El XIX. EL SIGLO DE LOS GENERALES

   Aunque muchas son las épocas en las que los militares han tratado de influir, cuando no de tomar el poder por la fuerza de la armas, es el siglo XIX el que da principio, con mayor intensidad, a que la vida civil española haya estado bajo la autoridad de la espada. No es raro que a aquellos salvadores de la Patria se les llamara espadones.

   Es difícil saber si el viejo aforismo que asegura ser más fácil militarizar a los civiles que civilizar a los militares se pueda aplicar a lo sucedido durante los años que transcurren desde la muerte de Fernando VII, en 1833, hasta la Restauración, en 1874, tras la efímera y fracasada Primera República.

   Algo más de cuarenta años en los que generales al alimón con civiles alternaron el mando sobre una España que pese a todo, en muchos casos con retraso, comenzaba a cambiar. 

                                                         *

  Del “Espadón de Loja”, general, duque de Valencia y Presidente del Consejo tantas veces, ya se han contado anécdotas desde estas páginas en entradas a él dedicadas; pero una más, compartida con otro general, duque como él, viene a demostrar lo animado de la vida política de mediados de siglo XIX.

   No hacía mucho que el duque de Ahumada, el segundo que llevaba ese título, había fundado la Guardia Civil. Era, es este Cuerpo paradigma del honor. Lo dice su propia cartilla y Reglamento desde 1844, año de su fundación: “El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil, debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás”. También debe ser prudente sin debilidad, firme sin violencia y político sin bajeza”. 

   Y así debió ocurrir, cuando en cierta ocasión, yendo el general Narváez, a la sazón jefe del gobierno, camino del teatro en coche de caballos, embocó una calle por cuyo paso estaba encargado de prohibir el tránsito un guardia civil. Mandó detener el carruaje el guardia, y de inmediato Narváez, irritado, exige se le franquee el paso, sin que el guardia ceda ante el imperio del general. 

   Pide pues el Presidente al agente su nombre y al día siguiente hace llamar a su despacho al duque de Ahumada, jefe del guardia. Narváez le ordena el inmediato traslado del atrevido guardia, pero el duque, tranquilo, deja su bastón sobre el escritorio del Presidente y contesta:
   ─No haré tal cosa, pues el guardia no hizo sino cumplir con su deber; ahora bien, ahí está mi bastón de mando; quién me suceda que ordene el traslado.
   A lo que el espadón, entregando un cigarro al duque, responde:
   ─Tome, déselo al guardia de mi parte, y usted recoja su bastón; nadie es más digno que usted para llevarlo.



   Pero no crea el lector que siempre entre militares se solucionaban las cosas de forma tan pacífica. En 1837 se dirimieron unas afrentas mediante un duelo, cosa nada rara durante aquel siglo. Todo vino a cuento de las invectivas que el general Seoane dirigió en Las Cortes contra los oficiales rebeldes que en Aravaca exigieron el cese del ministerio Calatrava.

   Había sido el doceañista Calatrava elevado a la cumbre del gobierno tras los sucesos de La Granja de San Ildefonso un año antes, pero las cosas no estaban yendo bien en España; y en tiempos tan revueltos, generales unas veces, oficiales otras, hasta sargentos en ocasiones protagonizaban asonadas, desplantes o insumisiones capaces de cambiar el rumbo de la Nación. Fueron en esta ocasión los oficiales de Guardia quienes exigieron el cese de Calatrava que, impopular, como fruto maduro, estaba a punto de caer. La reina gobernadora cedió, Calatrava cesó en el cargo; pero don Antonio Seoane, Capitán General de Castilla la Nueva, diputado y diestro, según era fama, en el manejo de la pistola, que no supo o no quiso estar callado, se fue de la lengua:
  ─Merecerían, por su cobardía, arrastrar grilletes los oficiales rebeldes.

   Ofendidos los oficiales, una treintena de ellos se reúnen en el café Lorenzini(1) de Madrid, donde deciden exigir satisfacción del ofensor. Lo sabemos con detalle, pues el general Córdova en sus “Memorias Íntimas” hace un extenso relato de lo sucedido, al ser testigo de los hechos.

   Acuerdan, pues, que sean tres los oficiales que se enfrenten al general y por sorteo determinan el orden, siendo don Joaquín del Manzano el primero al que toca en suerte ponerse frente al experto Seoane. Tras nombrar padrino al entonces coronel Córdova, se dirige éste al encuentro de Seoane, que acepta el reto de los oficiales, nombra sus padrinos y convienen que el desafío se celebre en el camino del Pardo, más allá de la Puerta de Hierro.

   Se decide que el duelo sea a pistola y como Seoane es experto tirador, para equilibrar el combate, se cargan ambas armas, pero sólo una de ellas con bala. Empeñado el general en que sea Manzano quien elija arma, Córdova se niega por ser él quien las ha cargado y ser padrino de éste. Momentos antes del desafío, el general pide a Córdova que se acerque.
   ─Si muero, Manzano está perdido; esta misma noche será hombre muerto por mis partidarios, y no lo puedo permitir. Tome este pasaporte, le facilitará la marcha hasta su regimiento, también entrégele mi caballo y además déle esta bolsa con 25 onzas.
   ─Acepto el pasaporte, mi general, y le doy las gracias, en mi nombre y en el de don Joaquín, pero el caballo se lo daré yo si hace falta y el dinero sus amigos que aquí estamos.

   Instantes después, ambos hombres con las pistolas en alto se apuntan. Dos armas y una sola bala. Al grito de tres, se oyen dos disparos. Seoane se derrumba como árbol sin raíz. Todos piensan que está muerto. Corren hacia él. Vive. Se incorpora, aunque está mal herido. Pide que se carguen de nuevo las armas, pero Córdova se niega. Igual hacen los padrinos del general. Seoane, herido y rabioso clama:
   ─Lo que dije en las Cortes no lo retiro, lo ratifico palabra por palabra.
   Si así lo quiere Seoane, dicen los oficiales insultados, esperarán la recuperación del general para batirse de nuevo. Pero al fin, la razón se impone. Desisten los oficiales a nuevos duelos y don Antonio Seoane, aún convaleciente en el lecho, al saberlo, retira sus palabras.
    Es el final feliz de un duelo que puedo terminar en tragedia.

  No pudieron decir lo mismo otros militares, cuyas vidas acabaron ante un pelotón de fusilamiento.
   En 1841, Narváez desde Andalucía, O’Donnell en Pamplona; de la Concha, Pezuela y Diego de León, en Madrid; Borso di Carminate, desde Aragón preparan el asalto al poder que Espartero ostenta. De los conjurados un grupo de los conspiradores asalta el Palacio Real. Tienen la intención de apoderarse de la reina Isabel, aún niña. Fracasan. Muchos huyen. Diego de León no lo hace. Detenido, ante el pelotón de granaderos, en un rasgo de dignidad y valentía gritará: “No muero como traidor” y dirigiéndose a sus verdugos: “No tembléis, al corazón”.

