La siguiente historia podría
parecer un cuento, pero sucedió en verdad. Sus protagonistas son una reina
viuda y un modesto soldado llegado a la Corte en busca de fortuna. Podría
empezar así: había una vez, en la noble ciudad
de Tarancón, aguardando la llegada de un nuevo hijo, un matrimonio formado por
Juan Muñoz Funes y Eusebia Sánchez Ortega. De orígenes modestos, tenían
Eusebia y Juan estanco de la sal(1)
y, aunque no lo sabían el niño que les iba a nacer estaba destinado a ser una persona con suerte. Y es
que habían pasado apenas unos pocos minutos desde que ocurriera el parto,
cuando el buen fario ya se hizo compañero de Agustín Fernando Muñoz Sánchez.
El 4 de mayo de 1808 acababa de llegar a este mundo la criatura cuando se le dio por
muerto y dejado su cuerpecito envuelto en una sábana. Una criada comprobó que
respiraba y, vuelto al mundo, dos días después fue bautizado.
*
Agustín crece, y sigue la Fortuna
otorgándole su favor pues, siendo más mayorcito jugaba con sus amigos en las
eras de su Tarancón natal y un accidente estuvo a punto de cambiar el curso de
su vida. Acostumbran los mozalbetes del pueblo a jugar, fabricando minas de
pólvora. Son éstas un juego con cierto peligro, y por lo tanto favorito de los
niños, que consiste en acumular en un hoyo una cierta cantidad de pólvora y
cubrirlo de tierra para que la explosión cause una gran polvareda. Uno de estos
artefactos después de prenderlo no hizo explosión y allá que fue el chiquillo a
soplar sobre la mina para prender la mecha cuando la deflagración imprevista
arroja toda la tierra sobre el rostro y los ojos del muchacho, dejándolo ciego.
Y de nuevo su ángel de la guarda le protege. Pocos meses después el pequeño
Muñoz recobra la vista.
Sigue creciendo Fernando, que así
se le llama ya, pues su tío y padrino, a la vuelta de “El deseado” decide que es
mejor llamar al crío con ese nombre, en honor del rey devuelto a los españoles
por Napoleón, el amo de Europa aún, cuando el destino o sus propias decisiones vuelven
a llevarlo por el camino del éxito. Quiere su madre que dedique su vida al
sacerdocio, pero el joven, poco dado a las cosas de Dios, se inclina más por
seguir la carrera militar. Ingresa, pues, en la guardia de Corps donde las
cosas transcurren tranquilas hasta que en 1829, a sus veinticinco
años, Muñoz besa por primera vez la mano de una reina. Llegaba María Cristina de
Borbón de Nápoles para ser la cuarta esposa del rey felón y dar descendencia a
la Corona, si era posible que el agotado rey lo consiguiese, cuando durante el
viaje que conduce a la futura reina de España y cuarta esposa de Fernando VII,
María Cristina y Fernando Muñoz se conocen.
Fernando es joven, apuesto y
gallardo y, aunque calvo, sabe disimular su alopecia con peluquines de la mejor
factura que arregla uno de los fígaros del cuerpo de Corps discípulo del famoso
Petibon, uno de los peluqueros más famosos de la época. Y como presta servicio
en Palacio, María Cristina queda prendado del soldado. Cuando el 29 de
septiembre de 1833 Fernando VII es llamado al sueño eterno, María Cristina,
reina gobernadora ya, da rienda suelta a sus sentimientos, guardados en vida
del rey. Cierto día la reina sale de caza, pide a Muñoz que la acompañe. Al
sobrevolar sus cabezas una perdiz, insta la reina a su guardia a que dispare.
Muñoz lo hace y abate a la gallinacea, que cae casi a los pies de María
Cristina. Apartada del resto, aquella perdiz se librará del escabeche y días
después, disecada, decorará las habitaciones de la reina.
El 18 de diciembre, aún no se
habían cumplido tres meses desde la muerte del rey, con discreción prepara la
reina una excursión a la finca de Quitapesares, en Segovia. Allí se formalizan
las relaciones entre la reina gobernadora y su admirado Fernando, y diez días
después, tras difíciles gestiones, el recién ordenado sacerdote Marcos Aniano
González, paisano, amigo y primo lejano de Muñoz, los casa. No es mal negocio
la boda para el cura, que pasa a ser confesor de la reina, capellán de honor, y
por si fuera poco, prebendado de Lérida y deán de La Habana; tampoco lo es para
Muñoz, que sigue siendo garzón de palacio, pero con derechos inimaginables para
cualquier guardia. Almueza con la reina, la acompaña permanentemente, y dispone
de habitación en palacio y coche propio.
