DESNUDECES

   “Y así los pintores cuando hacen figuras fabulosas y lascivas cooperan con el demonio, granjeándole tributarios y aumentando el reino del infierno”.

   Son palabras de José de Jesús María Quiroga, fraile del Carmelo, nacido en la segunda mitad del siglo XVI y, por su condición de religioso, parte activa en la difusión de las costumbres más puritanas.

   Y es que la eterna lucha entre la belleza y la moral, entre la carne y el alma, tuvo en el siglo XVII su culmen. El enojo con el que la Iglesia contemplaba las escenas profanas, mitológicas o meras reproducciones de la desnudez humana hizo mella en el ánimo de los artistas y en quienes encargaban sus obras. Más en España, donde la proporción entre cuadros de carácter religioso y profano es notoriamente superior a favor de los primeros,  que en el extranjero, donde hasta los cardenales se permitían ciertas libertades.

   Basta acudir a cualquier museo de Bellas Artes español para comprender esto, en especial si admiramos la producción de nuestro Siglo de Oro. Las salas dedicadas al siglo XVII tienen sus paredes forradas de lienzos con escenas del Antiguo o del Nuevo Testamento, imaginarios retratos de santos e innumerables cuadros de la Virgen María en cualquiera de sus advocaciones, y de Dios, tanto como Niño Jesús, como Cristo Crucificado. Y ello sin tener en cuenta lo conservado en los templos.

   También se hicieron retratos, muchos, y bodegones; pero pocos cuadros reflejaron escenas costumbristas, y menos aun escenas mitológicas conteniendo escenas “deshonestas”. De estas últimas, en “Excelencias de la virtud de la castidad” el mismo José de Jesús María ya dejaba claro lo inconveniente que resultaban, al apuntar: “El sentido de la vista es más eficaz que el del oído y sus objetos arrebatan el ánimo con mayor violencia”. Bien parecía saber el buen pastor que la mayor parte del rebaño cuyas conciencias guiaba era iletrado y su imaginación poco podía excitarse con lo que no sabían leer.
  
   Pero esto no supuso la absoluta ausencia de obras profanas. Los reyes las deseaban y las obtenían, de Ticiano, de Veronés o las que el propio Velázquez pintó en Italia o en España, pues es caso casi aparte por su condición de pintor de cámara.


Cupido frenando al instinto de Giovanni Baglione.
Museo de Bellas Artes de Valencia
  
  Traigo hoy aquí un ejemplo de todo ello: de obra profana colgada en un museo español, pintada en Roma por un pintor italiano y rodeada de otras pintadas por españoles para la elevación del alma. Se trata de “Cupido frenando al instinto”, óleo del italiano Giovanni Baglione colgado en una de las salas de pintura barroca del Museo de Bellas Artes San Pío V de Valencia.  Era este artista decidido adversario de Caravaggio y como, además, también escribía, en su “Vida de los pintores, escultores y arquitectos desde los tiempos del papa Gregorio XIII en 1572, hasta el papa Urbano VIII en 1642”, no pudo dejar en peor lugar a su inveterado enemigo; aunque no por ello dejara de sucumbir a su influencia pictórica. 
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EL COJO DE MÁLAGA

   A Pablo López le hubiera gustado combatir al francés en la Guerra de la Independencia; pero una cojera, nunca se ha sabido si de nacimiento o adquirida, lo incapacita para defender la Patria. Se dedica pues, a cumplir con su profesión de sastre en el pueblo de Coín, donde reside con su familia. Si no puede combatir, al menos ayudará en lo que mejor sabe hacer con sus manos: uniformes. La Junta de Málaga le hace responsable de la confección de uniformes y tiendas de campaña. Es hombre muy conocido en la ciudad, y cuando los franceses cruzan Despeñaperros y tienen Málaga a tiro de cañón, la huída se hace necesaria. Con otros malagueños, en varias embarcaciones, llevando 137.000 pesos fuertes, para su entrega a los españoles patriotas más próximos, se hacen a la mar. Pero entre los embarcados hay traidores. Los encargados del capital transportado deciden regresar a Málaga. El dinero es entregado al general Sebastiani, y López, que es delatado como buen español, tiene que huir.

   Tras sufrir más de una peripecia y peligros, llega a Cádiz. A estas alturas López parece cumplir su sueño, luchar contra el francés más activamente. Mientras su mujer, Antonia, queda en Gibraltar al servicio del cónsul de Cerdeña, Pablo deja la aguja y las tijeras y realiza funciones de correo, o se le encargan ciertas intendencias. También acude a las sesiones de las Cortes en Cádiz; allí, desde la tribuna pública, aflora sin recato su voz estentórea, su gracejo malagueño, adulador para los que le complacen, cáustico para quienes con sus palabras le disgustan. Se gana fama de alborotador, que ya no perderá nunca; y se hace popular, pero acaba teniendo menos seguidores que enemigos.

   Cuando, el 5 de enero de 1814, la regencia llega a Madrid, “el cojo de Málaga” sigue al cortejo que la acompaña. La caridad del mariscal, diputado americano, don Antonio Suazo, lo ha hecho posible. En la calle Cava Baja, número 6, cuarto 3º, de la capital, encuentra alojamiento. También es la caridad, ahora de una viuda, Manuela Merino, la que le da techo, hasta que se muda a una posada de la calle Peligros.

   Y peligros son los que debe afrontar el alborotador malagueño. De espíritu liberal, opuesto al partido de los serviles, grita por las calles de Madrid vivas a la Constitución y acude a las sesiones de las Cortes. Como en Cádiz, se hace oír. En una de las sesiones expone un diputado los preparativos para el regreso de “El deseado”. La voz de López se escucha clara y potente:
  ─Fuera, fuera, fuera ese pícaro que después de haber derramado tanta sangre por lograr nuestra libertad, quiere sujetarnos.
   En la Puerta del Sol congrega a la gente a la que habla de libertad e igualdad. Luego, con trescientas personas y con una banda de música se dirige a las casas de algunos diputados al grito de “Viva la Constitución”.

Monumento a "El deseado", en la calle Arganzuela de Madrid

   Llegado el rey, disuelta la regencia, pleno el régimen absolutista del rey Fernando, López, el alborotador espejo del populacho contrario a la majestad real es detenido. Aunque el fiscal solicita la pena de muerte, el tribunal sólo encuentra como delito suficientemente probado un desmedido amor por la Constitución derogada, y lo condena a diez años de prisión. Pero no es suficiente.

   Cuenta el Marqués de Villaurrutia, que fue entonces cuando en el expediente aparece “un papelito”. Dice éste: “Palacio, 11 de noviembre de 1815. No me conformo; vuélvase a ver esta causa y sentencien los jueces como deben en conciencia y con arreglo a las leyes”. Viene dicho papelito con la rubrica del rey, pero renuentes a prevaricar los jueces, pese al mandato real, contestan: “La facultad de imponer la pena de muerte, cuando no está comprendida en la Ley, solo reside en vuestra V.M., en uso de su soberanía, si lo juzga oportuno para el bien del Estado”. Mas como la soberbia del rey absolutista es pareja a su miseria moral y falta de caridad, en otra nota ordena: “Es mi voluntad que se imponga la pena de muerte a Pablo López y que para ello se comuniquen las órdenes correspondientes al Gobernador de la Sala y a la Hermandad de la Paz y la Caridad”.

   Todo parece decidido para Pablo López. El día 20 se le comunica su fatal destino: una soga rodeará su cuello dos días después. Esa es la voluntad del rey. Es fácil suponer la angustia del reo al recibir el anuncio. Pero dos días es mucho tiempo, suficiente al menos para sir Henry Wellesley, el embajador inglés en España.

    Sir Henry ya era embajador meses atrás, cuando a la llegada de “El deseado”, quiso éste ajusticiar a los presos liberales contrarios al imperio absolutista con el que se imponía sobre la Nación. Y fue entonces cuando comunicó al rey que él mismo abandonaría España y la embajada sería retirada si cumplía unos propósitos, tanto más crueles por innecesarios, que no comprometían la seguridad de su monarquía. Cedió entonces el monarca, y ahora debió sir Henry recordar aquellas exigencias, y como en el pasado, ceder de nuevo el rey; como lo haría en el futuro, cuando su indignidad le supusiera alguna ventaja.

   Se hallaba pues, a las puertas de la prisión el desgraciado López, camino del patíbulo, cuando llega la orden del perdón real. Y el “inocente” López, que a nadie había matado, cuya culpa, si acaso, había sido la de ser “capataz y jefe asalariado de los revoltosos galeriantes de las llamadas Cortes ordinarias y extraordinarias”, mientra vuelve a su celda, la emprende a voces, aliviado su pesar, con vivas a favor de quien lo había condenado con iniquidad y ahora lo perdonaba, no por la magnanimidad del poderoso, sino por indignidad de quien humilla al débil y cede ante el poderoso.