   Cinco días después, en Vitoria, el 21 de octubre, otro de los implicados, don Manuel Montes de Oca, antiguo ministro de Marina, desde su celda, aún dio una vuelta de tuerca más al espíritu romántico en su ejecución ante los fusileros: quiso el marino supervisar los preparativos de su propia ejecución y pidió permiso para gritar un “Viva la Reina” y mandar el pelotón que debía ejecutarle. Lo primero le fue concedido, pero en lo segundo el capellán se negó. Aducía el clérigo que gritar “fuego” el propio condenado constituiría un suicido que la religión consideraba pecado mortal, y se negaba a absolverlo en su confesión. Mas la hora de la ejecución se aproximaba inexorable y al fin llegaron confesor y reo a un acuerdo. Frente al pelotón que lo va a ejecutar, llegado el momento, Montes de Oca grita: “Granaderos, no os mando hacer fuego, no por falta de valor, sino porque la religión me lo prohíbe. Caballero oficial, cumpla con su deber”.

(1) El Café Lorenzini luego se llamaría de Columnas, más tarde de Londres, aún después de Puerto Rico, y hoy, en el número 3 de la Puerta del Sol, dicho bajo muestra el rótulo de una cadena de perfumerías.

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EL XIX. LOS BARCOS DE MÉNDEZ NÚÑEZ

   Aunque es prácticamente desconocida en España, uno de los países beligerantes, no sucede igual en las restantes naciones que, aliadas, se enfrentaron a la antigua metrópoli en una guerra que los libros de historia mencionan de distinta forma. Aunque quizás más que una guerra no pasase de ser una escaramuza sin sentido en una región, ya de por sí un auténtico polvorín, como se vería después.

   Diez años antes de que España por un lado y Chile y Perú por otro enfrenten sus armas, ya Chile ha mostrado sus apetencias por unas tierras, el desierto de Atacama, que a su Norte, pese a parecer yermas y estériles guardan una inmensa riqueza: el salitre.

   Tampoco Bolivia, con salida al océano entonces, está dispuesta a la renuncia de ese tesoro. Diversas negociaciones tratando de delimitar la raya que separe esas naciones se suceden, hasta que unos sucesos fortuitos, sin relación con las negociaciones, vienen a facilitar un entendimiento temporal entre ambos países, al margen de sus disputas territoriales.

                                                        *

  En agosto de 1863, unos hechos aparentemente ajenos a las acciones de los gobiernos iban a traer consecuencias gravísimas. Y lo que empezó concerniendo exclusivamente a Perú y España, se extendió a los países limítrofes en el área del Pacífico, llevados por una solidaridad americanista en contra del antiguo poder colonial. No sucedió lo mismo con el resto de naciones suramericanas, incluidas las atlánticas, que se mostraron neutrales cuando no abiertamente a favor de España.

   Aquel verano, en la hacienda peruana de Talambo trabajan unos jornaleros españoles. Habían partido de Guetaria tres años antes y estaban en Perú contratados por Manuel Salcedo. Pero las condiciones laborales no habían hecho más que empeorar con el paso del tiempo. El día 4, uno de ellos, Marcial Miner, acompañado de otros colonos, decide plantear sus quejas a Salcedo. Discuten. Poco después tras una reunión en la que Salcedo parece ceder a las pretensiones de sus empleados, los peones vascos son atacados por unos pistoleros que, siguiendo órdenes de Salcedo, son contratados por Valdés, el capataz de la hacienda. Hay muertos. Miner resulta herido. Y no sólo eso, atado a una cabalgadura es arrastrado y abandonado su cuerpo creyéndolo sin vida.

   Con lentitud premeditada se presenta el juez de paz dos días después de los hechos; y con discutible aplicación de la justicia, en primera instancia, se absuelve a casi todos los implicados en los asesinatos y al inductor de la matanza. Recurrido el fallo, el tribunal del departamento de La Libertad anuló lo dictado por el juez, contra el que instruyó procedimiento por prevaricación, pero recurrido por Salcedo ante el Supremo, el alto tribunal peruano hizo volver todo al estado inicial de las cosas. No era favorable a lo español el ambiente, y no era Juan Ugarte, el diplomático encargado de los asuntos españoles en Lima, ni persona celosa de su deber ni defensora honesta de los españoles a los que se debía.

   Ocurrió que por entonces una escuadra española realizaba una singladura científica y diplomática por mares australes de América, al mando de don Luis Hernández Pinzón. Ignoró en un principio el comandante Hernández Pinzón los sucesos de Talambo, ajenos a la misión que le llevaba por aguas australes, pero la llegada del diplomático  Eusebio Salazar y Mazarredo que, como comisario especial, lejos de hacer de su profesión un arte, lejos de “tratar la hostilidad con cortesía”, desatendido en sus exigencias por el gobierno peruano, indujo a Hernández a tomar las islas guaneras de Chincha, como medio de presión. No había sido la coacción ni la imposición de un ultimátum al gobierno peruano el mandato recibido por Salazar, pero el despecho, al verse recusado como representante español, y la arrogancia de Salazar llevaron la situación al punto que nadie hubiera deseado. Desautorizado poco después Salazar y reemplazado Pinzón al mando de la escuadra por el almirante Pareja, las cosas parecían reconducirse, al menos favorablemente para España, con la firma del Tratado de Vivanco-Pareja. Pero todo iba a ser una ilusión. Desposeído de su cargo el presidente peruano Pezet, fue sustituido por el coronel Prado, el tratado formalizado por el general Vivanco y el almirante Pareja sin efecto y las hostilidades iniciadas entre España y Chile, primero, y Perú después, con el apoyo de Ecuador y Bolivia.




   El 26 de noviembre de 1865, un error táctico durante las operaciones de bloqueo de la costa de Chile permitió a las fuerzas navales chilenas apoderarse de la goleta española Covadonga, un pequeño navío de tres cañones. El hecho, de consecuencias militares poco relevantes, tuvo otras personales imprevistas. A bordo del buque insignia, la fragata “Villa de Madrid”,  se escuchó un disparo en la cabina del comandante. Acudieron alarmados varios oficiales que encontraron al almirante limpiando sus pistolas y disparando al mar, y vestido con su uniforme de gala, que dijo se había puesto para airearlo y protegerlo de las polillas. Varios disparos más se oyeron después, sin que despertaran mayor alarma. Sobre las 9 de la noche, al ver que el comandante no subía a cubierta, bajó a verlo el capitán Lobos. Pareja yacía en la cama. Un disparo en la boca había atravesado su cráneo y salido la bala por el temporal izquierdo. Todavía tenía la pistola en su mano.

