VIAJES EN TERCERA PERSONA. OVIEDO

   Con Oviedo, al viajero, a diferencia de la mayor parte de las ciudades que visita, a las que conoce de golpe y se da un atracón, la conoce por haber ido paseándola poco a poco en varias visitas.

   Y todas las veces ha partido siempre, en su corretear por la muy noble, leal y algunos atributos más, desde el Campo de San Francisco, parque mediano en su tamaño, que parece conformar una enorme plaza, aunque no tenga tal nombre, en cuyo septentrional lado discurre la señorial calle Uría. Es la calle Uría hermosa y aristocrática vía, pero que en su creación tiene el pecado original de haber sido causa de la tala en 1879 de El Carbayón, que fue majestuoso roble, de cuya memoria queda recordatorio en el lugar en el que estuvo y en el nombre que coloquialmente reciben los ovetenses. Por esta calle Uría y por su continuación, la del rey asturiano Fruela, camina el viajero en dirección al cogollo de la ciudad.


   En los alrededores del mercado de El Fontán el bullicio es constante. Calles llenas de puestos variados hacen parecer las calles más estrechas de lo que son, que se ven adornadas con multitud de los artículos exhibidos para su venta: plantas y flores, vestidos, juguetes, todo cabe en este mercadillo que en parte crece al socaire de antiquísimos porches, en parte a la sombra del edificio del mercado. Éste fue erigido a finales del siglo XIX y su construcción liberó la contigua plaza de El Fontán, patio columnado, que fue corral de comedias y cumplió como mercado al aire libre mientras fue necesario. En la plaza, en uno de sus bancos, desde no hace mucho, hay estatua sedente de la bella Lola, título también de la famosa habanera, a cuya protagonista esta figura representa. Cuando Oviedo y Torrevieja quedaron hermanadas por un convenio entre sus ayuntamientos, el de la ciudad alicantina, difusora universal de este género musical por su famoso festival, donó la escultura. No tiene mar al que mirar esta bella Lola, a diferencia de su original instalado en el paseo marítimo torrevejense, pero el viajero que sabe que esta tierra tuvo tantas Lolas esperando el retorno de los indianos y sus haciendas durante tanto tiempo, piensa si sería esa la razón para tan destacado obsequio.

   Un poco más allá, apenas a unos metros, en la plaza de la Constitución, el viajero ve el ayuntamiento. Es de finales del XVII y se aprovechó la antigua muralla y la puerta de Cimadevilla. Por ello un arco que se abre en su fachada, debajo de la torre, que fue añadida en los años cuarenta del siglo XX, da paso a la calle que hoy lleva el de la antigua puerta. El viajero cruza por este arco. Al final de la calle le espera una de las joyas ovetenses: la catedral de San Salvador. Es de estilo gótico y comenzó su construcción a finales del siglo XIV, aunque como tantas veces ha sucedido en otros lugares, se erigió sobre los restos de lo que ya había sido construido antes, en tiempos de Fruela, posiblemente arrasado por infieles, y de los templos levantados por su hijo Alfonso II el Casto, después. Y es tan imponente, aun con una torre, que el viajero queda pensativo, al saber que un templo de esa magnitud fuera construido cuando Oviedo apenas llegaba a los tres mil habitantes a principios del siglo XVII, cuando la catedral ya llevaba varios decenios construida.

   La historia y tesoros de esta catedral darían al viajero motivo para extenderse hasta el agotamiento del lector. Ya dijo Voltaire que el secreto de resultar aburrido consiste en contarlo todo. Ahorrará el viajero contar muchas cosas y hablará tan solo de dos de los elementos más representativos del templo, de la torre por fuera y la cámara santa y sus tesoros en el interior.

