UCLÉS

   El viajero que cruza tierras castellanas, ve a lo lejos el Monasterio de Uclés y decide verlo de cerca. ¿Cuántas veces, de paso por la antigua carretera general entre Valencia y Madrid, atisbó el viajero, en la lejanía, la negra torre de pizarra del monasterio que anunciaba una imponente construcción. Y como imán atrayendo virutas metálicas, así se vio el viajero rodando en su automóvil, camino del conocido como Escorial Chico.

   Lo que hoy hay es obra de la Orden de Santiago, que construyó sobre lo que en tiempos de reconquista fue castillo de frontera erigido por sarracenos. El viajero ha ido sabiendo que allí hubo batalla grande, la de los Siete Condes, en la que perdió la vida, a cambio de nada, un infante de Castilla. Tuvo que ser el octavo de los Alfonso, el héroe de las Navas de Tolosa, quien liberara Uclés del yugo almorávide.

   La orden de Santiago estableció allí su “caput ordinis” encargando a reputados arquitectos y artistas la edificación que el viajero ve. La Iglesia, sobria como corresponde a la obra de Francisco de Mora, el aventajado discípulo de Juan de Herrera, y de proporciones más que medianas, como debe ser habiéndola hecho quién fue epígono del hacedor de la que dicen es octava maravilla de mundo. 


   De la iglesia quiere contar el viajero que, además de sus puras líneas renacentistas, de los elementos arquitectónicos que la embellecen o de algunos pocos, de los muchos que hubo, objetos suntuarios, están en ella los restos de Jorge Manrique, noble de la casa de Lara, y poeta que compuso las famosas Coplas a la muerte de su padre, el maestre don Rodrigo Manrique. Fue don Rodrigo muy influyente personaje que participó en la Farsa de Ávila, aquella pantomima en la que se entronizó al joven infante don Alfonso, medio hermano del rey Enrique y hermano completo de la futura Isabel la Católica. Fue también Gran Maestre de la Orden de Santiago. Y aunque se sabe que las cenizas de don Rodrigo, como las de su hijo, están en la iglesia del monasterio, nada se sabe del lugar exacto en el que se encuentran.

   El viajero, aunque mediterráneo de carácter, admira por igual las sobriedades herrerianas de la renacentista iglesia, con sus líneas puras, y las del exuberante barroco del brocal del aljibe, obra pequeña, esencia de la filigrana pétrea, en el centro del patio porticado, en cuya panda Sur se abre una monumental escalera, tipo imperial, donde ¿cómo no?, un cuadro del apóstol Santiago el Mayor en la Batalla de Clavijo, a lomos de su montura blanca, blandiendo su espada, adorna uno de sus rellanos. Pintado por la mano de Antonio González Ruiz, que fue pintor de cámara de Fernando VI, no es el único lugar en el que Santiago Matamoros exhibe su icónica figura. Quizás el viajero debiera haber comenzado a contar que en la fachada principal, lugar de entrada al monasterio, remata su churrigueresca traza la efigie del santo patrón de España, anunciando que el lugar, es o fue la cabeza de la Orden de Santiago. Pero tampoco es mal momento contarlo al salir y abandonar el lugar, en una última mirada, antes de deslizarse por las rampas que discurren desde la explanada hasta la villa.

                                                     *

   Pensaba el viajero guardar para sí, por considerar que despertaría poco interés en el lector, lo visto en el pequeño pueblo de Uclés, que hoy alcanza poco más de 200 habitantes, y cuyo devenir en la historia no es posible separar del seguido por el monasterio que le da sombra. Pero caminando por la villa y conocidos algunos de los acontecimientos ocurridos y la existencia de alguno de sus hijos, se ha visto impulsado a contar algo de lo que ha ido aprendiendo durante su paseo. 

   Poco dirá de los lejanos tiempos en los que la población pasó por el gobierno de distintos señores sarracenos, fue conquistada por reyes cristianos y recuperada por los agarenos, hasta que de nuevo cristiana, se comenzó a construir el monasterio, del que el viajero ya ha dicho algunas cosas.

   Pero sí hablará de hechos más recientes. Porque si en algún momento el infortunio castigó a los habitantes de Uclés, fue cuando durante la guerra contra el francés, las tropas invasoras exhibieron la crueldad que nadie podía esperar de los hijos de una nación culta.


   Se habían replegado las tropas españolas del general Venegas, pensando el general ser Uclés lugar ventajoso para la defensa. El 13 de enero de 1809, desde su atalaya en el convento santiaguista, Venegas se disponía a dirigir la lucha que sobre el llano entre el pueblo de Tribaldos y Uclés iba a enfrentarle a las superiores en número del mariscal Victor. Pronto se verían arrollados los españoles por el empuje de los franceses, y retrocediendo aquellos hacia Uclés, enseguida, con un Venegas herido, aunque levemente, iniciaron los españoles la retirada, casi en desbandada. Pocos fueron los que lograron huir, y aún estos perseguidos por el mariscal francés. Quedaba la Villa de Uclés abandonada a su suerte.