   La muerte de Pareja supuso que el mando de la escuadra española fuera asumido por el brigadier Casto Méndez Nuñez, llegado a aguas del Pacífico en la fragata Numancia. Tras distintos combates sin claro vencedor, Méndez Núñez recibe nuevas órdenes que le autorizan a bombardear los puertos chilenos y peruanos; Méndez Núñez, pues, envía un ultimátum al gobierno chileno. Debe éste, entre otras exigencias, devolver “La Covadonga” en un plazo de cuatro días, al término de los cuales sin respuesta satisfactoria avisa el comandante de la escuadra española, Valparaíso será bombardeada.

   Coincide todo ello con la presencia en el puerto chileno de Valparaíso de varios buques de guerra extranjeros: una flota norteamericana mandada por el comodoro Rodgers, varios barcos ingleses y alguno francés, ruso y sueco. Quiere impedir el comodoro Rodgers, que interviene como mediador, el bombardeo y propone un combate naval entre barcos españoles y chilenos en alta mar, haciendo él mismo de árbitro. No ve al principio Méndez Núñez la propuesta con malos ojos, pero sus órdenes no lo autorizan y renuncia a participar. Valparaíso será bombardeada. Ni las amenazas de lord Denman, al mando de los buques británicos, ni del comodoro Rodgers, para que el jefe español desista de la acción surte efecto, antes al contrario, exclamará, en frase mítica demostrativa del carácter español en los momentos graves que “La Reina, el Gobierno, el país y yo preferimos más tener honra sin barcos, que barcos sin honra”.

   Retirados de puerto todos los buques extranjeros, con órdenes de sus gobiernos de no intervenir, a las nueve de la mañana del día 31 de marzo de 1866 comienza el bombardeo de una indefensa Valparaíso. Hubo dos muertos durante el bombardeo, pues la mayor parte de los 80.000 habitantes avisados se refugió en las colinas. Sí fueron importantes los daños materiales y en especial el desastre para la flota mercante chilena que quedo diezmada y tardó años en recuperarse.

   Tras el ataque a Valparaíso, Méndez Núñez puso rumbo a Perú, el país en el que casi tres años antes habían ocurrido los hechos de Talambo, detonante de lo que ocurriría después. Callao era puerto bien fortificado y defendido. El intercambio de disparos fue intenso. Muchas las defensas destruidas por los cañonazos españoles y muchas las averías en los buques de Méndez Núñez, que incluso resultó herido por un trozo de metralla que rebotó en la barandilla de la “Numancia” alcanzando el brazo y el costado del almirante y lo obligó a abandonar el puente.

   Terminado el combate, el presidente Prado regresó a Lima como un héroe. Y de igual modo fue recibido Méndez Núñez, a su llegada a España, tras escala en las islas Filipinas y doblar el cabo de Buena Esperanza. Todos creyeron haber ganado, sin comprender, quizás que todos perdieron.
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CIRO EL GRANDE

   Siendo sus orígenes tan fabulosos y el signo de su vida la victoria y el éxito, no es raro que Ciro, el persa, que forjó un imperio que duró doscientos años, haya pasado a la historia con el apelativo de Grande.

   Herodoto en el primero de sus nueve Libros de la Historia nos habla de sus legendarios orígenes: cuenta que reinando Astiages en el país de los medos, soñó que en cierta ocasión comenzó a orinar su hija Mandara. Lo hacía en tan gran cantidad que inundaba toda la ciudad y aun toda Asia. Inquieto Astiages, pidió a los magos que le desvelaran el significado del sueño. Después de oírlos tomó la resolución de impedir cualquier matrimonio de su hija con hombre principal, decidiendo al fin casarla con Cambises, un persa honrado, pero de condición humilde. Al año de esta boda, coincidió que Mandara estuviera encinta, con un nuevo sueño del rey. En él, del vientre de Mandara nacía una parra que se extendía por toda Asia. Otra vez los magos fueron llamados para interpretar el sueño, y anunciaron al rey que la prole de Mandara le sustituiría y extendería sus dominios por los que ahora estaban bajo su autoridad. Entonces Astiages hizo llevar a su hija a la corte para apoderarse del hijo que le iba a nacer y matarlo. Cuando nació Ciro, hizo llamar a Hárpago, familiar suyo y fiel servidor, y le pidió que tomase al niño, lo llevara lejos, a las montañas, y lo abandonara para que fuera comido por las fieras. Prometió Hárpago hacerlo así, pero cuando llegó a su casa contó a su mujer lo que el rey le había ordenado, y le dijo que iba contra su buen sentido hacer una cosa así; y que, además, si Astiages moría, y era probable que lo hiciera pronto, pues era viejo ya, y fuese su hija Mandara la futura reina, ¿no tomaría represalias ésta por haber matado a su hijo? Y sin embargo, tampoco podía desobedecer al rey. Pensó entonces encargar a otro lo que él no se atrevía a hacer. Llamó a un pastor llamado Mitradates, que era siervo del rey, y lo obligó a cumplir por orden de Astiages el encargo. Pero al llegar a su casa Mitradates, encontró a su mujer, que estaba encinta, llorando porque le había nacido el niño muerto. Cuando contó el pastor a su mujer el mandato que había recibido, y el pesar que aquello le producía, ella le propuso enterrar en las montañas al recién nacido muerto, y quedarse con el que habían entregado a su marido.  
      ─Nadie lo sabrá ─dijo la mujer de Mitradates a su esposo─. Lo cuidaremos como si fuera nuestro, y tú podrás decir a Hárpago que has cumplido.

   Hechas así las cosas, pasó el tiempo y Ciro crecía sin mayores contratiempos. Tendría unos diez años, cuando durante unos juegos con muchachos de su edad, simulando la vida de los adultos, decidieron repartirse los papeles. Eligieron a Ciro, que era el más despierto de todos, para el de rey, y se repartieron los demás muchachos el resto de los trabajos que debían representar. Ciro en su papel de rey ordenó a unos que se ocuparan de la guardia, a otros que le construyeran un palacio, y así se divertían. Pero uno de los muchachos, que pertenecía a una familia distinguida, disconforme con la tarea ordenada, se negó a obedecer. Mandó Ciro a sus guardias que lo prendieran y ordenó que lo azotaran en castigo a su rebeldía. Y al conocer Artembares, que así se llamaba el padre del niño flagelado, lo sucedido, se quejó al rey.
   
Tomiris con la cabeza de Ciro. Museo de BB.AA. de Játiva (Valencia).
Tan legendario como su nacimiento fue la muerte de Ciro II, derrotado en
 su lucha contra los masagetas y, según la leyenda,  con su cabeza separada
 del cuerpo bañada por la reina Tomiris en un barreño con sangre persa.
 
