvo en Francia. La imagen había sido sustraída, y casualmente encontrada en el desván de la embajada de España en París, y traída a España, en su propio automóvil, por el embajador don Pedro Abadal, para ser entronizada en su cueva, en olor de multitud.

   Es la cueva y todo su entorno lugar de la máxima importancia en España, aunque cada cual posiblemente entienda esa grandeza por motivos distintos, pues lo aprecian como espacio natural de extraordinaria belleza unos; es lugar de peregrinación y oración ante la Santina, para otros; y, si no para todos, pues alguno habrá que no lo sienta así, para muchos otros, incluidos algunos de los anteriores, cuna de la Nación española. Porque allí donde se estrecha el valle hasta el paredón montañoso en el que en su cueva está hoy la Virgen, estuvo antes un pequeño grupo de astures que mandados por Pelayo hicieron frente a los sarracenos invasores que once años antes había puesto su pie en Europa.

   Era por entonces Anbasa valí de las tierras conquistadas. Había sustituido al anterior gobernador Al-Samah,  muerto en Tolosa, cuando después de tomar Narbona, las fuerzas agarenas trataban de conquistar los territorios francos de la Galia Narbonense.

   No habían considerado los invasores hasta entonces que un pequeño grupo de montañeses con algunos visigodos refugiados, que se negaban a pagar los tributos y se habían retirado a los valles, acosando a las escasas fuerzas de Munuza, el gobernador de aquella región, fuera un peligro; tampoco la administración de Munuza había alcanzado un desarrollo suficiente como para imponerse a los rebeldes refugiados en los valles, pese a perseguir a los insurrectos, que por otro lado, no parecía tuvieran la intención de reverdecer la monarquía visigoda, ni ninguna otra, todavía.  Pero sí tenía ese grupo de sublevados un caudillo: Pelayo, un antiguo espatario del rey don Rodrigo, hombre, sin duda, con carisma; posiblemente con ascendentes en la nobleza goda(1), muy probablemente combatiente en Guadalete, y enemigo de Munuza que había logrado atraer a buen número de astures y godos refugiados en las montañas y presentar batalla a los agarenos en los valles primero y, viéndose perseguido por nuevas fuerzas enviadas por el valí, donde los valles se encajonan entre pétreos muros, hasta formar las más angostas gargantas, después.

   Manda el ejército agareno enviado por Anbasa el general Alqama, que adentrándose por el valle del Sella alcanza la garganta donde está Pelayo con los suyos. Como las fuentes, todas bastantes posteriores a los hechos, tratan, las cristianas de magnificar la victoria de Pelayo y las musulmanas de minimizar su derrota, es difícil saber, salvo que fuentes contemporáneas por descubrir alumbren mayor conocimiento, las dimensiones del enfrentamiento: el número de soldados que con Alqama se adentró en la garganta de Covadonga para reducir a los rebeldes astures y los que con Pelayo defendían la cueva. Aquellos, a la vista del espacio disponible, serían, como mucho, unos pocos miles; éstos, unos pocos cientos que, es de suponer, estarían en la cueva y algunos en las aristas más elevadas de los paredones rocosos. Que unas y otras fuentes arrimen el ascua a su sardina, parece reconocimiento de que hubo lucha y que ésta no fue favorable a los invasores, habida cuenta que Pelayo, nombrado rey estableció su corte en Cangas de Onís.

   Pero el viajero deja estos avatares de la historia para mejor ocasión y se apresta a disfrutar de los encantos del paraje.


   Del arquitectónico, llama la atención del viajero que fuera Alfonso I quien, para conmemorar la victoria de Pelayo, mandara construir una pequeña capilla junto a la cueva, y que fuera en tiempos de Alfonso XIII, el último de los reyes españoles con ese nombre, cuando se terminara de construir la basílica actual. El viajero observa sus hechuras neomedievales, obra en su diseño del alemán Roberto Frassinelli y en su desarrollo técnico del arquitecto Federico Aparici, y que venía a rellenar el hueco dejado por el antiguo templo tras el incendio que lo consumió en la segunda mitad del siglo XVIII.

   De las maravillas naturales que ofrece la montaña, el viajero fía a la imaginación del lector los bosques frondosos, las pétreas crestas, los arroyos de sonoras aguas y los lagos de fondos oscuros.

(1) La versión más aceptada en la de que Pelayo fuese hijo de Fáfila,  un duque al servicio de Vitiza, que murió a manos del propio rey, lo que hace comprensible que Pelayo perteneciese al partido de Rodrigo.  Que el primogénito de Pelayo fuese llamado Fáfila, como el abuelo, si no es determinante, no hace más que reforzar ese supuesto.
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LAW Y LA BURBUJA DEL PASADO

   El 1 de septiembre de 1715 la luz del Rey Sol se apaga. Es Luis, su bisnieto, a quien corresponde sucederle, con el ordinal decimoquinto, en el trono de Francia, pero por su edad, cinco años, es el duque de Orleans quien se ocupa, al menos al principio, de la regencia del Reino.

   Heredaba el joven rey una nación empobrecida, y el nuevo regente unas finanzas próximas a la bancarrota. A causa de las guerras mantenidas por el Rey Sol, los gastos suntuarios y despilfarros reales, la deuda del Estado, que era como decir la del Rey, había alcanzado cifras insoportables.

   Para tratar de atenuar la desesperada situación, entre otras medidas, se decide devaluar la divisa, retirando todas las monedas de oro para reacuñarlas con el mismo valor facial, pero con un ochenta por ciento del oro contenido en las antiguas. Sin embargo, la situación es tan difícil que nada es suficiente para enderezar el quebranto de la hacienda.

   Fue entonces cuando, como ángel caído del cielo, llegó ante el Duque un antiguo conocido, compañero, a veces, de juegos y juergas. Se llamaba John Law y había nacido en Edimburgo en 1671. Hijo de un orfebre, que ejercía como banquero, el joven Law había estudiado matemáticas y economía, siendo iniciado en el negocio familiar. A sus diecisiete años murió su padre y Law quedó dueño de una fortunita más que considerable. Como era de carácter inquieto, vivo el genio y espíritu aventurero, al poco viajó a Londres. Además de los ejercicios físicos, se aficionó a los juegos de azar y a los galantes. La primera de esas aficiones trajo como consecuencia la pérdida de casi todo su peculio; la segunda, que incluía devaneos amorosos de cierto peligro, la de un duelo que costó la vida a su oponente. La dama causa de aquella calamidad se llamaba Elizabeth Villiers, reconocida amante del rey, que cuando dejó de serlo tiempo después contrajo matrimonio con Lord Hamilton, al que Guillermo III haría conde de Orkney, vizconde de Kirkwall y barón Dechmont, en agradecimiento a los servicios prestados. El caso es que  Elizabeth, catorce años mayor que Law,  siendo aún amante del rey, despertaba vehementes pasiones y comentarios entre sus admiradores. De alguno de estos resultó manchado el buen nombre de la dama, y que un tal Edward Wilson, pretencioso rival de Law en las mesas de juego, y éste, nada dispuesto a consentir afrentas sobre la honra de la dama, vieran enfrentados sus aceros.  Law, joven y buen espadachín, resolvió el lance con presteza, y con un rápido pinchazo dobló a Wilson, que quedó tendido y sin vida en el suelo de la Plaza Bloomsbury de Londres.

