VIAJES EN TERCERA PERSONA. OVIEDO

   Con Oviedo, al viajero, a diferencia de la mayor parte de las ciudades que visita, a las que conoce de golpe y se da un atracón, la conoce por haber ido paseándola poco a poco en varias visitas.

   Y todas las veces ha partido siempre, en su corretear por la muy noble, leal y algunos atributos más, desde el Campo de San Francisco, parque mediano en su tamaño, que parece conformar una enorme plaza, aunque no tenga tal nombre, en cuyo septentrional lado discurre la señorial calle Uría. Es la calle Uría hermosa y aristocrática vía, pero que en su creación tiene el pecado original de haber sido causa de la tala en 1879 de El Carbayón, que fue majestuoso roble, de cuya memoria queda recordatorio en el lugar en el que estuvo y en el nombre que coloquialmente reciben los ovetenses. Por esta calle Uría y por su continuación, la del rey asturiano Fruela, camina el viajero en dirección al cogollo de la ciudad.


   En los alrededores del mercado de El Fontán el bullicio es constante. Calles llenas de puestos variados hacen parecer las calles más estrechas de lo que son, que se ven adornadas con multitud de los artículos exhibidos para su venta: plantas y flores, vestidos, juguetes, todo cabe en este mercadillo que en parte crece al socaire de antiquísimos porches, en parte a la sombra del edificio del mercado. Éste fue erigido a finales del siglo XIX y su construcción liberó la contigua plaza de El Fontán, patio columnado, que fue corral de comedias y cumplió como mercado al aire libre mientras fue necesario. En la plaza, en uno de sus bancos, desde no hace mucho, hay estatua sedente de la bella Lola, título también de la famosa habanera, a cuya protagonista esta figura representa. Cuando Oviedo y Torrevieja quedaron hermanadas por un convenio entre sus ayuntamientos, el de la ciudad alicantina, difusora universal de este género musical por su famoso festival, donó la escultura. No tiene mar al que mirar esta bella Lola, a diferencia de su original instalado en el paseo marítimo torrevejense, pero el viajero que sabe que esta tierra tuvo tantas Lolas esperando el retorno de los indianos y sus haciendas durante tanto tiempo, piensa si sería esa la razón para tan destacado obsequio.

   Un poco más allá, apenas a unos metros, en la plaza de la Constitución, el viajero ve el ayuntamiento. Es de finales del XVII y se aprovechó la antigua muralla y la puerta de Cimadevilla. Por ello un arco que se abre en su fachada, debajo de la torre, que fue añadida en los años cuarenta del siglo XX, da paso a la calle que hoy lleva el de la antigua puerta. El viajero cruza por este arco. Al final de la calle le espera una de las joyas ovetenses: la catedral de San Salvador. Es de estilo gótico y comenzó su construcción a finales del siglo XIV, aunque como tantas veces ha sucedido en otros lugares, se erigió sobre los restos de lo que ya había sido construido antes, en tiempos de Fruela, posiblemente arrasado por infieles, y de los templos levantados por su hijo Alfonso II el Casto, después. Y es tan imponente, aun con una torre, que el viajero queda pensativo, al saber que un templo de esa magnitud fuera construido cuando Oviedo apenas llegaba a los tres mil habitantes a principios del siglo XVII, cuando la catedral ya llevaba varios decenios construida.

   La historia y tesoros de esta catedral darían al viajero motivo para extenderse hasta el agotamiento del lector. Ya dijo Voltaire que el secreto de resultar aburrido consiste en contarlo todo. Ahorrará el viajero contar muchas cosas y hablará tan solo de dos de los elementos más representativos del templo, de la torre por fuera y la cámara santa y sus tesoros en el interior.

