EL ASESINATO DE LINCOLN Y ALGO MÁS

   Cinco días después de la rendición del general Lee en Appomattox el 9 de abril de 1865, y la victoria en la práctica de la Unión sobre los estados del Sur en la Guerra de Secesión Americana, el presidente Lincoln asiste a una función de la comedia del dramaturgo británico Tom Taylor: “Our American Cousin”. Acompañan al presidente en el palco del Teatro Ford de Washington su esposa Mary Todd, el Mayor Henry Rathbone y la hija del senador por Nueva York, la señorita Clara Harris, prometida del Mayor. Ha excusado su asistencia, que tenía prevista con su esposa, el general Grant, el vencedor de Appomattox.
 
  Por raro que parezca, esa noche nadie cuida del presidente. Su guardaespaldas William Henry Crook había terminado su servicio a las cuatro de la tarde. Le sustituye el policía John T. Parker, pero Parker, una vez el Presidente en el palco presidencial, abandona su puesto y en compañía de otros ayudantes del presidente visita una taberna cercana. Más tarde diría para exculparse que el presidente le había liberado hasta el final de la obra.  

   Sorprendido por encontrar expedito el camino, John Wilkes Booth, un joven de 26 años simpatizante de la causa confederada y recalcitrante conspirador, llega hasta el palco presidencial, abre su puerta y empuñando una pistola Deringuer(1) de un solo tiro dispara contra la cabeza del presidente. La reacción del Mayor Rathbone no se hace esperar. Trata de detener al agresor, pero éste, arrojada su ya inservible arma de fuego al suelo, empuña un cuchillo, hiriendo al Mayor. Booth huye, pero en lugar de hacerlo por los pasillos por los que había llegado, se encarama al antepecho del palco y salta sobre el escenario, con tan mala fortuna que una de las espuelas de sus botas se engancha con una de las banderas que decoran la balaustrada. Booth sufre una fractura del extremo distal del peroné derecho. Pero renqueante, dañado su tobillo, aún logra confundir al público, que cree que aquello forma parte de la función, cuando grita “Syc semper tyrannis”, mientras el magnicida huye por un lateral y monta en un caballo que sus cómplices habían preparado para su huida.

   Quizás pensara Booth que la muerte del presidente paralizaría la administración unionista y sus ejércitos, dando, quién sabe, una última oportunidad a las ya escasas, débiles y descompuestas tropas confederadas desde la derrota de Appomattox. Pero nada de eso sucederá.

   Herido de muerte el presidente, nada pueden hacer los doctores Leale y Taft, los primeros en atenderle, que determinan ante la previsible hemorragia mover lo menos posible al herido. Lo trasladan a un cuarto propiedad de un sastre dueño del edificio cuyas habitaciones estaban en alquiler, justo enfrente del teatro Ford. Allí llegó el doctor King, médico personal del presidente y el cirujano Joseph Barnes. Ante la gravedad de la herida, con orificio de entrada por la región occipital, sin salida, y la imposibilidad de extraer el proyectil, se limitan a vigilar y asistir al herido, tratando de aliviar su agonía. A las siete horas y veintidós minutos del día 15 de abril de 1865, el presidente Lincoln fallece. Era un Sábado Santo.

   Desde el primer momento se inicia la persecución del asesino y sus cómplices. Atendido Booth en su tobillo por el doctor Mudd, el fugitivo se refugia en la granja de Richard Garret, y hasta allí llegan los perseguidores. Conminan los soldados a Booth a rendirse, pero éste responde con su arma de fuego, entablándose un tiroteo, del que Booth resulta muerto. Un disparo en el cuello del magnicida, como revelaría la autopsia, destrozó las cervicales y médula de Booth.

   Con la muerte del asesino y la detención de los cómplices, que serían juzgados y ahorcados, parece que la historia del asesinato del 16º presidente de los Estados Unidos podría darse por terminada. Sólo el doctor Mudd, también detenido y condenado, salvó su vida por el indulto concedido por Andrew Johnson, el sucesor de Lincoln.

                                                         *

   Sin embargo, la ficción, a veces, parece querer apoderarse de la historia. En 1873, un tal John St. Helen, en trance de muerte, confesó al abogado Finis L. Bates, que su verdadero nombre era John Wilkes Booth. Según afirmó, era él quien había asesinado al presidente Lincoln. Aseguraba que el cuerpo del hombre muerto en el granero de los Garret era el de un empleado de la granja llamado Ruddy St. Helen, que sorprendido en el granero con unos documentos que Booth le había pedido le buscara, fue abatido por los soldados, confundiéndole con él. Bates no creyó de momento tan novelesco relato, que atribuyó al carácter teatral de St. Helen en momentos tan atribulados; pero el caso es que St. Helen sobrevivió a su enfermedad y poco tiempo después abandonó Texas.

   Años después, en el hotel Grand Avenue de Enid, Oklahoma, moría un hombre por los efectos que la estricnina que él mismo había comprado para quitarse la vida. Se llamaba David E. George. Era pintor de brocha gorda, y muy aficionado a la bebida. George, tres años antes había contado a la señora Kuhn una historia fabulosa. Quería hacerle creer que no era quien decía ser, que su verdadero nombre era John Wilkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln en 1865. La señora Kuhn, naturalmente, atribuyó las fantásticas declaraciones de George a su embriaguez y después de contárselo al que pronto sería su esposo, el reverendo metodista Enoch Covert Harper, dio el asunto por olvidado. Pero cuando en 1903 el reverendo Harper conoció la noticia del suicidio de George fue a ver el cadáver del difunto y reveló al embalsamador la historia que tres años antes le había contado su esposa.