   Detenido, juzgado y condenado a muerte, con ayuda de amigos y abogados, se recurrió la sentencia y se le conmutó la pena por una multa, mas enterado el hermano de Wilson, apeló éste, y Law permaneció preso. Viendo difícil su absolución, con la discretísima ayuda de importantes personajes logró huir. La fuga de Law provocó la indignación de los Wilson y el 7 de enero de 1695 la Gaceta de Londres publicaba el siguiente aviso: “Capitan John Law, escocés, 26 años; muy alto, moreno, delgado; bien parecido, más de seis pies de estatura, con grandes marcas de viruela en su cara; nariz grande, habla mucho y muy alto. Quien dé información sobre su paradero será recompensado con cincuenta libras esterlinas”.

   En el continente visita varios países. Durante su estancia en Holanda, Francia o Italia estudia y aprende, y juega. No era Law un jugador dominado por la pasión. Como buen conocedor de las ciencias exactas, de la economía y de las prácticas bancarias, con una memoria asombrosa y una inteligencia viva, Law estudiaba las probabilidades de éxito en sus apuestas. Así siguió hasta que hacia 1715 se instala en París, un año antes de la muerte de Luis XIV, donde cultivó importantes amistades, incluida la del duque de Orleans.

La vida aventurera de John Law estuvo marcada
desde su juventud por el juego y la banca.
                                                       
   En París, eclipsada la luz de Luis XIV, Law divulga sus ideas sobre el papel moneda. Cree que con ese sistema el control monetario sería más fácil y las transacciones realizadas con papel más cómodas e igualmente seguras, pues los billetes de papel moneda estarían respaldados por oro, y cualquiera podría canjear sus billetes por el metal correspondiente. Propone la creación de un banco central que desarrolle sus ideas, pero aunque se desecha el proyecto, se le permite la fundación de la Banque Generale, un banco privado, que comenzó a emitir papel moneda con el respaldo de las monedas de oro o plata depositadas. La gente empezó a confiar en el sistema, y comenzaron a realizarse transacciones comerciales con papel moneda. Además, las acciones del Banco, visto la buena marcha del negocio, mantenían su valor firmemente. La bondad del sistema animaba a muchos a querer participar del éxito. Todo eran parabienes. El banco abría nuevas sucursales. También el Estado se rindió ante la evidencia, máxime cuando la confianza en el banco de Law era mayor que en la del propio Estado, pues un acreedor del Estado por un título de Deuda Publica, un billet d’etat, al tratar de cobrarlo podía haber perdido buena parte de su valor y los billetes de papel moneda del banco de Law aseguraban y conseguían mantener su valor en el metal precioso que lo respaldaba.

   En el verano de 1717 Law fue autorizado a constituir una sociedad. La llamó Compañía de Occidente, por estar su ámbito geográfico orientado a las colonias norteamericanas bajo dominio francés. Era esta sociedad heredera, entre otras, de la importante Compañía del Mississippí, y recibió privilegios comerciales tales que prácticamente era un monopolio. El capital de la nueva compañía fue aportado mediante billets d’etat, pero estos valorados por su valor nominal, no por el real, muy inferior, lo que de entrada ya suponía un quebranto para la nueva compañía. Un buen negocio para el Estado francés, que recibía acciones que valían más que lo que entregaba por ellas; y no tan bueno para la nueva compañía, que recibía títulos que valían menos que las acciones que entregaba a cambio. Sin embargo esto no parecía importar. Para eso estaba el Banco de Law, para financiar a la compañía. Mientras el banco de Law fuese sólido, y todo el mundo confiaba en ello, porque creía en sus palabras ─había dicho al fundar su banco que todo banquero debería morir si no era capaz de emitir dinero que no pudiera ser reintegrado en el metal que lo respaldaba─, no había por qué preocuparse. Hasta ahora así estaba siendo, y casi todos querían creer que seguiría siéndolo siempre. Algunos de los que no estaban convencidos del todo, y se opusieron tenazmente, eran miembros del parlamento y trataron de impedir las pretensiones de Law,  pero el Regente, incluso mediante una lit de justice(1), exoneró al duque de Arkansas, título con el que había sido premiado Law.

   A finales de 1718 Law convence al Regente para que el Estado adquiera la totalidad de su Banca Privada, que cambia su nombre por el de Banco Royal, pero manteniéndole a él como director. Los negocios de la Compañía del Mississippi no iban todo lo bien que Law deseaba y los accionistas esperaban. Además el nuevo Banco Royal ya no tenía impuesta la obligación de mantener en sus reservas el mismo porcentaje de oro para responder del papel moneda emitido que el antiguo banco privado de Law. Éste abandonando toda prudencia, quizás las circunstancias le obligaban a ello, consintió que el banco emitiera más dinero en papel del correspondiente al oro que ingresaba para respaldarlo, y que la Compañía del Mississippi, cambiado su nombre por el de Compañía de Indias realizara varias ampliaciones de capital.  La gente era confiada y codiciosa, la Compañía del Mississippí gozaba del dinero que emitía el Banco Royal, el público otro tanto y la confianza en Law incuestionable. El papel moneda era abundantísimo, las acciones subían como la espuma. Todos querían tenerlas y como había dinero en forma de papel moneda suficiente y en manos de todos, la multitud se concentraba en la calle Quincampoix de París para comprarlas.  Porque allí, ante las oficinas de Law, todos  los días concurren personajes de toda clase y condición para comprar o vender acciones de la Compañía de Indias, o pugnan por suscribir acciones en las ampliaciones de capital. Eufóricos por las ganancias, ebrios de codicia, los ricos se hacen más ricos y ven con desagrado cómo muchos pobres, a los que ven como “parvenus” o advenedizos, dejan de serlo para codearse con ellos. En sólo nueve meses, entre agosto de 1719 y mayo de 1720 las acciones de la compañía habían subido desde las 2.500 libras hasta las más de 10.000. El cochero de Law, que compró acciones se hizo millonario, dejó de ser cochero y ocupó desde entonces como señor la cabina de su propio carruaje.  Una dama, para llamar la atención de Law, hizo que su carruaje volcase delante de él y así conseguir un trato preferente. Daniel Defoe, amigo de Law, que había sido en Londres su padrino en el duelo con Williams, nos habla de un especulador que ganó tal cantidad que quiso comprar la isla de Cerdeña.

   Mientras la burbuja crecía, Law era nombrado Inspector General de Finanzas, hasta que con una inflación galopante y la caída en el precio de las acciones los ojos de algunos se abrieron y comenzaron a reclamar al Banco Royal, en oro, el valor de sus billetes de papel moneda.

   Uno de los primeros fue el príncipe de Conti. Enojado con Law por no poder suscribir las acciones que deseaba, se presentó en el Banco Royal con la intención de cambiar cuatro millones y medio de libras por su correspondiente oro.  El príncipe recesitó tres carretas para llevarse el precioso metal. Otros, alertados por los hechos, siguieron el ejemplo del príncipe, con lo que el problema que como bola de nieve había empujado el príncipe de Conti comenzó a rodar, sin que las maniobras de Law por detenerla lo lograran.

   Y la gente empezó a perder dinero. Los que habían comprado acciones caras quedaban arruinados, los que acudían a cambiar su papel moneda por un oro que ya no existía, quedaban arruinados. La indignación salió a las calles. En mayo una multitud se hizo presente ante el Banco Royal. Su intención era asaltarlo. La anarquía se hizo dueña de París durante tres días. Aunque Law presentó su dimisión, el Regente no la aceptó. Nuevos apaños se intentaron sin éxito. El 17 de julio otra muchedumbre indignada se manifestaba entre irancunda e histérica. El resultado fueron dieciséis muertos y desórdenes que obligaron a Law a refugiarse en palacio. Pero Law tenía sus días contados en Francia pese a la protección que le dispensaba el Regente. En diciembre, después de haber sido el hombre más rico de Francia, la abandonó como un hombre pobre o casi. Deambuló por algunos países de Europa y terminó sus días en Venecia, donde fue marchante de arte y recurrió a sus antiguas habilidades como jugador para sobrevivir. En 1729, Venecia se vio afectada por la pandemia de la influenza de aquel año. Durante los carnavales Law contrajo la gripe, que se complicó, hasta que una neumonía puso fin a su vida.

