El viajero llega a Carcassonne. Es la segunda vez que la visita. La primera vez subió directamente a la Cité. Ahora no. Primero visita la Bastida de San Luis, zona de calles en cuadrícula, antiguamente limitada por una muralla, que recibe el nombre del rey santo. El viajero ve casas abuhardilladas, casi todas de los siglos XVIII y XIX, ve la catedral de San Michel y llega a la plaza Carnot. Es ésta el centro de la ciudad. Bares, restaurantes y cafés la rodean. Una fuente del siglo XVIII, descentrada, dedicada a Neptuno la adorna: es obra de dos artistas italianos con el mismo apellido, Barata, pues primero el padre y luego un hijo suyo fueron los encargados de plantarla donde hoy está. Sus surtidores lanzan chorros de agua que rompen el silencio del lugar; aunque esto no impide que el viajero sienta el ambiente de la plaza, que fue escenario de algunas ejecuciones del “Terror” revolucionario, algo triste, seguramente por lo solitaria que la encuentra a estas horas, en comparación a como debió estar cuando, allá por el año 1839, visitó la ciudad el duque de Orleans. Cuánta debió ser la diversión con ocasión de aquella visita, cuántos los vítores alegres de los carcasoneses al paso del duque después de haber bebido de la fuente de Neptuno que, para la ocasión, el ayuntamiento no tuvo mejor ocurrencia que hacerle manar vino.
De camino ve el canal du Midi que rodea la ciudad. Tiene un embarcadero. Atracadas en él hay varias embarcaciones. Ha leído el viajero que el Canal du Midi es obra del ingeniero Pierre Paul Riquet y que fue construido durante el siglo XVII para facilitar el transporte de mercancías, por lo que se hizo navegable. Hoy es un atractivo turístico de primer orden, patrimonio de la humanidad. Hay excursiones que recorren sus 241 kilómetros con paradas en todos los lugares de interés e incluso algunas lanchas son alquiladas a los propios turistas que las pilotan y se detienen donde les interesa.
El viajero toma asiento en una de las muchas terrazas abiertas y piensa para cuántas cosas han servido las plazas. En ésta en la que está sentado corrió la sangre y el vino. El viajero no quiere saber nada de la primera y del segundo no son horas, así que toma un café y después se dirige hacia la Cité , la ciudad medieval.
De camino ve el canal du Midi que rodea la ciudad. Tiene un embarcadero. Atracadas en él hay varias embarcaciones. Ha leído el viajero que el Canal du Midi es obra del ingeniero Pierre Paul Riquet y que fue construido durante el siglo XVII para facilitar el transporte de mercancías, por lo que se hizo navegable. Hoy es un atractivo turístico de primer orden, patrimonio de la humanidad. Hay excursiones que recorren sus 241 kilómetros con paradas en todos los lugares de interés e incluso algunas lanchas son alquiladas a los propios turistas que las pilotan y se detienen donde les interesa.
El viajero continúa su camino. Desde el Puente Viejo, peatonal, que cruza el río Aude, la vista es magnífica, mira por el visor de su cámara, encuadra y dispara.
La Cité |
Por fin el viajero llega a la ciudad medieval. No le extraña haber visto estas piedras en varias películas históricas, porque hoy la Cité presenta un formidable aspecto gracias a la reconstrucción que en el siglo XIX hizo Viollet le Duc, el gran arquitecto que pronto hará dos siglos dejó su huella por casi todo el sur francés. El viajero entra por la puerta Narbonense y pasa a formar parte de la enorme masa humana que corretea por las callejuelas del recinto medieval. Cuando llega a la basílica de Saint Nazaire, que fue catedral hasta 1803, nota que el silencio es dueño del lugar. No viene mal después de tanto bullicio.
Saint Nazaire fue bendecida el año 1098 por Urbano II, el mismo papa que predicó la primera cruzada para recuperar para la cristiandad los Santos Lugares. Inicialmente románica, hoy sólo la nave central nos recuerda este orden, porque en el siglo XIII se amplió y acabó siendo gótica, llenos sus muros de vidrieras y rosetones. Al viajero le gusta saber todo lo que puede de los sitios que visita, y cuando ve una piedra, losa al parecer de la tumba de Simón de Monfort(1), que sería vizconde de Carcassonne tras la muerte del legítimo vizconde Raimon Roger de Trencavel, la mira y hace memoria.
Porque Carcassonne fue bastión cátaro que resistió los embates cruzados: sitiada la ciudad por las fuerzas de Monfort, aquélla resiste firme. Para levantar el asedio los cruzados exigen del vizconde el abandono de la ciudad. Sólo así permitirán la salida de Trencavel y doce de sus nobles sin daño; pero el vizconde es persona de honor, no piensa abandonar a los suyos, y sigue resistiendo. El tiempo pasa y el asedio está a punto de levantarse; pero el verano llega antes de la retirada de Monfort, y lo hace acompañado de una pertinaz sequía que pone la ciudad al límite de su resistencia. Monfort advierte la crítica situación en la que se encuentran los sitiados; y supone, con acierto, que dentro la población debe estar al límite de su resistencia. Y así es. Se hace necesaria la negociación. El vizconde se presenta ante los sitiadores para establecer las condiciones de la rendición; pero nada se negocia. Al vizconde se le impide volver a la ciudad. Es hecho prisionero. La población queda desamparada, aunque muchos logran huir por unas galerías subterráneas. Monfort se apodera de la ciudad. La sospechosa muerte de Raimon Roger de Trencavel, de repentina enfermedad, durante su cautiverio, deja vía libre a Simón de Monfort, el nuevo vizconde, y primer soldado en la lucha contra la herejía, pero sus días están contados.
Fuera de la catedral, el viajero da un paseo por las murallas. Más de tres kilómetros mide el perímetro de la ciudad protegido por un doble cinturón de murallas que da a la ciudad el imponente aspecto que, cuando el viajero se va, desde lejos ve.
(1) Simón de Monfort murió en el asedio que los cruzados perseguidores de albigenses sometieron a la ciudad de Toulouse en 1218. Algo más sobre la muerte y vida de este siniestro personaje fue contado en el artículo “La loca de Montcalm”.
Fuera de la catedral, el viajero da un paseo por las murallas. Más de tres kilómetros mide el perímetro de la ciudad protegido por un doble cinturón de murallas que da a la ciudad el imponente aspecto que, cuando el viajero se va, desde lejos ve.
(1) Simón de Monfort murió en el asedio que los cruzados perseguidores de albigenses sometieron a la ciudad de Toulouse en 1218. Algo más sobre la muerte y vida de este siniestro personaje fue contado en el artículo “La loca de Montcalm”.