   Y si penosa fue la derrota militar, más lamentable fue el castigo infligido por los vencedores sobre los civiles. Escarnecidos los frailes del monasterio, muchos fueron ahorcados. Parecida suerte corrieron las gentes de la villa. Degollados muchos hombres, tampoco las mujeres se libraron de la indignidad de los embrutecidos saqueadores. Algunas fueron, después de ultrajadas, quemadas vivas. Todo quedó arrasado. Arruinados los edificios públicos, los archivos municipales recogieron después lo sucedido con expresiones que no dejaban duda sobre las atrocidades cometidas.

   El manuscrito R 62665 conservado en la Biblioteca Nacional  relativo a La entrada bárbara, sangrienta y abominable de las tropas francesas en Uclés no puede ser más esclarecedor de los hechos: “(…) entraron en la villa los insolentes enemigos, y apoderados de las plazas, calles, conventos y casas empezaron el mas horrible saqueo de que no habra exemplar en la historia (…). No saciada su codicia y barbarie con el robo y el fuego, cogieron 69 personas, entre ellas tres sacerdotes, tres conventuales de la Orden de Santiago, tres frayles del Carmen Calzado, tres monjas del mismo instituto y varias mugeres, y les degollaron con la mas horrorosa inhumanidad”.

   El viajero pasea por la plaza Pública, que así se llamó hasta que le cambiaron el nombre por el de Pelayo Quintero. En ella está el ayuntamiento, la iglesia de Santa María, de construcción reciente, donde estuvo la anterior iglesia del siglo XVI, y aun antes, según se dice, una mezquita. La plaza tiene, además, la escultura con el busto del insigne ucleseño que desde 1925 le da nombre. Gusta mucho al viajero comprobar cómo la villa se siente orgullosa de uno de su más distinguidos hijos y por ello, ha indagado, siquiera muy superficialmente, la justa causa de admiración por parte de sus vecinos. Ha sabido, pues, el viajero, que don Pelayo Quintero Atauri nació en 1867, que estudio Derecho y también dibujo en la Escuela Superior de Pintura y Grabado, y que gracias a un tío suyo, Román García Soria, el gusanillo por las cosas antiguas y la Arqueología, ciencia de la que llegó a ser gloria, se apoderó de él. Fue también académico de la Real Academia de la Historia, cronista oficial de Uclés, y en Cádiz, a donde se trasladó, Director del Museo Provincial de Bellas Artes y delegado de la Junta Superior de Excavaciones, además de otros muchos cargos que ahorrará el viajero enumerar para no aburrir.



   Aunque, para terminar, el viajero contará una curiosidad sobre una de las investigaciones llevadas a cabo por Quintero. Había sido descubierto en Cádiz, en 1887, un sarcófago de época fenicia, datado hacia el año 400 a.C. El sarcófago, de gran valor arqueológico, pertenecía a un varón con su cara labrada en mármol y don Pelayo, ya en la Tacita de Plata, dirigiendo excavaciones posteriores, señaló la convicción de que en algún lugar próximo al sarcófago encontrado debería encontrase otro de la misma época, pero con la efigie y los restos de una mujer, pues afirmaba era costumbre que piezas de esa calidad fueran encargadas por un matrimonio. Afanose don Pelayo en la búsqueda durante años, encontrándose en las sucesivas excavaciones multitud de enterramientos antiguos, pero ninguno pareja del descubierto en 1887. Destinado don Pelayo al protectorado marroquí, partió hacia Tetuán sin haber encontrado el ansiado sarcófago tanto tiempo buscado. Allí fundó el Museo Español de Tetuán, y en aquellas tierras  falleció en 1946.

   En 1980, durante las obras de cimentación de una obra en Cádiz, algo llamó la atención de los operarios. Desenterrado lo tapado por la tierra durante dos mil cuatrocientos años, apareció un sarcófago con rostro de mujer. Acaso fuera el tan larga como infructuosamente buscado por don Pelayo Quintero, que nunca encontró, porque nunca pensó que el lugar donde se hallaba oculto era la tierra que había bajo la casa que él mismo habitó durante su estancia en Cádiz.

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MAXIMILIANO, ¿EL EMPERADOR QUE VIVIÓ 104 AÑOS?

   Trieste, 10 de abril de 1864. En el palacio de Miramar con el boato acostumbrado de una entronización, pero sin el entusiasmo propio del acto, es declarado el archiduque Maximiliano de Austria emperador de México. El nuevo emperador, acompañado por su esposa, la princesa Carlota de Bélgica, y presente la delegación mexicana encabezada por don José María Gutiérrez de Estrada, que ofrece el cetro al archiduque austríaco, acepta el trono y la ayuda económica y militar que otro emperador, el francés Napoleón III, inspirador del proyecto, le ofrece. Por fin, Napoleón III ha conseguido su propósito largamente perseguido: colocar un peón afín a Francia en el continente americano que haga frente, tras la independencia mexicana de España, a las ansias expansionistas estadounidenses.

   Había visto México reducidos en los treinta años anteriores la superficie mexicana a la mitad, primero con la separación de Texas, que se unió después a los Estados Unidos, luego con la cesión, por el oneroso tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, de los actuales estados de California, Arizona, Nuevo México, Utah, Nevada y Colorado, y por fin con la cesión de La Mesilla, un territorio al sur de Arizona de superficie similar a la de Andalucía, vendido por Santa Anna, en 1853, por quince millones de pesos, al gigante del norte.