(1) La lit de justice era una reunión del parlamento en la que se registraba un edicto real.
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DE LOS LIBROS

   Es posible que la siguiente entrada, a quienes hayan seguido habitual o intermitentemente este blog, les resulte extraño que en sentido estricto no se ocupe de la historia, como invariablemente ha sucedido en las más de trescientas entradas publicadas hasta el día de hoy.

   Pero uno de estos días pasados, al comprar un nuevo libro, gracias a que la moda del plástico como envoltorio comienza a resultar políticamente incorrecta, ecológicamente insostenible y económicamente gravosa para el usuario, he llevado mi nuevo libro envuelto en un antiguo y ya casi olvidado papel de estraza, en el que impreso en su lado brillante, además del nombre del establecimiento, con las distintas direcciones donde el propietario desarrolla su actividad de librero, vienen escritas, en una sucesión sin fin, una retahíla de frases de personajes históricos referidas a la bondad de los libros y los beneficios que su lectura nos proporciona.

   De los libros, ya antes otros lo dijeron casi todo, y de qué manera. Son tantas las frases dichas o escritas sobre ellos, desde las más poéticas hasta las más prosaicas, desde las más sublimes a las más mundanas,  que poco importa lo que este habitual comprador de libros, empedernido lector y escribidor ordinario de lo poco que ha aprendido leyendo, pueda decir de bueno sobre ellos.

   D’Amicis, diputado y escritor infantil italiano, dijo que el destino de muchos hombres depende de que haya habido una biblioteca en su casa paterna.  Para quienes no hayan gozado la biblioteca familiar dicha por D’Amicis, cabe el recurso de ser uno mismo quien la forme, pues sus beneficios serán muchos. Así debía pensarlo Benjamín Franklin, el científico e inventor norteamericano, cuando afirmaba que gastar dinero en los libros es una inversión que rinde buen interés.

   Y es que aunque algunos libros, como dijera Goethe, no parecen escritos para que la gente aprenda, sino para que se enteren los demás de que el autor ha aprendido algo, siempre hay uno, así lo pensaba Larra, que por grandes y profundos que sean los conocimientos de un hombre, el día menos pensado encuentra en el libro que menos valga a sus ojos, alguna frase que le enseña algo que ignora.

   También los beneficios que de los libros se obtienen llegan con la práctica habitual de la lectura. Quizás por ello dijo Napoleón que con el hábito de la lectura el intelecto alcanza lo que con la gimnasia se logra en el cuerpo; idea que cien años antes había pensado en voz alta el escritor británico Joseph Addison al decir que la lectura es a la mente lo que el ejercicio al cuerpo.


   Pero no sólo de saber están llenos los libros. Sus enseñanzas llegan a lo más hondo de alma humana. Sirven para ayudarnos a discernir, porque nos obligan a pensar. Y leer mucho obliga a pensar mucho. Decía don Miguel de Unamuno que cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee, y en la misma línea Santa Teresa de Jesús cuatrocientos años antes avisaba: lee y conducirás, no leas y serás conducido.

   No se olvida quien de estas citas sobre los libros y la literatura escribe de recordar a los disidentes. También los ha habido. Sir Arthur Help, uno de los “Apóstoles de Cambridge” dejó dicho por escrito que la lectura es a veces una estratagema para eludir pensar. Habrá que pensar si el eminente polígrafo inglés tenía razón.

   Y decía Cicerón que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma. Una frase que, pese a ser pronunciada hace más de dos mil años, el tiempo no ha dejado anticuada. ¿Cómo si no se entiende el afán histórico tenido por algunos a quemar libros, o el de otros por confeccionar listas negras de libros prohibidos, o aún el otros más de impulsar tan sólo la lectura de determinadas obras en un intento de conducirnos o suprimir nuestra voluntad.

  En pleno Siglo de Oro español, Lupercio Leonardo de Argensola ya decía que los libros han ganado más batallas que las armas. Creámosle, pues, y leamos, leamos mucho, para que todas las batallas se ganen como el poeta Argensola decía.
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EL PASO HONROSO

    Realizados más como divertimentos y ejercicios de destreza que como forma de desagravio para restituir honores maltrechos se celebraron durante toda la Edad Media innumerables torneos entre caballeros y señores. Eran diversas las pruebas en las que competían los contendientes: el juego del estaferno, en el que el jinete lanza en ristre golpeaba un muñeco giratorio era uno de los más inofensivos; otros suponían un grave riesgo para los participantes.

    Enrique II de Francia participó en un torneo en el que perdió la vida. Con motivo de la boda de su hermana Margarita con Filiberto de Saboya se organizó una gran fiesta con la celebración, en la calle Saint Antoine de París, de un torneo de jinetes. El rey participaba en el concurso. Todo transcurría con normalidad. Por fin se anunció el último lance, con el rey como protagonista. El rey y su rival, el conde de Montgomery comenzaron la cabalgadura a lomos de sus caballos engualdrapados. Sujetaban sus lanzas firmemente para derribar al contrincante cuando se produjo el choque, que fue brutal. Una astilla de la lanza del conde penetró por la visera del casco del rey. La astilla se clavó en la cara del soberano, entre sus cejas. Mal herido, se recurrió a los mejores médicos para tratar de salvarle la vida. Felipe II, envió a Vesalio, el más afamado médico de la época que estaba al servicio del rey de España. Nada pudo hacer por el francés. Tras una agonía que duró varios días Enrique II de Francia falleció.

    En ocasiones los torneos se celebraban como demostración de gallardía y entrega a una dama. Así sucedió en Puente de Órbigo, en el camino de Santiago, junto a un puente, de paso obligado en el camino de los peregrinos, que durante un mes permaneció bloqueado a los caballeros que, para realizar su “paso honroso”, debían enfrentarse al caballero retador: don Suero de Quiñones.

    Era don Suero de Quiñones un caballero leonés con entronque en la familia de los Luna. Ya no eran tiempos galantes los que le tocaron vivir, pero en Puente de Órbigo don Suero quedó prendado de una dama, doña Leonor de Tovar. Don Suero cortejaba a la señora, mas ésta rechazó a su pretendiente. Don Suero, inasequible al desaliento, todos los jueves se colgaba del cuello una argolla en señal de atadura a su amada. Decidido a dar muestras de su devoción por ella solicitó del rey, que se encontraba en Medina del Campo, permiso para la celebración de un torneo. Le fue dado, y don Suero regresó a Puente de Órbigo dispuesto al reto.