   La torre, que iba a tener compañera, empezó a crecer sola. Quizás por ello lo hizo con tanto ímpetu que alcanzó los ochenta metros, convirtiéndose en uno de los símbolos de la ciudad. Atalaya sobresaliente desde el que personajes reales o ficticios han avistado el suceder de Oviedo, comenzó su construcción con planos del arquitecto Juan de Badajoz, que conviene aclarar que es el conocido por el Viejo, para no atribuirle el mérito al hijo que, aunque también tuvo buena fama, sería injusto que éste llevara la gloria de lo que hizo su padre.

   En 1524 era obispo de Oviedo don Diego de Muros. Fue este obispo, personaje controvertido por los conflictos que mantuvo con señores y parte del clero. Con estos por las costumbres licenciosas de algunos religiosos de su diócesis; con aquellos por criticar el trato que dispensaban a los menesterosos. Llegó a darse el caso de mantener pleito con el corregidor don Diego Manriquez de Lara, a cuenta de un suceso ocurrido en lugar santo. Sucedió que un delincuente se acogió a sagrado en la Iglesia de San Vicente. El corregidor, que perseguía al desgraciado, sin consideración al lugar sagrado ni a la piedad humana, arrojó un perro contra el refugiado, arrastrándolo fuera y siendo ajusticiado. Se rebeló el obispo por tan inicuo proceder y denunció al corregidor que, para defenderse, hizo uso de malas artes, desacreditando al prelado por medio de la difamación. Creyó al principio estas falacias el gobernador, que decretó la expulsión de don Diego de Muros del Principado. Como muchos no estuvieron de acuerdo con el castigo, algunos trataron de defender por la fuerza al obispo, pero éste no lo consintió por evitar disturbios y otros males aun peores. Dejó entonces Oviedo don Diego para refugiarse en el castillo de Noreña, pero hasta allí le persiguió el corregidor, y tuvo el obispo de nuevo que huir. Desde León, donde se instaló, proseguía el prelado su defensa y censuraba al corregidor, hasta que finalmente, conocida la verdad, se rehabilitó a don Diego, que procesionó hasta su sede junto a sus antiguos perseguidores, que en penitencia, descalzos sus pies y portando cirios, acompañaron al prelado, salvo el corregidor que, expatriado y excomulgado, terminó sus días en Perpignan. Y fue este obispo el que en 1524 diera seiscientos ducados para acabar los trabajos en la torre, lo que debió ser insuficiente teniendo en cuanta que las obras se alargarían todavía durante sesenta años, hasta su remate con la aguja de Rodrigo Gil de Hontañón.

   Y si del exterior maravilla al viajero la fachada con su torre, en el interior, la Cámara Santa, continente pétreo del siglo IX de los tiempos de Alfonso II el Casto, le hace sentir la emoción de encontrarse en otro tiempo. Los medallones de algunos de los primeros reyes asturianos decoran la antecámara, y en la cámara la Cruz de los Ángeles y la de la Victoria, enseñas de la ciudad y del Principado.

   De la primera, un halo taumatúrgico rodea su origen. Cuenta la tradición que saliendo el rey Casto de oír misa, avisado de ser orfebres dos peregrinos que se hallaban en el lugar, les preguntó si fabricarían para él una cruz con el oro y piedras preciosas que pondría a su disposición. Aceptaron los extranjeros, con la sola condición de tener lugar tranquilo donde poder aislarse del bullicio. Y así se hizo. Pero ante la insistente desconfianza de parte de la corte, que alertaba a don Alfonso del peligro de poner en manos de desconocidos tan gran cantidad de joyas sin saber nada de ellos, permitió el rey fuesen unos criados a comprobar el estado del encargo. Cuando llegaron estos enviados, vieron los postigos cerrados. Sólo un perturbador resplandor parecía haber en el interior, sin que nadie respondiera a sus requerimientos.
      Avisado el rey de lo sucedido, se dirigió él mismo con mucha gente al lugar cedido a los peregrinos. Y abriendo las puertas del aposento, lo hallaron únicamente lleno del resplandor que provenía de una cruz, que todo lo inundaba, sin haber rastro de los extranjeros. Llevada la Cruz por el mismo rey, se la llamó de los Ángeles, pues no otra cosa podían ser los misteriosos orfebres.