   La torre, que iba a tener compañera, empezó a crecer sola. Quizás por ello lo hizo con tanto ímpetu que alcanzó los ochenta metros, convirtiéndose en uno de los símbolos de la ciudad. Atalaya sobresaliente desde el que personajes reales o ficticios han avistado el suceder de Oviedo, comenzó su construcción con planos del arquitecto Juan de Badajoz, que conviene aclarar que es el conocido por el Viejo, para no atribuirle el mérito al hijo que, aunque también tuvo buena fama, sería injusto que éste llevara la gloria de lo que hizo su padre.

   En 1524 era obispo de Oviedo don Diego de Muros. Fue este obispo, personaje controvertido por los conflictos que mantuvo con señores y parte del clero. Con estos por las costumbres licenciosas de algunos religiosos de su diócesis; con aquellos por criticar el trato que dispensaban a los menesterosos. Llegó a darse el caso de mantener pleito con el corregidor don Diego Manriquez de Lara, a cuenta de un suceso ocurrido en lugar santo. Sucedió que un delincuente se acogió a sagrado en la Iglesia de San Vicente. El corregidor, que perseguía al desgraciado, sin consideración al lugar sagrado ni a la piedad humana, arrojó un perro contra el refugiado, arrastrándolo fuera y siendo ajusticiado. Se rebeló el obispo por tan inicuo proceder y denunció al corregidor que, para defenderse, hizo uso de malas artes, desacreditando al prelado por medio de la difamación. Creyó al principio estas falacias el gobernador, que decretó la expulsión de don Diego de Muros del Principado. Como muchos no estuvieron de acuerdo con el castigo, algunos trataron de defender por la fuerza al obispo, pero éste no lo consintió por evitar disturbios y otros males aun peores. Dejó entonces Oviedo don Diego para refugiarse en el castillo de Noreña, pero hasta allí le persiguió el corregidor, y tuvo el obispo de nuevo que huir. Desde León, donde se instaló, proseguía el prelado su defensa y censuraba al corregidor, hasta que finalmente, conocida la verdad, se rehabilitó a don Diego, que procesionó hasta su sede junto a sus antiguos perseguidores, que en penitencia, descalzos sus pies y portando cirios, acompañaron al prelado, salvo el corregidor que, expatriado y excomulgado, terminó sus días en Perpignan. Y fue este obispo el que en 1524 diera seiscientos ducados para acabar los trabajos en la torre, lo que debió ser insuficiente teniendo en cuanta que las obras se alargarían todavía durante sesenta años, hasta su remate con la aguja de Rodrigo Gil de Hontañón.

   Y si del exterior maravilla al viajero la fachada con su torre, en el interior, la Cámara Santa, continente pétreo del siglo IX de los tiempos de Alfonso II el Casto, le hace sentir la emoción de encontrarse en otro tiempo. Los medallones de algunos de los primeros reyes asturianos decoran la antecámara, y en la cámara la Cruz de los Ángeles y la de la Victoria, enseñas de la ciudad y del Principado.

   De la primera, un halo taumatúrgico rodea su origen. Cuenta la tradición que saliendo el rey Casto de oír misa, avisado de ser orfebres dos peregrinos que se hallaban en el lugar, les preguntó si fabricarían para él una cruz con el oro y piedras preciosas que pondría a su disposición. Aceptaron los extranjeros, con la sola condición de tener lugar tranquilo donde poder aislarse del bullicio. Y así se hizo. Pero ante la insistente desconfianza de parte de la corte, que alertaba a don Alfonso del peligro de poner en manos de desconocidos tan gran cantidad de joyas sin saber nada de ellos, permitió el rey fuesen unos criados a comprobar el estado del encargo. Cuando llegaron estos enviados, vieron los postigos cerrados. Sólo un perturbador resplandor parecía haber en el interior, sin que nadie respondiera a sus requerimientos.
      Avisado el rey de lo sucedido, se dirigió él mismo con mucha gente al lugar cedido a los peregrinos. Y abriendo las puertas del aposento, lo hallaron únicamente lleno del resplandor que provenía de una cruz, que todo lo inundaba, sin haber rastro de los extranjeros. Llevada la Cruz por el mismo rey, se la llamó de los Ángeles, pues no otra cosa podían ser los misteriosos orfebres.