   No fue la aventura mexicana venturosa para Maximiliano. Su imperio enfrentado a los republicanos de Benito Juárez, fue al fin abandonado por Napoleón III, incapaz éste de mantenerlo en el poder, o borrado el sueño de mantener su influencia en América, una vez liberados los Estados Unidos de la carga que suponía su propia guerra civil.  Solo, Maximiliano, entre derrota y derrota, osciló su voluntad entre resistir o abdicar. 

  En febrero de 1867, Porfirio Díaz, general de las fuerzas republicanas, amenaza Puebla, y Maximiliano decide dejar la capital y refugiarse en Querétaro con las fuerzas monárquicas. Había tenido el emperador antes la oportunidad de abdicar y ponerse a salvo, antes de que el fin, que se vislumbraba próximo, convirtiera su destino en irreversible tragedia, pero tras dudar si dejar México y volver con Carlota, ya declarada loca, a su querido Miramar, optó por resistir. Aún tuvo Maximiliano una segunda oportunidad para eludir un fatal desenlace. Juárez, a punto de quedar sitiado Querétaro, le brinda la ocasión de marchar sin daño. Pero era tarde ya. Quizás el emperador, que ya casi no lo era más que de nombre, no podía más que afrontar los hechos con la dignidad de su título. Refugiado con los generales Mejía y Miramón resistirá poco tiempo, siendo capturado el 15 de mayo. De inmediato, en el Teatro de Iturbide de Querétaro, comenzó el juicio, en el que, por un tribunal militar, fue acusado, entre otros cargos, de violar la Constitución de 1857, adoptar un título inexistente en México o de promulgar el decreto por el que se condenaba a muerte a quien se enfrentara al Imperio.


La Constitución de 1857, de carácter liberal, era la vigente
 al ocupar Maximiliano el trono mexicano. Una de las  acusaciones
que pesaron sobre el emperador en el consejo de guerra al que
 se le sometió, fue la violación de dicha Constitución.


   Muchos e intensos fueron los intentos por salvar la vida del archiduque. Los Estados Unidos, por medio de su Secretario de Estado William Seward, y Prusia pidieron clemencia para Maximiliano. También Francisco José, hermano del condenado, solicitó el perdón, al tiempo que cartas escritas por Víctor Hugo y Garibaldi pidiendo lo mismo resultaron inútiles, pues llegaron a México cuando el emperador había sido ejecutado.

   El 19 de junio de 1867, de madrugada, Maximiliano oye misa. La canta el obispo don Manuel Soria. Luego desayuna con los generales fieles. A las seis y media de la mañana es llevado al Cerro de las Campanas. Allí será fusilado. Pide a los soldados del pelotón que apunten a su pecho. No quiere que su madre, cuando su cadáver sea entregado a su familia, vea su rostro desfigurado, y entrega a cada soldado una moneda de oro. Después, en un gesto de generosidad y agradecimiento a Miramón, se coloca a un lado, cediendo el centro al general. Poco después tronaron los cañones de la fusilería y el Imperio Mexicano llegó a su fin.

                                                       *

 Las circunstancias de la ejecución, posterior cuidado del cadáver del archiduque y la misteriosa aparición, poco después, de un enigmático personaje en la República de El Salvador, han dado pábulo a la especulación.

  Varios autores han escrito sobre la ejecución de Maximiliano, que iba a ser pública, pero que apenas tuvo testigos; que el pelotón de fusilamiento estaba integrado por soldados y campesinos que no conocían a Maximiliano, a los que se les prestaron uniformes, razón por la que era tan heterogénea la altura de los soldados y que les cayeran tan mal los uniformes; que no hubiera fotografías del fusilamiento y que todo se hiciera con precipitación e incluso, que un negligente  embalsamamiento del cadáver lo tornara en prácticamente irreconocible meses después, incluso por su madre, cuando al llegar los restos del archiduque a Austria en enero de 1868, negó que fuera el cuerpo de su hijo. Quizás, la intención de privar al emperador derrocado de cualquier halo de heroísmo en el momento de su muerte estuviera detrás de todo ello.

   Hay un famoso cuadro de Manet recreando el fusilamiento, en el que el rostro del emperador, situado en el centro, aparece borroso, en contraste con la nitidez de sus compañeros, los generales fieles; y aunque es cierto que no hubo fotografías del momento de la ejecución, sí hubo fotografías de su cadáver. Francois Aubert, fotógrafo de Maximiliano, fue su autor, y aquellas fotografías, en el formato conocido como tarjetas de visita, se vendían por dos pesos, y fueron muy populares.

   También el hecho de que Juárez y Maximiliano fueran masones, se esgrime por algunos como razón para salvarlo de la muerte, pero lo cierto es que no está acreditado que el emperador lo fuera, habiendo incluso testimonios que lo niegan.