     De la segunda, la de la Victoria, sólo puede decir el viajero que es auténtico emblema del Principado, que fue donada a la catedral en 908 por Alfonso III el Magno y que se trata de una preciosa joya de orfebrería, de madera de roble forrada de oro, con esmaltes y gemas preciosas con un gran valor histórico, artístico, sentimental y material.

   Quizás por alguna de estas razones su existencia, y también la de las otras joyas de la Cámara Santa, no haya sido apacible, en especial en los últimos tiempos.

   Repasa el viajero, pues, hechos recientes, si tenemos en cuenta la larga vida de la ciudad fundada hace casi mil trescientos años, y retrocede al Oviedo de 1934. Si alguna vez todo lo visto por el viajero estuvo en peligro, ese momento fue mayor cuando en octubre de ese año la huelga general convocada en todo el país adquiere tintes revolucionarios en muchos lugares. Especialmente graves fueron los sucesos ocurridos en Asturias. El día 6 los sublevados, armados y con gran cantidad de explosivos procedente de la cercana cuenca minera controlan Oviedo. La Delegación de Hacienda, la Universidad, el Palacio Arzobispal, el Convento de Santo Domingo, el Banco Asturiano, el Hotel Covadonga, muchos edificios, palacios y viviendas arden en llamas o arderán los siguientes días, algunos destruidos a causa de las explosiones provocadas, y muchas personas morirán víctimas de la violencia revolucionaria. Sólo el Gobierno Civil y la Catedral, donde se han refugiado las escasas fuerzas públicas de la ciudad, resisten los embates revolucionarios. En la catedral, el día 9 guardias de asalto, leales a la república, resisten desde la torre de la catedral, que es cañoneada y se convierte en objetivo principal de los insurrectos, hasta que en la noche del día 11, con las tropas del general López Ochoa entrando en la ciudad, se culminó la barbarie. Varios dinamiteros lograron acceder desde el claustro hasta la cripta de Santa Leocadia, piso inferior a la Cámara Santa. En la catedral los destrozos causados por la deflagración fueron enormes, las hermosas vidrieras flamencas quedaron hechas añicos, y en la Cámara Santa, la devastación fue absoluta, pese al gran grosor de los muros.  Aunque muchas de las piezas custodiadas quedaron arruinadas, como el Arca Santa, milagrosamente algunas de las más importantes, aunque con desperfectos, fueron recuperadas: el Santo Sudario se pudo salvar y las Cruces enterradas entre los escombros, también. No sería hasta después de la guerra civil, cuando todo, continente y contenido, fue restaurado: la Cámara Santa y la Cripta, con los restos del derrumbe, tras ardua clasificación por el arquitecto don Luis Menéndez Pidal y el escultor don Víctor Hevia.

   Aún una última tribulación para el tesoro catedralicio. En 1977, un ratero, parece que con la intención de robar los cepillos de la catedral, se ocultó cuando cerraban las puertas del templo. Puede que en su deambular por la catedral descubriera la Cámara Santa, y puede que ignorante, a sus 19 años, del embrollo del que no le sería fácil salir, y cegado por el brillo de las joyas asturianas, despojó las Cruces de su oro, esmaltes y piedras preciosas, dejando sus almas de madera desnudas y rotas. Detenido el ladrón, y recuperado parte del ornamento robado, costó años lograr la restauración, que pudo con gran esfuerzo por fin culminarse en 1986.