     De la segunda, la de la Victoria, sólo puede decir el viajero que es auténtico emblema del Principado, que fue donada a la catedral en 908 por Alfonso III el Magno y que se trata de una preciosa joya de orfebrería, de madera de roble forrada de oro, con esmaltes y gemas preciosas con un gran valor histórico, artístico, sentimental y material.

   Quizás por alguna de estas razones su existencia, y también la de las otras joyas de la Cámara Santa, no haya sido apacible, en especial en los últimos tiempos.

   Repasa el viajero, pues, hechos recientes, si tenemos en cuenta la larga vida de la ciudad fundada hace casi mil trescientos años, y retrocede al Oviedo de 1934. Si alguna vez todo lo visto por el viajero estuvo en peligro, ese momento fue mayor cuando en octubre de ese año la huelga general convocada en todo el país adquiere tintes revolucionarios en muchos lugares. Especialmente graves fueron los sucesos ocurridos en Asturias. El día 6 los sublevados, armados y con gran cantidad de explosivos procedente de la cercana cuenca minera controlan Oviedo. La Delegación de Hacienda, la Universidad, el Palacio Arzobispal, el Convento de Santo Domingo, el Banco Asturiano, el Hotel Covadonga, muchos edificios, palacios y viviendas arden en llamas o arderán los siguientes días, algunos destruidos a causa de las explosiones provocadas, y muchas personas morirán víctimas de la violencia revolucionaria. Sólo el Gobierno Civil y la Catedral, donde se han refugiado las escasas fuerzas públicas de la ciudad, resisten los embates revolucionarios. En la catedral, el día 9 guardias de asalto, leales a la república, resisten desde la torre de la catedral, que es cañoneada y se convierte en objetivo principal de los insurrectos, hasta que en la noche del día 11, con las tropas del general López Ochoa entrando en la ciudad, se culminó la barbarie. Varios dinamiteros lograron acceder desde el claustro hasta la cripta de Santa Leocadia, piso inferior a la Cámara Santa. En la catedral los destrozos causados por la deflagración fueron enormes, las hermosas vidrieras flamencas quedaron hechas añicos, y en la Cámara Santa, la devastación fue absoluta, pese al gran grosor de los muros.  Aunque muchas de las piezas custodiadas quedaron arruinadas, como el Arca Santa, milagrosamente algunas de las más importantes, aunque con desperfectos, fueron recuperadas: el Santo Sudario se pudo salvar y las Cruces enterradas entre los escombros, también. No sería hasta después de la guerra civil, cuando todo, continente y contenido, fue restaurado: la Cámara Santa y la Cripta, con los restos del derrumbe, tras ardua clasificación por el arquitecto don Luis Menéndez Pidal y el escultor don Víctor Hevia.

   Aún una última tribulación para el tesoro catedralicio. En 1977, un ratero, parece que con la intención de robar los cepillos de la catedral, se ocultó cuando cerraban las puertas del templo. Puede que en su deambular por la catedral descubriera la Cámara Santa, y puede que ignorante, a sus 19 años, del embrollo del que no le sería fácil salir, y cegado por el brillo de las joyas asturianas, despojó las Cruces de su oro, esmaltes y piedras preciosas, dejando sus almas de madera desnudas y rotas. Detenido el ladrón, y recuperado parte del ornamento robado, costó años lograr la restauración, que pudo con gran esfuerzo por fin culminarse en 1986.