   De las anteriores circunstancias surgieron especulaciones y de la aparición en El Salvador de un personaje misterioso el mito. El caso es que hacia 1870 ya se había presentado en dicho país un hombre enigmático. No se sabía nada de él, ni él decía mucho de sí mismo. Era de tez y ojos claros, muy educado, de buenos modales, culto y conocedor del protocolo. Hablaba el alemán y otros idiomas europeos, y decía llamarse Justo Armas, pues, según manifestó en testamento por él otorgado en 1922, una rica familia de origen español con dicho apellido lo había acogido y educado, tras ser rescatado del cautiverio que sufrió de los indios cuando fue apartado de niño de una señora y un clérigo austríaco que vivían en un Texas aún mexicano.

   Parece ser que al llegar a El Salvador, impolutamente vestido de blanco, pero descalzo por una promesa hecha a la Virgen que le salvó de una muerte segura, le acogió y promocionó don Gregorio Arbizú, vicepresidente del país, masón, ocupándose de los encargos que sobre asuntos protocolarios y relaciones públicas, se le encargaban por parte de la alta sociedad salvadoreña, haciendo uso de una enorme cantidad de objetos suntuarios, muchos de los cuales procedían, nadie sabe cómo, de los que el emperador Maximiliano había dispuesto en sus palacios.

   El mito despierta la curiosidad, a veces de modo más intenso que la propia historia. Si era Armas el emperador que, como algunos han defendido, Juárez permitió escapar de la muerte, o si fue, más probablemente, como apuntan otros, uno de sus ayudantes, huido tras la ejecución de Maximiliano, es parte del mito. Sirva éste para conocer la historia, los hechos comprobados, y aventurarnos por los  enigmas que la misma historia no es capaz de explicar.

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EL PRIMER BELÉN

   Tan acostumbrados estamos a verlos en nuestras casas, en los escaparates de muchos comercios, templos y en las plazas de algunas ciudades, en el tiempo de Navidad, que no reparamos en la antigüedad de esta tradición.

   Fue San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana y de las clarisas, amigo de los animales –es el patrono de los veterinarios-, quien en Greccio, y según nos cuenta Tomás de Celano, concibió la primera representación del nacimiento del Niño Jesús. Y así, en una gruta, se puso el correspondiente heno y situando un burro y un buey, en lo que se había convertido en pesebre, convocó a las gentes del lugar, que como los pastores se acercaron al lugar, y leyendo el Evangelio, predicó la Buena Nueva.

   Las nuevas órdenes religiosas comenzaron a realizar figuras de diversos materiales con las que componer la representación del nacimiento de Jesús. Era una forma de predicación que se fue extendiendo.

   Aunque sabemos que llegaron a la corte española traídos por Carlos III, que antes que rey de España lo fue de Nápoles, donde las representaciones del nacimiento del Niño Jesús adquirieron el rango de obras de arte, el belén más antiguo de los que se conservan en España data del finales del siglo XV. Se conserva en Palma de Mallorca, adonde llegó de modo un tanto accidental, según la leyenda.

   Realizado por los Alamanno, familia de artistas napolitanos, a finales del siglo XV, es posible que su destino fuera Valencia, pues los Alamanno ya habían recibido encargos del duque de Calabria y Virrey de Valencia, pero fue el caso que durante el viaje, una tormenta puso en riesgo de naufragio la nave. El capitán, ante la difícil situación, se encomendó a los cielos y prometió ofrecer una de las piezas transportadas como exvoto, si salían ilesos del trance. La luz del convento de Nuestra Señora de las Nieves de Palma de Mallorca, a modo de faro, guió hasta buen puerto la nave. Pero sucedió que el capitán se negó a cumplir su promesa y zarpó rumbo a su destino, mas la borrasca zarandeó de nuevo el barco de tal modo que otra vez en peligro, tuvo que volver a puerto y entregar el nacimiento transportado.

   Sirvan estas pocas letras para felicitar a todos los visitantes de este espacio dedicado a la historia y el arte estas fiestas, tan distintas en la forma en la que nos vamos a relacionar, pero con el mismo sentimiento de bondad con el que recibimos la Navidad, sea cual sea el pensamiento que tengamos o la doctrina que profesemos.

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COLUMNAS HUMANAS

    Vivió hace quince siglos. Había nacido en Sisan, ciudad de Cilicia, en aquellos primeros tiempos del cristianismo en los que las comunidades monásticas carecían de reglas rígidas que regularan la convivencia de sus miembros. En una de estas comunidades ingresó Simeón cuando tenía 17 años. Había decidido entregar su cuerpo a las prácticas ascéticas más mortificadoras como forma de entrega a Dios. Simeón destacaba entre sus compañeros por la extrema dureza de las penitencias que se imponía. Se aplicaba un cilicio, del que se dice fue inventor, y guardaba silencio durante largos periodos de tiempo. Su aislamiento provocó que el resto de los monjes le propusieran abandonar el cenobio. No resultaba todo lo sociable que deseaban y, además, daba mayores muestras de sacrificio que ningún otro monje, lo que era causa de envidia.
   