Puente de Órbigo

   Anunció que nadie, en el plazo de treinta días, podría cruzar el puente que cruza el río Órbigo y separa la población del Hospital de Órbigo sin batirse con él. Ayudado por nueve caballeros se dispuso todo lo necesario para el festival. También la presencia del personal necesario para el realce del torneo y la del Notario Real don Pedro Rodríguez de Lena. Durante un mes se sucedieron los combates. Nadie logró cruzar el puente, realizar un “paso honroso” entre las dos orillas, hasta que se rompieron 166 lanzas en combates victoriosos de don Suero y los suyos. Alemanes, valencianos, franceses, portugueses y caballeros de otros lugares pretendieron el paso; ninguno lo consiguió. Cuentan las crónicas que sólo un caballero quedó muerto tras un lance. Un catalán al que la lanza rival atravesó un ojo, penetrando en el cerebro, fue la única víctima. Pasado un mes de aquel año Santo Compostelano de 1434, don Suero y sus amigos abrieron el paso, y se dirigieron en peregrinación a Compostela. Allí el caballero leonés depositó ante el apóstol una réplica de la argolla, en realidad una gargantilla, símbolo de su amor por doña Leonor. Un año después don Suero llevaba al altar a su amada, y veinticuatro años más tarde, moría por la mano de uno de los caballeros vencidos en el “paso honroso”.

    Tratando de defender la honra de una mujer, cuatrocientos años después, se produjo un combate sorprendente, casi increíble. No fue un duelo. Se trató de una simple pelea, pero fue una de las luchas más novelescas, por la forma en la que se desarrolló, de las sucedidas durante el siglo XIX. Sucedió en la antecámara de los dormitorios de la reina Isabel II de España.

    Como se sabe, Isabel había contraído matrimonio con el poco varonil Francisco de Asís de Borbón. Isabel, que le llamaba Paquita, dijo de él que en la noche de bodas se presentó en el tálamo provisto de más puntillas que ella misma, lo que desganó a la reina, la única en aquella noche de bodas con algún apetito carnal. Naturalmente, la reina, muy joven y fogosa, como lo han sido los Borbones de uno y otro género siempre, precisaba aplacar su necesidad de cariño. También necesitaba engendrar hijos que garantizaran la continuidad de la corona. Varios fueron los amantes que a lo largo de su vida tuvo, y al que le cupo la suerte de darle un varón, el futuro Alfonso XII, fue Enrique Puigmoltó Mayans. Capitán del ejército, había sido introducido en la corte por la camarilla del rey. Había logrado enamorar a Isabel y dejarla encinta. Ya en estado de buena esperanza compartían una velada en los dormitorios de la reina, cuando Francisco de Asís acompañado del Ministro de la Guerra, el general Urbiztondo, se presentó en los aposentos de la reina, con el propósito de descubrir su infidelidad y promover un escándalo. Los alabarderos de palacio, que guardaban los aposentos, negaron la entrada a los recién llegados, pero ante la insistencia del rey y del ministro se mostraron indecisos. Al fin y al cabo era el rey quien quería ver a su esposa. Al escuchar la discusión el general Narváez, a la sazón Presidente del Gobierno, que estaba en palacio en otras dependencias con su asistente, se personó en la antecámara de la reina. Francisco de Asís exigió se le permitiese el paso. Narváez se propuso impedirlo:
    -Es imposible acceder al dormitorio de la reina sin su permiso.
    - Absurdo. Soy el rey, dijo Francisco de Asís.
   El general Urbiztondo, que secundaba a Francisco de Asís, insistió.
    - Esto es un atropello. El rey tiene derecho…
    El asistente de Narváez, al tiempo que colocaba su mano sobre la empuñadura de su espada, demostrando su determinación, dio un paso al frente.
    Ante el reto, Urbiztondo desenfundó su espada y atravesó el pecho de Osorio. Narváez, desenfundó su estoque al momento y se inició un combate entre los dos miembros del gobierno. Francisco de Asís, conmocionado por la muerte que había presenciado estaba pálido, horrorizado. El duelo era feroz. Se hirieron ambos rivales, pero continuaron su pendencia. Al fin, el general Narváez asestó el pinchazo definitivo. El ministro cayó fulminado y la intimidad de la reina a salvo(1). La corte y el gobierno trataron de ocultar lo sucedido. Se informó de dos muertes accidentales ocurridas en Palacio, restándoles importancia, y se dejó pasar el tiempo hasta que el asunto fue olvidado.

(1) Se dice de Narváez, el espadón de Loja, que antes de morir recibió el sacramento de la confesión. Una larga confesión en la que manifestó no tener enemigos por haberlos fusilado a todos.
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FORZUDOS

   La Biblia nos habla de alguno de ellos: Sansón hijo de Manué mantuvo durante su vida una conducta disipada y contraria a la Ley, pero era el juez destinado por Yavé para liberar a Israel del yugo del pueblo llegado del mar, los filisteos, que oprimían al pueblo de Israel. Varios episodios hablan de su fuerza. Cierto día camino de Timna le salió al paso un león. Sansón se enfrentó a él. Sólo con la fuerza de sus manos lo destrozó como si fuera un cabrito. En otra ocasión los de Judá le entregaron a los filisteos, que le perseguían. Sansón rompió las ligaduras con las que había sido atado y tomando una quijada de asno derrotó a mil hombres. Terminada su proeza arrojó la quijada y llamó a aquel lugar Ramat Lejí, colina de la quijada.

   Su último acto de fuerza supuso lograr su fin, y ser su final. Había sido rapado gracias a la traición de Dalila. Los filisteos lo apresaron, le sacaron los ojos y lo encadenaron. Le obligaron a empujar la rueda de un molino, y se burlaban de él. Con el tiempo el cabello le creció. Un día fue conducido al templo. Allí, apoyándose en las columnas las empujó diciendo: “Muera yo con los filisteos”. Las columnas se tambalearon y el templo se derrumbó. Murieron los príncipes filisteos y todo el pueblo que estaba allí congregado.

Sansón y Dalila. Anónimo. Museo BBAA de Valencia

   Pero los más fuertes y vigorosos personajes han tenido su momento de debilidad. Convencidos de su propia fuerza, unos, confiados, resultaron vencidos por la astucia de rivales más débiles; otros, incapaces de reconocer su declive físico, terminaron vencidos por su arrogancia.

   Goliat, famoso por su corpulencia y fortaleza, era un soldado filisteo. De enorme estatura, era tenido por un invencible guerrero. Todos temían al gigante, y nadie se atrevía a enfrentarse a él, hasta que David, el joven hijo de Esaí, que llegaría a ser rey de Israel, le derribó de un certero tiro de honda.

   Milón de Crotona, calabrés, fue uno de los atletas más laureados de la antigua Grecia. Seis veces vencedor en los juegos olímpicos, él mismo se encargó de trasladar hasta su pedestal la estatua que el escultor Damoas había esculpido del fornido deportista. Se dice de Milón que, en cierta ocasión, cargó sobre sus hombros un buey de cuatro años y, con él a cuestas, realizó todo el recorrido de un estadio. Después, de un puñetazo, dio muerte al animal, comiéndoselo a continuación. En otro momento se hallaba en una casa con varios acompañantes. La casa amenazó con derrumbarse. Milón alzando los brazos sujeto una viga y permitió que los allí presentes abandonaran el lugar sanos y salvos. Sin embargo, su fin fue indigno de su fama. De camino por un campo vio un árbol con unas hendiduras producidas por unas cuñas. Milón trató de ensancharlas. Introdujo sus dedos en las grietas, pero quedó preso por las manos. Allí, atrapado e indefenso, fue devorado por las fieras.

   De Polidamas de Tesalia también se cuentan prodigios sobre su fuerza. Dicen que una vez cogió un toro por una de sus patas traseras. El animal trató de escapar. Y lo logró, pero se dejó la pezuña en la mano del atleta. Su muerte, como la de Milón, se debió al exceso de confianza en sí mismo. Un verano, huyendo del sofocante calor, se refugió con unos amigos en el interior de una cueva. Ésta comenzó a derrumbarse. Los amigos de Polidamas iniciaron la huida, pero el forzudo Polidamas, convencido de su poder, trató de sostener el techo. Se equivocó. La montaña resultó un enemigo demasiado pesado. Polidamas murió aplastado, quedando sepultado bajo los escombros.