   El viajero sube por unas calles, baja por otras, ve palacios, conventos, y al fin da con la Plaza del Paraguas. Sabe que es escenario de conciertos, suponiéndola abarrotada de público, pero las veces que la ha visitado, la ha visto vacía o casi, durante la mayor parte del tiempo, aunque no siempre fue así. Allí acudían las lecheras con sus cántaros a vender la leche y para protegerlas de las lluvias tan habituales por estos pagos y del sol en verano, se atreve a pensar el viajero, en 1929 se construyó el paraguas de hormigón que aún perdura. No es esta estructura lo único que llama la atención del viajero. En un rincón de la plaza hay una pequeña placa de azulejos ya descoloridos. Avisan que en esa casa vivió el insigne novelista don Armando Palacio Valdés, entre 1864 y 1870. Y ha sabido el viajero que esa casa era de sus abuelos, y habitó allí el joven Armando durante los años que cursó el bachillerato.


   Queda, y el viajero no quiere dejar de ver antes de dejar la ciudad para visitar, a las afueras, las iglesias del arte prerrománico del monte del Naranco, la fuente de Foncalada. Si no por su fama ni por su grandiosidad, el viajero la admira por su antigüedad. Se construyó en el siglo IX, cuando era rey Alfonso III el Magno. El paso de los siglos la ha enterrado casi dos metros bajo el nivel actual del asfalto de la calle, y está tan bien conservada que hasta una porción de la calzada sobre la que se levantó aún es visible.

SOBRE LA SALUD, EL DINERO Y EL AMOR EN LA HISTORIA (II)

    Podría decirse que fue por amor que Isabel II de España perdiera el trono al estallar la “Gloriosa” revolución del 68; aunque más bien se debió a la pasión. Era Isabel una mujer fogosa a la que buscaron marido. Y le encontraron uno, que hizo decir a la reina tras la noche de bodas: “¿Que voy a hacer con un hombre que lleva más puntillas que yo?".

    Ella se desquitó de la frustración con creces. Fue amante de cuantos generales se le pusieron a tiro. También de militares de inferior grado. Así ocurríó en 1868. La reina disfrutaba de los últimos días de su veraneo en San Sebastián con el amante de turno. Éste no era otro que Carlos Marfori, sobrino de Narváez, y ministro en aquellos tiempos. En el séquito real se encontraba el Marqués de Alcañices. Al llegar desde Madrid las noticias del alzamiento, el marqués aconsejó a la reina que retornara rápido a Madrid y que tomara el control de la situación, que el pueblo la aclamaría otorgándole el laurel de la gloria. Isabel le contesto: “Mira, Alcañices, la gloria para los niños que mueren y el laurel para la pepitoria”. Isabel, inconsciente y veleidosa prefirió salir de España con su amante, rumbo a París. Jamás volvió a reinar, aunque sí su hijo Alfonso, que fue el decimosegundo de los que ha tenido España con ese nombre. Y de Alfonso, precisamente, se puede hablar de amor, pero también de salud. Amor suyo fue el de la mujer con la que se casó: María de las Mercedes, la reina que inspiró a su muerte la famosa copla:

                                    ¿Donde vas Alfonso XII?
                                    ¿Donde vas, triste de ti?
                                    Voy en busca de Mercedes
                                    Que ayer tarde no la vi
                                    Tu Mercedes ya se ha muerto
                                    muerta está que yo la vi
                                    Cuatro duques la llevaban
                                    por las calles de Madrid.

    
   María Mercedes había enfermado de tifus, probablemente al beber las aguas contaminadas del pozo del sevillano palacio de San Telmo, residencia familiar. El Rey, que murió tuberculoso tampoco disfrutó de buena salud, y además la poca que tenía no la cuidó. Aún así, tuvo tiempo de contraer segundas nupcias y dejar un hijo, que sería póstumo.