   El viajero sube por unas calles, baja por otras, ve palacios, conventos, y al fin da con la Plaza del Paraguas. Sabe que es escenario de conciertos, suponiéndola abarrotada de público, pero las veces que la ha visitado, la ha visto vacía o casi, durante la mayor parte del tiempo, aunque no siempre fue así. Allí acudían las lecheras con sus cántaros a vender la leche y para protegerlas de las lluvias tan habituales por estos pagos y del sol en verano, se atreve a pensar el viajero, en 1929 se construyó el paraguas de hormigón que aún perdura. No es esta estructura lo único que llama la atención del viajero. En un rincón de la plaza hay una pequeña placa de azulejos ya descoloridos. Avisan que en esa casa vivió el insigne novelista don Armando Palacio Valdés, entre 1864 y 1870. Y ha sabido el viajero que esa casa era de sus abuelos, y habitó allí el joven Armando durante los años que cursó el bachillerato.


   Queda, y el viajero no quiere dejar de ver antes de dejar la ciudad para visitar, a las afueras, las iglesias del arte prerrománico del monte del Naranco, la fuente de Foncalada. Si no por su fama ni por su grandiosidad, el viajero la admira por su antigüedad. Se construyó en el siglo IX, cuando era rey Alfonso III el Magno. El paso de los siglos la ha enterrado casi dos metros bajo el nivel actual del asfalto de la calle, y está tan bien conservada que hasta una porción de la calzada sobre la que se levantó aún es visible.

SOBRE LA SALUD, EL DINERO Y EL AMOR EN LA HISTORIA (II)

    Podría decirse que fue por amor que Isabel II de España perdiera el trono al estallar la “Gloriosa” revolución del 68; aunque más bien se debió a la pasión. Era Isabel una mujer fogosa a la que buscaron marido. Y le encontraron uno, que hizo decir a la reina tras la noche de bodas: “¿Que voy a hacer con un hombre que lleva más puntillas que yo?".

    Ella se desquitó de la frustración con creces. Fue amante de cuantos generales se le pusieron a tiro. También de militares de inferior grado. Así ocurríó en 1868. La reina disfrutaba de los últimos días de su veraneo en San Sebastián con el amante de turno. Éste no era otro que Carlos Marfori, sobrino de Narváez, y ministro en aquellos tiempos. En el séquito real se encontraba el Marqués de Alcañices. Al llegar desde Madrid las noticias del alzamiento, el marqués aconsejó a la reina que retornara rápido a Madrid y que tomara el control de la situación, que el pueblo la aclamaría otorgándole el laurel de la gloria. Isabel le contesto: “Mira, Alcañices, la gloria para los niños que mueren y el laurel para la pepitoria”. Isabel, inconsciente y veleidosa prefirió salir de España con su amante, rumbo a París. Jamás volvió a reinar, aunque sí su hijo Alfonso, que fue el decimosegundo de los que ha tenido España con ese nombre. Y de Alfonso, precisamente, se puede hablar de amor, pero también de salud. Amor suyo fue el de la mujer con la que se casó: María de las Mercedes, la reina que inspiró a su muerte la famosa copla:

                                    ¿Donde vas Alfonso XII?
                                    ¿Donde vas, triste de ti?
                                    Voy en busca de Mercedes
                                    Que ayer tarde no la vi
                                    Tu Mercedes ya se ha muerto
                                    muerta está que yo la vi
                                    Cuatro duques la llevaban
                                    por las calles de Madrid.

    
   María Mercedes había enfermado de tifus, probablemente al beber las aguas contaminadas del pozo del sevillano palacio de San Telmo, residencia familiar. El Rey, que murió tuberculoso tampoco disfrutó de buena salud, y además la poca que tenía no la cuidó. Aún así, tuvo tiempo de contraer segundas nupcias y dejar un hijo, que sería póstumo.