   Dos apuntes más para terminar la historia de Pablo López: cinco años después, durante el trienio liberal, su gobierno liberó al “cojo de Málaga” y la Comisión de Premios de las Cortes le concedió la propiedad de una casa en Málaga para su habitación, y otras fincas que le rentaran ocho mil reales para su sustento. Pero su destino parecía oscilar entre la dicha y la desgracia; y tres años después, Pablo López, nuevamente Fernando VII en el poder, gracias a la intervención de los Cien mil hijos de San Luis, tuvo que exiliarse en Londres.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. AVEIRO

   Quizás no sea Aveiro uno de esos lugares cuya historia haya marcado el devenir del mundo. Conocida desde hace unos mil años, fue titulada villa en el siglo XIII. Hoy rodeada de agua y penetrada por un canal, es una de esas ciudades que sin perder su nombre, se conoce también por el de otra, y vive mucho del turismo. A ésta, como a Amsterdam o San Petersburgo, las del norte, también se le conoce como la Venecia portuguesa y el viajero no puede dejar de reconocer que le cuadra bien el nombre, quizás mejor que a cualquier otra, porque hasta las embarcaciones recuerdan a las célebres góndolas venecianas. Aquí se llaman “moliceiros”. Eran usadas para la extracción de algas y el transporte de sal, actividades principales de la zona, aunque hoy sirvan, como ocurre cuando el turismo y los servicios sustituyen a las industrias extractivas -y bien cerca hay ejemplo con los “rabelos” en Oporto-, para el traslado y paseo de turistas.

   El viajero se dirige hasta el canal principal. Allí radica el mayor atractivo de la pequeña ciudad. Los multicolores moliceiros en el canal y los cuidados edificios Art Nouveau levantados a principios del siglo XX, en el paseo João Mendonça, adornan la orilla de aquél. El viajero pasa por delante de la Cámara Agraria, el Museo de la República, la oficina de turismo y llega, casi sin darse cuenta, a un local algo destartalado. Sobre el dintel de su puerta un rótulo tiene escrito: "Ovos moles". El viajero entra y comprende enseguida. Está de suerte. Muchas veces se ha reconocido goloso y estos ovos moles parece que van a dar satisfacción a su gusto. Estos dulces preparados a base de yema de huevo y una oblea que la envuelve, lee el viajero que tuvieron su origen en los conventos de monjas de la zona, y que, aunque ya desaparecidos, las sores transmitieron la receta a mujeres de la ciudad que supieron hacer buen uso de ella. Hoy son servidos en pequeños toneles de madera decorados con pinturas hechas a mano, con motivos pintorescos de la región. El viajero, sucumbe a la tentación y compra alguno de estos tonelitos, tras advertirle la vendedora que los dulces aguantan sin especiales cuidados hasta quince días. Más contento que unas pascuas el viajero se lleva tres.

Aveiro. Moliceiros en el canal principal
















    Luego, un paseo por el antiguo barrio de los pescadores, de calles estrechas, pero pulcras, y una comida, con el imprescindible plato de bacalao, mantiene al viajero en reposo y le permite leer algo de la historia, que no es mucha, de esta pequeña ciudad. Aprende el viajero que Aveiro tuvo la condición de ducado. Aunque no se sabe con absoluta certeza la fecha en la que fue otorgado el título a don Juan de Lencastre, primer duque de Aveiro,  probablemente durante el reinado de Juan III, sí se sabe que la familia lo retuvo durante apenas dos siglos. En 1759 fue suprimido por orden real y resolución judicial, acusado el 8º duque de Aveiro, don José Mascarenhas da Silva e Lencastre, del delito de lesa majestad, y ser ejecutado.

   Reinaba en Portugal José I y la gobernaba don Sebastiao Carvalho e Mello, futuro marqués de Pombal, ilustrado y efizaz ministro que reconstruyó Lisboa tras el terremoto de 1755, pero despreciado por su origen por la alta nobleza lusa y odiado por el mucho poder alcanzado. Y entre los enemigos de don Sebastiao, se hallaban los Távora.

   A esta familia de tan grande raigambre pertenecía doña Teresa de Távora, esposa de don Luis de Távora, primo suyo, y amante del rey José. Al carecer de descendencia masculina el rey, se despertaron ciertas ilusiones entre algunos nobles, uno de ellos el duque de Aveiro, que contó con el apoyo de los Távora.

   Mientras regresaba de un encuentro con su amante, el rey fue atacado por varios hombres, resultando herido, pero salvando su vida. Logró detenerse a los autores del intento regicida, que confesaron o se les obligó a confesar que la conspiración estaba respaldada por la familia Távora, a favor del duque de Aveiro. Implacable, don Sebastiao actuó contra sus enemigos, que fueron sometidos a proceso y ejecutados con la mayor crueldad, despedazados sus cuerpos y quemados.

   La ejecución del duque y la supresión del ducado llevó al otorgamiento de otro título, el de la conversión de la villa en ciudad, ese mismo año de 1759,  pero con el nombre de Nueva Braganza. No sería hasta el reinado de doña María, cuando la ciudad recuperaría su anterior nombre, en 1777.
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UN MENTIROSO RECALCITRANTE

   Tuvo tanto nombres como veces fue bautizado. Es difícil acertar dónde nació, e imposible saber a que edad murió. Para evitar enredos, hágase el lector la idea de que Henrico, Pablo, Manuel, Fernando…, o que Hartman, Rosemberg o Wiperman son el mismo individuo protagonista de estas letras; el sujeto del que ni la Santa Inquisición logró averiguar con certeza absoluta su identidad, pero sí suficiente de lo que hizo, para darle alimento y habitación en las cárceles del Santo Oficio.

   Personaje peculiar, debió tener una buena cultura, don de gentes, simpatía, un gran poder de convicción y sin duda una colosal desvergüenza para embaucar a grandes señores, aristócratas y prelados que le proporcionaban dinero para su sustento, cuando no le facilitaban morada y mantenían de balde.

   Cuando se supo quién era, qué había hecho y por qué, era ya muy anciano. Decía tener ochenta y nueve años, pero viendo su pertinaz mendacidad, pudo ser una argucia más para inspirar la clemencia de sus jueces.

   Parece ser, o así declaró y consta en el legajo número 3725 del expediente del Santo Oficio conservado en el Archivo Histórico Nacional que Juan Henrico Hartman, que así dijo llamarse, nació en una familia católica de la diócesis de Padreborna. Bautizado en la fe de sus padres,  allí vivió hasta cumplir los 21 años, sin que se sepa muy bien si anduvo vagando por Europa completando sus estudios en Praga, Viena y Mónaco, como dijo al principio o viajó a Dresde, donde los luteranos lo ayudaron, dándole comida, vestido y sustento suficiente, enviándole después a Wittemberg. Era esta ciudad cuna del luteranismo, por ser en las puertas de la iglesia de su palacio donde Lutero clavó sus 95 tesis, y allí, Henrico parece que abrazó la fe protestante. Su conversión agradó a los luteranos que le acogieron y le permitió obtener donativos con las que cursar estudios y llevar una vida suficientemente cómoda, hasta que decidió seguir por el largo camino que iba resultar su vida. Estuvo primero en Leipzig, Berlín y Londres. Como ese medio de vida le resultaba suficiente, viajó, viajó mucho y, como el mismo contó, pasó termporadas en Amsterdam, Utrech, Nimega, Amberes, Nuremberg, Stutgart, hasta que llegó a Suiza. Primero a Berna, Zurich y Ginebra, para terminar en Lucerna, cantón católico.

   En Lucerna trató con el nuncio apostólico, y puesto que si de algo carecía Henrico era de escrúpulos, le manifestó su deseo de abandonar la iglesia luterana e integrarse en la católica. El nuncio conmovido le dio dinero y envió a Roma, y como viera el desvergonzado que sus mañas le otorgaban réditos jugosos, decidió continuar multiplicada la impostura que tan buenas ganancias le procuraba.


Actual Palacio Arzobispal de Valencia, construido a mediados del siglo XX.
En la portería del anterior palacio, ubicado en el mismo lugar vivió  Henrico
Hartma hasta ser detenido por el Santo Oficio.

   Tras una primera conversión en Bolonia, debió pasar de largo al llegar a Roma, pues lo siguiente que sabemos, si es que es cierto, es que en Nápoles se convirtió al catolicismo de nuevo, y para dar mayor apariencia, pidió ser bautizado. Apadrinado por el duque Carachuli, eso dijo, que pagaba todos sus gastos, recibió catequesis y partió de Nápoles para llegar a Perusa, donde se convirtió otra vez y fue bautizado de nuevo, esta vez por el obispo. Así, de ciudad en ciudad, iba conociendo las pilas bautismales de Parma, Génova, Turín y Lyón, hasta que llegó a París.