   España también ha tenido sus forzudos. En el siglo XV, hubo un tal Diego García de Paredes. Llamado el Sansón de Extremadura, formaba parte de los ejércitos que Cesar Borgia dirigía contra los señores rivales del Papa Alejandro VI, su padre. Tal era su fuerza que aseguran arrancó una pila de agua bendita para acercarla a una dama a fin de que pudiera mojar sus dedos con facilidad.

   Guerreros o atletas, soldados o deportistas, los forzudos siempre han despertado la admiración general. Las proezas de las que han sido capaces están al alcance de pocos…, afortunadamente.
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LOCOS DE ATAR

     El diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que se trata de una locura, pero también define la manía como extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada.

     Algunos personajes de la historia han sido víctimas de muy variadas manías; pero sin entrar en precisiones psiquiátricas, que las harían dignas de tratamiento en un diván, podemos recordar algunas de las que llevaron a cabo algunos de ellos.

     Puede que las de Calígula, variadas y constantes, no fueran más que la manifestación de una locura en toda regla, y es que historiadores y psiquiatras reconocen en su comportamiento la disociación de la personalidad propia de los esquizofrénicos. Nombró cónsul a su caballo Incitatus, obligó a los senadores a enfrentarse entre sí, como vulgares gladiadores, en el circo. Tan pronto despertaba aterrado en medio de la noche gritando fuera de sí, sin razón para ello, como durante el día ordenaba decapitar las estatuas de Júpiter para colocar en ellas su testa esculpida, creyéndose un nuevo dios. Pero dentro de su locura, el orate desarrolló manías, a cual más excéntrica. Los beneficiarios de ellas fueron las fieras del circo, que disfrutaron de un variado menú: primero de calvos, porque el emperador, ido del todo, un día despertó con aversión hacia ellos; después de filósofos a los que odió durante una temporada. Salvo el entonces joven Séneca, que se fingió gravemente enfermo y Claudio, tío del maniático, que pasaba por tonto, todos fueron eliminados.

     Naturalmente, no fue difícil encontrar quien liberara a Roma de semejante monstruo. Casio Quereas, comandante de los pretorianos, le clavó un puñal. Sus soldados hicieron lo propio con su esposa y su hija. Una sociedad desquiciada, dominada por el terror, se recuperaría gracias a su sucesor, el “tonto” Claudio que, listo, había logrado sobrevivir a su sanguinario sobrino.

     Mil quinientos años después, Carlos V hizo una visita a Brujas. El recibimiento fue majestuoso, como correspondía. El emperador, en agradecimiento a tal acogida, decidió concederles lo que pidieran. Preguntó qué necesitaban en la ciudad. Le contestaron que precisaban de un manicomio. Pasado un tiempo, el emperador volvió a la ciudad para hacer entrega de lo prometido. Había construido una muralla que rodeaba la ciudad y la entregaba a sus habitantes diciendo: “Ahí tenéis vuestro manicomio, pues estáis todos locos”.

    
    Un siglo más tarde, en Francia, un rey, de nombre Luis, de ordinal trece, anduvo entre manías toda su vida. Dicen que su padre, Enrique IV, le propinó una paliza cuando vio como su retoño, niño aún, aplastaba sin piedad la cabeza de un gorrión que acababa de capturar. El caso es que el pequeño Luis desarrolló una conducta peculiar durante toda su vida. Quien había nacido para ser rey, para ser servido, tuvo aficiones de lo contrario. Gustaba de servir a los demás. Cuando no ejercía de cocinero, lo hacía de barbero. En una ocasión se entretuvo en afeitar a sus oficiales que, resignados, vieron rozar su piel con el filo manejado por tan regias manos.

     Y si los hombres han sido objeto de manías variadas, los animales no lo han sido menos. Perros, gatos, palomas han sido causa de temor o afición según los casos.

     Nicolás Tesla nació en tierras balcánicas a mediados del siglo XIX. Hijo de un sacerdote ortodoxo, vivió sus primeros años en un medio campesino. Curioso y de viva inteligencia, ya de niño exhibió un comportamiento propio del inventor que llegaría a ser: valiéndose tan sólo de un paraguas para el aterrizaje, se lanzó desde el tejado de la casa familiar. Su intención era volar. Casi le costó la vida. Tenía cinco años. Después, más mayorcito, estudió ingeniería y tras un periplo por distintas ciudades europeas, a los 28 años emigró a los Estados Unidos. Allí dieron fruto sus investigaciones. Primero al servicio de Edison. Después, al de Westinghouse. Tesla firme partidario de la corriente alterna abandonó al primero y trabajó en el equipo del segundo(1). Al fin, independizado, solo, desarrolló una fértil actividad creadora. Registro más de doscientas patentes, la mayor parte de ellas de aparatos eléctricos; pero la añoranza por la campiña europea hizo mella en él. Comenzó a sentir pasión por las palomas, quizá lo más parecido a los gansos y aves de corral que revolotearon a su alrededor cuando trataba, cual Ícaro, de volar sobre la casa de sus padres. Su afición por las palomas fue tal que abandonaba el trabajo en su laboratorio y se dirigía a un parque cercano para darles de comer. Si no podía atenderlas él, siempre debido a fuerza de causa mayor, encargaba a otra persona que lo hiciese. La obsesión por las palomas le llevó a adoptar una como compañera. Decía mantener con ella comunicación telepática. Afirmaba que se comunicaban sus desdichas y se consolaban mutuamente. A estas alturas su iniciativa científica estaba agotada y sus recursos económicos muy disminuidos.

(1) La víctima de las disputas entre Edison y Westinghouse sobre este asunto fue un elefante que murió electrocutado en un experimento.
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ORDALÍAS

     Fue durante la baja Edad Media cuando la Inquisición hizo uso frecuente de los juicios de Dios. Con la certeza de que los acusados serían incapaces de sobreponerse a los castigos a los que el verdugo les sometía, salvo hecho milagroso, los inquisidores no dudaron en invocar tales juicios para sus fines; sin embargo, en ocasiones, han sido los agraviados, en los juicios de los hombres, los que han emplazado a ordalías o juicios de Dios a sus jueces, para obtener justicia divina. El resultado: una mezcla de Historia y leyenda.

     Fernando IV fue rey de Castilla entre los siglos XII y XIII, y ha pasado a la Historia con el apelativo del “el Emplazado” debido a su muerte inesperada, probablemente, a causa, según modernas investigaciones, de un ataque coronario. Fue en Palencia donde se produjo el terrible asesinato de Juan de Benavides, un notable personaje de la ciudad. Dos hombres embozados le asaltaron en la noche, dándole muerte. Nadie pudo reconocer a los agresores y pareció que el crimen quedaría impune, pero pasado largo tiempo, estando el rey de campaña por tierras de Andalucía, llevaron a presencia del rey a dos hermanos, Juan y Pedro Carvajal. Se les acusaba del asesinato de Benavides. Las pruebas de su culpabilidad no eran concluyentes. Apremiado por los avatares de la campaña militar, el rey dictó sentencia, haciendo caso omiso de las reclamaciones y ruegos de los hermanos Carvajal, que manifestaban su inocencia. Había en Martos, donde se encontraban, una gran montaña que, como si fuera cortada a cuchillo, formaba una peña de mucha altura. Se les introdujo en unas jaulas forradas de pinchos en su interior y fueron arrojados desde lo alto de la peña. Los desgraciados murieron en la caída y sus cuerpos llegaron al fondo del precipicio totalmente desfigurados; pero antes de ser despeñados emplazaron al rey, que les condenaba a tan inicua muerte, al juicio de Dios en el plazo de treinta días desde su condena. Al poco, el rey se sintió enfermo. Era joven y no había explicación para su enfermedad. El temor a que se cumpliera la ordalía a la que le habían emplazado los ajusticiados causó gran preocupación al rey y su séquito. Al fin, el monarca se fue recuperando de su inesperada enfermedad. Al cumplirse el plazo dado por los hermanos Carvajal estaba totalmente restablecido y celebró su recuperación y las victorias de su ejército comiendo y bebiendo en abundancia, y haciendo burla de las amenazas recibidas. Al final del día el rey se retiró a descansar. Por la mañana, al entrar en sus aposentos, encontraron su cuerpo sin vida.