  Quiso dar satisfacción el rey a su cortesano y llamó a Mitradates, que era pastor a su servicio, para que se presentara ante él con su hijo. Astiages, entonces interrogó al muchacho, preguntándole el porqué de su crueldad sobre su compañero de juegos; pero Ciro, lejos de mostrar flaqueza o arrepentimiento, se mantuvo firme en su convicción.
   ─Jugábamos los chicos a un juego en el que yo había sido elegido rey, pues a juzgar por todos yo era el más capaz para serlo. Todos obedecían mis órdenes y sólo él se mostró desobediente una y otra vez, no quedando otro remedio que castigarlo por su indisciplina.

   Al verlo hablar así, y fijarse mejor en él, el rey pareció reconocer al hijo de Mandara y, aterrado, comenzó a sospechar. Luego, una vez despedido Artembares, al que dio garantías de que la afrenta sobre su hijo quedaría reparada, quedó a solas con el pastor, quien al fin, bajo amenazas dio cuenta a su rey de todo lo sucedido. Llamó también a Hárpago y lo interrogó sobre cómo había cumplido la orden que le había dado diez años atrás. Éste, al ver en el palacio de Astiages al pastor, bien porque naciera de sí la franqueza, bien porque no quisiera ser sorprendido en mentira, contó al rey la verdad, y Astiages, disimulando su enojo ante Hárpago por no haber hecho lo que le ordenó, le pidió trajese a su hijo,  de  parecida edad a la de Ciro, para que hiciese compañía al recién llegado y a él que acudiera al banquete que iba a dar para celebrar el camino que el destino había dispuesto en todo aquel asunto.

    Terminado el banquete, preguntó Astiages a Hárpago qué le había parecido el convite y los manjares que le habían servido. Como dijera que eran excelentes, unos sirvientes llevaron ante Hárpago una canasta que, al abrirla, dejó al descubierto la cabeza, manos y pies de su hijo. Entonces preguntó el rey a Hárpago si sabía de qué era la carne que había comido durante el banquete. Sin perturbarse, contestó Hárpago que lo sabía, que había sido excelente y que todo cuanto el rey, su señor, hacía, lo daba por bien hecho. Y recogiendo las sobras que quedaban sobre la mesa y la canasta con la cabeza y extremidades de su hijo, partió de palacio, y dio sepultura a los restos de su hijo.

    Ciro, por consejo de los magos, fue enviado a Persia con sus padres Mandara y Cambises, a los que contó lo sucedido. Estos difundieron la historia, pero diciendo que abandonado Ciro en el monte, una perra ─pues cino significa perra en griego, y Cino se llamaba la esposa del pastor Artembares─ lo había adoptado y cuidado. Y así los orígenes de Ciro parecieron más prodigiosos a los ojos de las gentes. 
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HACE MUCHO, MUCHO TIEMPO..., EN TIEMPOS DE NABUCODONOSOR


   Hoy el viaje a la historia que vamos a emprender nos llevará muy atrás en el tiempo, a las épocas en las que el mundo conocido era más pequeño, menos habitado, menos desarrollado, pero parecidamente ambiciosos y crueles sus gobernantes a algunos de sus homólogos de nuestros últimos siglos, e igualmente indefenso el pueblo que tantas veces no puede sino subsistir, muchas veces contracorriente.

   Viajaremos esta vez a una región fértil, situada entre ríos, el Tigris y el Eufrates, por lo que los griegos la llamaron Mesopotamia, tanta veces tenida por cuna de la civilización. En esa tierra, la muerte de Asurbanipal supuso el declive de imperio asirio y el comienzo de su rápido final. En el año 626 a.C. Nabopolasar, tenido por caldeo, se apoderó de Babilonia. Se sucedieron entonces las guerras de los medos y los babilonios contra los asirios, que culminó con el saqueo y destrucción, en el 612 a.C., de Nínive, la gran capital del Norte, realzada en tiempos de Senaquerib por las tropas del rey medo Ciaxares.

   Dio, pues, comienzo un nuevo imperio de los caldeos en Babilonia, en la región de la Baja Mesopotamia, que fue de corta vida. Apenas alcanzó un siglo la duración de este segundo imperio caldeo-babilónico, en el que Nabucodonosor II, hijo de Nabopolasar fue el más brillante rey conquistador, constructor y embellecedor de la legendaria Babilonia.

   Nabucodonosor conquistó Egipto y Fenicia con relativa rapidez. También Jerusalén cayó pronto bajo su dominio, pero sus reyes sometidos al principio, se rebelaban en cuanto tenían ocasión. El segundo Libro de los Reyes y el Libro de las Crónicas son algunas de las fuentes que nos han permitido conocer aquellos levantamientos y lo que se ha venido a conocer como “Cautividad babilónica” (1).  

   Apenas habían transcurrido tres años desde que los ejércitos de Nabucodonosor conquistaran Jerusalén,  cuando su rey Joaquim se rebeló. Tuvo el rey de Babilonia que emplearse de nuevo en la conquista de aquellas tierras y en 598 a.C., durante el asedio babilónico de Jerusalén, Joaquim perdió la vida, asumiendo el poder su hijo Joaquín. Tres meses, anuncia el Libro de los Reyes, que reinó el joven rey, hasta que, rendido, fue llevado a Babilonia. Con él llegaron a la gran capital caldea su madre, servidores y gentes principales. También herreros, cerrajeros, y hombres pudientes y aptos para la guerra. En total diez mil personas; y Joaquín permaneció confinado durante treinta y siete años, con una pensión para sí y sus hijos. Con la capacidad del reino de Judá reducida a la mínima expresión, Nabucodonosor designa como rey a Sedecías, tío del deportado Joaquín. Pareció conformarse aquél bajo el imperio de Nabucodonosor al principio, pero pronto se puso en inteligencia con los egipcios. A principios de 588 a.C, Nabuzardán, jefe de la guardia de Nabucodonosor atacó Jerusalén. La ciudad fue asaltada, la mayor parte de la población que permanecía en ella después de las deportaciones ocurridas diez años atrás, en tiempos de Joaquín, llevada también a Babilonia y el templo de Salomón saqueado y destruido, y  sus tesoros llevados a Babilonia. Tan solo unos pocos labradores en un estado de misérrima subsistencia se salvaron del cautiverio. Sedecías, que había logrado huir fue hecho prisionero. En castigo sus hijos fueron degollados, y a él se le sacaron los ojos, y fue llevado a Babilonia cargado de cadenas.


Judith con la cabeza de Holofernes. Ermita de San Roque, Burjasot,Valencia.
Holofernes, general al servicio de Nabucodonosor, fue enviado a tierras del
Occidente al mando de cien mil soldados y doce mil caballos, pero durante
el asedio a la ciudad de Betulia, Judith, hermosa viuda descendiente de la
tribu de Rubén, de la que el generalquedó prendado, lo emborrachó en su
 tienda y una vez dormido lo degolló, presentandosevictoriosa en la ciudad.