   En París el desahogado Henrico no logró ser bautizado. Declaró abjurar del luteranismo que profesaba, pero al solicitar un nuevo bautismo, le fue negado por considerar que el recibido bajo fe luterana era válido. Sin embargo no fue de balde su paso por París, pues recibió muchas limosnas e hizo ejercicios espirituales.

   En el colmo de su impudicia no le importó cambiar de credo otra vez. Cuando desde París llegó a Amsterdam, conoció a unos rabinos que le ofrecieron pagarle por enseñar lenguas y convertirse al judaísmo. Fue circuncidado, pues; aprendió hebreo y rezó en las sinagogas hasta que casando siguió su camino. Volvió a París, donde antes se le negó el bautismo. Ahora, como judío, volvió a pedir su conversión, y ser bautizado. Esta vez consiguió que el propio cardenal Noailles rociara su frente con agua bendita. Y enseguida, a viajar. Otra vez en Italia, las pilas bautismales eran su destino y los donativos que obtenía su objetivo. Sería tedioso enumerar las ciudades en la que fue bautizado en Italia, España, Portugal, otra vez Francia y de Nuevo Italia antes de recalar en España y ser detenido. Durante toda su vida dijo ser bautizado, si la memoria no le hurtaba el recuerdo de alguna, veintiuna veces,  y quien sabe si fueron más. En su primer viaje por España, pasó por Murcia. Allí fue bautizado en la iglesia de San Miguel por el jesuita Juan Dumbar que le impuso el nombre de Juan Julián. Era el 15 de febrero de 1730 y cruzando España llegó a Lisboa. Tomando rumbo Norte visitó Galicia, Asturias y Vizcaya. Y vuelta a empezar. Otra vez París, otra vez Roma, y otra vez España. Se sabe, y no sólo porque lo dijera él, como otras que dijo y no se puedon comprobar, que en 1746 estuvo en Granada. En la ciudad de Darro dio muestras de su gran desfachatez. Al llegar dijo ser Fernando Rosemberg, haber sido bautizado bajo el rito luterano, estar convencido de ser la fe católica, la única verdadera, y pedir que se le bautizara conforme a la revelación que le inspiraba. Un jesuita crédulo, el padre Salazar, lo hizo cambiando su nombre por el de Manuel Salvador seguido de una larga lista de nombres unidos a los anteriores, y además de limpiarle del pecado original, le impuso como penitencia rezar el rosario a diario durante dos años. Como en tantos sitios antes, trató con las personalidades más eminentes de la ciudad, de tal manera que tres días de la semana vivía a costa del marqués de Lugros, otros tres días era el marqués de Blanquies quien atendía el sustento y habitación del bribón y los domingos el marqués de Campoverde, que además era corregidor de Granada, se ocupaba de que el espabilado anciano viviera como ellos mismos. Pero cansado de vivir como un marqués al final abandonó Granada y recaló en Cádiz. El 2 de septiembre de 1748, ante el comisario del Santo Oficio, declaró ser alemán, tener ochenta años, haber seguido la fe luterana desde niño y haber sido bautizado por el rito de dicha fe, pero haberse convertido a la católica, la auténtica y única verdadera. Se le llevo entonces ante el padre Dueñas, dominico, que lo vio instruido en la doctrina católica y quiso tranquilizar su espíritu.
    ─No temas, hijo mío. Tu bautizo es válido. Hace apenas unos cuarenta años, mucho después de que fueras bautizado, cambió la liturgia bautismal luterana. Administrar de nuevo el sacramento es innecesario y contrario a la Ley.
    Pero puesto a recibir, Pedro Rosemberg, que así se hacía llamar en su vistita a Cádiz, además de las limosnas del hospicio en el que se alojaba, recibió los sacramentos de la penitencia y la eucaristía antes de poner pies en polvorosa y partir hacia otra ciudad donde ser bautizado y llenar sus bolsillos.

    Mas la suerte no siempre se muestra favorable; a veces se torna adversa. Rosemberg la tentó durante años y en España el azar quiso que a la Inquisición española llegara el aviso de lo que a ella correspondía indagar.

    Llegó por aquel tiempo a Cádiz, cuando todavía estaba fresco el recuerdo de aquel anciano personaje alemán, luterano, convertido a la fe romana y desparecido como por ensalmo, el provincial de los Agustinos. Oyó el religioso el caso y vino a su recuerdo otro del que supo había ocurrido en Granada unos años antes, muy sonado también y muy coincidentes las circunstancias del personaje con las del huido de Cádiz. Otro agustino, el padre Gallardo que escuchó el relato de su provincial, poniendo en relación ambos casos puso el caso en conocimiento de la Inquisición. Al fin y al cabo era un caso del Santo Oficio indagar cualquier ilícito intento de repetir un sacramento de los que imprimen carácter. Y puesto que en Granada, Rosemberg o cualquiera que fuera su nombre, sí había sido bautizado y en Cádiz lo había intentado también, el Santo Oficio tomó cartas en el asunto.
Las pesquisas y estudio de los informes llegados a Sevilla desde Granada y Cádiz llevaron a la conclusión de que ambos ancianos debían ser el mismo hombre. Sólo faltaba encontrarlo.

   Después de ser bautizado unas cuantas veces más, llegó a Valencia. El 9 de febrero de 1751 recibió las aguas bautismales por manos del sobrino del arzobispo y arcediano de la catedral valentina. Fue, según su memoria, la vigesimoprimera vez, y sería la última que recibió el sacramento del Bautismo. Cuando la Inquisición dio con él, estaba alojado en la portería del palacio arzobispal de Valencia. Al ser interrogado dijo tener ochenta y nueve años, lo que seguramente no era cierto, puesto que tres años antes, en Cádiz, dijo contar con ochenta; llamarse Andrés Francisco Wiperman, lo que pudiera ser con gran probabilidad falso, pues en Cádiz, en Granada y otros lugares fue Rosemberg, de nombre Fernando unas veces, Pablo en otras, y aun después dijo ser Hartman su apellido, nacido en Bourgentica. Eso si es que no era natural de Wittemberg , Magdeburgo o Cassel, como también dijo.

Antiguo azulejo conservado en el zaguán
 del actual Palacio Arzobispal de Valencia.

   Acusado de judaizante y relapso, se defendió argumentando su estado de necesidad; que sus coqueteos con otros credos lo eran por el vestido y habitación, limosnas y donativos que seguían a sus conversiones, pero que siempre en su alma estuvo arraigada la fe católica. Inútil hubiera sido negar su apostasía, pues el examen médico al que fue sometido reveló que presentaba “una cicatriz de cortadura semicircular en la parte derecha de la membrana que cubre el prepucio o glande, que no podía haberse hecho para remedio de ninguna enfermedad en tal paraje”.

   También los sucesivos bautismos fueron causa de la acusación inquisitorial. Su imaginación y desparpajo para justificarlos no tenía límites. Argumento primero que como su primer bautismo había sido bajo el ceremonial luterano, éste, siendo él ferviente y convencido católico, era falso y por tanto, su segundo bautismo, el católico, bueno. De nada sirvió. El tribunal adujo que el primero era tan válido como cualquier otro y que por tanto el segundo, prohibido y sujeto a pena. Pero sus problemas no habían hecho más que comenzar. Para justificar los restantes bautizos no tuvo mejor idea que declarar nulos todos menos el último. Decía el anciano que, puesto que el Sacramento del Bautismo tenía por fin la limpieza del pecado original, nunca conseguía expulsar el demonio de sí, el cual, por las noches, se le aparecía en sueños, le hablaba y mortificaba. Y puesto que cada bautismo al que se sometía se demostraba ineficaz, siempre se veía obligado a intentar con otro posterior la limpieza de su alma. Cuando sus jueces le advirtieron que por el exorcismo, la Iglesia podía haberlo librado de sus sufrimientos, el lo negó, aduciendo que un exorcista podría haberle librado del diablo, pero no limpiarle del pecado original. 

   Condenado por el tribunal, “él” continuo declarándose inocente. Encerrado en una celda, privado de la libertad de movimiento de la que en su larga vida disfrutó, pronto emprendió su último viaje. Constan en su expediente, como cierre, las siguientes palabras: “En este estado, murió impenitente”.
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EL DOCTOR VELASCO. HISTORIA DE UN DELIRIO

   El siguiente hecho acaeció en el siglo XIX, ¿en qué otro tiempo podría haber sucedido, sino en el siglo del Romanticismo, de las pasiones arrebatadas, de los amores sentimentales, en los que muchas veces el corazón cerraba el paso a la razón; el siglo en el que los arquitectos volvían a mirar el cielo, tratando de alcanzarlo con nuevas agujas, ahora de hormigón; los escritores se expresaban por medio de cartas y los poetas se placían observando el cielo con negros nubarrones.