     Más de dos siglos después, en 1453, en la plaza Mayor de Valladolid, era ajusticiado por orden del rey Juan II de Castilla don Álvaro de Luna. Condestable de Castilla, conde de Santiesteban y Maestre de la Orden de Santiago, fue el hombre más poderoso del reino después del rey. Había sido encumbrado por el joven monarca, al que manejó desde el principio. Odiado por la nobleza, movió los hilos del poder a su antojo. Intervino a favor de su rey en ocasiones, en contra otras veces; pero el rey, incapaz, pusilánime y más dado a los placeres que al gobierno del reino siempre acudía a él. El matrimonio del rey con Isabel del Portugal supuso el fin de don Álvaro. La influencia del de Luna sobre el monarca fue sustituida por la de la reina, que con la nobleza de su parte urdió una conspiración en contra del privado, que fue detenido, preso y juzgado en el castillo de Portillo. Llevado a Valladolid fue degollado el 2 de junio de 1453.

   En ese preciso instante descargaba sobre Segovia una grandísima tormenta con gran aparato eléctrico. Juan II, en el alcázar, quizá con mala conciencia, tuvo una visión. Por un instante, en el tiempo que dura un relámpago, vio como el de Luna, que le había servido durante treinta años, le requería a comparecer ante Dios en el plazo de un año, para explicar como había pagado los servicios que le había prestado.

El alcázar de Segovia. 2005

     La tormenta cesó; pero el rey ya no sería el mismo. Aquejado de males constantes, siempre melancólico, se trasladó a Valladolid. Allí le sobrevino la muerte. Era el mes de junio de 1454. Había pasado un año desde la muerte de don Álvaro de Luna.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. MADRID (II)

   Ya dejó aviso el viajero que contaría más historias matritenses, pues le faltó tiempo y espacio para contarlo, no todo, pues ello es imposible, pero sí cosas que quedaron en el tintero de las muchas que Madrid guarda de su historia. Y como ésta es segunda parte y sobran preámbulos, el viajero empieza a contar ya lo que sabe de lo primero sobre lo que ha puesto sus pies en este nuevo viaje: la Plaza Mayor.

   Fue estrenada, si así puede decirse, en 1619, y desde el primer momento hizo honor al nombre que se le dio: hubo en ella mercados, festejos taurinos, autos de fe y ejecuciones. El 21 de octubre de 1621 hubo patíbulo levantado en ella. En él se ejecutó a don Rodrigo Calderón, persona de muy algo rango, secretario del duque de Lerma, el valido del rey Felipe III. Ambos perdedores y caídos en desgracia en las luchas palatinas con el duque de Uceda y don Gaspar de Guzmán y Pimentel, aún sólo conde de Olivares, Lerma logró que Paulo V lo creara cardenal, poniéndose a salvo de las acusaciones; no pudo hacer lo mismo Calderón, conde de Oliva y marqués de Siete Iglesias, cuyo proceso fue largo y cruel. De espaldas a la Casa de la Carnicería donde se instaló el cadalso, el viajero imagina como debió entrar el cortejo con el reo por la Puerta de Boteros, la que hoy se conoce como de Felipe III.

   Y si hay algo más que decir de este monarca es que allí está también el tercero de los Felipes en estatua ecuestre, que anduvo errante por distintos lugares de la capital hasta que, en el siglo XIX, Isabel II, a propuesta de Mesonero Romanos, ordenó su instalación en la plaza que vio la luz en su reinado.


   Pasado el tiempo la Plaza Mayor dejó de ser escenario de las ejecuciones, que fueron trasladadas a otra la plaza, no muy lejana, la del Viento, luego, y aún hoy, de la Cebada, porque en ella se daba el comercio del grano. En esta plaza fueron ajusticiados muchos de los liberales antifernandinos: Richard, cabeza visible de la famosa Conspiración del Triángulo, o Rafael del Riego, quien con el levantamiento en Cabezas de San Juan daba comienzo el 1 de enero de 1820 al trienio liberal.

   Otro sitio hay en Madrid del que no puede dejarse de hablar. No es la primera vez que el viajero ha ido a verlo, aunque no haya dicho nada aún. El Panteón de Hombres Ilustres está cargado de tanta historia como arte. Varias veces se había pensado hacer realidad el proyecto, pero no fue hasta finales del siglo XIX, bajo la regencia de María Cristina de Habsburgo cuando se proyectó el panteón, a la sombra de una gran basílica que albergase a la Virgen de Atocha, tan venerada en Madrid. Aunque la iniciativa se llevó a cabo, y se logró albergar los restos de algunos de los más importantes personajes de la segunda mitad de siglo XIX y primeros años del XX, en el viajero queda una sensación de pequeña decepción. Tiene la impresión de que arrancó el proyecto con fuerte impulso, pero sin vigor para una larga vida, sin el realce social necesario para su continuidad. Allí quedaron unos cuantos prohombres, y ninguna mujer, de la vida española de aquellos años, que permanecen como en una isla al margen del espacio y el tiempo de hoy, y del mañana. Paseando por las pandas del claustro, el viajero contempla los mausoleos de Sagasta, Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato…, cincelados por la mano de Mariano Benlliure o Arturo Mélida.

   Al salir del panteón, de vuelta el viajero al centro, contempla la fachada del Museo de Antropología. Tiene este museo, que al tiempo fue morada de su fundador, doble historia; la del doctor Velasco como científico y precursor de la Antropología en España, que habitó allí, y la de su hija que en cuerpo momificado, no se puede decir que habitara, pero sí que ocupó la casona museo, en una historia patética, exagerada por las fábulas publicadas y los chismes escuchados, que conmueve al comprobar la deriva del padre que, como estudioso, tanto dio a la ciencia.  Resumirá el viajero aquí el relato, que ya en muchos de sus pormenores narró en otro lugar, diciendo que don Pedro González Velasco, había nacido en familia humildísima en un pequeño pueblo de Segovia, en 1815, que a punto de dedicar su vida a Dios, finalmente la dedicó a los hombres en la más literal acepción del término, pues, con gran voluntad y sacrificio, dedicó sus potencias a la Anatomía y fue el fundador de la Asociación Española de Antropología, alcanzando gran reconocimiento público, confirmado con la presencia del rey Alfonso XII en la inauguración del museo que el propio Velasco fundó. El destino le deparó la experiencia más cruel: la muerte de su hija Concepción. La pena se volvió locura, y embalsamando él mismo el cadáver de la hija, lo instaló en la casa museo, donde se decía, y algo de ello de verdad hubo, la trataba como la hija viva que ya no tenía.