    También la salud bucal tiene su apartado aquí. La célebre Josefina Tascher de la Pagerie, amante primero, esposa después de Napoleón Bonaparte fue famosa por su belleza, pero es poco conocido el hecho de que ya casada con el emperador estuviera mellada, algo frecuente en la mayor parte de la población, sin distingos de clase. Regía el destino de España José Bonaparte, mientras la familia real española se encontraba retenida en Francia. Allí Carlos y su esposa María Luisa de Parma, en infame entrega al emperador, recibían atenciones del dueño de Europa. María Luisa, fea, como muestra Goya en sus lienzos, sin embargo, presumía de dos cosas: sus brazos y su dentadura. Al abrir la boca, exhibía una blanca fila de dientes que era admiración y envidia de cuantas cortesanas la trataban. Josefina, interesada, le solicitó información sobre los autores de la artesanía dental que lucía María Luisa. Se trataba de una familia de Medina de Rioseco, que fabricaba los dientes en porcelana y sabía como implantarlos en las mandíbulas, con éxito claro. Les llamaban los Saelices: Antonio y sus cuatro hijos. Josefina se dispuso a realizar el encargo para la compostura de su dentadura; pero llegó tarde. Las tropas de su marido invadían España, y las de uno de sus generales, Lasalle, saqueaban Medina de Rioseco. La matanza fue terrible. Antonio Saelices, su mujer, sus hijos y todos los empleados de su taller resultaron muertos. No fueron los únicos, pero sí los mas importantes para Josefina. La emperatriz, en adelante, lloraría sinceramente su ausencia dos veces al día.

    Si de la fe se dice que mueve montañas, del dinero puede decirse que además cambia de lugar la capital de un reino. Don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia, ya era también duque de Lerma. El rey, Felipe III, había concedido el ducado a su valido, que se ocupaba, ayudado por Rodrigo Calderón, de dirigir los asuntos de España al tiempo que se convertía en el hombre más rico de la nación. Mandó construir un palacio en Lerma, que parecía querer rivalizar con el alcázar de los Austrias, y convenció al rey para el traslado de la capital a Valladolid. Allí se construyeron palacios, conventos, casas. Rodrigo Calderón trasladó allí su vecindad. Se enriqueció igual que su mentor. Por fin la burbuja inmobiliaria estalló. El duque cayó en desgracia. Madrid recuperó la capitalidad. Acusados de corrupción el duque se puso a salvo al ser creado cardenal.

                                     Por no morir ahorcado
                                     el mayor ladrón de España
                                     se vistió de colorado.

    Rodrigo Calderón tuvo peor suerte. Fue ajusticiado tras largo e irregular proceso en la recién construida Plaza Mayor de Madrid.

 
    El ocaso del Duque de Lerma no resolvió los problemas de España. El propio hijo del duque, también duque, pero de Uceda, y el Conde de Olivares, al que el caído, en su omnipotencia había negado la grandeza de España, sustituyeron a los cesados. Ambos, igual que sus antecesores, fueron ganados, uno por la codicia, otro por la "pasión de mandar".     

   Algunas anécdotas mezclan los asuntos del dinero con los del amor. La siguiente es de esas que se cuentan sin conocer los nombres propios de sus protagonistas, quién sabe si para proteger su buen nombre. Sucedió que un célebre actor, con fama de conquistador, fue sorprendido intimando con cierta señora casada en un café de moda, justo en el momento en el que llegaba el esposo de la dama. Molesto, el marido advirtió al actor: “Si vuelve a molestar a la señora, le costará caro”, a lo que el galán, con desparpajo propio de comediante, contestó: “¿Que me costará caro?, pues vaya oficio el de usted”.
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SOBRE LA SALUD, EL DINERO Y EL AMOR EN LA HISTORIA (I)

     Dice la canción: tres cosas hay en la vida. Sobre ellas la historia está plagada de anécdotas. Unas son reales, otras son meras fábulas atribuidas a protagonistas del pasado que, por su personalidad, fueron referidas como ciertas, todas son curiosas.

