EL INFANTE

   Se ha dicho de él que fue una víctima, pero en realidad acabó siendo un instrumento para tratar de herir a su padre. Como suele suceder en estos casos, el misterio, la aparente debilidad del personaje, ha hecho que se le ensalce, se le reconozcan méritos y se le dediquen obras, que más que beneficiarle, han servido para perjudicar a quienes tenían el poder.

    Don Carlos, el hijo tarado de Felipe II y María de Portugal, tuvo mala suerte, desde que nació hasta su muerte. Ya de niño, el barbero real, Ruiz Díaz de Quintanilla, recibió orden de seccionar el frenillo de la lengua del niño. Se esperaba que con esta medida el niño soltara la lengua, es decir, comenzara a hablar, pues pasaba el tiempo y los sonidos que salían de su garganta no se convertían en las palabras que, en un futuro rey, debieran ser entendidas como órdenes.

De niño, Carlos fue llevado hasta Alcalá de Henares para que mejorase su salud
 y comenzara sus estudios. Ni una cosa ni la otra pudo conseguirse.

    Pese a su manifiesta locura se le designó heredero, y como tal gozó de los privilegios correspondientes. Por el tratado de Château-Cambresis se concierta, para el futuro, el matrimonio entre Isabel de Valois y el infante don Carlos. Ella, de doce años de edad, él, un año mayor que ella. Al poco el rey enviuda de María Tudor. Felipe busca su tercera esposa. La encuentra en Isabel, pero está prometida a su hijo. Se redactan de nuevo los pactos del tratado. Felipe II desposa a Isabel. Don Carlos, contrahecho, con una gran giba a la espalda, un hombro más bajo que el otro, un brazo más largo que el otro, igual que sus piernas, también distintas, y orate perdido, todavía conserva un gramo de cordura. Lo pierde al verse privado de su prometida. Entre excentricidades transcurre su tiempo. Vengativo y fuera de sí, inducido por otros, promueve la rebelión en Flandes. Trata de salir de España. Los consejeros del rey lo saben todo. Informan al rey. El rey, quiere a su hijo, pero conoce su estado. Ordena su confinamiento. La locura del infante es incontrolable. Siempre enfermo, unas veces come hasta reventar, otras ayuna hasta desfallecer. Un accidente empeora la situación. Cae por unas escaleras. Su estado es crítico. Se llama a Vesalio, el cirujano del rey, el más afamado de todo el orbe conocido. Trepana el cráneo del desgraciado. Don Carlos parece mejorar. Es una ilusión. Al poco le da por comer hielo. Ya no tiene cura. Nadie sabe que hacer. Contrae una pulmonía. Seis meses después, a los veintitrés años muere. El rey asiste a los funerales, dignos del príncipe que fue.

    Shiller en la época romántica escribió su famoso “Don Carlos”, relato basado en la “leyenda negra” y exagerada, aún más, siguiendo la moda tremendista que en el siglo XIX se le daba a la historia. Después, Verdi compuso la ópera del mismo nombre, basándose en Shiller. Un relato mendaz de lo sucedido, pero muy acorde con la mentalidad romántica, y la política de la Italia del “Risorgimento”. Una Italia tratando de despegarse del yugo austríaco tomaba como ejemplo a un príncipe, cuerdo, generoso y leal, libertador de tierras, en lucha con su propio padre y rey.
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DÍGASE LO QUE SE QUIERA

   Apenas había transcurrido un mes desde que en la Isla de León habían sido convocadas las Cortes en aquel mes de septiembre de 1810, pese a la falta de apoyo de la Regencia, cuando comenzaron los debates sobre la trascendental Ley de Libertad de Imprenta.

   De lo que iba a resultar de aquel debate y de la propia existencia de las Cortes dio aviso el diputado Muñoz Torrero. Era este diputado por Extremadura, sacerdote, pues muchos fueron los clericales miembros de aquellas cortes, y antiguo rector de la Universidad de Salamanca, reformista y de talante liberal. Sus primeras palabras, en el discurso inaugural de las Cortes, fueron una declaración de intenciones y un resumen de lo que se pretendía lograr en una nación invadida y en guerra, en una ciudad sitiada con unas cortes constituyentes dispuestas a reformar la sociedad con los aires que habían soplado precisamente por la nación invasora, pero desde un punto de vista propio, reformista y no revolucionario: poner fin al antiguo régimen, al de los privilegios, y cimentar una nueva sociedad bajo criterios justos de igualdad, en la que los hombres se nivelaran por sus méritos y no por su cuna.

El asturiano Agustín Argüelles fue uno de los
más activos diputados entre las filas liberales.

    Unos y otros, en diciembre de 1810, se pusieron manos a la obra para redactar un borrador de constitución que en poco más de un año vería la luz. Mas no sólo se impusieron aquellas cortes la misión de redactar la primera Constitución que ordenase la vida nacional ─el Estatuto de Bayona, promulgado por José I Bonaparte fue publicado en la Gaceta de Madrid, pero no fue efectivo(1)─, sino que aprobaron leyes que pretendían cambiar entonces o en el futuro la sociedad española: la supresión de los señoríos(2), de los gremios o la abolición de la tortura o de la Inquisición.  

   Se comenzó tratando de libertad, de la libertad de decir y escribir lo que se quisiera, de la libertad de prensa. Como dijo el diputado Muñoz Torrero: “La previa censura es el último asidero de la tiranía” y, superado, con la aprobación de la Ley, ese escollo, pronto se vio en la cabecera de las publicaciones la libertad recién ganada. Todos cabían, fueran de signo absolutista y contrarios a las reformas o liberales y de talante reformista.