    También la salud bucal tiene su apartado aquí. La célebre Josefina Tascher de la Pagerie, amante primero, esposa después de Napoleón Bonaparte fue famosa por su belleza, pero es poco conocido el hecho de que ya casada con el emperador estuviera mellada, algo frecuente en la mayor parte de la población, sin distingos de clase. Regía el destino de España José Bonaparte, mientras la familia real española se encontraba retenida en Francia. Allí Carlos y su esposa María Luisa de Parma, en infame entrega al emperador, recibían atenciones del dueño de Europa. María Luisa, fea, como muestra Goya en sus lienzos, sin embargo, presumía de dos cosas: sus brazos y su dentadura. Al abrir la boca, exhibía una blanca fila de dientes que era admiración y envidia de cuantas cortesanas la trataban. Josefina, interesada, le solicitó información sobre los autores de la artesanía dental que lucía María Luisa. Se trataba de una familia de Medina de Rioseco, que fabricaba los dientes en porcelana y sabía como implantarlos en las mandíbulas, con éxito claro. Les llamaban los Saelices: Antonio y sus cuatro hijos. Josefina se dispuso a realizar el encargo para la compostura de su dentadura; pero llegó tarde. Las tropas de su marido invadían España, y las de uno de sus generales, Lasalle, saqueaban Medina de Rioseco. La matanza fue terrible. Antonio Saelices, su mujer, sus hijos y todos los empleados de su taller resultaron muertos. No fueron los únicos, pero sí los mas importantes para Josefina. La emperatriz, en adelante, lloraría sinceramente su ausencia dos veces al día.

    Si de la fe se dice que mueve montañas, del dinero puede decirse que además cambia de lugar la capital de un reino. Don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia, ya era también duque de Lerma. El rey, Felipe III, había concedido el ducado a su valido, que se ocupaba, ayudado por Rodrigo Calderón, de dirigir los asuntos de España al tiempo que se convertía en el hombre más rico de la nación. Mandó construir un palacio en Lerma, que parecía querer rivalizar con el alcázar de los Austrias, y convenció al rey para el traslado de la capital a Valladolid. Allí se construyeron palacios, conventos, casas. Rodrigo Calderón trasladó allí su vecindad. Se enriqueció igual que su mentor. Por fin la burbuja inmobiliaria estalló. El duque cayó en desgracia. Madrid recuperó la capitalidad. Acusados de corrupción el duque se puso a salvo al ser creado cardenal.

                                     Por no morir ahorcado
                                     el mayor ladrón de España
                                     se vistió de colorado.

    Rodrigo Calderón tuvo peor suerte. Fue ajusticiado tras largo e irregular proceso en la recién construida Plaza Mayor de Madrid.

 
    El ocaso del Duque de Lerma no resolvió los problemas de España. El propio hijo del duque, también duque, pero de Uceda, y el Conde de Olivares, al que el caído, en su omnipotencia había negado la grandeza de España, sustituyeron a los cesados. Ambos, igual que sus antecesores, fueron ganados, uno por la codicia, otro por la "pasión de mandar".     

   Algunas anécdotas mezclan los asuntos del dinero con los del amor. La siguiente es de esas que se cuentan sin conocer los nombres propios de sus protagonistas, quién sabe si para proteger su buen nombre. Sucedió que un célebre actor, con fama de conquistador, fue sorprendido intimando con cierta señora casada en un café de moda, justo en el momento en el que llegaba el esposo de la dama. Molesto, el marido advirtió al actor: “Si vuelve a molestar a la señora, le costará caro”, a lo que el galán, con desparpajo propio de comediante, contestó: “¿Que me costará caro?, pues vaya oficio el de usted”.
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SOBRE LA SALUD, EL DINERO Y EL AMOR EN LA HISTORIA (I)

     Dice la canción: tres cosas hay en la vida. Sobre ellas la historia está plagada de anécdotas. Unas son reales, otras son meras fábulas atribuidas a protagonistas del pasado que, por su personalidad, fueron referidas como ciertas, todas son curiosas.