      SALUD
     Sir Winston Churchill nació en 1874. Su buena salud debió contribuir al enorme despliegue de actividad de la que hizo gala hasta su muerte, a los 91 años. A partir de los años cincuenta del siglo XX, comenzó a recibir homenajes y galardones, incluido el Premio Nobel de Literatura en 1954. Al cumplir los ochenta años concedió una entrevista en exclusiva a un joven periodista. Al terminar, éste le dijo agradecido:
   -Muchas gracias Sir, espero entrevistarlo de nuevo cuando cumpla noventa años.
   -Seguro que sí -le contestó Sir Winston- porque tiene usted cara de estar sano.

      Peor salud tuvo Carlos II. Fue el último de los Habsburgo españoles que rigieron los destinos de España. Se le llamo el Hechizado, porque se le creyó poseído por el mal. Realmente tenía una pésima salud. Había heredado todos los males de sus antepasados: una mandíbula prognática, por la que el mentón le sobresalía exageradamente, impidiéndole masticar correctamente y provocándole al tiempo problemas digestivos. Tenía las piernas hinchadas, purulencias, tumores y continuas diarreas, y se dice que fue impotente. A ciencia cierta no se sabe cuales fueron las causas de su muerte, pero tuvo convulsiones durante las últimas tres horas de vida. Puede que no muriera de ninguna enfermedad concreta. Puede que muriera de todas ellas; por ello le dijo a la reina, María de Neoburgo, al final, poco antes de morir: “Me duele todo”.



    Su impotencia debió ser cierta, o al menos su esterilidad. No logró que ninguna de sus esposas engendrara un heredero. Es de suponer que su primera esposa, la joven María Luisa de Orleans, venida de Francia, sí estuviera sana, aunque el pueblo le echara la culpa de no procrear:

                                   Parid, bella flor de lis
                                   que en aflicción tan extraña
                                   si parís, parís a España
                                   si no parís, a París.

   Pero también hay protagonistas de la Historia con una muy buena salud. Benedicto XIII, el Papa Luna, vivió a caballo entre los siglos XIV y XV. Siendo el único cardenal vivo anterior al cisma, y siendo únicamente los cardenales quienes podían elegir Sumo Pontífice, se nombró a sí mismo papa. Fue papa en Avignon y más tarde antipapa en Peñíscola, donde se enrocó manteniéndose en “sus trece” de ser considerado el único papa legítimo de la Iglesia. Allí resistió, gracias a su determinación y férrea salud, hasta los noventa y cinco años, tras haberse recuperado, incluso, de un envenenamiento con el que habían tratado de eliminarlo sus enemigos.

      DINERO
    Parece que fue cierta la anécdota que cuentan del general Castaños, el héroe de Bailén en la lucha contra el francés. Se encontraba el general en un besamanos el día de la Pascua Militar, un día de Reyes, vestido de blanco con el uniforme de verano. El rey al llegar a su altura mostró su extrañeza por dicho atavío. Contestó el general: “Majestad, la estación lo requiere. Su majestad estará en enero; yo, que no tengo otro calendario que el de mis pagas todavía estoy en julio”.
  
   Y es que el dinero ha sido fuente constante de anécdotas. Cuentan que el Marqués de la Ensenada, ministro de Carlos III, fue reprendido por el monarca por el mucho gasto que hacía y la ostentación que practicaba. También tuvo justa respuesta al rey: “Señor, es por la librea del criado que se sabe de la grandeza de su señor”.

   Aunque los que más afición dedicaron al derroche en lujos y su ostentación fueron los propios reyes. En Portugal hubo uno de nombre Joao y ordinal quinto, que ordenó construir un monasterio en Mafra. Al decorarlo encargó que fabricaran un reloj de carillón. Cuando solicitó el precio del encargo le dijeron una cantidad exageradísima de dinero. El rey, soberbio, dijo: “No pensaba que fuera tan barato, quiero dos”.