   El Redactor General, El Duende de los Cafés o La Abeja Española; el Centinela de la Patria o El Observador eran algunas de aquellas cabeceras que del lado de los reformistas o de los absolutistas veían la luz en el Cádiz de aquella España en guerra. Pero aún había otros, cuyo nombre no dejaba lugar a la duda sobre su pensamiento. Tal era el caso de El Robespierre Español, polémico, provocador y jacobino, que tuvo reacción inmediata con la aparición de otras publicaciones cuyos títulos no eran menos explícitos en cuanto a su ideario: El Censor General o el de interminable título conocido como El Procurador General de la Nación y del Rey, que también tuvo réplica en su talante y contraste hasta en su título, por mor del gracejo gaditano,  en “El Conciso”, que no contento con su apelación a la brevedad tenía en el “Concisín”, un menudísimo suplemento, exagerada condensación de la actualidad contada por un niño a su padre.

   Todo ello no era más que el reflejo de las diferencias políticas entre los diputados. Fue entonces cuando se declararon las tendencias que agrupaban a los diputados por afinidades. Liberales eran los partidarios de las reformas, serviles los contrarios a ellas, absolutistas opuestos a todo cambio.

   Pero aquellas Cortes, confinadas en el Cádiz asediado por los franceses, legislando para una España en guerra, apurada y ajena a las ideas liberales y reformadoras, carecieron de continuidad y su obra corta vigencia, pues al llegar Fernando VII, liberado por Napoleón, desde su jaula dorada de Valençay, eran pocos los que querían recordar su abdicación, los sucesos de Bayona y su sometimiento a Napoleón, antes al contrario esperaban al rey como “El Deseado”, y aunque la obra de aquellos hombres de Cádiz quedó sin efecto, y muchos de ellos perseguidos y aún muertos por el nuevo absolutismo establecido, habían puesto una semilla que acabaría enraizando en la nuestra piel de toro.

(1) En realidad sus efectos prácticos no se hicieron notar. Las circunstancias del gobierno de José I, en guerra con la Nación y su propio texto, que obligaba a que su entrada en vigor gradual lo fuese tras edictos o decretos reales nunca se produjeron. Aun así el Estatuto fue invocado como fuente de Derecho vigente, al tomar posesión de sus cargos los Consejeros de Estado, el 3 de mayo de 1809, y jurar el Estatuto y por invocación del rey, en defensa de sus prerrogativas, ante los generales de su hermano Napoleón, que trataban de imponerse en su reino.

(2) Fueron especialmente dificultosos los debates sobre este asunto. Finalmente se acordó la supresión de los señoríos jurisdiccionales, mas no los territoriales.

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MEDINA DEL CAMPO

   El viajero camina por tierras de Castilla la Vieja. Ha llegado a Medina del Campo, villa que fue de mucha importancia en el siglo XV y comienzos del XVI, pues hubo reyes que nacieron en ella o establecieron la corte allí,  y la beneficiaron mucho. En Medina la reina Isabel la Católica vio el fin de sus días y en recuerdo de su vida y muerte allí, hay efigie suya en la Plaza Mayor. De la medida de su grandeza como villa entonces habla la magnitud de lo que el viajero ve.

   Con los pies en el centro de la Plaza Mayor que hoy, sin perder ese nombre, es llamada también de la Hispanidad, el viajero la contempla inmensa. Nada extraño si tiene en cuenta que desde que en tiempos de Fernando de Antequera se comenzaran a celebrar ferias, era preciso espacio grande para ubicar a los mercaderes que acudían a la villa.  El viajero abandona el centro de la plaza a la vera de la estatua de la Reina Católica y yendo hacía el lado Sur de la Plaza va viendo en el pavimento de la plaza las placas que recuerdan la ubicación de los feriantes según el ramo de actividad al que se dedicaban: joyeros, especieros, laneros…, todo un mundo mercantil.

   Pero no es lo único grande que hay allí a la vista. En la esquina meridional del recinto el viajero ve la Colegiata de San Antolín. Aunque desde tiempo atrás hubo templo en ese lugar, consta que en tiempos del de Antequera, que tanto miró por su villa natal, se fundó parroquia, con la pretensión de ser colegiata o aun catedral. Como no se consiguiera, los reyes Católicos estando la corte de Isabel y Fernando en Medina, en 1480, lo intentaron de nuevo ante el papa Sixto IV. No concedió el papa la sede episcopal para Medina, pero sí una colegiata, y aunque a falta de pan, buenas son tortas, no sabe el viajero si complació suficiente, pues lo que se erigió llevando el nombre de colegiata, tomó hechuras casi de catedral. Lo que hoy hay es de fábrica de ladrillo, comenzó a levantarse a principios del siglo XVI, e hizo falta casi dos siglos para terminarla. El viajero se acerca al templo. Conforme llega ve con detalle el balcón de Nuestra Señora del Pópulo, que se abrió a la plaza para desde él decir misa en los días de feria y mercado sin que los comerciantes tuvieran que abandonar sus puestos.


   En viajero entra en el templo, no a oír misa, pero sí a conocer sus tesoros artísticos, que son muchos. Desde lo arquitectónico, con su bóveda de crucería, hasta lo suntuario. Mientras mira, escucha las explicaciones que un medinense, que movido por la vocación se dedica a este menester en tiempos libres, da al minúsculo grupo de personas que se han interesado por ver el templo. Es suerte del viajero haber coincidido con él, pues es persona erudita que cuenta muchas cosas, explica con gusto y  avisa de lo que de no estar atento el visitante apresurado podría perderse: de la imagen de San Hermenegildo, de quien los medinenses aseguran fue paisano suyo; de la hermosa capilla de Nuestra Señora de las Angustias; o de que San Vicente Ferrer anduvo por estas tierras hacia 1411 y fue por predicación del taumaturgo valenciano que los penitentes que desfilaban en el interior del templo saliesen al exterior, iniciándose en Medina que las procesiones penitenciales discurrieran por las calles, y que  poco a poco se extendiera esa costumbre por toda España.

   Al salir el viajero admira el ayuntamiento bajo cuyos arcos pasa, justo al lado del lugar donde estuvo el palacio real, del que no queda apenas nada y que hoy llaman “Testamentario”, pues fue en ese lugar, ahora recreado, donde testó y murió Isabel la Católica, o eso dicen quienes no defienden que lo hiciera en el Castillo de la Mota, al que luego se asomará el viajero. Fueron aquellos tiempos con la Corte en Medina los que han permitido que, por la pluma del cronista, nos llegue el relato de hechos, que de no ser parte, aunque en poco, la reina, hubieran caído en el olvido. Lee el viajero el caso que divulgó Garibay sobre un suceso en el que la reina intervino.