    Se instaló en diversos lugares: un pozo y una cueva donde permanecía de pie la mayor parte del tiempo. Su fama se fue extendiendo. La gente comenzó a visitarlo. Le pedían consejo. Se acercaban a él para tocarlo. Simeón necesitaba aislarse. Primero se instaló sobre un montículo de piedras, pero la gente seguía acudiendo a verle. Después se hizo construir una columna sobre la que colocarse. Al principio tenía una altura de tres metros, pero no resultó suficientemente alta para sus propósitos. Hizo elevarla, sucesivamente, hasta los 18 metros. Allí, sobre una pequeña plataforma de apenas cuatro metros cuadrados vivió los siguientes 37 años. La tarima carecía de techumbre. Simeón estaba expuesto al castigo constante de la intemperie. Un poste situado en el centro de la plataforma y una pequeña balaustrada eran las únicas instalaciones del tablado. El poste era utilizado para atarse y poder mantenerse erguido durante la cuaresma, en la que tenía el propósito de mantenerse en pie los cuarenta días de su celebración. Desde lo alto, Simeón predicaba a quienes abajo aguardaban pacientemente que se asomara. El resto del tiempo permanecía en oración. Un día de 459 al ver que no se asomaba para su predicación diaria, Antonio, un discípulo suyo, subió a la plataforma. Encontró al asceta postrado en el suelo, en la posición en la que acostumbraba a orar, muerto.

El ascetismo y el aislamiento era la forma en que
ermitaños, eremitas y estilitas buscaban la huida
 del mundo como modo de acercamiento a Dios. 

    Fue Teodoreto, Obispo de Ciro, población cercana al lugar donde Simeón elevó la columna quién dejó escrita la biografía del Santo, dando fe de lo sucedido con detalle de lugares y fechas.

    Simeón el estilita fue imitado por muchos otros: Daniel y Simeón el joven, casi un siglo después, también construyeron sus moradas en lo alto de pilastras en las que vivieron casi toda su vida: ambos tuvieron también reconocimiento de Santidad por la Iglesia.

    Había lugares en los que se erigían columnas unas al lado de otras hasta formar auténticos bosques de columnas, cada una de ellas coronada por un ser humano.

    La moda perduró durante siglos. Sobre todo hasta el siglo X fue muy frecuente la existencia de estilitas; pero llegó a haber casos hasta el siglo XIX, como Serafín de Sarov, un santo ortodoxo georgiano, que habitó durante tres años en lo alto de una columna. Del último estilita se desconoce el nombre, pero se sabe que fue un monje del monasterio rumano de Tizmana. Él como todos sus antecesores se encaramó en lo alto de una pilastra, alejándose drásticamente de lo terrenal en busca de la “fuga mundi”.
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El EXPEDIENTE PICASSO

   Cuando en agosto de 1921 don Juan Picasso recibió el encargo de instruir la causa sobre las luctuosas jornadas rifeñas, desconocía el general que terminada la misma el expediente sería conocido por el apellido de su instructor. Había ordenado la investigación don Luis de Marichalar y Monreal, vizconde de Eza, a la sazón, ministro de Defensa en el gobierno de don Manuel Allendesalazar, un liberal que había sustituido al presidente asesinado Eduardo Dato el marzo anterior. Y aquel informe, encargado por orden de 4 de agosto, cuando el desastre de Annual había conmovido el corazón de los españoles, ni Eza ni el propio Picasso sabían que tendría también que recoger la hecatombe del Monte Arruit.

   La popularidad de don Juan Picasso no era tan notoria como la de algunos de los jefes actores de los hechos que tuvo que instruir, ni desde luego como llegaría a serlo su sobrino Pablo Ruiz. Don Juan aunque era un héroe de guerra, que había recibido la Laureada por una memorable galopada en Melilla en 1893, para la que se ofreció voluntario, y alcanzó el grado de general, era un hombre discreto y sobre todo honesto. A diferencia del general Berenguer, Picasso no quiso ser ministro de la Guerra.

   En 1919 es presidente del Consejo de Ministros el conde de Romanones.  En el mes de febrero Romanones ofrece el ministerio de la Guerra a Picasso. Éste, que no lo esperaba, responde al conde: “Pues se lo agradezco mucho, pero mire, prefiero seguir trabajando en lo mío y ser lo que soy, un militar honrado”.

   Y como militar honrado se comporta Picasso ante la tragedia en el Rif. Apenas ha tenido tiempo de comenzar la instrucción cuando recibe indicaciones para dejar al margen de su investigación las actuaciones del Alto Mando. Las recibe del recién nombrado ministro de la Guerra La Cierva primero, por dos veces, y por Berenguer, el propio jefe del Alto Mando después. Picasso, incorruptible, quiere saber la verdad, para eso se le ha nombrado, y se expresa con claridad. Con sutileza advierte al ministro de su voluntad de dimitir si se trata de doblar su voluntad:
     ─Sabrá que, por mi cargo de representante de España en la Sociedad de Naciones, he sido citado por la Comisión Consultiva para el próximo día 4 de septiembre. Si considera que mi servicio a España será de mayor provecho en Ginebra, me someteré a su criterio.
   Pero La Cierva no quiere que Picasso dimita. El general estará en Melilla preparando su informe los siguientes cinco meses.