   Pero Nabucodonosor no sólo fue un rey guerrero y cruel. Dedicó muchos esfuerzos a embellecer la capital de su reino, en convertir Babilonia en la ciudad más hermosa de su tiempo. Construyó palacios y grandes edificios. El zigurat Etemenanki, que se piensa es la famosa Torre de Babel, construido en tiempos inmemoriales, fue destruida y reconstruida varias veces. A principios del siglo V a.C. el rey asirio Senakerib la destruyó. Nabucodonosor terminó la reconstrucción iniciada por su padre, creyéndose hoy que la legendaria torre, pese ─según la tradición─ a las diferentes lenguas que hacía difícil el entendimiento entre los constructores, alcanzó una altura de noventa metros.

   Y aunque visto desde el presente pudiera parecer que eran aquellos tiempos toscos, crueles, de poca humanidad y escasa sensibilidad, eran épocas en las que anduvo mezclada, como propia de la naturaleza humana, la brutalidad con la civilización. Nos han llegado muestras del arte concebido por aquellos hombres, y alguno de los ornatos más célebres de Babilonia parece que fueron actos de amor. A decir de Herodoto, Nabucodonosor estaba casado con Nitocris, si bien otras fuentes hablan de Amytis, hija del medo Ciaxares. Fuera uno u otro el nombre de la reina, ésta, que se había criado en Media, tierra montañosa y boscosa, añoraba el esplendor de los paisajes de su tierra natal guardados en su memoria. Nabucodonosor para complacerla construyó unos jardines pensiles que simulaban montañas envueltas de todo tipo de árboles, de terrazas cubiertas de las más variadas especies de plantas. Así  es como posiblemente nacieran los famosos jardines colgantes de Babilonia, luego tenidos por los griegos como una de las siete maravillas de la antigüedad. Y aunque se desconoce con certeza si fue éste el origen de los famosos jardines, como dudas hay incluso de su propia existencia, el caso es que las crónicas cuentan como Alejandro Magno, en su imparable carrera como conquistador del Asia, llegó a verlos, aunque a decir de los cronistas, abandonados y en un estado de avanzado deterioro.

   A Nabucodonosor siguieron varios reyes de su estirpe, que no hicieron otra cosa que engrandecer el nombre de aquél debido a su inanidad. La Biblia nos habla de Baltasar como hijo de Nabucodonosor y rey de Babilonia tras la muerte de éste, pero sabemos que Baltasar no era hijo de Nabucodonosor, ni rey que le sucediera; era en realidad gobernador de Babilonia en tiempos de Nabónidas, el último rey del imperio neobabilónico, cuando todo estaba preparado para la llegada del persa que puso fin al imperio levantado por Nabucodonosor II: Ciro, el Grande.

   De su legendario origen se tratará en este mismo lugar dentro de unos días.

(1) No fue ésta la primera salida del pueblo hebreo fuera de las tierras de Judá. Antes, a mediados del siglo VIII a.C., muchos habían sido deportados a Nínive, la capital del Imperio Asirio, y el propio término, de modo impropio, ha sido usado por ciertos autores para definir los setenta años en los que el papado, por influencia francesa, estableció su sede en Avignon durante el siglo XIV.
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OSUNA. GRANDE ENTRE LOS GRANDES

   No estaba destinado a protagonismo tan colosal, pero la prematura muerte  sin descendencia de su hermano Pedro lo encumbró, apenas cumplidos los treinta años, a la jefatura de la casa de Osuna. Heredó, pues, una inmensa fortuna, y títulos en una inacabable lista que por razones de espacio y lo tedioso de su lectura evitaré transcribir completa. Aunque para hacerse cabal idea de la magnificencia del personaje sí sea conveniente indicar que, descontando baronías, condados o marquesados, don Mariano Francisco de Borja José Justo Téllez-Girón y Beaufort-Spontin fue duque de Osuna, de Benavente, de Lerma, del Infantado, de Gandía, de Béjar, de Medina de Rioseco, príncipe de Esquilache,  de Éboli y, naturalmente, Grande de España.

   Tan grande se creía que en sus tarjetas hizo escribir que era Grande entre los Grandes de España. Se comprenderá, pues, sin dificultad, que todo en el duque de Osuna fue excesivo, más que grande, su arrogancia fue enorme; su pasión era figurar y su gusto epatar. "Ni que fuera Osuna" solía decir la gente cuando se criticaba a alguien que hacía un gasto desmesurado. No podía consentir que alguien le hiciera sombra o llamase la atención más que él. Prestaba mucha atención a su aspecto. Varias horas al día eran empleadas en su aseo personal, incluida su aristocrática cabeza, que desprovista de pelo, era sometida a toda suerte de pomadas para hacerla brillar tanto como al resto de su persona. Se sabía que su ropero estaba compuesto por 366 pantalones, aun más de los necesarios para ponerse uno distinto cada día del año. Una envidia infantil lo dominaba a veces: en cierta ocasión cenaba con unos amigos. Llamó la atención del duque la corbata de uno de los comensales, y Osuna alabando su buen gusto preguntó dónde la había adquirido. Minutos después, previa discreta indicación a un criado para que transmitiera su orden, partía a galope tendido, rumbo a París, un empleado del duque con la orden de adquirir otra igual, o más hermosa aún, en defecto de aquella, en el mismo establecimiento.

El XII duque de Osuna, XV duque del Infantado hizo donación
parcial de su palacio en Guadalajara al Ministerio de Guerra
 para ubicar en él un colegio de huérfanos.

   Pero si en España no había fiesta, gala o acto en el que el duque no destacara por la ostentación y el derroche, en Rusia, donde fue embajador, también dejó recuerdo de su talante fatuo, y las crónicas testimonio de sus excentricidades y jactancia.

   En Rusia tenía fama el conde Orlov de poseer una de las mejores cuadras de caballos, no sólo de Rusia, sino del mundo entero. Encaprichado el duque por poseer el mejor de aquellos caballos, se presentó a Orlov, que le mostró sus animales. Puesto el ojo en el mejor, propuso Osuna comprarlo, pero Orlov se negó:
   ─ No está en venta. No tengo estos caballos para venderlos.
  Insiste Osuna, que desconoce el no como respuesta a sus deseos y ofrece primero una cantidad elevadísima y, ante una nueva negativa del conde, un cheque en blanco después.
   ─Marcad vos el precio del animal. Me ajustaré a lo que pidáis.
 ─Mis caballos no se venden─, mantenía Orlov, firme en su decisión.
   Pero algún tiempo después, aprovechando un viaje del conde, se presentó Osuna a la condesa, que persuadida por las artes de la elocuencia o por el mucho dinero ofrecido, cedió y vendió el caballo al duque.
   Al regresar el conde, y enterado de lo sucedido, fue Orlov a tratar con Osuna la recuperación del caballo y la devolución del dinero entregado a cambio, y aun más si fuese necesario. La sorpresa y desesperación del conde no pudo ser mayor cuando Osuna lo condujo a los jardines de su residencia y le mostró al pura sangre cortadas sus crines y uncido a una noria dando vueltas como un percherón. Así era Osuna: impertinente, presuntuoso e inoportuno.