   Vivía en Medina un hombre rico y codicioso, al que no bastaban sus riquezas, y quiso procurarse las de otros. Se llamaba Alvar Yáñez de Lugo y conociendo a un vecino rico como él, tramó en connivencia con un escribano al que se atrajo un engaño para apoderarse de su fortuna. Pero una vez consumada la estafa, el cómplice se volvió incómodo para Yáñez y éste decidió dar cuenta de él e impedir así una delación o algún posible chantaje. Aprovechando que ambos hombres se hallaban solos lo asesinó, enterrándolo en el patio de su casa. Sin embargo la esposa del asesinado al ver desaparecido a su marido como por ensalmo, dio parte de su ausencia. Llegó la noticia a oídos de la reina Isabel y hubo indagaciones muy cabales, a resultas de cuales Yáñez fue descubierto y detenido, confesando su crimen. Mas viéndose en grave peligro, siendo rico y atrevido, ofreció mucho dinero a la reina. Cuarenta mil ducados ofreció el criminal para salvarse. Era esa cantidad tan importante que mucho y bien podría servir para la lucha contra los moros, por lo que había quienes aconsejaban a doña Isabel que aceptase, mas la reina castellana se mantuvo fuerte en sus principios, negándose a tomar oro que estuviera manchado con sangre; y juzgado el asesino, fue degollado.

   No se olvida el viajero de hablar, como avisó, del otro gran monumento de Medina: su castillo. César Borgia estuvo preso en él. En Italia, a la muerte del papa Alejandro VI, su padre, habíase apoderado de él don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán y, trasladado a España, confinado primero en el castillo de Chinchilla y en éste de La Mota, después. Como si el viajero lo viera en presente imagina cómo en 1506 gracias al Conde de Benavente, y a su propia audacia, César Borgia logra escapar de su cautiverio en una fuga novelesca en su desarrollo, pero real en sus hechos. Limando los barrotes de su celda, se descuelga merced a unas cuerdas que el capellán del castillo, hombre al servicio del conde, le facilita; pero resultando cortas las sogas tiene que desasirse hiriéndose en la caída. Pese a su estado, cubierto por los disparos de los ballesteros del conde que le protegen, logra cruzar el foso, ponerse a salvo y recuperarse de las heridas. Deja para otra ocasión el viajero las peripecias finales del aguerrido soldado Borgia, su final en Viana, y la insólita odisea de sus restos.


   No fue este episodio el único de los ocurridos en el castillo que el viajero recuerda. También que en él vivió, o prisionera o alojada, pero como si estuviera cautiva, Juana de Castilla. Dicen de ella que en cierta ocasión la pena que la invadía por la ausencia de su amado Felipe, la llevó a la chifladura de instalarse en una de las incómodas garitas del castillo, pues decía en ese lugar se hallaba más cerca de donde se encontraba su esposo.

   Callejeando, el viajero va viéndolo todo, palacios, iglesias, la estatua de Bernal Díaz del Castillo, soldado que acompañó a Cortés en la conquista de México, al que se atribuye una “Historia Verdadera de la conquista de Nueva España” y al que por ser nacido en Medina sus paisanos, en tiempos recientes, han querido recordar con efigie en bronce, igual que a la reina Isabel, ya vista en la Plaza Mayor que, aunque no nació en la Villa, vivió y murió en ella, ya lo dijo el viajero. Del que no ha visto, ni verá, es copia en metal o piedra de su nieto, el rey Carlos. Puede el viajero suponer por qué. Y es que cuando llegó a España y se declaró el conflicto de las Comunidades, se solicitó de Medina del Campo la entrega de la artillería existente en la villa. No aceptó el pueblo de Medina la exigencia, pues las armas se pedían para sofocar la resistencia comunera en Segovia, y la respuesta no se hizo esperar.  El 21 de agosto de 1521 las tropas del rey incendiaron algunas casas, el fuego se propagó y buena parte de la población quedó reducida a cenizas. Comenzó entonces un declive lento, pero prolongado de la villa, hasta que en el siglo XIX, fue recuperando parte de su primitivo esplendor, una mínima parte del cual hoy ha compartido el viajero aquí.
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TRAGABUCHES

   Esta es la historia de una tragedia, la historia de dos vidas sacrificadas y de otra perdida para una existencia noble; la narración de una historia que no cesa de repetirse, la del extravío. Pero no juzguemos, sólo contemos los hechos.

   José Ulloa era torero, o para ser más preciso, matador de toros, y más cosas. La gente le conocía por Tragabuches, mas no era conocido así por méritos propios, sino que el apodo le venía por herencia de su padre que, hombre de buen saque, dicen que se había zampado un pollino adobado ─tragabuches llamaban por aquellos lares rondeños a las crías del burro─, de una sentada.

Chaleco de un traje de luces de la primera mitad del siglo XIX.
Museo taurino de Valencia.

   José había tomado la alternativa en 1802, en Salamanca, y no parecía mal torero, quizá el éxito en otras circunstancias le hubieran erigido en ídolo, pero la Guerra de la Independencia puso un obligado paréntesis a su carrera. Fue entonces por su propio impulso que fue guerrillero, comerciante, contrabandista, cantante, cualquier cosa con la que mantener su sustento y el de su compañera “La Nena”, una cantaora de la que anduvo muy enamorado, o no tanto.