   Porque, aunque de finales del siglo anterior, ya Cadalso, autor de “Las Cartas Marruecas”, empezó como ilustrado, terminó como un romántico, o al menos como un precursor de tal espíritu que, desde luego, parece que era el que albergaba su corazón. Dígame, si no, el lector, cómo es posible escribir “Las noches lúgubres”, narrando la intención del enamorado que quiere exhumar el cuerpo de su amada del sepulcro parroquial en el que yacía, en lo que para unos fue leyenda y otros pretendieron fuera cierto. Dígame, si no, el lector, cómo la muerte de María Engracia, la novia querida, que sumió la autor en gran depresión y lo movió a escribir la obra, no es acaso un arrebato de enajenación romántica. 

   Con antecedentes así, las experiencias del siglo XIX no podían sino aumentar el carácter patético de ciertos lances del siglo: fue la centuria en la que Larra se descerrajó un tiro en la sien por Dolores Armijo o en la que la poetisa Carolina Coronado convivió durante veinte años con la momia de Horacio Perry, su amor.

                                                       *

   Y fue el tiempo en el que vivió nuestro protagonista don Pedro González Velasco, personaje de gran importancia, médico de renombre y fundador del Museo Antropológico, aunque oficialmente inaugurado por Alfonso XII con el nombre de Anátómico, en 1875.

   El camino recorrido hasta alcanzar el reconocimiento general no fue fácil, pues había nacido en 1815 en una familia de condición humildísima, en Valseca, pequeño municipio segoviano próximo a la capital. Su madre y cinco hermanos quedaron sin padre cuando Pedro era muy niño y la precaria situación familiar lo obligó desde muy pequeño a ocuparse de labores en el campo y estar al cuidado de los animales. Pero a los doce años logró ingresar en el seminario de Segovia y más tarde en el convento de los carmelitas descalzos, donde llegó tomar las órdenes menores y ser tonsurado. Estudió Teología, y su mente despierta y carácter curioso le impulsaron a estudiar la filosofía aristotélica y, cuando ya en Madrid, para subsistir formaba parte de la servidumbre de algunas casas, se matriculó en Cirugía primero y Medicina después, obteniendo el doctorado.

   Es en aquel tiempo cuando con Engracia Pérez Cobo tuvo a María Concepción, su única hija, la que causaría a su muerte, en 1864, la más profunda pena y desvarío en el insigne doctor.

   Hasta entonces sus estudios y aportaciones en los campos de la anatomía no cesaron. Con otros colegas formó grupos de estudio. Viajó al extranjero donde aprendía y enseñaba. En España, su fama de cirujano crecía, al tiempo que estudiaba y trabajaba en el Hospital General, en la Universidad. Diseccionaba, preparaba, embalsamaba, estudiaba la anatomía de los cuerpos. Nombrado catedrático de Anatomía Quirúrgica, creo la Asociación Española de Antropología, fundó una Escuela Práctica de Medicina y Cirugía, con la colaboración de varios de los más conspicuos profesores de la época y al año siguiente, con asistencia del rey el Museo Antropológico, que además tenía dependencias propias para habitar y constituyeron el domicilio de don Pedro. La casa-museo costeada de su peculio particular, fue encargada al marqués de Cubas y albergó todos los recuerdos, especímenes científicos y estudios del doctor hasta formar un esplendido museo y al tiempo gabinete de curiosidades, tan propio del siglo XIX.
                                              



    Pero nada de esto curaba la amargura en el corazón del doctor Velasco por la pérdida de su hija, más de diez años antes, cuando contaba apenas quince años, y de la que parecía sentirse culpable.

   Concepción había contraído unas fiebres tifoideas. No se conocía entonces la etiología del mal y se procuraba paliar sus efectos en la medida de lo posible con medidas higiénicas, a la espera de un restablecimiento espontáneo del paciente. Así lo hacía don Mariano Benavente, el médico amigo de don Pedro, que atendía a la joven enferma. Pero la enfermedad se alargaba, y el doctor Velasco, impaciente y desesperado, decidió, como a veces se hacía en ese tipo de afecciones, contra la opinión de Benavente, administrar un vomitivo o un laxante para provocar una crisis en la enferma que condujera a un rápido restablecimiento. Lo sabemos porque don Jacinto, el hijo del doctor Benavente, años después, refirió lo escuchado a sus padres sobre el caso. Las consecuencias de tan infeliz decisión fueron unas hemorragias repentinas y la muerte de la pobre Concepción.

   El propio doctor Velasco se ocupó de embalsamar el cadáver de su hija y dos días después del óbito, el cuerpo de la desdichada Concepción era inhumado en el nicho que la familia poseía en la sacramental de San Isidro.

   Pero pasaban los años y el éxito profesional del doctor no aliviaba su pena ni le permitía olvidar el recuerdo de su hija querida. Cuando en 1875 quedó inaugurado el Museo por él fundado, solicitó los permisos civiles y eclesiásticos pertinentes y, obtenidos, se extrajeron los restos de Concepción para ser trasladados al recién estrenado museo de Antropología.  El cuerpo, cuyo aspecto al ser exhumado parecía incorrupto, fue sometido en la casa-museo a un controlado proceso de momificación por el doctor Velasco, tras el cual dio comienzo la más demencial y exagerada parte de esta historia. Lo primero por el extraño comportamiento del doctor Velasco, y lo segundo porque al difundirse los hechos tan agrandados en cuanto a la realidad, parecía confirmarse la veracidad de lo ocurrido.

   El doctor don Ángel Pulido, compañero de Velasco, contó como en el otoño de 1875 contrató el afligido padre a una modista para que vistiese la momia de su hija con vestido de raso blanco, calzando sus pies a juego y cubriendo las manos con guantes. Adornó las muñecas con pulseras, puso en la cabeza una peluca y maquilló la acartonada cara de la difunta, haciéndola parecer más dormida que muerta.

   Si así sucedió lo contado por el doctor pulido, no parece tan cierto que fuera sentada a la mesa durante el almuerzo, como una comensal más, que fuera paseada en un landó por los Paseos del Prado y Recoletos, o llevada a los toros; aunque de ello se hicieran eco, sin fundamento, sólo movidas por las habladurías, algunas publicaciones de la época, que aseguraban había sucedido aquello de lo que muchos hablaban, pero nadie había visto.

   Al morir don Pedro en 1882 su cuerpo embalsamado por el doctor Pulido permaneció en el museo, pero no como deseaba al lado de su hija, pues doña Engracia, siempre en desacuerdo con el proceder de su esposo, ordenó que los restos de la desdichada Concepción volvieran al cementerio de San Isidro, al que en 1943, con motivo de unas reformas llevadas a cabo en el museo, serían trasladados también los del doctor Velasco, al que es justo recordar por sus logros científicos y su obra, hoy viva, en el Museo Nacional de Antropología.


(1) El uso de María Concepción de los apellidos completos del padre antepuestos al de la madre, como así consta, además, en la esquela publicada en el Diario de Avisos de Madrid del día 14 de mayo de 1864, se debe a que solo hasta un año antes a la muerte de la joven, sólo era reconocida por los apellidos del padre, pues no le estuvo permitido el uso del apellido materno, hasta la dispensa de los votos tomados por don Pedro en su juventud.

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EL PODER DEL CINCEL

    Si los pintores se han atrevido, a lo largo de los siglos, a ejercer su poder en los lienzos dando salida a sus venganzas, burlas, pasiones o caprichos, los escultores, pese a los inconvenientes del material con el que trabajan, no han sido menos osados en la expresión de su genio.

    Del genio de Miguel Ángel no cabe la menor duda; de su mal genio tampoco(1). Cuando Miguel Angel esculpió el Moisés, que podemos ver, aún hoy, en Roma, en la iglesia de San Pietro in Vincoli, quedó tan conforme con el resultado de su obra, tan satisfecho con la perfección de la figura que, tomando el mazo del que se había servido para esculpirlo, golpeó una de las rodillas de la escultura y ordenó: “Habla”. Quienes visiten San Pedro todavía podrán ver la muesca que produjo el golpe.

    Desde mucho antes de que Miguel Angel esculpiera su Moisés, los canteros de la Edad Media ya habían dejado señal de su obra en los sillares que pulían para la construcción de grandes monumentos. Signos extraños, misteriosos, que han despertado la imaginación de generaciones posteriores atribuyéndoles significados mágicos o de transmisión del conocimiento. No es imposible que tuvieran ese propósito; aunque probablemente no fueran más que señales contables, indicaciones para la construcción o las firmas de los autores.