      SALUD
     Sir Winston Churchill nació en 1874. Su buena salud debió contribuir al enorme despliegue de actividad de la que hizo gala hasta su muerte, a los 91 años. A partir de los años cincuenta del siglo XX, comenzó a recibir homenajes y galardones, incluido el Premio Nobel de Literatura en 1954. Al cumplir los ochenta años concedió una entrevista en exclusiva a un joven periodista. Al terminar, éste le dijo agradecido:
   -Muchas gracias Sir, espero entrevistarlo de nuevo cuando cumpla noventa años.
   -Seguro que sí -le contestó Sir Winston- porque tiene usted cara de estar sano.

      Peor salud tuvo Carlos II. Fue el último de los Habsburgo españoles que rigieron los destinos de España. Se le llamo el Hechizado, porque se le creyó poseído por el mal. Realmente tenía una pésima salud. Había heredado todos los males de sus antepasados: una mandíbula prognática, por la que el mentón le sobresalía exageradamente, impidiéndole masticar correctamente y provocándole al tiempo problemas digestivos. Tenía las piernas hinchadas, purulencias, tumores y continuas diarreas, y se dice que fue impotente. A ciencia cierta no se sabe cuales fueron las causas de su muerte, pero tuvo convulsiones durante las últimas tres horas de vida. Puede que no muriera de ninguna enfermedad concreta. Puede que muriera de todas ellas; por ello le dijo a la reina, María de Neoburgo, al final, poco antes de morir: “Me duele todo”.



    Su impotencia debió ser cierta, o al menos su esterilidad. No logró que ninguna de sus esposas engendrara un heredero. Es de suponer que su primera esposa, la joven María Luisa de Orleans, venida de Francia, sí estuviera sana, aunque el pueblo le echara la culpa de no procrear:

                                   Parid, bella flor de lis
                                   que en aflicción tan extraña
                                   si parís, parís a España
                                   si no parís, a París.

   Pero también hay protagonistas de la Historia con una muy buena salud. Benedicto XIII, el Papa Luna, vivió a caballo entre los siglos XIV y XV. Siendo el único cardenal vivo anterior al cisma, y siendo únicamente los cardenales quienes podían elegir Sumo Pontífice, se nombró a sí mismo papa. Fue papa en Avignon y más tarde antipapa en Peñíscola, donde se enrocó manteniéndose en “sus trece” de ser considerado el único papa legítimo de la Iglesia. Allí resistió, gracias a su determinación y férrea salud, hasta los noventa y cinco años, tras haberse recuperado, incluso, de un envenenamiento con el que habían tratado de eliminarlo sus enemigos.

      DINERO
    Parece que fue cierta la anécdota que cuentan del general Castaños, el héroe de Bailén en la lucha contra el francés. Se encontraba el general en un besamanos el día de la Pascua Militar, un día de Reyes, vestido de blanco con el uniforme de verano. El rey al llegar a su altura mostró su extrañeza por dicho atavío. Contestó el general: “Majestad, la estación lo requiere. Su majestad estará en enero; yo, que no tengo otro calendario que el de mis pagas todavía estoy en julio”.
  
   Y es que el dinero ha sido fuente constante de anécdotas. Cuentan que el Marqués de la Ensenada, ministro de Carlos III, fue reprendido por el monarca por el mucho gasto que hacía y la ostentación que practicaba. También tuvo justa respuesta al rey: “Señor, es por la librea del criado que se sabe de la grandeza de su señor”.

   Aunque los que más afición dedicaron al derroche en lujos y su ostentación fueron los propios reyes. En Portugal hubo uno de nombre Joao y ordinal quinto, que ordenó construir un monasterio en Mafra. Al decorarlo encargó que fabricaran un reloj de carillón. Cuando solicitó el precio del encargo le dijeron una cantidad exageradísima de dinero. El rey, soberbio, dijo: “No pensaba que fuera tan barato, quiero dos”.

   También interpretaron anécdotas curiosas el marqués de Salamanca, la mayor fortuna de España en su época, y Narváez, el espadón de Loja, que tuvieron disputas económicas toda su vida. Por lo surrealista, hay quien dice que aquella en la que se afirmó que el marqués, con un billete de mil pesetas, alumbraba el suelo en el que el general buscaba una moneda no sucedió.