   Con los franceses fuera de España y con el Deseado en el trono, Tragabuches se viste de nuevo de luces. No es el mismo de años antes. Los años no perdonan y un abultado abdomen lastran las piernas del diestro. A eso se une, en un momento, la mala suerte. Camino de Málaga, donde ha sido contratado para intervenir en un festejo de la feria local, su caballo tropieza. Cae el torero con sus noventa kilos sobre su brazo izquierdo, que se disloca. Suspendida, pues, su actuación en Málaga, regresa a casa. Regreso inesperado para La Nena, que lo recibe con cara asustada. Tragabuches desconfía, registra la casa, se tranquiliza, pero La Nena sigue nerviosa. Tragabuches sospecha. Para salir de dudas de su faja extrae una enorme faca. Tal es su tamaño que el reflejo de su acero parece alumbrar la casa. Sujeta con la mano de su brazo sano sigue buscando. En el patio hay una tinaja grande. Sabe que no hay nunca en ella agua, ni vino. Se asoma y aparece el truhán en paños menores. Suplica por su vida el sorprendido sacristán, porque eso es el don Juan de “La Nena”. Pero Tragabuches es matador de toros, la sangre no le asusta y es diestro con el acero. El que sostiene con su mano derecha no es un estoque, pero sí igual de mortal; y con la faca entra a matar.

   Una vez el pueblo sin sacristán, busca a su mujer. “La Nena” anda escondida y aterrada. A rastras, la conduce al patio. Da éste a un barranco con vertiente de mucho declive y abismal fondo cubierto de rocas, peligroso lugar donde se consuma la tragedia.

   No quedaba otra alternativa para Tragabuches que la huída, la vida de forajido. A ello se dio con una condena de horca por los asesinatos cometidos, hasta que poco tiempo después las gentes del campo y aún de los pueblos comenzaron a decir de uno, al que llamaban “el Gitano”, que andaba unido a la temible banda de los “Siete niños de Écija”. En 1817 casi todos los miembros de la banda fueron detenidos. Casi todos ellos, el Cojo, el Mino o José Escalera relataron episodios terribles sobre las crueldades de Tragabuches y casi todos fueron ajusticiados después. Los que no lo fueron por estar aún huidos, se acogieron al indulto concedido a quienes no estuvieran condenados por delitos anteriores al inicio de su acción bandolera. Sólo Tragabuches quedó fuera del perdón, por lo sucedido aquella mala noche; y su rastro y destino perdido, sin que se conociera su fin.
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VICENTE LÓPEZ Y LA ÚLTIMA CENA

   De Vicente López Portaña se puede decir que al nacer su destino profesional  venía dado por la familia. Su padre, pintor, le instruyó desde bien pequeño en el manejo de los pinceles, y aunque a los seis años quedó huérfano, se hizo cargo de él su abuelo Cristóbal que, pintor también, viendo la afición del muchacho y sus dotes, estimuló muy probablemente al joven Vicente. Quizó por ello, en 1786, a sus trece años, ya vemos el nombre de López en el Registro de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, su ciudad natal. A partir de entonces comienza una carrera de éxitos. Galardones, contratos, el traslado a Madrid pensionado por la academia valenciana, su ingreso en la madrileña de San Fernando, donde con Maella, otro valenciano, y pintor de cámara, no deja de aprender. Es en Madrid donde es nuevamente premiado, regresando a Valencia con notoria fama. Le llueven los contratos, las iglesias se llenan de sus frescos, los palacios de sus retratos. En 1802 la familia real visita Valencia. López es encargado por la ciudad, la Academia y la Universidad de homenajear al rey con un retrato de familia. Debe gustar a Carlos IV el cuadro, pues al poco recibe el pintor la alegría de ser nombrado Pintor Honorario de Cámara. Pero la situación en España es difícil. Carlos IV abdica, su hijo Fernando es retenido por Napoleón, quién sabe si a la fuerza o por su gusto, en Francia; España es ocupada, y muchos españoles, algunos de los más linajudos, se manifiestan favorables al rey José Bonaparte. Mientras, Vicente López sigue pintando en la Ciudad de Turia, hasta que, terminada la guerra, vuelto a España el Deseado, éste, de paso por Valencia, lo confirma como Pintor de Cámara. Fernando VII, tan humildemente entregado al Bonaparte, el dueño de Europa; tan encandilado por su personalidad, por su carisma; tan sumiso a los deseos del francés, tan manso ante su poder en el pasado, se torna furiosamente antifrancés ahora. Hipócrita, al volver espeta a Goya: “Debería ahorcarte por tus coqueteos con los franceses, pero te perdono. Me harás un retrato”. Y lo hizo, pero pronto, opuesto al absolutismo más recalcitrante, se alejaría de la vida pública.

   La llegada de López a Madrid, al que se le perdonan los “coqueteos” con los franceses en Valencia, donde retrató al mariscal Suchet, supone el relevo de Maella, su antiguo maestro, al que, a éste sí, el rey no perdona los retratos hechos en la corte de José Bonaparte. López es encumbrado como pintor del rey. Ya no abandonaría el puesto hasta que en tiempos de Isabel II, Madrazo le sustituya. Famosos serán sus retratos de la reina María Cristina de Borbón, de Goya, quizás el mejor que del genio aragonés hay, y en sus últimos tiempos el de cuerpo entero de un general Narváez en su apogeo.

La Última Cena, de Vicente López. Museo de Bellas Artes de Xátiva (Valencia)

   De los lienzos de su primera época, encargos de carácter religioso muchos de ellos, el que hoy podemos ver fue destinado al refectorio del Convento de Santa Clara de Xátiva. Es un enorme cuadro de más de cuatro metros de largo y dos de alto evocación de la Última Cena de Jesús con los doce apóstoles y la conmemoración de la Pascua Judía, celebrando el fin de la esclavitud y la liberación de Egipto; y para los cristianos, institución de la eucaristía.  Así, vemos sobre la mesa el cordero pascual, el pan y el vino, y en torno a Jesús, sentados once apóstoles, y a Judas, el apóstol traidor, ante la mesa, de pie con la causa de su traición en su mano izquierda.
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¿EL PEOR ALCALDE DE MADRID?