    Pero además de los albañiles y sus toscas señales había otros artesanos de la piedra: los maestros. Se dedicaban a la ornamentación, y han dejado Europa plagada de capiteles, en los que muestran su genialidad. También su osadía. Es difícil encontrar una catedral europea en la que no sea posible ver algún personaje irreverente en algún capitel o en las jambas de las puertas de los templos. Junto a representaciones de escenas bíblicas han reproducido todo tipo de figuras ajenas al propósito de los religiosos que los contrataron: dragones, animales feroces, sátiros en actitudes procaces.


  

   En la catedral de Santa María de Ciudad Rodrigo existe un magnífico coro obra de Rodrigo Alemán. Tardó unos cuatro años en terminarlo, los dos últimos del siglo XV y los dos primeros del XVI. La belleza de la talla es bien reconocida. Está adornado con detalles florales y geométricos, a excepción hecha de asiento episcopal, en cuyo respaldo se puede ver un relieve de San Pedro, y del brazo de uno de los asientos laterales. Discretamente el artista talló un hombre. Parece un mendigo. Esta agachado, haciendo sus necesidades. No sabemos qué razones tuvo para colocar esa figura. Sí sabemos que no fue el único que hizo algo parecido.

   En tiempos modernos también los escultores han querido dejar huella. El siglo XX ha sido tiempo de curiosidades. La catedral de Salamanca luce en una de sus puertas laterales y, a no mucha altura, asequible a la vista de todos, la figura de un astronauta. Fue puesta en una de sus últimas restauraciones, para dejar constancia de nuestro tiempo, dicen.

   La de Palencia tiene la figura de un fotógrafo. Se colocó durante la restauración que llevó a cabo, a principios del siglo XX, el arquitecto Jerónimo Arroyo, como homenaje a José Sanabria, famoso fotógrafo local; y para que el pétreo observador pudiera cumplir con su tarea, se le colocó en lo alto, asomado, con su cámara, haciendo fotografías, y desaguando las aguas pluviales, desde su doble oficio de fotógrafo y gárgola.

(1) Miguel Angel dio prueba de su carácter en otras muchas ocasiones. Una de ellas se puede leer en “El Poder del pincel”.
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EL CUENTO DE LOS CUENTOS

    Podría decirse que es el cuento de los cuentos. Cuentos de origen persa, egipcio, de la lejana India; también de otros lugares remotos y exóticos: Aladino y la lámpara maravillosa, Alí Baba y los cuarenta ladrones, Simbad el marino...; llegaron a Europa durante el reinado de Luis XIV de Francia, y obtuvieron difusión gracias a la traducción que de ellos hizo Antoine Galland en 1704. Fueron tantos que sirvieron para llenar más de mil veladas y para que un rey persa, Schahriar, tirano y sanguinario, aplacara su furia.

    El rey había descubierto que su esposa le engañaba con un esclavo. Sus concubinas tampoco guardaban la fidelidad debida a su señor y traicionaban su amor con el mismo esclavo que la reina. El rey, enfurecido, ordenó al visir que ejecutase al lascivo esclavo y a su infiel esposa, y él mismo mató a todas sus concubinas. Luego, desengañado, ordenó que le presentaran cada día una muchacha virgen. Se casaría con ella y tras la noche de bodas la mataría. No daría lugar a nuevas traiciones. De este modo evitaría que sus amantes le engañaran. Cada noche el rey yacía con su nueva esposa. Cada mañana asistía a su ejecución. Transcurrieron tres años. Ya no quedaban en el reino más jóvenes vírgenes que las hijas del visir: Sherezada y Doniazada. La mayor, Sherezada, decidió presentarse en palacio con la intención de casarse con el rey. Su padre trató de disuadirla: “Si acudes, si te casas con el rey, será tu fin”, le dijo. Sherezada no hizo caso. Ignoró los consejos de su padre, y contrajo matrimonio con el rey.



    Al llegar la primera noche, Sherezada, dándose cuenta de que el rey no podía conciliar el sueño se ofreció a contarle un cuento. El rey permanecía atento a la historia que le contaba su esposa, pero al amanecer Sherezada interrumpió su narración. El deseo del rey por conocer el desenlace del cuento era tal que se vio obligado a aplazar la ejecución de su nueva esposa.

    La noche siguiente, Sherezada dio fin al cuento que había comenzado la noche anterior y dio comienzo a otro. Al clarear el día aún no había finalizado su nuevo relato, que quedó aplazado hasta la noche siguiente. Así se sucedían los días a la espera de la llegada de sus respectivas noches en las que el rey obtenía el deseado desenlace del cuento interrumpido la noche anterior. Hasta mil noches sucedieron de esta manera; pero al llegar la milunésima noche Sherezada contó a su esposo el último cuento. Para entonces, era madre de un niño de más de dos años y de dos gemelos y, el rey, enamorado, había abandonado toda idea de matarla. Schahriar llamó a su hermano, el rey Schahazamán de Samarcanda. Éste acudió a la llamada. Al llegar quedó enamorado de Doniazada, que vivía en palacio y, por amor, renunció a su reino para poder desposarla. Así las dos hermanas, hijas del visir y nuevo rey de Samarcanda, vivieron dichosas con los dos hermanos, sus esposos, que a partir de entonces compartieron el gobierno del reino y, dice el cuento, una vida feliz.
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EL INFANTE

   Se ha dicho de él que fue una víctima, pero en realidad acabó siendo un instrumento para tratar de herir a su padre. Como suele suceder en estos casos, el misterio, la aparente debilidad del personaje, ha hecho que se le ensalce, se le reconozcan méritos y se le dediquen obras, que más que beneficiarle, han servido para perjudicar a quienes tenían el poder.

    Don Carlos, el hijo tarado de Felipe II y María de Portugal, tuvo mala suerte, desde que nació hasta su muerte. Ya de niño, el barbero real, Ruiz Díaz de Quintanilla, recibió orden de seccionar el frenillo de la lengua del niño. Se esperaba que con esta medida el niño soltara la lengua, es decir, comenzara a hablar, pues pasaba el tiempo y los sonidos que salían de su garganta no se convertían en las palabras que, en un futuro rey, debieran ser entendidas como órdenes.

De niño, Carlos fue llevado hasta Alcalá de Henares para que mejorase su salud
 y comenzara sus estudios. Ni una cosa ni la otra pudo conseguirse.

    Pese a su manifiesta locura se le designó heredero, y como tal gozó de los privilegios correspondientes. Por el tratado de Château-Cambresis se concierta, para el futuro, el matrimonio entre Isabel de Valois y el infante don Carlos. Ella, de doce años de edad, él, un año mayor que ella. Al poco el rey enviuda de María Tudor. Felipe busca su tercera esposa. La encuentra en Isabel, pero está prometida a su hijo. Se redactan de nuevo los pactos del tratado. Felipe II desposa a Isabel. Don Carlos, contrahecho, con una gran giba a la espalda, un hombro más bajo que el otro, un brazo más largo que el otro, igual que sus piernas, también distintas, y orate perdido, todavía conserva un gramo de cordura. Lo pierde al verse privado de su prometida. Entre excentricidades transcurre su tiempo. Vengativo y fuera de sí, inducido por otros, promueve la rebelión en Flandes. Trata de salir de España. Los consejeros del rey lo saben todo. Informan al rey. El rey, quiere a su hijo, pero conoce su estado. Ordena su confinamiento. La locura del infante es incontrolable. Siempre enfermo, unas veces come hasta reventar, otras ayuna hasta desfallecer. Un accidente empeora la situación. Cae por unas escaleras. Su estado es crítico. Se llama a Vesalio, el cirujano del rey, el más afamado de todo el orbe conocido. Trepana el cráneo del desgraciado. Don Carlos parece mejorar. Es una ilusión. Al poco le da por comer hielo. Ya no tiene cura. Nadie sabe que hacer. Contrae una pulmonía. Seis meses después, a los veintitrés años muere. El rey asiste a los funerales, dignos del príncipe que fue.

    Shiller en la época romántica escribió su famoso “Don Carlos”, relato basado en la “leyenda negra” y exagerada, aún más, siguiendo la moda tremendista que en el siglo XIX se le daba a la historia. Después, Verdi compuso la ópera del mismo nombre, basándose en Shiller. Un relato mendaz de lo sucedido, pero muy acorde con la mentalidad romántica, y la política de la Italia del “Risorgimento”. Una Italia tratando de despegarse del yugo austríaco tomaba como ejemplo a un príncipe, cuerdo, generoso y leal, libertador de tierras, en lucha con su propio padre y rey.
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DÍGASE LO QUE SE QUIERA

   Apenas había transcurrido un mes desde que en la Isla de León habían sido convocadas las Cortes en aquel mes de septiembre de 1810, pese a la falta de apoyo de la Regencia, cuando comenzaron los debates sobre la trascendental Ley de Libertad de Imprenta.