   También interpretaron anécdotas curiosas el marqués de Salamanca, la mayor fortuna de España en su época, y Narváez, el espadón de Loja, que tuvieron disputas económicas toda su vida. Por lo surrealista, hay quien dice que aquella en la que se afirmó que el marqués, con un billete de mil pesetas, alumbraba el suelo en el que el general buscaba una moneda no sucedió.

   Pero si alguno de nuestros grandes personajes de la historia demostró gran despego por el dinero no fue otro que don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Se sabe que, ya en España, después de sus victoriosas campañas de Italia, dijo a su contador: “Dad todo con liberalidad, que nunca se goza mejor de la hacienda que cuando se reparte”; y es comprensible que dijera esto quien al ser preguntado por su rey don Fernando, el Católico, acerca de los gastos de guerra le contestara con la archifamosa frase: “En palas, picos y azadones, varios millones”.




   En ocasiones no fue el dinero, sino su falta la que dio lugar a crueles sentencias, normalmente populares. Así le sucedió a doña Isabel de Braganza, esposa de Fernando VI, que tuvo que leer en un pasquín colocado en la puerta del palacio Real el siguiente ripio:

                                     Fea, pobre y portuguesa,
                                     ¡Chúpate esa!

     Y AMOR
   Sobre el cortejo y el amor, la infidelidad y el desamor, la historia está plagada de casos anecdóticos.       
   Se cuenta que en el antiguo Egipto hubo una prostituta llamada Archídice. Poseía una gran belleza y era requerida por los hombres más ricos de Egipto. Hubo un cliente que pretendió yacer con ella, pero Archídice lo rechazó por considerarlo insuficientemente rico. Se enteró más tarde de que el cliente rechazado proclamaba haber soñado con ella, por lo que la prostituta le reclamó una buena cantidad de dinero por dichas fantasías. El hombre se negó al pago y Archídice lo denunció a los jueces pretendiendo cobrar su tarifa. Los magistrados le dieron la razón: sentenciaron que ella debería soñar que su admirador le pagaba lo estipulado por el servicio.

   Muchos siglos mas tarde, Napoleón III quedó prendado de la española Eugenia de Montijo, con la que al fin se casó. Antes de hacerlo Eugenia se lo había dejado claro: al regreso de una cacería el emperador pasó bajo el balcón en el que se encontraba con otras damas saludando el regreso de los cazadores. Napoleón se dirigió a ella preguntándole cómo podría llegar hasta allí. La española contestó: “El único camino, monsieur, es por la capilla”. Diez semanas después contraían matrimonio en Notre-Dame.

   Don Antonio Cánovas del Castillo fue presidente del gobierno en varias ocasiones, en alternancia con el liberal Sagasta, durante la Restauración. Era malagueño, y tenía el deje propio de su tierra. No cuesta mucho imaginar como respondió al rey, Alfonso XII, cuando éste le dijo:
   -Mucho le deben molestar las señoras con tantas peticiones.
   -Majestad, -dijo- a mí no me molestan las mujeres por lo que me piden, sino por lo que me niegan.
  En otra ocasión, ya viudo, una hermosa duquesa le propuso matrimonio. Cánovas le contestó: “Lo haría con sumo placer, de no tener usted dos hijas tan bellas a las que seguramente no podría mirar con ojos de padre”.
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EL TIEMPO PASARÁ

    El tiempo, magnitud física, cuarta dimensión, enigmático siempre al tratar de comprenderlo. De todo ello tiene un poco y todo ello es al mismo tiempo. De su relatividad, la humanidad siempre ha sido consciente. Bien lo explica Antonio Gala: para la rosa, el jardinero que la cuida es eterno, para el jardín efímero. Por ello el hombre ha tratado de domesticarlo. Ha ideado calendarios, ha construido relojes. El éxito ha sido escaso.
  