   Decía José María Blanco White, el polémico heterodoxo afincado en Inglaterra, que “La opinión pública ha tratado a Carlos IV con gran injusticia”. Convencido de que el monarca jamás se desentendió del gobierno de su país, negó que fuera la caza su obsesión, sólo una afición que no le impedía ocuparse de los asuntos del reino. Sostuvo que eran Godoy, el favorito leal, el fiel cumplidor del mandato real, y los ministros, con libertad de acción, los ejecutores de las directrices ordenadas. Y para reivindicar la figura del cuarto de los Carlos, como hombre bueno, lo comparó con el tercero, su padre, al que acusó de cruel en su trato a los jesuitas a los que expulsó de España en una sola noche, sin previo aviso.

   Es posible, casi con toda seguridad, que Carlos IV fue un hombre bondadoso. Como señaló el embajador francés al hablar del rey español: es su majestad el mejor de los hombres y el más débil de los reyes. Y no debió ser una percepción equivocada ésta. Pese a los ditirambos dirigidos por Blanco White al monarca, podría decirse en el mismo tono hiperbólico que Carlos IV fue un rey absoluto que no hizo absolutamente nada por sí solo. Las figuras que llenan los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, fueron su esposa, el favorito y amigo de ambos Manuel Godoy y el heredero Fernando.

   Quizá sea arriesgado formular tan categórica afirmación, pero lo cierto es que cuando el 14 de octubre de 1788 ciñó la corona de España el cuarentón Carlos IV, Jovellanos dejó escrito en relación al ascedente de la reina sobre su bondadoso, pero dócil esposo: “En este día primero, ambos recibieron a los Embaxadores de familia y ambos despacharon juntos con los ministros de Marina y Estado, quedando desde la primera hora establecida la participación de la reina como naturalmente y sin solicitud ni esfuerzo alguno”. Puede suponerse, pues, que la opinión que de él se formó el pueblo no podía ser menos favorable, y ello pese a ciertas iniciativas tomadas en los primeros tiempos del reinado. Aunque Carlos IV recibió una gran nación, fiel a su monarquía, con un ejército disciplinado y una más que aceptable marina de guerra, las guerras y las malas cosechas en los últimos años del reinado anterior habían dejado el país en una precaria situación económica y la miseria extendida. Se condonaron, pues, por el nuevo rey algunas deudas con el fisco, se moderaron los impuestos, el pan bajó de precio y se regularon algunas costumbres, prohibiéndose que los carruajes circularan a velocidad que supusiera un peligro para los viandantes o se multara a quienes profiriesen palabras malsonantes o blasfemasen. Paños calientes algunas de esas medidas que si bien no hacían sino aliviar muy momentáneamente la penuria, hacían feliz al pueblo.


Carlos IV, por Vicente López. Museo de Bellas Artes de Valencia.

   Poco podía hacer el nuevo rey. Si el padre llenó la Capital, y el país todo, de carreteras, edificios, monumentos, puertas, fuentes…, el hijo no podemos decir que siguiera el ejemplo paterno, al menos en su misma medida. Quizá no pudo, y si pudo no quiso. Si el padre pavimentó calles, implantó medidas higiénicas en la vía pública, el hijo se desentendió de dichas ordenanzas, y el Concejo de la Ciudad, ante lo gravoso del asunto, acabó reduciendo la recogida de basuras y limpieza al punto de que Madrid recuperó los nauseabundos aromas de los tiempos de Fernando VI.

   El rey que añadía una unidad más al ordinal usado por su padre del mismo nombre, no pudo hacer menos por su Nación, dedicándose, sin ejercer de rey, simplemente a serlo, pues en realidad lo segundo más grato al rey Carlos de todo cuanto hacía, que era bien poco, era cazar. Lo primero, y sólo por ir delante en el orden cronológico, era encogerse de hombros.

   Bien diferentes eran las respuestas del padre a las del hijo. Aquél, cuando llegaban a sus oídos las críticas a sus medidas higiénicas implantadas respondía: “Son como niños, cuando se les lava, lloran”. Sin embargo el hijo…, veamos, veamos algunas respuestas del hijo cuando las gentes de Madrid empezaron a protestar, y con razón.

   Era en la Villa y Corte muy deficiente el suministro de agua. Su abastecimiento a través de canalizaciones producía largas colas e inevitables altercados. Un cortesano despachando con el rey, le advirtió sobre dichos problemas de suministro. El rey se encogió de hombros, y dijo: “¿Y qué quieren que haga yo? Un rey no puede hacer milagros”, y se fue a cazar. En otra ocasión encontró sobre su escritorio, no se sabe quién pudo dejarla allí ni si con intención de herirlo o de hacerle comprender la realidad y estimular su amor propio, unas coplillas que decían:

                                  ¿Quién está cuando no estoy?
                                  ¡Godoy!
                                  ¿Quién llega cuando me voy?
                                  ¡Godoy!
                                  ¿A quién más cargos le doy?
                                  ¡A Godoy!
                                  ¿Quién manda en España hoy?
                                  ¡Mi esposa!
                                  ¿Y quién manda a mi esposa?
                                  ¡Godoy!
                                  ¡Que tiene gracia la cosa,
                                  pues sólo de nombre soy
                                  el rey, que lo es Godoy!

   Y al terminar de leerlas dijo: “Ya me decía mi padre que los madrileños son muy imaginativos y muy mal pensados”, y se fue a cazar, otra vez.

   Y mientras, Godoy, uno de los miembros de esa “Santísima Trinidad en la tierra”, que decía María Luisa eran Carlos, Manuel y ella misma, hacía y deshacía, era amado por sus benefactores y odiado cada vez más por el pueblo y por Fernando, el príncipe de Asturias, que había heredado todas las carencias de su piadoso, sensible y bondadoso padre y ninguna de sus virtudes.
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X

   La siguiente historia, como tantas recordadas por todos y tantísimas otras mucho menos conocidas, no debió suceder jamás. Pero ocurrió. Y fue gracias a un hombre lúcido y justo que las conciencias adormecidas despertasen. Fue gracias a él que los que poco antes cerraban los ojos ahora vieran claro, que los que incluso aplaudían los estremecedores hechos llevados a cabo por X y su infausta camarilla se horrorizaran de lo que habían tolerado.