   De lo que iba a resultar de aquel debate y de la propia existencia de las Cortes dio aviso el diputado Muñoz Torrero. Era este diputado por Extremadura, sacerdote, pues muchos fueron los clericales miembros de aquellas cortes, y antiguo rector de la Universidad de Salamanca, reformista y de talante liberal. Sus primeras palabras, en el discurso inaugural de las Cortes, fueron una declaración de intenciones y un resumen de lo que se pretendía lograr en una nación invadida y en guerra, en una ciudad sitiada con unas cortes constituyentes dispuestas a reformar la sociedad con los aires que habían soplado precisamente por la nación invasora, pero desde un punto de vista propio, reformista y no revolucionario: poner fin al antiguo régimen, al de los privilegios, y cimentar una nueva sociedad bajo criterios justos de igualdad, en la que los hombres se nivelaran por sus méritos y no por su cuna.

El asturiano Agustín Argüelles fue uno de los
más activos diputados entre las filas liberales.

    Unos y otros, en diciembre de 1810, se pusieron manos a la obra para redactar un borrador de constitución que en poco más de un año vería la luz. Mas no sólo se impusieron aquellas cortes la misión de redactar la primera Constitución que ordenase la vida nacional ─el Estatuto de Bayona, promulgado por José I Bonaparte fue publicado en la Gaceta de Madrid, pero no fue efectivo(1)─, sino que aprobaron leyes que pretendían cambiar entonces o en el futuro la sociedad española: la supresión de los señoríos(2), de los gremios o la abolición de la tortura o de la Inquisición.  

   Se comenzó tratando de libertad, de la libertad de decir y escribir lo que se quisiera, de la libertad de prensa. Como dijo el diputado Muñoz Torrero: “La previa censura es el último asidero de la tiranía” y, superado, con la aprobación de la Ley, ese escollo, pronto se vio en la cabecera de las publicaciones la libertad recién ganada. Todos cabían, fueran de signo absolutista y contrarios a las reformas o liberales y de talante reformista.

   El Redactor General, El Duende de los Cafés o La Abeja Española; el Centinela de la Patria o El Observador eran algunas de aquellas cabeceras que del lado de los reformistas o de los absolutistas veían la luz en el Cádiz de aquella España en guerra. Pero aún había otros, cuyo nombre no dejaba lugar a la duda sobre su pensamiento. Tal era el caso de El Robespierre Español, polémico, provocador y jacobino, que tuvo reacción inmediata con la aparición de otras publicaciones cuyos títulos no eran menos explícitos en cuanto a su ideario: El Censor General o el de interminable título conocido como El Procurador General de la Nación y del Rey, que también tuvo réplica en su talante y contraste hasta en su título, por mor del gracejo gaditano,  en “El Conciso”, que no contento con su apelación a la brevedad tenía en el “Concisín”, un menudísimo suplemento, exagerada condensación de la actualidad contada por un niño a su padre.

   Todo ello no era más que el reflejo de las diferencias políticas entre los diputados. Fue entonces cuando se declararon las tendencias que agrupaban a los diputados por afinidades. Liberales eran los partidarios de las reformas, serviles los contrarios a ellas, absolutistas opuestos a todo cambio.

   Pero aquellas Cortes, confinadas en el Cádiz asediado por los franceses, legislando para una España en guerra, apurada y ajena a las ideas liberales y reformadoras, carecieron de continuidad y su obra corta vigencia, pues al llegar Fernando VII, liberado por Napoleón, desde su jaula dorada de Valençay, eran pocos los que querían recordar su abdicación, los sucesos de Bayona y su sometimiento a Napoleón, antes al contrario esperaban al rey como “El Deseado”, y aunque la obra de aquellos hombres de Cádiz quedó sin efecto, y muchos de ellos perseguidos y aún muertos por el nuevo absolutismo establecido, habían puesto una semilla que acabaría enraizando en la nuestra piel de toro.

(1) En realidad sus efectos prácticos no se hicieron notar. Las circunstancias del gobierno de José I, en guerra con la Nación y su propio texto, que obligaba a que su entrada en vigor gradual lo fuese tras edictos o decretos reales nunca se produjeron. Aun así el Estatuto fue invocado como fuente de Derecho vigente, al tomar posesión de sus cargos los Consejeros de Estado, el 3 de mayo de 1809, y jurar el Estatuto y por invocación del rey, en defensa de sus prerrogativas, ante los generales de su hermano Napoleón, que trataban de imponerse en su reino.

(2) Fueron especialmente dificultosos los debates sobre este asunto. Finalmente se acordó la supresión de los señoríos jurisdiccionales, mas no los territoriales.

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MEDINA DEL CAMPO

   El viajero camina por tierras de Castilla la Vieja. Ha llegado a Medina del Campo, villa que fue de mucha importancia en el siglo XV y comienzos del XVI, pues hubo reyes que nacieron en ella o establecieron la corte allí,  y la beneficiaron mucho. En Medina la reina Isabel la Católica vio el fin de sus días y en recuerdo de su vida y muerte allí, hay efigie suya en la Plaza Mayor. De la medida de su grandeza como villa entonces habla la magnitud de lo que el viajero ve.

   Con los pies en el centro de la Plaza Mayor que hoy, sin perder ese nombre, es llamada también de la Hispanidad, el viajero la contempla inmensa. Nada extraño si tiene en cuenta que desde que en tiempos de Fernando de Antequera se comenzaran a celebrar ferias, era preciso espacio grande para ubicar a los mercaderes que acudían a la villa.  El viajero abandona el centro de la plaza a la vera de la estatua de la Reina Católica y yendo hacía el lado Sur de la Plaza va viendo en el pavimento de la plaza las placas que recuerdan la ubicación de los feriantes según el ramo de actividad al que se dedicaban: joyeros, especieros, laneros…, todo un mundo mercantil.

   Pero no es lo único grande que hay allí a la vista. En la esquina meridional del recinto el viajero ve la Colegiata de San Antolín. Aunque desde tiempo atrás hubo templo en ese lugar, consta que en tiempos del de Antequera, que tanto miró por su villa natal, se fundó parroquia, con la pretensión de ser colegiata o aun catedral. Como no se consiguiera, los reyes Católicos estando la corte de Isabel y Fernando en Medina, en 1480, lo intentaron de nuevo ante el papa Sixto IV. No concedió el papa la sede episcopal para Medina, pero sí una colegiata, y aunque a falta de pan, buenas son tortas, no sabe el viajero si complació suficiente, pues lo que se erigió llevando el nombre de colegiata, tomó hechuras casi de catedral. Lo que hoy hay es de fábrica de ladrillo, comenzó a levantarse a principios del siglo XVI, e hizo falta casi dos siglos para terminarla. El viajero se acerca al templo. Conforme llega ve con detalle el balcón de Nuestra Señora del Pópulo, que se abrió a la plaza para desde él decir misa en los días de feria y mercado sin que los comerciantes tuvieran que abandonar sus puestos.


   En viajero entra en el templo, no a oír misa, pero sí a conocer sus tesoros artísticos, que son muchos. Desde lo arquitectónico, con su bóveda de crucería, hasta lo suntuario. Mientras mira, escucha las explicaciones que un medinense, que movido por la vocación se dedica a este menester en tiempos libres, da al minúsculo grupo de personas que se han interesado por ver el templo. Es suerte del viajero haber coincidido con él, pues es persona erudita que cuenta muchas cosas, explica con gusto y  avisa de lo que de no estar atento el visitante apresurado podría perderse: de la imagen de San Hermenegildo, de quien los medinenses aseguran fue paisano suyo; de la hermosa capilla de Nuestra Señora de las Angustias; o de que San Vicente Ferrer anduvo por estas tierras hacia 1411 y fue por predicación del taumaturgo valenciano que los penitentes que desfilaban en el interior del templo saliesen al exterior, iniciándose en Medina que las procesiones penitenciales discurrieran por las calles, y que  poco a poco se extendiera esa costumbre por toda España.

   Al salir el viajero admira el ayuntamiento bajo cuyos arcos pasa, justo al lado del lugar donde estuvo el palacio real, del que no queda apenas nada y que hoy llaman “Testamentario”, pues fue en ese lugar, ahora recreado, donde testó y murió Isabel la Católica, o eso dicen quienes no defienden que lo hiciera en el Castillo de la Mota, al que luego se asomará el viajero. Fueron aquellos tiempos con la Corte en Medina los que han permitido que, por la pluma del cronista, nos llegue el relato de hechos, que de no ser parte, aunque en poco, la reina, hubieran caído en el olvido. Lee el viajero el caso que divulgó Garibay sobre un suceso en el que la reina intervino.