María Cristina de Borbón, de Mariano Benlliure. |
Comienza así una doble vida para la reina gobernadora que, si quiere seguir siéndolo, debe mantener en secreto el matrimonio morganático celebrado. Y es que aunque no conste en registro alguno, lo que ha llevado a pensar que lo que se celebró carecía de validez, y ser pocos y discretos los testigos del enlace, son cada vez más los que lo sospechan. Incluso en la camarilla palatina a Fernando ya lo motejan con el ordinal VIII. Tampoco ayuda mucho el recuerdo, muy presente aún, de la privanza de Godoy con María Luisa, y menos aun los hijos que pronto empiezan a llegar: por los muñoces serán conocidos, que en número de ocho son inscritos a nombre de padres supuestos.
Del amor que siente María
Cristina por Muñoz no cabe duda, así como del cuidado que profesa a los hijos
tenidos con él. Tampoco cabe duda del conflicto personal que arrostra. La Ley
de Ayuntamientos, al amparo de la Constitución de 1837, es la puntilla para la
regente que, en Valencia, acaba cediendo la regencia a Espartero y dejando a la
reina niña Isabel bajo su custodia. Los siguientes años serán una mezcla de
conspiraciones, negocios, alumbramiento de nuevos muñoces y viajes de incógnito
entre España y Francia. En abril de 1844 la reina ya sabe que la ceremonia de
1833 no fue válida. El cura de Tarancón que los casó no tuvo en cuenta las
leyes eclesiásticas, no era párroco, como exigía el Concilio Tridentino,
entonces Ley del Reino. Angustiada María Cristina se sincera con Narváez, a la
sazón presidente del gobierno. Le confiesa la reina madre, entre lágrimas, el
sufrimiento personal que padece, que no está casada con Muñoz, pero que tiene
hijos de él, y que quiere ordenarlo todo; y pide a su hija, la reina Isabel,
que otorgue a Fernando Muñoz cuantas mercedes puedan corresponderle al esposo
de una reina, a lo que complaciente la hija accede. Y así es como en Decreto de
23 de junio de 1844 Muñoz se ve convertido en Grande de España con el título de
Duque de Riánsares, anticipo de los muchos privilegios que recibirá el futuro marqués
de San Agustín, poseedor de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, del Toisón
de Oro, Teniente General de los Ejércitos y Senador del Reino; y en Francia,
duque de Montmorot, par de Francia y dueño de una Cruz de la Legión de Honor.
Ya puede la reina casarse con su
querido Muñoz, padre de sus ocho últimos hijos y ennoblecido con la Grandeza de
España. A las nueve y media de la noche del 12 de octubre de 1844, ante un
altar portátil instalado en las habitaciones de palacio, don Juan José Bonel y
Orbe, obispo de Córdoba y confesor de la reina Isabel, asistido por don Nicolás
Luis de Lezo, capellán de honor de la reina, celebra el matrimonio. El
Presidente del Gobierno, don Ramón María Narváez; don Luis Mayans, Ministro de
Gracia y Justicia; don Pedro José Pidal, de Gobernación y don Alejandro Mon, de
Hacienda, actúan como testigos. Fernando, de 36 años y María Cristina, de 38, ya
son marido y mujer.
No serán pocas las intrigas y negocios que el matrimonio y sus hijos protagonizarán en el futuro, muchos de ellos dignos de la fértil fantasía del mejor novelista, que quizás, puesto que el argumento ya está escrito por la historia, veamos aquí contado en futuro capítulo.
(1) El estanco de la familia consistía en los privilegios para la venta de la sal de las salinas de Belinchón.
No serán pocas las intrigas y negocios que el matrimonio y sus hijos protagonizarán en el futuro, muchos de ellos dignos de la fértil fantasía del mejor novelista, que quizás, puesto que el argumento ya está escrito por la historia, veamos aquí contado en futuro capítulo.
(1) El estanco de la familia consistía en los privilegios para la venta de la sal de las salinas de Belinchón.