                                                         *

   Y no es que X, por fuerza de las circunstancias, hubiera sido arrojado al arroyo de la inmundicia moral, no. X  había nacido en el seno de una familia respetable, acomodada y había recibido una buena educación. Ejercía como abogado en Manningtree cuando, al parecer, qué otra cosas pudo ser, fue tocado por la más despreciable de las iluminaciones. Encerradas las causas en su cerebro, sin que las razones nos hayan sido conocidas, el caso es que X cambió de oficio y, con su experiencia, comenzó a perseguir brujas. No era la Inglaterra del siglo XVII muy distinta de otros lugares. Una especie de histeria colectiva era aprovechada por algunos desaprensivos, que se afanaban en atender, por un precio razonable, las denuncias que se formulaban sobre, generalmente, mujeres de avanzada edad, acusadas de tratos con el diablo y prácticas demoníacas.

   Peores que aquellas desgraciadas ancianas eran sus delatores, aunque nada hubiera que delatar realmente. Aquello le importaba poco a X, que no estaba solo, pues en su ignominia le acompañaban John Stern y una mujer, de cuyo nombre la historia no ha querido guardar recuerdo, pero no por ello la hace merecedora de consideración mejor que la de sus infrahumanos compinches.

   Un chelín, ese era el precio que en 1645 cobraba X por juzgar y ahogar o quemar a una de aquellas indefensas mujeres, que tan poca resistencia podían oponer a sus verdugos. Generalmente los interrogatorios y las penalidades para hacerlas confesar no eran muy duros, pues la frágil naturaleza de aquellas ancianas era quebrada con prontitud con los castigos impuestos, ante los requerimientos del torturador y la esperanza del alivio a sus tormentos. Pero en ocasiones, se les sometía a una especie de ordalía: maniatadas, se las arrojaba a piscinas o depósitos con la profundidad suficiente para que perecieran ahogadas. Y si flotaban, era por inequívoca señal de culpabilidad en su condición brujesca, y conducidas a la hoguera.

El fuego purificador fue condena aplicada
 con frecuencia a las brujas.

   En 1645, en su desenfreno, X, que se hacía llamar “Cazador general de brujas”, culpó al pastor John Lowe, vicario de la parroquia de Brandeston, de pactos con Satanás. Anciano también, Lowe fue sometido al flagelo de inquisidor. Obligado a caminar indefinidamente hasta la extenuación a fin de hacerlo confesar, el desgraciado, para detener el suplicio, detuvo su marcha y confesó lo que su opresor deseaba oír. Nada consiguió con ello, su cuerpo pendía poco después de una soga, o sí, porque Lowe gozaba de una buena reputación como pastor y aquel hecho pareció remover alguna conciencia y llegó a oídos del reverendo John Caule, vicario de Great Staughton.

   Caule en un implacable opúsculo que dañó irreversiblemente la imagen de X y los suyos, declaró la perfidia del justiciero y su nociva influencia en la comunidad y su fama declinó imparable.

   Aunque no hay pruebas concluyentes del fin de X, dos años después se logró encontrar pruebas suficientes para su detención, y se le sometió a juicio siguiendo sus propios métodos. Atadas sus manos X fue sumergido en las aguas de una balsa, pero su cuerpo salió a flote. Era la prueba de su culpabilidad. Se llamó a los carpinteros. Se construyó un cadalso, y el destino acabó por señalar el final de su camino un 12 de agosto de 1647.

                                                          *

   X fue en realidad Matthew Hopkins. Había nacido en Wenham, en el condado de Suffolk, probablemente en 1619. Era hijo de James Hopkins, párroco de la localidad, y de Marie, que le proporcionaron una vida sin penalidades y facilitaron estudios, probablemente de Derecho, dedicándose a la abogacía o a los asuntos relacionados con las leyes, que ejerció en Ipswich primero y Manningtree después, y a la caza y ejecución de brujas más tarde. Casi todo lo que de él se sabe son deducciones especulativas, incluso su forma de morir, antes de cumplir los treinta años, resulta contradictoria, o quizá sea leyenda forjada si atendemos a los testimonios de su compinche John Stern, persona de la peor laya y poco de fiar,  que según algunas fuentes declaró que tuvo una muerte tranquila y placentera. Fuera como fuese, sí es cierto y resulta comprobado que durante tres años dedicó su vida a descubrir o ejecutar a más de 200 brujas.
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GUTIERRE DE CETINA. LOS OJOS CLAROS Y LA NOCHE OSCURA

   Aunque escribió mucho, su obra permaneció ignorada largo tiempo. Sólo un madrigal dedicado, según se cree, a una dama italiana, doña Laura Gonzaga, mantuvo vivo el recuerdo de sus letras; y aunque su existencia fue corta, vivió mucho y con intensidad. Sevillano, de familia noble y mediana fortuna, Gutierre de Cetina, es poeta, y digo es, así, en presente, porque los poetas nunca mueren, y menos si lo hacen como a éste quiso llevárselo Dios. Como es el primero de los que en numerosa prole tuvieron Beltrán de Cetina y Francisca del Castillo es también soldado al servicio del emperador Carlos, y participa en la aciaga jornada de Argel junto a un anciano Hernán Cortés. En Italia traba buenas amistades en los ambientes refinados, relacionándose con don Diego Hurtado de Mendoza en Trento, y don Luis de Leyva, príncipe de Áscoli; pero a Gutierre gusta la aventura, y viaja al Nuevo Mundo. Acompañando a su tío el Procurador General de Nueva España don Gonzalo López, Cetina cruza la mar océana, y aunque vuelve a España, otra vez de regreso a tierras mexicanas se establece en la entonces conocida como Puebla de los Ángeles.

La ciudad de Puebla de los Ángeles, escenario de los hechos aquí relatados,
 fue fundada en 1531 por el religioso franciscano fray Toribio de Benavente.