   Vivía en Medina un hombre rico y codicioso, al que no bastaban sus riquezas, y quiso procurarse las de otros. Se llamaba Alvar Yáñez de Lugo y conociendo a un vecino rico como él, tramó en connivencia con un escribano al que se atrajo un engaño para apoderarse de su fortuna. Pero una vez consumada la estafa, el cómplice se volvió incómodo para Yáñez y éste decidió dar cuenta de él e impedir así una delación o algún posible chantaje. Aprovechando que ambos hombres se hallaban solos lo asesinó, enterrándolo en el patio de su casa. Sin embargo la esposa del asesinado al ver desaparecido a su marido como por ensalmo, dio parte de su ausencia. Llegó la noticia a oídos de la reina Isabel y hubo indagaciones muy cabales, a resultas de cuales Yáñez fue descubierto y detenido, confesando su crimen. Mas viéndose en grave peligro, siendo rico y atrevido, ofreció mucho dinero a la reina. Cuarenta mil ducados ofreció el criminal para salvarse. Era esa cantidad tan importante que mucho y bien podría servir para la lucha contra los moros, por lo que había quienes aconsejaban a doña Isabel que aceptase, mas la reina castellana se mantuvo fuerte en sus principios, negándose a tomar oro que estuviera manchado con sangre; y juzgado el asesino, fue degollado.

   No se olvida el viajero de hablar, como avisó, del otro gran monumento de Medina: su castillo. César Borgia estuvo preso en él. En Italia, a la muerte del papa Alejandro VI, su padre, habíase apoderado de él don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán y, trasladado a España, confinado primero en el castillo de Chinchilla y en éste de La Mota, después. Como si el viajero lo viera en presente imagina cómo en 1506 gracias al Conde de Benavente, y a su propia audacia, César Borgia logra escapar de su cautiverio en una fuga novelesca en su desarrollo, pero real en sus hechos. Limando los barrotes de su celda, se descuelga merced a unas cuerdas que el capellán del castillo, hombre al servicio del conde, le facilita; pero resultando cortas las sogas tiene que desasirse hiriéndose en la caída. Pese a su estado, cubierto por los disparos de los ballesteros del conde que le protegen, logra cruzar el foso, ponerse a salvo y recuperarse de las heridas. Deja para otra ocasión el viajero las peripecias finales del aguerrido soldado Borgia, su final en Viana, y la insólita odisea de sus restos.


   No fue este episodio el único de los ocurridos en el castillo que el viajero recuerda. También que en él vivió, o prisionera o alojada, pero como si estuviera cautiva, Juana de Castilla. Dicen de ella que en cierta ocasión la pena que la invadía por la ausencia de su amado Felipe, la llevó a la chifladura de instalarse en una de las incómodas garitas del castillo, pues decía en ese lugar se hallaba más cerca de donde se encontraba su esposo.

   Callejeando, el viajero va viéndolo todo, palacios, iglesias, la estatua de Bernal Díaz del Castillo, soldado que acompañó a Cortés en la conquista de México, al que se atribuye una “Historia Verdadera de la conquista de Nueva España” y al que por ser nacido en Medina sus paisanos, en tiempos recientes, han querido recordar con efigie en bronce, igual que a la reina Isabel, ya vista en la Plaza Mayor que, aunque no nació en la Villa, vivió y murió en ella, ya lo dijo el viajero. Del que no ha visto, ni verá, es copia en metal o piedra de su nieto, el rey Carlos. Puede el viajero suponer por qué. Y es que cuando llegó a España y se declaró el conflicto de las Comunidades, se solicitó de Medina del Campo la entrega de la artillería existente en la villa. No aceptó el pueblo de Medina la exigencia, pues las armas se pedían para sofocar la resistencia comunera en Segovia, y la respuesta no se hizo esperar.  El 21 de agosto de 1521 las tropas del rey incendiaron algunas casas, el fuego se propagó y buena parte de la población quedó reducida a cenizas. Comenzó entonces un declive lento, pero prolongado de la villa, hasta que en el siglo XIX, fue recuperando parte de su primitivo esplendor, una mínima parte del cual hoy ha compartido el viajero aquí.
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TRAGABUCHES

   Esta es la historia de una tragedia, la historia de dos vidas sacrificadas y de otra perdida para una existencia noble; la narración de una historia que no cesa de repetirse, la del extravío. Pero no juzguemos, sólo contemos los hechos.

   José Ulloa era torero, o para ser más preciso, matador de toros, y más cosas. La gente le conocía por Tragabuches, mas no era conocido así por méritos propios, sino que el apodo le venía por herencia de su padre que, hombre de buen saque, dicen que se había zampado un pollino adobado ─tragabuches llamaban por aquellos lares rondeños a las crías del burro─, de una sentada.

Chaleco de un traje de luces de la primera mitad del siglo XIX.
Museo taurino de Valencia.

   José había tomado la alternativa en 1802, en Salamanca, y no parecía mal torero, quizá el éxito en otras circunstancias le hubieran erigido en ídolo, pero la Guerra de la Independencia puso un obligado paréntesis a su carrera. Fue entonces por su propio impulso que fue guerrillero, comerciante, contrabandista, cantante, cualquier cosa con la que mantener su sustento y el de su compañera “La Nena”, una cantaora de la que anduvo muy enamorado, o no tanto.

   Con los franceses fuera de España y con el Deseado en el trono, Tragabuches se viste de nuevo de luces. No es el mismo de años antes. Los años no perdonan y un abultado abdomen lastran las piernas del diestro. A eso se une, en un momento, la mala suerte. Camino de Málaga, donde ha sido contratado para intervenir en un festejo de la feria local, su caballo tropieza. Cae el torero con sus noventa kilos sobre su brazo izquierdo, que se disloca. Suspendida, pues, su actuación en Málaga, regresa a casa. Regreso inesperado para La Nena, que lo recibe con cara asustada. Tragabuches desconfía, registra la casa, se tranquiliza, pero La Nena sigue nerviosa. Tragabuches sospecha. Para salir de dudas de su faja extrae una enorme faca. Tal es su tamaño que el reflejo de su acero parece alumbrar la casa. Sujeta con la mano de su brazo sano sigue buscando. En el patio hay una tinaja grande. Sabe que no hay nunca en ella agua, ni vino. Se asoma y aparece el truhán en paños menores. Suplica por su vida el sorprendido sacristán, porque eso es el don Juan de “La Nena”. Pero Tragabuches es matador de toros, la sangre no le asusta y es diestro con el acero. El que sostiene con su mano derecha no es un estoque, pero sí igual de mortal; y con la faca entra a matar.

   Una vez el pueblo sin sacristán, busca a su mujer. “La Nena” anda escondida y aterrada. A rastras, la conduce al patio. Da éste a un barranco con vertiente de mucho declive y abismal fondo cubierto de rocas, peligroso lugar donde se consuma la tragedia.

   No quedaba otra alternativa para Tragabuches que la huída, la vida de forajido. A ello se dio con una condena de horca por los asesinatos cometidos, hasta que poco tiempo después las gentes del campo y aún de los pueblos comenzaron a decir de uno, al que llamaban “el Gitano”, que andaba unido a la temible banda de los “Siete niños de Écija”. En 1817 casi todos los miembros de la banda fueron detenidos. Casi todos ellos, el Cojo, el Mino o José Escalera relataron episodios terribles sobre las crueldades de Tragabuches y casi todos fueron ajusticiados después. Los que no lo fueron por estar aún huidos, se acogieron al indulto concedido a quienes no estuvieran condenados por delitos anteriores al inicio de su acción bandolera. Sólo Tragabuches quedó fuera del perdón, por lo sucedido aquella mala noche; y su rastro y destino perdido, sin que se conociera su fin.
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VICENTE LÓPEZ Y LA ÚLTIMA CENA