    Los romanos tuvieron su calendario. El calendario Juliano, vigente desde Julio Cesar hasta el siglo XVI y aún más tarde, era en realidad el antiguo calendario solar egipcio, que ha servido para medir el tiempo, en algunos países incluso hasta el siglo XX. La Unión Soviética, Grecia y Turquía fueron las últimas naciones en abandonar su uso, en los años veinte del pasado siglo. Durante su vigencia se tomó una decisión importante. En tiempos de Justiniano, el emperador de Bizancio, el Papa encargó a un monje escita, Dionisio el Exiguo, que determinara la fecha del nacimiento de Jesucristo. Usando el calendario romano restó a la fecha del cálculo treinta años, la edad en la que Jesucristo comenzó su vida pública, en el decimoquinto año del reinado de Tiberio, según el evangelio de San Lucas, y lo bautizó como año uno. La cuenta, por imprecisiones históricas no fue muy exacta, pero desde entonces la humanidad ha contado con un antes y un después(1). Así siguieron las cosas hasta que en el siglo XVI, gracias a los tímidos pasos que la ciencia comenzaba a dar y al impulso del papa Gregorio XIII fue adoptado el calendario gregoriano. No fue fácil su implantación. En una Europa dividida entre católicos y protestantes, la propuesta del papa de los católicos no era bien recibida por los reformistas, sin embargo, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico recibió al cardenal Madruzzo, enviado por Gregorio XIII, con los cálculos que Lulio, el astrónomo del papa, había realizado. Era necesaria una rectificación en la medición del tiempo. El error en el cálculo que cometía el calendario Juliano era acumulativo, retrasándose poco a poco la celebración de las fiestas señaladas por la liturgia cristiana. El emperador, convencido, impuso el nuevo calendario, decretando su uso en el imperio. El imperio español ya había tomado dicho calendario como oficial un año antes. Poco a poco las naciones fueron adoptando, entre el siglo XVI y el XX, el calendario gregoriano, aunque la Iglesia ortodoxa, aún hoy, usa el antiguo calendario juliano, que tras veinte siglos de uso les permite celebrar la Navidad, ya el siete de enero.

  El establecimiento del calendario gregoriano exigió, al implantarse, la corrección del retraso producido hasta entonces, por lo que los distintos países que decretaban su uso se vieron en la necesidad de dar un salto en las fechas hacia el futuro, tanto mayor cuanto mayor era el retraso con el que incorporaban el nuevo calendario. España, uno de los primeros países en usarlo dio un salto en el tiempo de diez días, ningún niño nació en España entre el 5 y el 14 de octubre de 1582, porque no hubo tales días; Grecia, uno de los últimos, trece. Nadie falleció en Grecia entre el 16 y el 28 de febrero de 1923. Dichos días no tuvieron lugar. Dicho salto supuso vivir los días que no figuran escritos en parte alguna porque no existieron.

Edificio del Reloj del puerto de Valencia
  
  El nuevo calendario tampoco es perfecto, pero su imperfección notablemente menor que la del anterior es corregida con los años bisiestos que todos conocemos.

   Pero hay algo que todavía no ha sido posible conseguir. El tiempo, aquello que ocurre entre dos sucesos percibidos por nuestros sentidos ha podido ser medido gracias a los calendarios ideados: juliano, azteca, chino, judío, gregoriano; y relojes de todo tipo: de agua, de sol, de arena, mecánicos, atómicos; hemos visto alterada su propia duración gracias a la aplicación de leyes relativistas. ¿Trataremos también de invertir su flecha? ¿Quebrar el inexorable discurrir del pasado hacia el futuro? Puede que alguien trate de inventar alguna máquina con la que hacerlo. El fracaso está garantizado. ¿O no?

(1) En realidad la contabilización de los años anteriores a Cristo no se produjo hasta el siglo VIII. Beda el Venerable fue quien introdujo la cuenta atrás. La humanidad tuvo desde entonces dos horizontes temporales que se alejaban entre sí.
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