   El cadáver embalsamado de George fue entregado a la funeraria de William Broadwell Penniman, que lo dejó expuesto a la espera de que alguien reclamara el cuerpo. Puesto que la espera parecía hacerse larga, Penniman decidió utilizar la momia de George como reclamo publicitario de su tienda de muebles, negocio al que también se dedicaba Penniman. Sentó al difunto en una silla, le colocó unos ojos de cristal y sujetó en sus manos un periódico. Así estuvo varios años, hasta que Finis L. Bates entró en escena de nuevo. Bates reconoció el cadáver de George identificándolo con el John St. Helen que había conocido en Texas, en 1873.

   Finalmente, Bates escribió un libro Escape and Suicide of John Wilkes Booth” y la momia comenzó un periplo de exhibiciones en exposiciones y circos durante mucho tiempo. Fue vendida, alquilada, sufrió un secuestro, felizmente resuelto con el pago del rescate. En 1931 se convocó a un grupo de médicos para determinar la autenticidad de la teoría de Bates. No se obtuvieron conclusiones claras y todo terminó en un fenomenal escándalo. De vuelta al circo, la momia de George siguió con su atribulada “vida”. En la década de los cincuenta se sabe que estaba en un sótano de Filadelfia. Después ya nada se supo de ella.

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12 comentarios :

  1. Cuando el asesinado no es importante nadie reconoce su autoría y, como mucho, se la atribuye un autor tan solo tras la detención y el interrogatorio pertinentes; pero si se es famoso, siempre salen teorías desquiciantes sobre el o los autores del crimen, los planes de la conspiración y hasta que el muerto era otro como pasó con Hitler y con parte de la familia del zar Nicolás II. ¿Quién mató a Prim?
    Un saludo.

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  2. Lincoln es quizás la figura púbica de la que más se ha escrito en USA. No me extraña que muchos se hayan querido ligar de alguna manera con el asesinato... O no?

    Saludos Amigo. Que todo vaya bien

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  3. Como pasa con tanta frecuencia, los errores parecen de bulto a posteriori, pero la mano asesina siempre encuentra un resquicio por donde hacer el mal.

    Saludos.

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  4. En casos de asesinatos de grandes presidentes, todos son incógnitas: Liconln, Prim y Kennedy se llevan la palma. Sólo hay un asesino o varios, pero siempre cae alguno como cabeza de turco. Los hilos que hay detrás se difuminan y los verdaderos culpables siempre se van de rositas. Nunca se sabrá la verdad.
    Un saludo

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  5. Como en muchos casos, nunca se sabrá la verdad.
    Siempre queda el misterio.
    Estupenda información.
    Un saludo.

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  6. Su texto, tan completo, es de los que abren puertas a los recuerdos, ensartando uno a otro como cerezas.
    Primero me ha traído a la memoria el interesante encuentro en la Casa Blanca de Prim con Lincoln, dos personajes con un mismo fin trágico en su vida, de los que había leído un reportaje de niña en el Reader's Digest.
    Y luego, mi visita con unos compañeros de estudio a Banyoles, Gerona, para ver al "negro de Banyoles", el cadáver embalsamado de un africano que pasó cerca de un siglo en la vitrina de un museo, de pie, con su escueta vestimenta, su escudo y su lanza.
    He de decir, que mi juventud y mi natural incredulidad hicieron que la figura me pareciese de madera pintada, por lo que no di crédito al rótulo que contaba la historia de aquel ser desdichado.
    Sería muchos años después, cuando ya la historia se convirtió en noticia mundial, que supe de su autenticidad y de que si la historia me pareció un cuento fue porque le habían aplicado betún y le habían pintado los labios para acentuar el impacto.

    Qué mundo, DLT. Saludos.

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  7. Parece una conspiracion amedida que vas entrando en la historia de este asesinato.

    Que mundo nunca mejor dicho y más sin pruebas esto puede durar lo que la cronica quiere que dure.

    Eso es lo que tiene ser figura pública y más politica.

    - Estaba confiada que le había dejado comentario el móvil me suele hacer alguna gracia de esta índole.

    Una abrazo y un tranquilo verano






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  8. Conocía algo sobre el asesinato de Lincoln pero no tanto como con tu informació, aunque la verdad nunca se sepa. Gracias Dlt.

    Un abrazo.

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  9. Siempre está el misterio y la incógnita detrás de todo ello.

    Un abrazo.

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  10. Sabía lo de su muerte en un teatro, pero del resto nada de nada, por lo que me has dejado boquiabierto con esta historia, y sobre todo con ese macabro final de la funeraria y de pasear la momia de circo en circo.
    Tanto los unos como los otros debieron de ser los pioneros del sueño americano, cuyo fin es hacerse rico a costa de lo que sea y de quien sea.
    Un fuerte abrazo, amigo, y como siempre, muy interesante tu entrada de hoy.

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