   Saliendo al Paseo del Prado, pronto el viajero llega al Museo del mismo nombre. No se dirá mucho aquí sobre el museo, pues de tanto como hay que contar, corre el riesgo de no saber poner fin, y en otro viaje a la historia que aquí se hizo, se habló sobre sus orígenes, pero pasar por su puerta y dirigir una mirada a una de las mejores pinacotecas del mundo sería falta imperdonable. A su lado el hotel Ritz y enfrente, al otro lado del paseo el hotel Plaza. Ambos, aunque establecimientos comerciales, son páginas de la historia, por quienes en sus habitaciones se han alojado. De los citados, el Ritz fue el primero en construirse. A principios del siglo XX no había en Madrid lugar decoroso que se pudiera comparar en lujo a los de otras capitales europeas. Así lo comprobó Alfonso XIII, que a parte de los asistentes a su boda con Victoria Eugenia en 1906, tuvo que buscarles alojamiento en distintos palacios de Madrid por no encontrarles acomodo acorde con la preeminencia de los invitados. Fomentó, pues, el rey su construcción, involucrando en la empresa al suizo César Ritz, que ya tenía establecimientos en Londres y París, y en 1910 fue inaugurado el de Madrid, con la asistencia del propio monarca. Sus habitaciones han sido ocupadas por los más famosos e importantes personajes: Mata-Hari, García Lorca, Salvador Dalí o Fidel Castro se alojaron en él. Rainiero de Mónaco y Grace Kelly celebraron en el Ritz su luna de miel; y hasta cuando dejó de ser hotel, y fue hospital, pasó a ser parte de la historia: durante la Guerra Civil española había llegado a Madrid para defenderlo de las tropas Nacionales el anarquista Buenaventura Durruti. Defendía Durruti las posiciones republicanas en el frente de la Ciudad Universitaria, cuando una bala perdida lo alcanzó, hiriéndolo gravemente. Trasladado al hospital habilitado en el Ritz, falleció desangrado. Fue un 20 de noviembre de 1936.


   Ahora el viajero avanza por la Plaza de las Cortes, dejando a un lado la otra gran pinacoteca que hay en el Paseo del Prado, el Museo Thyssen-Bornemisza. Como hizo con el Museo del Prado no dirá nada, que mejor es verlo; pero sí quiere contar algo de su patrocinadora, la viuda del barón Thyssen. Una curiosidad que por reciente parece gacetilla de prensa, pero por extravagante o curiosa, cada cual que piense lo que guste, podría pasar a la historia como anécdota de la Villa. Resultó que una vez depositada, por su empeño personal, la gran colección del barón en el Palacio de Villahermosa, en el magnífico entorno que supone el Paseo de Prado, ante la determinación del consistorio de la Capital de talar los árboles centenarios próximos al Palacio, sede del Museo, opuso con firmeza su rechazo, amenazando con encadenarse ella misma a uno de los árboles, lo que cumplió, a su manera, pero con total efectividad, pues el viajero ha podido seguir paseando en posteriores visitas a la sombra de los centenarios árboles.

   Puestos los pies del viajero en movimiento, deja que ellos le lleven por la Carrera de San Jerónimo camino de La Puerta del Sol: a la izquierda el barrio de los escritores, del que ya contó algo en el viaje anterior y a la derecha el edificio del Congreso de los Diputados. El viajero se detiene un momento ante la fachada, a la sombra del monumento dedicado a Cervantes que hay en el jardincillo justo enfrente.

   Dos imponentes leones de bronce, obra de Ponciano Ponzano, de los que sabe el viajero que llaman Daoiz a uno y Velarde al otro, pero no quién los bautizó con los nombres de estos dos héroes defensores del Parque de Artillería de Monteleón el 2 de mayo de 1808, custodian el edificio. El edificio, parte de la historia reciente de España se inauguró en 1850 por la reina Isabel II, en el solar dejado por las ruinas del palacio de Hijar, destruido por un incendio.


   Y sin dejar la Carrera de San Jerónimo el viajero llega a la Puerta de Sol. Aún no se había detenido en ella, pese a haberla cruzado varias veces en su ir y venir por todos los vientos de la Villa. Y allí puestos sus pies en el kilómetro cero de las carreteras radiales de España, el viajero piensa en cuántos han sido los hechos sucedidos en esta plaza. No podrá contarlos todos(1), pero sí alguno curioso de los sucedidos en aquella plaza.

   Porque en Madrid había muchos cafés, y la Puerta del Sol no era excepción. Allí, donde hoy está el número 3, estuvo el Café Lorenzini, en el que en 1837 un grupo de oficiales echaron a suerte a quién correspondería oponerse en duelo singular a todo un Capitán General. Quiso el azar que fuese el capitán Manzano quien tuviera que enfrentarse al general Seoane, y el destino que, pese las heridas recibidas por éste, todo acabara sin defunción alguna. Luego el Lorenzini cambiaría su nombre por el de Columnas, y después, en la última década del siglo XIX, por el de Londres, en el que se celebraban destacadas tertulias literarias.

   Pero no era el Lorenzini el único en el que se discutía de política, literatura o cualquier otro asunto, o se expresaban diferencias personales que se ventilaban después con la ayuda de padrinos. También en la Puerta del Sol, donde durante tantos de los últimos años estuvo un letrero luminoso, tópico de la esencia andaluza y española, coexistiendo con el Londres estuvo el Café de la Montaña. También en él se celebraban tertulias, y también en él se vivieron tensos momentos, que la fatalidad convirtió en desgracia.

   Lo contará el viajero como si trasladado en el tiempo estuviera allí, como un espectador sentado en una mesa del café tomando un refresco de los que servían en el Café de la Montaña, con fama de ser de los mejores de la Villa.

   El 24 de julio de 1899 participa don Ramón María del Valle Inclán en una tertulia en la que se discute sobre si sería posible la celebración de un duelo en el que contendían el portugués Tomás Leal da Câmara y el español Julio López del Castillo. No son las razones del duelo(2) las que dan lugar al incidente, sino la discusión sobre la capacidad de alguno de los contrincantes, dada su minoría de edad, para el duelo. Don Ramón, como era natural en él, hace prevalecer su opinión, hasta que entra en el debate el periodista don Manuel Bueno. A la opinión del escritor gallego opone Bueno la suya. Mas como no es Valle Inclán persona al que guste le contradigan, toma una botella y la arroja sobre Bueno. El escándalo es monumental. Una gran algarabía, con palabras insultantes la mayoría, entre las que suena un claro “majadero” llena el recinto, mientras don Ramón no deja de arrojar sobre Bueno cuantas jarras y vasos tiene a su alcance. Don Manuel, que no es de amilanarse, alza el bastón y deja caer un golpe sobre el brazo de Valle. El impacto acierta a dar sobre la muñeca derecha de don Ramón, con la desdichada fortuna de actuar como un martillo golpeando el gemelo de la camisa, que se clava en las carnes del escritor. Terminada la trifulca, llevan a Valle al dispensario de la calle Concepción Jerónima, donde es curado de un rasguño en la cabeza, al que por la sangre, siempre muy escandalosa, se le presta mucha más atención que al corte de la muñeca, que es desinfectado  y  vendado. Una vez en su casa, don Antonio recibe a los señores Paleri y Balbás, padrinos de Bueno. Pero si éste se tiene por ofendido, Valle Inclán que piensa que el ofendido es él envía a los suyos, señores Sawa y Riquelme. En esa discrepancia están padrinos de uno y otro, sin llegar a ningún ajuste. Mientras la herida en el brazo de don Ramón se infecta. Con los días empeora, se gangrena, y el 10 de agosto no hay más remedio que amputar el brazo de Valle Inclán.