   Pese al inmediato comienzo de la “reconquista” del Protectorado, la herida causada no cicatriza. Junto al expediente Picasso, en las Cortes se forman las comisiones de los Diecinueve y de los Veintiuno, así conocidas por el número de diputados que las componían, para determinar las responsabilidades de lo ocurrido. Pero en la calle, el pistolerismo envenena el clima social: víctimas de los atentados eran tanto los obreros, como los patronos. En Zaragoza el arzobispo Soldevilla muere asesinado; en las instituciones, la sensación de impunismo en la depuración de las responsabilidades por el desastre en el protectorado marroquí crispa las relaciones entre militares y civiles y, en general, la intransigencia envilece el clima político. En el verano de 1923, a cuenta del suplicatorio solicitado para procesar al general Berenguer, senador vitalicio por designación real, se produce un incidente en el Senado. Son protagonistas del mismo el general Aguilera y el jefe del partido conservador, señor Sánchez Guerra. Ya venía el ambiente caldeándose desde que el día 30 de junio, por otro incidente, el general había enviado una nota al señor Sánchez de Toca en términos rayanos en la impertinencia, cuando no claramente ofensivos, pero de los que no pensaba retractarse, que así fue escrita: “Muy Sr. Mío: En el diario de sesiones del Senado del jueves 28 de este mes de junio, he leído su discurso, en el que falta a la verdad; en él se dice que el suplicatorio del Sr. Berenguer, no se había mandado a usted, en aquella época Presidente del Senado, con arreglo a las costumbres establecidas y por conducto del Ministro de la Guerra, empleando adjetivos muy suyos. Como esta maldad de usted va dirigida contra mi persona, como Presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, maldad muy en armonía con su moral depravada, he de manifestarle que la repetición de este caso u otro análogo, me obligará a proceder contra usted con el rigor y energía que se merecen los hombres de su calaña”.

   Trata el conde de Romanones, Presidente del Senado, de convencer al señor Sánchez de Toca para que desista de su intención de leer la carta en la Cámara, pero el señor Sánchez, inconmovible a los ruegos del Conde, no cede. La carta más que un ataque a él, es una afrenta a toda la Cámara, dice; y ésta debe conocerla. En la sesión del día 3 de julio, a la que no acude el general Aguilera, toma la palabra el señor Sánchez. Explica cómo un ayudante del general lleva a su domicilio la carta, que a continuación lee a los senadores presentes. La impresión causada en la Cámara es colosal. Los rumores iniciales dan paso a voces de protesta en contra del ofensor. Bien lo supo otro senador, el general don José Villalba, que alzando su voz en defensa del ausente Aguilera, recibió tan sonora oposición que debió sentarse sin pronunciar palabra.

   El día 5 de julio hay nueva sesión en el Senado. Momentos antes de comenzar están en el despacho del Presidente de la Cámara el presidente del Consejo de Ministros, señor García Prieto, y el general Aguilera. Ha sido llamado éste por el conde de Romanones para conocer la verdad sobre unas declaraciones de la que se ha quejado el jefe del partido conservador, el señor Sánchez Guerra, que espera en la antesala del despacho del Conde. Al terminar la reunión, se encuentran Aguilera y Sánchez Guerra. Dice el primero al segundo:
    ─Los militares estamos hartos del gobierno y de los civiles, tan responsables como nosotros en el asunto de Marruecos, con la diferencia de ser nuestro honor virtud incomparable.
    ─Tenga cuidado, general, con lo que dice ─replica Sánchez Guerra─, el honor no es patrimonio privativo de los militares. Pertenece al hombre sin distinción de clase, sea militar o civil.
    Alterado, Aguilera reacciona con violencia y alarga un manotazo sobre el rostro de Sánchez, que responde de igual modo. Varios senadores presentes los separan y, al momento, el conde de Romanones hace pasar a los contendientes a su despacho, donde bajo la autoridad del Presidente se disculpan.

Don José Sánchez Guerra pintado por Julio Romero de Torres.

   Mas, como responder al airado luego, es echar leña en el fuego, al poco, comenzada la sesión, el general Aguilera, recordando la carta al señor Sánchez Toca trata de defender al Consejo Supremo de Guerra y Marina que él Preside. De nuevo se oyen rumores, el Presidente trata de acallarlos con la campanilla. De pronto, se percibe un gran alboroto proveniente del fondo de la sala. Dos señores la emprenden a bastonazos entre sí. Algunos ujieres y varios senadores que abandonan sus escaños acuden para separarlos. Incluso se informa al Presidente que uno de los contendientes porta un arma. El Presidente agita la campanilla pidiendo orden, pero el escándalo es monumental y apenas se le escucha. Si no fuera porque los hechos pueden ser dramáticos, parecerían grotescos, viendo desde el fondo de la sala al Conde agitar la campanilla como si no tuviera badajo y mover sus labios como si careciera de voz. Por fin, aquietada la situación y calmados los ánimos, habla el Presidente: “Señores senadores, es lamentable el espectáculo que se está dando, y yo ruego a todos que guarden orden. Los debates los dirige la Presidencia y en ningún caso las imposiciones de la fuerza material. Yo ruego a los señores Senadores que se sienten…”
     Dos meses después, el Capitán General de Cataluña, general Primo de Rivera declaraba el estado de Guerra y se trasladaba a Madrid para formar un Directorio Militar.