   De Vicente López Portaña se puede decir que al nacer su destino profesional  venía dado por la familia. Su padre, pintor, le instruyó desde bien pequeño en el manejo de los pinceles, y aunque a los seis años quedó huérfano, se hizo cargo de él su abuelo Cristóbal que, pintor también, viendo la afición del muchacho y sus dotes, estimuló muy probablemente al joven Vicente. Quizó por ello, en 1786, a sus trece años, ya vemos el nombre de López en el Registro de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, su ciudad natal. A partir de entonces comienza una carrera de éxitos. Galardones, contratos, el traslado a Madrid pensionado por la academia valenciana, su ingreso en la madrileña de San Fernando, donde con Maella, otro valenciano, y pintor de cámara, no deja de aprender. Es en Madrid donde es nuevamente premiado, regresando a Valencia con notoria fama. Le llueven los contratos, las iglesias se llenan de sus frescos, los palacios de sus retratos. En 1802 la familia real visita Valencia. López es encargado por la ciudad, la Academia y la Universidad de homenajear al rey con un retrato de familia. Debe gustar a Carlos IV el cuadro, pues al poco recibe el pintor la alegría de ser nombrado Pintor Honorario de Cámara. Pero la situación en España es difícil. Carlos IV abdica, su hijo Fernando es retenido por Napoleón, quién sabe si a la fuerza o por su gusto, en Francia; España es ocupada, y muchos españoles, algunos de los más linajudos, se manifiestan favorables al rey José Bonaparte. Mientras, Vicente López sigue pintando en la Ciudad de Turia, hasta que, terminada la guerra, vuelto a España el Deseado, éste, de paso por Valencia, lo confirma como Pintor de Cámara. Fernando VII, tan humildemente entregado al Bonaparte, el dueño de Europa; tan encandilado por su personalidad, por su carisma; tan sumiso a los deseos del francés, tan manso ante su poder en el pasado, se torna furiosamente antifrancés ahora. Hipócrita, al volver espeta a Goya: “Debería ahorcarte por tus coqueteos con los franceses, pero te perdono. Me harás un retrato”. Y lo hizo, pero pronto, opuesto al absolutismo más recalcitrante, se alejaría de la vida pública.

   La llegada de López a Madrid, al que se le perdonan los “coqueteos” con los franceses en Valencia, donde retrató al mariscal Suchet, supone el relevo de Maella, su antiguo maestro, al que, a éste sí, el rey no perdona los retratos hechos en la corte de José Bonaparte. López es encumbrado como pintor del rey. Ya no abandonaría el puesto hasta que en tiempos de Isabel II, Madrazo le sustituya. Famosos serán sus retratos de la reina María Cristina de Borbón, de Goya, quizás el mejor que del genio aragonés hay, y en sus últimos tiempos el de cuerpo entero de un general Narváez en su apogeo.

La Última Cena, de Vicente López. Museo de Bellas Artes de Xátiva (Valencia)

   De los lienzos de su primera época, encargos de carácter religioso muchos de ellos, el que hoy podemos ver fue destinado al refectorio del Convento de Santa Clara de Xátiva. Es un enorme cuadro de más de cuatro metros de largo y dos de alto evocación de la Última Cena de Jesús con los doce apóstoles y la conmemoración de la Pascua Judía, celebrando el fin de la esclavitud y la liberación de Egipto; y para los cristianos, institución de la eucaristía.  Así, vemos sobre la mesa el cordero pascual, el pan y el vino, y en torno a Jesús, sentados once apóstoles, y a Judas, el apóstol traidor, ante la mesa, de pie con la causa de su traición en su mano izquierda.
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¿EL PEOR ALCALDE DE MADRID?

   Decía José María Blanco White, el polémico heterodoxo afincado en Inglaterra, que “La opinión pública ha tratado a Carlos IV con gran injusticia”. Convencido de que el monarca jamás se desentendió del gobierno de su país, negó que fuera la caza su obsesión, sólo una afición que no le impedía ocuparse de los asuntos del reino. Sostuvo que eran Godoy, el favorito leal, el fiel cumplidor del mandato real, y los ministros, con libertad de acción, los ejecutores de las directrices ordenadas. Y para reivindicar la figura del cuarto de los Carlos, como hombre bueno, lo comparó con el tercero, su padre, al que acusó de cruel en su trato a los jesuitas a los que expulsó de España en una sola noche, sin previo aviso.

   Es posible, casi con toda seguridad, que Carlos IV fue un hombre bondadoso. Como señaló el embajador francés al hablar del rey español: es su majestad el mejor de los hombres y el más débil de los reyes. Y no debió ser una percepción equivocada ésta. Pese a los ditirambos dirigidos por Blanco White al monarca, podría decirse en el mismo tono hiperbólico que Carlos IV fue un rey absoluto que no hizo absolutamente nada por sí solo. Las figuras que llenan los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, fueron su esposa, el favorito y amigo de ambos Manuel Godoy y el heredero Fernando.

   Quizá sea arriesgado formular tan categórica afirmación, pero lo cierto es que cuando el 14 de octubre de 1788 ciñó la corona de España el cuarentón Carlos IV, Jovellanos dejó escrito en relación al ascedente de la reina sobre su bondadoso, pero dócil esposo: “En este día primero, ambos recibieron a los Embaxadores de familia y ambos despacharon juntos con los ministros de Marina y Estado, quedando desde la primera hora establecida la participación de la reina como naturalmente y sin solicitud ni esfuerzo alguno”. Puede suponerse, pues, que la opinión que de él se formó el pueblo no podía ser menos favorable, y ello pese a ciertas iniciativas tomadas en los primeros tiempos del reinado. Aunque Carlos IV recibió una gran nación, fiel a su monarquía, con un ejército disciplinado y una más que aceptable marina de guerra, las guerras y las malas cosechas en los últimos años del reinado anterior habían dejado el país en una precaria situación económica y la miseria extendida. Se condonaron, pues, por el nuevo rey algunas deudas con el fisco, se moderaron los impuestos, el pan bajó de precio y se regularon algunas costumbres, prohibiéndose que los carruajes circularan a velocidad que supusiera un peligro para los viandantes o se multara a quienes profiriesen palabras malsonantes o blasfemasen. Paños calientes algunas de esas medidas que si bien no hacían sino aliviar muy momentáneamente la penuria, hacían feliz al pueblo.


Carlos IV, por Vicente López. Museo de Bellas Artes de Valencia.

   Poco podía hacer el nuevo rey. Si el padre llenó la Capital, y el país todo, de carreteras, edificios, monumentos, puertas, fuentes…, el hijo no podemos decir que siguiera el ejemplo paterno, al menos en su misma medida. Quizá no pudo, y si pudo no quiso. Si el padre pavimentó calles, implantó medidas higiénicas en la vía pública, el hijo se desentendió de dichas ordenanzas, y el Concejo de la Ciudad, ante lo gravoso del asunto, acabó reduciendo la recogida de basuras y limpieza al punto de que Madrid recuperó los nauseabundos aromas de los tiempos de Fernando VI.

   El rey que añadía una unidad más al ordinal usado por su padre del mismo nombre, no pudo hacer menos por su Nación, dedicándose, sin ejercer de rey, simplemente a serlo, pues en realidad lo segundo más grato al rey Carlos de todo cuanto hacía, que era bien poco, era cazar. Lo primero, y sólo por ir delante en el orden cronológico, era encogerse de hombros.

   Bien diferentes eran las respuestas del padre a las del hijo. Aquél, cuando llegaban a sus oídos las críticas a sus medidas higiénicas implantadas respondía: “Son como niños, cuando se les lava, lloran”. Sin embargo el hijo…, veamos, veamos algunas respuestas del hijo cuando las gentes de Madrid empezaron a protestar, y con razón.

   Era en la Villa y Corte muy deficiente el suministro de agua. Su abastecimiento a través de canalizaciones producía largas colas e inevitables altercados. Un cortesano despachando con el rey, le advirtió sobre dichos problemas de suministro. El rey se encogió de hombros, y dijo: “¿Y qué quieren que haga yo? Un rey no puede hacer milagros”, y se fue a cazar. En otra ocasión encontró sobre su escritorio, no se sabe quién pudo dejarla allí ni si con intención de herirlo o de hacerle comprender la realidad y estimular su amor propio, unas coplillas que decían:

                                  ¿Quién está cuando no estoy?
                                  ¡Godoy!
                                  ¿Quién llega cuando me voy?
                                  ¡Godoy!
                                  ¿A quién más cargos le doy?
                                  ¡A Godoy!
                                  ¿Quién manda en España hoy?
                                  ¡Mi esposa!
                                  ¿Y quién manda a mi esposa?
                                  ¡Godoy!
                                  ¡Que tiene gracia la cosa,
                                  pues sólo de nombre soy
                                  el rey, que lo es Godoy!

   Y al terminar de leerlas dijo: “Ya me decía mi padre que los madrileños son muy imaginativos y muy mal pensados”, y se fue a cazar, otra vez.

   Y mientras, Godoy, uno de los miembros de esa “Santísima Trinidad en la tierra”, que decía María Luisa eran Carlos, Manuel y ella misma, hacía y deshacía, era amado por sus benefactores y odiado cada vez más por el pueblo y por Fernando, el príncipe de Asturias, que había heredado todas las carencias de su piadoso, sensible y bondadoso padre y ninguna de sus virtudes.
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