   En este paseo arriba y abajo, anárquico y desordenado por la villa capital de España, el viajero llega al Museo del Romanticismo. Es este museo debilidad grande del viajero. Hay en él muchos retratos de los personajes de la época: de la reina María Cristina de Borbón, de su hija, Isabel II, sola, retratada por Madrazo, de niña, de joven, de mujer adulta, y con su consorte Francisco de Asís, ambos a caballo; pero también muebles, y todo tipo de objetos suntuarios: el piano de Isabel o la pistola con la que Larra se quito la vida por desamor. Porque si hay un personaje digno de encarnar la época que este museo representa ese es Mariano José de Larra, que a los veintisiete años se descerrajó un tiro en la sien, al ser abandonado por Dolores Armijo, una mujer casada en la que encontró la pasión, tras diversas relaciones sentimentales anteriores, la primera con una amante que descubrió era querida de su padre también, y un matrimonio fracasado después. Había acudido Dolores a la calle Santa Clara de Madrid, donde vivía Mariano. Le anuncia el propósito de volver con su esposo. Mariano queda abatido, no comprende. Al cerrarse la puerta y quedar solo suena un disparo. El arma de la que salió la bala de ese disparo es la que viajero ve en el museo. Testimonio trágico de la historia.


(1)  Como la masacre de los mamelucos, al servicio del Francés, el 2 de mayo de 1808, o la matanza ocurrida durante la noche de San Daniel en 1865, o la decidida entrada de don Miguel Maura la tarde de abril de 1931 en el edificio del entonces Ministerio de Gobernación, desde donde, como ministro del gobierno provisional, llamó por teléfono a todos los gobernadores civiles conminándolos a sumarse a la República recién proclamada.

(2)  Al parecer luso y español habían discutido días antes sobre el valor de sus respectivos compatriotas. Acababa España de perder sus colonias caribeñas y las Filipinas. Herido el orgullo español, la susceptibilidad en aquel tiempo era grande y a la mínima incorrección se respondía con mayor insolencia. No es raro, pues, que las caricaturas de Leal da Câmara provocaran la discusión y el español contestara que “Portugal podía ser tomado con una simple marcha de tambores”; y, viendo ofendida su patria el portugués, retó al español, no quedando más remedio que resolver sus diferencia que en el campo del honor.
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EL PINTOR, EL RESTAURADOR Y UN BARÓN.

   Aunque en ella vivió un sordo genial, y es conocida como Quinta del Sordo, su nombre no es debido a que el pintor universal, que dejó en sus paredes las famosas pinturas negras, se lo diera, sino porque otro sordo, un tal Pedro Marcelino Blanco lo era también, y a éste le compró Goya la casa.

   No vivió mucho tiempo el pintor de Fuentetodos en la finca, pero en los pocos años que la habitó, hasta que en 1824 partió hacia Burdeos, tuvo tiempo de “decorar” sus paredes con las pinturas que la posteridad iba a considerar como precursoras del expresionismo  de principios del siglo XX.

   Pero en su momento aquellos cuadros pintados al óleo sobre las paredes de yeso de la Quinta, expresión del estado anímico del pintor,  enfermo por un lado, pero consciente de las luchas entre los absolutistas fernandinos y los liberales de Riego, más próximos a su pensamiento, por otro;  reflejo de la impresión que España y la sociedad española producían en su espíritu, o simplemente quizás una mezcla de lo anterior con la melancólica visión del mundo de un hombre aislado por su sordera, en su senectud, no fueron apreciados por casi nadie, pese a la fama del pintor en vida.

   Con la caída del régimen liberal y el restablecimiento del absolutismo, Goya, como pintor de cámara pidió permiso para tomar las aguas en Plombieres. Ya no volvería a España(1); y la Quinta en cuyos muros quedaron “Duelo a garrotazos”, “Saturno devorando a un hijo”, “El gran cabrón”(2) o “Perro semihundido” quedó en propiedad de su nieto Mariano a la que se la había cedido poco antes de marchar a Francia.

Autógrafo de Goya. (Fotografía tomada del libro España
Histórica de Antonio de Cárcer Montalbán. Ed. Hymsa. 1934.
 
   La finca, desde la muerte de Goya, fue usada por Javier, el único hijo que sobrevivió al maestro, a quien Mariano se la había cedido, hasta que en 1859 éste la vendió después de haber tasado don José Peláez, profesor de pintura, los murales de la Quinta del Sordo en 226.000 reales. Pudiera pensarse que dicho valor era escaso, en atención al renombre del autor. Hay que tener en cuenta que apenas cinco años después Segundo Colmenares la vendió a Luis Rodolfo Coumont por más de cinco millones de reales. Fue el señor Coumont, conocedor del valor de las pinturas, quien encargó al afamado fotógrafo Jean Laurent que realizara una serie de fotografías de la quinta y particularmente placas de las catorce pinturas de sus paredes. Laurent, francés afincado en Madrid en 1843, había alcanzado gran notoriedad como fotógrafo y desde 1861 fue fotógrafo de la reina Isabel II.

   En 1874 era dueño de la finca el banquero belga barón Frédéric Émile d'Erlanger. Tenía el barón claro interés por poseer las pinturas de Goya más que la finca y si era posible, conseguir lo que nadie se había planteado hacer.

   Por ese tiempo era restaurador del Museo del Prado Salvador Martínez Cubells. Martínez Cubells había nacido en Valencia. Hijo de un restaurador del Museo de la Academia de San Carlos de Valencia, se trasladó a Madrid donde, tras las peripecias propias de la vida bohemia, en 1869 ganó la oposición de la primera plaza convocada de restaurador de la pinacoteca madrileña.

   Fue ocupando este empleo cuando Martínez Cubells recibió el encargo del barón d’Erlanger de traspasar a lienzo las pinturas murales de la Quinta, con la intención de llevarlas a París y tratar de venderlas. Martínez Cubells extrajo las pinturas por el procedimiento  del  strappo, consistente, tras preparar la pared, en extraer la capa pictórica, que queda adherida en un soporte de papel de calco japonés o gasas de algodón, y una vez arrancada la pintura de la pared, depositada y pegada en el lienzo, donde se eliminan las gasas con las que fueron arracadas las pinturas.

   Llevados a París los lienzos, d’Erlanger los expuso, durante la Exposición Universal de 1878, en el Palacio del Trocadero, pero el resultado no estuvo a la altura de las expectativas. Aunque pintor de cámara del rey de España, y pintor famoso, no había alcanzado Goya el renombre que la posteridad tenía predeterminado para él y los cuadros expuestos no tuvieron comprador. En 1881 el barón donó todas las obras al Estado Español, que ingresaron en el Museo del Prado, donde todavía hoy se pueden ver.

(1) A excepción de un corto viaje a Madrid en 1826, para tramitar su pensión, que le fue concedida.

(2) No he podido resistirlo. Uno, que es bastante moderado en sus expresiones, sin buscarlo, ha encontrado ocasión correcta, más que de decir, de escribir, una de esas expresiones incorrectas en las que la sonoridad es la base de su fuerza. Para los que sepan la temática del cuadro, cuyo otro título por el que también se le conoce diré después, quizás el título no sea muy sugerente; pero para los que lo ignoran, se abre a la ocurrencia la personificación de tal cantidad de individuos pasados y presentes, en el ámbito público o particular que incluso el conocimiento de que se conozca también dicho cuadro como “El aquelarre”, no será obstáculo para poner límites a la imaginación más desbocada. 
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