                                                      *

   Tuvo tiempo Picasso, pues falleció en 1935, de ver como su informe sería buscado por aquellos que querían ocultar su verdad o apoderarse de ella. El expediente fue registrado y protegido por quienes quisieron que la justicia prevaleciese. El director de la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos, y diputado liberal en las Cortes, don Bernando Sagasta, sospechando que Primo de Rivera, en cuanto llegase a Madrid, buscaría el expediente, acude al archivo de las Cortes. Como presidente de la Comisión de los Veintiuno, retira el expediente(1), en realidad parte de él, y lo entrega a Enrique Jiménez Girón, un compañero suyo de la Escuela de Ingenieros, para que lo esconda y guarde. No tarda mucho el general Primo en averiguar que es cosa de Sagasta no encontrar el informe donde debía estar, y a él acude don Miguel para tener lo que desea. Pero Sagasta nada dice, salvo que él ya no lo tiene y que no sabe donde está. Mas nada hizo el general contra Sagasta, y Primo de Rivera, empeñado, no sólo en buscar responsabilidades de lo ocurrido en Annual y jornadas posteriores, sino en establecer un juicio histórico de lo hecho por España desde 1909 en Marruecos desde los tiempos de la Semana Trágica y El barranco del Lobo, que depure responsabilidades, civiles y militares, y regenere la Nación del marasmo en el que se halla, buscará otros caminos.

   Una nueva comisión, ésta de los once, se forma para investigarlo todo. Parte de algunos de los papeles de Picasso de los que Sagasta no dispuso, de informes a los ministerios, que se solicitan, pero que considerados como reservados, no se encuentran o su solicitud se pierde en un lento y tortuoso camino burocrático, o de documentación de otros archivos militares. Se solicita, pues, mucho material, pero poco se aporta al fin. El asunto languidece y en 1929, la comisión se disuelve.  Abandonado Primo de Rivera por el rey, en enero 1930 presentó su dimisión al monarca y se retiró a París. Allí moriría pocas semanas después.

   Pero no era tiempo aún de volver el expediente a su archivo. Sustituía a la dictadura del general Primo, la “dictablanda” del general Berenguer, precisamente uno de los protagonistas del expediente Picasso, y después el gobierno del Almirante Aznar, hasta que con el nuevo régimen republicano, vio Sagasta el momento de restituir el expediente al archivo de las Cortes.

   Había pasado el tiempo y las penas, si no olvidadas, iban a ser eclipsadas por otras aún peores que llegaron años después. Y aquello que tanto revuelo causó, ya no parecía ser si no una más de las desgracias que la historia depara a los pueblos.

(1) Así quedó recogido, con independencia de cualquier otro registro, en uno de los legajos, una anotación del funcionario, a lápiz de color rojo, indicando: “Se los llevó el señor Sagasta”.
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INGENIO Y GRACIA

   Felipe IV, el rey planeta, era un gran cazador y rijoso inagotable que mantuvo una corte divertida en la que los cortesanos, contagiados del entusiasmo real, corrían por los pasillos del viejo alcázar de alcoba en alcoba, en lances que estimulaban la inspiración de poetas. Uno de aquellos poetas más queridos del rey Felipe era don Francisco de Quevedo, quien dotado de ingenio sin igual, hacía con sus versos amigos y lo contrario en proporciones parejas.

     Aunque cabe la duda de si realmente ocurrió o es fruto de la fama bien ganada por Quevedo de atrevido cortesano y poeta insolente, se atribuye a don Francisco haber ganado una apuesta en la que a la reina Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, se atrevió a decirle lo que nadie más osó. Al parecer padecía la reina un defecto físico que la obligaba a caminar con cierto balanceo del cuerpo, y que era sabido molestaba a la reina cualquier cosa que se lo recordara. Pendenciero, bravucón, deslenguado y con el mismo defecto que la reina sufría, pero ingenioso y audaz, compinches de taberna apostaron con el poeta una comilona a que no sería capaz de decirle a la reina que cojeaba de un pie. No era don Francisco persona que se amilanase con facilidad y aceptando el reto, hízose con un ramo de claveles y otro de rosas, y presentándose ante la reina al paso de su carruaje, le mostró los ramos diciendo, en un ejemplo ya clásico de calambur: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, Su Majestad  escoja".

    Tampoco el rey Felipe se libró de su descaro. En cierta ocasión estaba don Francisco con el rey planeta, cuando éste le pidió le improvisara unos versos. Don Francisco solicitó a su Majestad le diera pie para la composición y no tuvo el monarca mejor ocurrencia que alargar una pierna para que Quevedo la tomase. Lo hizo el poeta que recitó en el acto:

          ¡Buen pie! ¡Mejor coyuntura!
Paréceme, gran señor, 
 que yo soy el herrador 
y vos la cabalgadura. 

   Se discute si tal episodio tuvo como protagonistas al rey y a Quevedo, o si don Francisco dedicó los versos a un cortesano que con la misma audacia que pudo haber tenido el rey, se dirigió así al poeta. Sí es seguro que don Francisco, fuera quien fuese el requirente, tenía valor sobrado para contestar con el descaro del que andaba sobrado.