   Y qué mejor evidencia de ello que lo sucedido, también en Rusia, cuando llegó a sus oídos que la zarina había encargado a una expedición enviada ex profeso a Siberia que trajese para ella unas pieles de zorro azul, animal al parecer muy raro y de enorme valor por tanto sus pieles. Cumplida la misión, que duró varios meses, se entregaron dichas pieles y la zarina pudo lucirlas durante una gala. Enterado Osuna del caso, no quiso ser menos, y de su propio peculio, organizó otra expedición con idéntico propósito. Cuando varios meses después, de regreso la expedición, le entregaron las pieles, ordenó se confeccionaran dos pellizas que, antes que para su uso, destinó al de su cochero y uno de sus criados.

   Si las regaló a sus subordinados en un alarde de soberbia, pero también de falta de tacto, imprescindible en un diplomático, sólo él lo supo, pero el caso es que el duque tenía muchas más pieles con las que “abrigarse” y una de ellas, de armiño blanco, carísima también, según se cuenta, llevaba sobre los hombros al llegar a una fiesta ofrecida por los zares. Resultó que habiendo llegado tarde, no encontró libre asiento alguno, por lo que tomó su carísima capa de armiño, la enrolló con cuidado y la usó como asiento. Al terminar la gala, dispuesto a abandonar el palacio, uno de los sirvientes se percató de que el duque había dejado olvidada su capa de armiño, y presto se acercó a Osuna para entregársela. Osuna, muy digno habló así:
   ─Un embajador de España no se lleva los asientos.

  Como se comprenderá, su inmensa fortuna acabó resintiéndose, mas el duque no estaba por moderar sus gastos. ¿Qué habría sido de su personaje? Esto hubiera supuesto, en protagonista de tan alto rango, ensoberbecido de ello y vanidoso hasta el extremo, una derrota. Urquijo, el banquero, acudió en su ayuda,  si es que acaso un banquero se mueve por dicho sentimiento de caridad y no por el aliciente del rédito, y aceptó hipotecas sobre muchos de los palacios y castillos patrimonio del duque, que sólo sirvieron para certificar la ruina contable de quien empezó siendo grande entre los grandes y acabó arruinado y sus bienes enajenados en pública subasta.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. GIJÓN


   El viajero se ha decidido al fin a escribir sobre esta ciudad. La ha visitado varias veces y al menos puede decir ya que sabe caminar por ella sin perderse; aunque a decir verdad, lo que más le guste a este viajero que todo lo mira y casi todo lo ve es precisamente perderse en las ciudades de las que va a contar cosas.

   Tuvo el viajero, desde el principio, ayuda local que dirigiera su primer paseo por los lugares de mayor interés; así los primeros pasos le llevaron por el paseo marítimo y, asomado a la playa de San Lorenzo, posar la mirada en la que quizás sea la vista más fotografiada de Gijón, la de la iglesia de San Pedro, a los pies del Cerro de Santa Catalina, en el linde oriental del barrio de Cimadevilla. El viajero se estrena como fotógrafo en esta ciudad encuadrando su cámara sobre el más precioso monumento que en la villa hay, San Pedro al fondo.


















   Al final del paseo el viajero llega al istmo que une la ciudad moderna con el Cerro de Santa Catalina, que es también península, fortaleza y hoy sus baterías artilleras mirador sobre el Cantábrico, donde Chillida ha rendido, como en San Sebastián lo hizo con los vientos, pero a lo grande, un elogio al horizonte.

   Al pie del cerro el viajero se acerca a la iglesia de San Pedro, la que ya vio desde lejos nada más llegar. Esta iglesia es reciente y para el viajero armoniosa recreación de la que hubo hasta 1936, que no fue la primera, pues bajo la advocación de San Pedro ya existía otra anterior levantada en el siglo XIV, y destruida poco después de ser erigida. Y es que a finales de ese siglo, cuando reinaba el jovencísimo Enrique III, Alfonso Enríquez se sublevó en contra de su hermanastro. Fue poco a poco retrocediendo el bastardo hasta quedar reducido a los límites gijoneses, donde con los suyos y ayudado por piratas ingleses, se hizo fuerte. Entre estos había un tal Harry Paye, conocido por los españoles como Arripay. Fiero y cruel individuo, Arripay cometió atrocidades sin cuento, reduciendo a cenizas la ciudad y la iglesia de San Pedro. Entre los sitiadores participaba un jovencísimo Pero Niño, hijo del almirante Juan Niño. Cuando se rompió el cerco sobre Gijón, Arripay se hizo a la mar, huyendo. Pero Niño salió en su persecución, mas el inglés logró escapar y refugiarse en sus feudos ingleses de Poole. No olvidó Pero aquella fuga y años después él mismo atacaría Poole, que sería saqueada por una flota franco-castellana.

   Aunque es posible que hurgando en la historia el viajero llegara a conocer detalles del pasado astur o celta, o del discretamente romanizado, de Gijón, tiene urgencia por ver el cogollo de la Villa, el antiguo barrio de pescadores. Deja, pues, a un lado los jardines que adornan Campo Valdés, recuerdo del pasado romano que la ciudad tiene y cruza el istmo por la Plaza Mayor para adentrarse en Cimadevilla o Cimavilla, como se dice en asturianu. Está esta plaza porticada en tres de sus lados, y en el ayuntamiento situado en la vertiente oriental del recinto, llama la atención del viajero, aunque no le sorprende demasiado, la placa puesta en la fachada, que indica una altura sobre el nivel de mar de nueve metros y cuarenta centímetros, cuando saliendo de la plaza y asomado al paseo casi puede tocar el agua con sus manos. Cosa de los geógrafos, que tomaron como punto de referencia el nivel del mar en Alicante, para desde allí hacer los cálculos de altitud del resto de España(1).   

   En Cimadevilla al viajero le falta tiempo, le faltan ojos para verlo todo: lo primero, la casa natalicia de Jovellanos, hoy convertida en museo. Si la capital del Principado tiene en Clarín su orgullo, Gijón puede, y con razón, presumir de Jovellanos.