   Vivía en Puebla un tal don Pedro de la Torre, hombre entrado en años de cultura más que ordinaria, que poseía a la vez las virtudes y los defectos que hacen a los hombres admirados y despreciados al mismo tiempo. Tenía conocimientos de Medicina y Teología, había estudiado Arte y Gramática; pero era un jugador empedernido, actuaba como curandero en una mezcla de ciencia y hechicería y debió ser bígamo, pues al llegar al Nuevo Mundo casó con una india a la que llamó Luisa, pero en el tiempo que nos ocupa, estaba casado con una joven belleza de poco más de veinte años llamada Leonor de Osma, que además de a su esposo, tenía enamorado a don Hernando Nava y a don Francisco Peralta, ambos amigos de Cetina y, como se verá, rivales entre sí por el amor de la dama.

                                                        *

   Amigos como son Cetina y Peralta, acompañaba a veces el primero al segundo en sus rondas galantes. En aquel año de 1557, el primer domingo tras la Pascua de Resurrección, Domingo de Cuasimodo, quiso Peralta llegar hasta el balcón de doña Leonor y pidió el enamorado a Gutierre lo acompañara en su cortejo. Van, pues, los amigos de ronda en noche cerrada y oscura cual boca de lobo, cuando ante la casa de don Pedro de la Torre, que era la de doña Leonor de Osma, cerca de la encrucijada de Santo Domingo, yendo delante Cetina, vio éste dos sombras que se les acercaban. Volviose Cetina a dar aviso a su amigo, mas al volver su vista al frente para afrontar el peligro, recibió en el rostro la fría caricia del acero que surcó su piel sobre la mejilla, en tajo desde la oreja hasta el ojo, cayendo el herido de bruces sobre el camino, y su rostro hundido en el lodo.

   Se pidió enseguida ayuda, la más próxima la de don Pedro de la Torre, que para eso era médico, que viendo la profundidad del corte y gravedad de la herida curó sin coser nada, pues nada bueno, sino la muerte del agredido, podía esperarse, al mezclarse piel, carne y hueso destrozados por el golpe.

   Y así, muerto por el arrebato de un celoso enamorado, ante el balcón de doña Leonor encontró su fin el hombre y nació a la inmortalidad el poeta al que otra dama inspiro su madrigal más famoso:

                          Ojos claros, serenos,
                          si de un dulce mirar sois alabados,
                          ¿por qué si me miráis, miráis airados?
                          Si cuanto más piadosos,
                          más bellos parecéis a aquel que os mira,
                          no me miréis con ira,
                          porque no parezcáis menos hermosos.
                          ¡Ay, tormentos rabiosos!
                          Ojos claros, serenos,
                          ya que así me miráis, miradme al menos.

                                                      *

   Podría terminarse en este punto el relato para ungir al poeta muerto con el aura de la eternidad que se otorga a las víctimas inocentes, pero quizá quedara incompleto, y el lector insatisfecho, sin conocer cómo al asesino se le aplicó la justicia con deliberada indulgencia.

   Huidos los agresores, se supo que era el principal de ellos don Hernando Nava al que acompañaba Gonzalo Galeote; que era Nava amante de doña Leonor y los celos le movieron en contra de su rival; y que era Peralta y no Cetina, que llevó la peor parte por ser primero en la marcha y la noche tan cerrada, el blanco erróneo de su malsano impulso. También, porque consta, que Nava se acogió a sagrado, refugiándose en la Iglesia de Santo Domingo, de donde fue sacado a la fuerza por las autoridades, y que tras ser condenado por la justicia a ser degollado, se le conmutó, sin duda por influencia de su madre(1), la pena de muerte por otra que le permitió vivir. El 7 de julio de 1554, en la Plaza Mayor de México, se le cortó la mano derecha y fue entregado de nuevo a la jurisdicción eclesiástica de la que había sido arrebatado, y que nada más hizo en su contra, siendo manco, mas vivo y libre.

(1) Era Catalina Vélez Rascón, la madre de Hernando Nava, mujer de mucho dinero y por ende de poder, que sin duda influyó en el trato que la justicia dispensó a su hijo.
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EL ENLACE MUÑOZ-BORBÓN

   La siguiente historia podría parecer un cuento, pero sucedió en verdad. Sus protagonistas son una reina viuda y un modesto soldado llegado a la Corte en busca de fortuna. Podría empezar así: había una vez, en la noble ciudad de Tarancón, aguardando la llegada de un nuevo hijo, un matrimonio formado por Juan Muñoz Funes y Eusebia Sánchez Ortega. De orígenes modestos, tenían Eusebia y Juan estanco de la sal(1) y, aunque no lo sabían el niño que les iba a nacer estaba destinado a ser una persona con suerte. Y es que habían pasado apenas unos pocos minutos desde que ocurriera el parto, cuando el buen fario ya se hizo compañero de Agustín Fernando Muñoz Sánchez. El 4 de mayo de 1808 acababa de llegar a este mundo la criatura cuando se le dio por muerto y dejado su cuerpecito envuelto en una sábana. Una criada comprobó que respiraba y, vuelto al mundo, dos días después fue bautizado.

                                                          *

   Agustín crece, y sigue la Fortuna otorgándole su favor pues, siendo más mayorcito jugaba con sus amigos en las eras de su Tarancón natal y un accidente estuvo a punto de cambiar el curso de su vida. Acostumbran los mozalbetes del pueblo a jugar, fabricando minas de pólvora. Son éstas un juego con cierto peligro, y por lo tanto favorito de los niños, que consiste en acumular en un hoyo una cierta cantidad de pólvora y cubrirlo de tierra para que la explosión cause una gran polvareda. Uno de estos artefactos después de prenderlo no hizo explosión y allá que fue el chiquillo a soplar sobre la mina para prender la mecha cuando la deflagración imprevista arroja toda la tierra sobre el rostro y los ojos del muchacho, dejándolo ciego. Y de nuevo su ángel de la guarda le protege. Pocos meses después el pequeño Muñoz recobra la vista.