    Todo lo contrario, en la misma época, sucedió en Francia, cuando Luis XIV preguntó cierto día a Nicolás Boileau su edad. En el colmo del ingenio y la coba, el poeta e historiógrafo del rey contestó adulador: “Señor, yo nací una hora antes que Vuestra Majestad, para narrar la grandeza de vuestro reinado”.

    Otra apuesta dio lugar a una respuesta ingeniosa, pero que seguramente no hizo ninguna gracia a la apostante. Era trigésimo presidente de los Estados Unidos el republicano Calvin Collidge. Conocido por ser hombre de pocas palabras, siendo motivo de retos relacionados con su falta de locuacidad. Su mandato transcurrió durante parte de los locos años veinte del siglo XX, y quizás por ello presa de alguna chifladura, en cierta ocasión se le acercó una señora y le dijo:
   ─Señor Presidente, he apostado con mis amigas que si hablaba con usted, me dirigiría al menos tres palabras. 
     ─Ha perdido─ fue la respuesta.

   Otro político, éste español, coetáneo de Collidge, también conservador, diputado, senador vitalicio y ministro, don Saturnino Esteban Collantes, se hallaba en la tribuna durante una sesión parlamentaria. De pronto las pinzas de sus tirantes se rompieron y los pantalones de don Saturnino se deslizaron hacia donde las leyes de la inercia de Newton indican que discurren los objetos cuando no hay fuerzas que actúen sobre ellos. Imperturbable don Saturnino, se inclinó un instante, subió la prenda y sin mostrar azoramiento alguno exclamó: “Puestas las cosas en su sitio”, y prosiguió su discurso.

    Y si los políticos han sido ingeniosos en sus expresiones, a veces, los religiosos no han querido ser menos. No consta el nombre del prelado. Tampoco el de la señora que causó la observación, pero fue el caso que durante una cena de gala frente al prelado ocupó el asiento una hermosa dama provista de amplio escote sobre el que, sujeta por una cadenita de oro, resplandecía una cruz de diamantes. Notó la dama la fijeza del prelado sobre sí, preguntándole la dama al obispo: 
   ─¿Se fija usted en el crucifijo que llevo colgado del cuello, eminencia? 
   ─Señora, no me fijo en la cruz, sino en el calvario que la sostiene.

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EL PRERROMÁNICO ASTURIANO

   El viajero al llegar a Santa María del Naranco se siente conmovido por una inexplicable emoción. Lo que ve es tan antiguo, tiene casi mil doscientos años, está tan bien conservado y es de tan gran belleza, que se alegra, una vez más, de romper sus prejuicios acerca de la tosquedad de las gentes, incluida la nobleza, de la alta Edad Media, como si la dura vida de supervivencia o las sucesivas guerras, o el atraso material, visto desde el siglo XXI, fuera incompatible con el aprecio de lo bello y el deseo del refinamiento.

   Y le cuesta comprender cómo hasta 1985 esta iglesia, que nació como palacio, y la de San Miguel de Lillo, apenas cien metros carretera arriba, no hayan sido consideradas patrimonio de la humanidad mucho antes.

   Estas dos joyas son, quizás, las más preciosas del arte prerrománico asturiano, a las que con justicia se les da también el adjetivo de ramirense, por ser este rey quien hiciera levantar un conjunto de edificios  en la ladera del monte Naranco en las cercanías de Oviedo.

Santa María del Naranco

San Miguel de Lillo
















   Poco es lo que se sabe de los orígenes de estos edificios. Se supone que no estuvieron solos y que, a decir de Sánchez Albornoz,  fueran más los edificios construidos, y que estos dos que el viajero admira sean los únicos supervivientes de otros erigidos en tiempos de Ramiro I, rey de corto reinado, pero de gran importancia para el reino asturiano.

   Sin descendencia Alfonso II el Casto, que había recibido la corona de Bermudo, eligió al hijo de éste, Ramiro, vástago de la estirpe cántabra, para sucederle. Pero ocurrió que estando Ramiro, viudo de su primera esposa, en tierras castellanas para contraer segundas nupcias, falleció el rey Alfonso. Debió ser dicha muerte repentina, pues Ramiro, que no había asegurado su elección, vio como Nepociano trató de apoderarse de la corona. Como tenía este Nepociano algún parentesco con el rey muerto, se creyó con algún derecho, y partidarios de Ramiro y Nepociano se enfrentaron en Cornellana, junto al Narcea. Victorioso Ramiro, fue elegido y entronizado, y Nepociano, tras su captura, privado de la vista y enclaustrado hasta el ocaso de sus días.

   El viajero lee en “El reino de Asturias” de don Claudio Sánchez Albornoz la idea de ser el maestro de la Cámara Santa de Oviedo el autor de estos dos edificios ramirenses: el palacio real, que pasando el tiempo, dejaría de prestar usos palaciegos para consagrarse como capilla y la iglesia de San Miguel de Lillo. Sea la hipótesis de don Claudio acertada o no, el viajero sólo puede alabar el buen gusto del maestro y lo acertado del rey Ramiro en su elección.

   Poco más dirá el viajero de estas maravillas erigidas en tiempos tan lejanos, de las que puede ofrecer el recuerdo que de ellas pudo retener con su cámara, pero no la emoción que su contemplación produce en el visitante.
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