   Mucho podría decir el viajero de don Baltasar Gaspar Melchor María de Jovellanos, personaje ilustrado al que su ciudad nunca ha olvidado. Fe de ello da la calle, el teatro, el instituto de enseñanza que él mismo promovió, todos con su nombre, o el magnífico monumento que de paisano tan insigne preside la Plaza del Seis de Agosto, que así se llama desde que ese día de 1891 se inauguró la efigie de don Gaspar en homenaje suyo y en recuerdo de esa misma fecha, pero del año 1811 en el que el ilustrado gijonés,  con su salud muy quebrantada, llegó a su ciudad natal  para verla por última vez.

Teatro Jovellanos

   Pero si el viajero no dijera nada más de don Gaspar ahora, sería tan injusto con él como inmerecido el trato que recibió hombre tan sabio, honesto y patriota. Ganada su fama por su propia valía, fue protegido por Campomanes, otro gran ilustrado durante el reinado de Carlos III, que le encargó estudios y trabajos con los que modernizar España. La Revolución Francesa puso fin a muchas de las iniciativas de la España Ilustrada. No era fácil comprender en España que la libertad se defendiera con la guillotina, y Jovellanos, que era un reformista, no un revolucionario, que detestaba los excesos de la Revolución, pero defendía los principios del movimiento ilustrado, era en definitiva un liberal, y comenzó a ser mal visto. Su amistad con Cabarrús y el odio que suscitaba en la reina María Luisa también contribuyeron, y no poco, a su desgracia. Mas siempre Gijón, su tierra, su ciudad, lo acogió bien. En la pequeña capilla de los Remedios, al lado del museo, reposa don Gaspar.

   Al terminar con estas divagaciones el viajero se da cuenta de que todavía está en Cimadevilla. Da unos pasos, apenas unos pocos, y llega a la Plaza del Marqués, donde está el Palacio de Revillagigedo, casa que fue de don Carlos Miguel Ramírez y Jove, I marqués de San Esteban del Mar de Natahoyo, que fue quien mandó erigir tan bello monumento. Cuando a mediados del siglo XIX el V marqués de San Esteban contrajo matrimonio con la V condesa de Revilla Gigedo, supone el viajero que juntos ya en su descendencia ambos títulos, el palacio comenzaría a compartir nombre con el que hoy es más conocido y dado más fama.

Palacio de Revillagigedo
















   El palacio es una joya arquitectónica como pocas. Fue erigido en los primeros años del siglo XVIII y se construyó aprovechando una antigua torre puesta en pie doscientos años antes, que quizás marcara el aspecto de fortaleza que el palacio luce, pues tenido por barroco en todos los manuales de arte, sus torres almenadas y la pátina que el tiempo le ha dado, le confiere una aire medieval que al viajero complace mucho.

   Y si de Jovellanos habló el viajero porque era justo hacerlo y porque vio su monumento en una plaza, en ésta del Marqués ve el monumento del otro personaje que, sin ser nacido en Gijón, ha sido aceptado como propio, su figura decora el escudo de la villa y no es menos justo hablar de él: don Pelayo.

   De este godo de sangre noble, hijo de Fáfila, un duque caído en desgracia durante los tiempos de Witiza, el penúltimo rey godo, no se sabe gran cosa. Seguramente que fue espatario, algo así como guardia real, del rey don Rodrigo; que tras la debacle de la batalla de Guadalete huyó como otros hacia el norte, refugiándose finalmente en la región donde vivían los astures, pero mandaban ya, aunque sin rigor, los sarracenos invasores. Por ese tiempo debió ser nombrado el bereber Munuza gobernador de estas tierras, estableciéndose en Gijón. Pelayo, que había llegado a tierras asturianas con su hermana Hermesinda(2), debía vivir discretamente y relativamente tranquilo, como cualquier otro godo huido, como los astures autóctonos, pagando los impuestos personales o territoriales que garantizaban el respeto de las costumbre y una convivencia sometida, pero pacífica.  Una historia de amor o de deseo sucedió entonces; y fue esta historia, legendaria o no, la que convertiría a Pelayo en el caudillo, en el rey que daría el impulso de lo que los pueblos ibéricos tardarían siete siglos en reconquistar.  

   Lo que sucedió fue que Munuza, incapaz de sustraerse a la belleza de Hermesinda, quedó prendado de la cristiana. Para despejar el camino no tuvo mejor idea que enviar a Pelayo a Córdoba. No se sabe bien si el godo llegó a la capital del emirato enviado con alguna misión o prisionero. Fuera como fuese, Pelayo logró huir de Córdoba y regresar a Gijón.  Como no se sabe si Hermesinda tuvo opinión en este asunto, si correspondió de buen grado las pretensiones del bereber o fue desposada sin que pudiera oponerse, no dirá nada el viajero sobre el asunto, pero sí que el que no vio con buenos ojos aquella boda fue Pelayo, que mostró su disgusto y pronto comenzó a intrigar en contra de su repudiado cuñado y perseguido buscó refugio en las montañas.

   Al viajero tanta ida y venida no le cansa, que lo que con gusto se hace ni fatiga ni aburre, pero sí que le ha despertado un poco la sed. Y para refrescarse un poco y reponerse un mucho, qué mejor que unos culinos de sidra escanciada desde una buena altura. Así que al viajero, que no va solo, lo llevan a una de las muchas sidrerías que hay en esta tierra y asiste a la liturgia del escanciado, palabra ésta de origen godo por cierto,  y contempla cómo desde la mayor distancia que logra el escanciador separar una de sus manos con la botella de la otra con el vaso, cae el caldo y rompe contra el vidrio. Dicho golpe dicen que produce una suave aguja y aroma efímeros tan agradables como necesariamente breve el tiempo para degustar el trago.

   Desde el istmo, el viajero tiene toda la ciudad ante sí. Las calles que desde allí parten parecen las varillas de un abanico que abierto se extiende desde la playa de Poniente y la de San Lorenzo por el Este hacia el interior. De entre todas, Corrida, Instituto, Cabrales…, el viajero elige la de San Bernardo, porque en ella florecieron muchos de los edificios modernistas que la burguesía gijonesa levantó a principios del siglo XX y porque le lleva directamente al paseo de Begoña.

   En este ajardinado paseo, junto al teatro Jovellanos, que antes fue teatro Dindurra, contiguo al café del mismo nombre, el viajero pasea tranquilo, contempla la iglesia de San Lorenzo y para descanso del cuerpo entra en el café Dindurra. Aunque el local ha perdido parte de su encanto de ayer, según le cuentan, puede decir aquello de que quien hermoso de joven fue, mantiene en la madurez buena parte de la belleza juvenil. Y de este café, puede afirmar que al menos conserva las columnas modernistas con evocación egipcia que le dan el sabor clásico que al viajero gusta mucho.