   Sigue creciendo Fernando, que así se le llama ya, pues su tío y padrino, a la vuelta de “El deseado” decide que es mejor llamar al crío con ese nombre, en honor del rey devuelto a los españoles por Napoleón, el amo de Europa aún, cuando el destino o sus propias decisiones vuelven a llevarlo por el camino del éxito. Quiere su madre que dedique su vida al sacerdocio, pero el joven, poco dado a las cosas de Dios, se inclina más por seguir la carrera militar. Ingresa, pues, en la guardia de Corps donde las cosas transcurren tranquilas hasta que en 1829, a sus veinticinco años, Muñoz besa por primera vez la mano de una reina. Llegaba María Cristina de Borbón de Nápoles para ser la cuarta esposa del rey felón y dar descendencia a la Corona, si era posible que el agotado rey lo consiguiese, cuando durante el viaje que conduce a la futura reina de España y cuarta esposa de Fernando VII, María Cristina y Fernando Muñoz se conocen.

   Fernando es joven, apuesto y gallardo y, aunque calvo, sabe disimular su alopecia con peluquines de la mejor factura que arregla uno de los fígaros del cuerpo de Corps discípulo del famoso Petibon, uno de los peluqueros más famosos de la época. Y como presta servicio en Palacio, María Cristina queda prendado del soldado. Cuando el 29 de septiembre de 1833 Fernando VII es llamado al sueño eterno, María Cristina, reina gobernadora ya, da rienda suelta a sus sentimientos, guardados en vida del rey. Cierto día la reina sale de caza, pide a Muñoz que la acompañe. Al sobrevolar sus cabezas una perdiz, insta la reina a su guardia a que dispare. Muñoz lo hace y abate a la gallinacea, que cae casi a los pies de María Cristina. Apartada del resto, aquella perdiz se librará del escabeche y días después, disecada, decorará las habitaciones de la reina.

   El 18 de diciembre, aún no se habían cumplido tres meses desde la muerte del rey, con discreción prepara la reina una excursión a la finca de Quitapesares, en Segovia. Allí se formalizan las relaciones entre la reina gobernadora y su admirado Fernando, y diez días después, tras difíciles gestiones, el recién ordenado sacerdote Marcos Aniano González, paisano, amigo y primo lejano de Muñoz, los casa. No es mal negocio la boda para el cura, que pasa a ser confesor de la reina, capellán de honor, y por si fuera poco, prebendado de Lérida y deán de La Habana; tampoco lo es para Muñoz, que sigue siendo garzón de palacio, pero con derechos inimaginables para cualquier guardia. Almueza con la reina, la acompaña permanentemente, y dispone de habitación en palacio y coche propio.

María Cristina de Borbón, de Mariano Benlliure.

   Comienza así una doble vida para la reina gobernadora que, si quiere seguir siéndolo, debe mantener en secreto el matrimonio morganático celebrado. Y es que aunque no conste en registro alguno, lo que ha llevado a pensar que lo que se celebró carecía de validez, y ser pocos y discretos los testigos del enlace, son cada vez más los que lo sospechan. Incluso en la camarilla palatina a Fernando ya lo motejan con el ordinal VIII. Tampoco ayuda mucho el recuerdo, muy presente aún, de la privanza de Godoy con María Luisa, y menos aun los hijos que pronto empiezan a llegar: por los muñoces serán conocidos, que en número de ocho son inscritos a nombre de padres supuestos.

   Del amor que siente María Cristina por Muñoz no cabe duda, así como del cuidado que profesa a los hijos tenidos con él. Tampoco cabe duda del conflicto personal que arrostra. La Ley de Ayuntamientos, al amparo de la Constitución de 1837, es la puntilla para la regente que, en Valencia, acaba cediendo la regencia a Espartero y dejando a la reina niña Isabel bajo su custodia. Los siguientes años serán una mezcla de conspiraciones, negocios, alumbramiento de nuevos muñoces y viajes de incógnito entre España y Francia. En abril de 1844 la reina ya sabe que la ceremonia de 1833 no fue válida. El cura de Tarancón que los casó no tuvo en cuenta las leyes eclesiásticas, no era párroco, como exigía el Concilio Tridentino, entonces Ley del Reino. Angustiada María Cristina se sincera con Narváez, a la sazón presidente del gobierno. Le confiesa la reina madre, entre lágrimas, el sufrimiento personal que padece, que no está casada con Muñoz, pero que tiene hijos de él, y que quiere ordenarlo todo; y pide a su hija, la reina Isabel, que otorgue a Fernando Muñoz cuantas mercedes puedan corresponderle al esposo de una reina, a lo que complaciente la hija accede. Y así es como en Decreto de 23 de junio de 1844 Muñoz se ve convertido en Grande de España con el título de Duque de Riánsares, anticipo de los muchos privilegios que recibirá el futuro marqués de San Agustín, poseedor de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, del Toisón de Oro, Teniente General de los Ejércitos y Senador del Reino; y en Francia, duque de Montmorot, par de Francia y dueño de una Cruz de la Legión de Honor.

   Ya puede la reina casarse con su querido Muñoz, padre de sus ocho últimos hijos y ennoblecido con la Grandeza de España. A las nueve y media de la noche del 12 de octubre de 1844, ante un altar portátil instalado en las habitaciones de palacio, don Juan José Bonel y Orbe, obispo de Córdoba y confesor de la reina Isabel, asistido por don Nicolás Luis de Lezo, capellán de honor de la reina, celebra el matrimonio. El Presidente del Gobierno, don Ramón María Narváez; don Luis Mayans, Ministro de Gracia y Justicia; don Pedro José Pidal, de Gobernación y don Alejandro Mon, de Hacienda, actúan como testigos. Fernando, de 36 años y María Cristina, de 38, ya son marido y mujer.

   No serán pocas las intrigas y negocios que el matrimonio y sus hijos protagonizarán en el futuro, muchos de ellos dignos de la fértil fantasía del mejor novelista, que quizás, puesto que el argumento ya está escrito por la historia, veamos aquí contado en futuro capítulo.

(1) El estanco de la familia consistía en los privilegios para la venta de la sal de las salinas de Belinchón.
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