   No dirá más de los muchos monumentos y detalles que el viajero ha ido viendo en esta villa de Gijón. No se trata de hacer un inventario ni convertir este paseo en una guía turística, pero sí tiene que mencionar al menos lo que ha visto en dos de las parroquias del concejo gijonés, fuera del casco urbano: el soberbio edificio construido en Cabueñes a mediados del siglo pasado  que fue Universidad Laboral y hoy Ciudad Laboral de la Cultura, y que pasa por ser el edificio más grande de España.


Quinta Bauer o Palacio de la Concepcion, en Somió. Luis Bellido González, arquitecto municipal de Gijón y autor de muchos proyectos en la ciudad,
como el Banco de Gijón o la iglesia de San Lorenzo, construyó
este palacete para el banquero Bauer en 1903.



















   La otra parroquia que no puede el viajero dejar de evocar es Somió. Parte del Concejo siempre, pero desde hace apenas cuatro lustros parte de la parroquia de Gijón, Somió es lugar encantador, plagado de villas rodeadas de jardines levantadas para su solaz por algunas de las familias más pudientes que a finales del siglo XIX y principios del XX, o en otros casos por indianos que, repatriados sus caudales americanos, ordenaron construir sus mansiones allí. Para dar cuenta del sitio sin resultar pesado, el viajero va a contar algo de uno de los edificios que ha podido visitar. Se trata de un palacete rodeado por extensa finca ajardinada y tapiada, que guarda el museo dedicado a Evaristo Valle, pintor de la tierra cuya particular obra no ha podido encontrar mejor acomodo que la casona que desde 1913 ocupó una sobrina del artista, y a su fallecimiento cedió para ser museo del arte de su tío. Si del recinto los jardines, que ocupan más de una hectárea y media, tienen gran fama y son muy alabados por los visitantes, el palacete, visto desde ellos, con sus torres y almenas, y aspecto historicista, causa al viajero la impresión de estar en otro tiempo.

(1) En 1874 se tomaron las mediciones efectuadas en el puerto alicantino, consideradas como las que menor diferencia ofrecían entre la pleamar y la bajamar, para determinar el punto de referencia que, como cota N1, se señaló en el primer peldaño de la escalera del ayuntamiento de Alicante, situada a 3,409 metros sobre el nivel medido en el puerto, y base de los cálculos que determinaron la altitud en las restantes cotas elegidas en el resto de España.

(2) Aunque Hermesinda parece ser el nombre más aceptado de la hermana de don Pelayo, hay autores que la citan como Hormesinda o Adosinda. Ello lleva a confusión, pues la hija del propio don Pelayo se llamaba Hermesinda, que casó con el rey Alfonso I, cuya hija recibió el nombre de Adosinda.
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PENITENTES

   Acostumbrados a contemplar su discurrir silencioso por las calles de muchas ciudades y pueblos, olvidamos que no siempre fue así. Fue por la predicación de San Vicente Ferrer, a principios del siglo XV, cuando los cortejos penitenciales, que se celebraban en el interior de los templos, salieron a la calle y comenzara a extenderse dicha costumbre al aire libre por toda España.

   Al llegar el siglo XVII, en tiempos de Felipe IV, las procesiones se hallaban tan extendidas durante la Semana Santa, que durante el Jueves y Viernes Santos, quedaba prohibido todo tránsito de coches, dotando a los actos de un silencioso y sepulcral esplendor. Las campanas enmudecían, los templos permanecían abiertos durante toda la noche y el trasiego de personas era constante.

   En las más señaladas, conmemorando la pasión y muerte de Cristo, participaba el rey, quien con cardenales, nobles, embajadores y demás personajes principales, cirio en mano todos ellos, desfilaban a los tristes sones emitidos por los tambores y trompetas de los destacamentos militares que también participaban en los actos.

   Dos tipos de manifestaciones y multitud de actos se sucedían en estas conmemoraciones. Los desfiles menos penosos eran los de los penitentes de luz o alumbrados. Eran estos desfiles vistosos. Como en todo tiempo, como también hoy, iban unos para lucirse, mas eran otros devotos contritos; eran unos de alquiler, formando cuadrillas a la orden de un mayordomo, otros por su cuenta, pero todos cubiertos con vistosos vestidos, guantes y capirotes de dos varas y cuarta de alto.


   Pero las procesiones más penosas eran las que practicaban los penitentes corporales. Personajes portando cruces, arrastrando cadenas, rodeadas sus carnes con cilicios o sus frentes con coronas de espinas, inspiraban la más grande compasión de quienes los contemplaban arrastrarse ante sus ojos. Con todo, aun esto resultaba insuficiente para cumplir con la voluntaria penitencia, y los nazarenos, siempre descalzos, se infligían nuevos tormentos para mortificación de sus carnes.  Algunos se frotaban con esponjas llenas de alfileres, otros rodeaban sus cuerpos con sogas de esparto, hasta amoratar sus pieles. Particularmente severas fueron las procesiones penitenciales del Viernes Santo de 1623. Estaba en Madrid ese año el Príncipe de Gales, de visita en España con la pretensión de obtener la mano de la infanta María, hermana menor del rey Felipe, y en su honor, o con intención de impresionarlo, ordenó el rey que todas las órdenes religiosas esmeraran su celo en los actos. Se excusaron los carmelitas, pero el resto rivalizaron en ofrecer el más aterrador espectáculo: si unos llevaban huesos de muertos en las bocas, otros caminaban con grilletes, y en las manos sujetaban calaveras; si unos  golpeaban y herían sus pechos con piedras, otros se azotaban hasta sangrar. Desconocemos el efecto que tales prácticas causaron en el príncipe Carlos Estuardo, pero sí que muchos de estos frailes tardaron semanas en curar sus heridas.

   Pero no era lo contado práctica excepcional. Muchos eran los disciplinantes que por devoción o más aun por vanidad, se azotaban, complaciéndose en salpicar con su sangre a los espectadores, que pasmados asistían a los actos. No carecía, en más casos de los que pudiera creerse, cierta dosis de galantería en los disciplinantes, que se exhibían de esa guisa ante las damas a las que pretendían impresionar. Claro que en estos casos la impostura sustituía al sacrificio, y los azotes eran más teatrales que dolorosos y las cruces que arrastraban huecas y livianas, exagerando el penitente con sus gestos lo que en realidad era comedia.

   Sin embargo, estas salpicaduras, no siempre manchaban los ropajes elegidos; a veces ensuciaban prendas de toscos caballeros a los que ninguna gracia hacía. Según crónica de la época, el 24 de marzo de 1623, un disciplinante en Nuestra Señora de Atocha salpicó a un desconocido, que tomándolo a mal, increpó con palabras duras y soeces al ofensor, lo que motivo que afloraran aceros y hubiera muertes.

   En tiempos de Carlos II, se promulgó un decreto prohibiendo los flagelantes, pero dado el pueblo a ignorar la Ley, de poco sirvió hasta que un siglo después, en 1777, una pragmática de Carlos III los prohibió de modo definitivo.
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