   Pero si alguno de nuestros grandes personajes de la historia demostró gran despego por el dinero no fue otro que don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Se sabe que, ya en España, después de sus victoriosas campañas de Italia, dijo a su contador: “Dad todo con liberalidad, que nunca se goza mejor de la hacienda que cuando se reparte”; y es comprensible que dijera esto quien al ser preguntado por su rey don Fernando, el Católico, acerca de los gastos de guerra le contestara con la archifamosa frase: “En palas, picos y azadones, varios millones”.




   En ocasiones no fue el dinero, sino su falta la que dio lugar a crueles sentencias, normalmente populares. Así le sucedió a doña Isabel de Braganza, esposa de Fernando VI, que tuvo que leer en un pasquín colocado en la puerta del palacio Real el siguiente ripio:

                                     Fea, pobre y portuguesa,
                                     ¡Chúpate esa!

     Y AMOR
   Sobre el cortejo y el amor, la infidelidad y el desamor, la historia está plagada de casos anecdóticos.       
   Se cuenta que en el antiguo Egipto hubo una prostituta llamada Archídice. Poseía una gran belleza y era requerida por los hombres más ricos de Egipto. Hubo un cliente que pretendió yacer con ella, pero Archídice lo rechazó por considerarlo insuficientemente rico. Se enteró más tarde de que el cliente rechazado proclamaba haber soñado con ella, por lo que la prostituta le reclamó una buena cantidad de dinero por dichas fantasías. El hombre se negó al pago y Archídice lo denunció a los jueces pretendiendo cobrar su tarifa. Los magistrados le dieron la razón: sentenciaron que ella debería soñar que su admirador le pagaba lo estipulado por el servicio.

   Muchos siglos mas tarde, Napoleón III quedó prendado de la española Eugenia de Montijo, con la que al fin se casó. Antes de hacerlo Eugenia se lo había dejado claro: al regreso de una cacería el emperador pasó bajo el balcón en el que se encontraba con otras damas saludando el regreso de los cazadores. Napoleón se dirigió a ella preguntándole cómo podría llegar hasta allí. La española contestó: “El único camino, monsieur, es por la capilla”. Diez semanas después contraían matrimonio en Notre-Dame.

   Don Antonio Cánovas del Castillo fue presidente del gobierno en varias ocasiones, en alternancia con el liberal Sagasta, durante la Restauración. Era malagueño, y tenía el deje propio de su tierra. No cuesta mucho imaginar como respondió al rey, Alfonso XII, cuando éste le dijo:
   -Mucho le deben molestar las señoras con tantas peticiones.
   -Majestad, -dijo- a mí no me molestan las mujeres por lo que me piden, sino por lo que me niegan.
  En otra ocasión, ya viudo, una hermosa duquesa le propuso matrimonio. Cánovas le contestó: “Lo haría con sumo placer, de no tener usted dos hijas tan bellas a las que seguramente no podría mirar con ojos de padre”.
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EL TIEMPO PASARÁ

    El tiempo, magnitud física, cuarta dimensión, enigmático siempre al tratar de comprenderlo. De todo ello tiene un poco y todo ello es al mismo tiempo. De su relatividad, la humanidad siempre ha sido consciente. Bien lo explica Antonio Gala: para la rosa, el jardinero que la cuida es eterno, para el jardín efímero. Por ello el hombre ha tratado de domesticarlo. Ha ideado calendarios, ha construido relojes. El éxito ha sido escaso.
  
    Los romanos tuvieron su calendario. El calendario Juliano, vigente desde Julio Cesar hasta el siglo XVI y aún más tarde, era en realidad el antiguo calendario solar egipcio, que ha servido para medir el tiempo, en algunos países incluso hasta el siglo XX. La Unión Soviética, Grecia y Turquía fueron las últimas naciones en abandonar su uso, en los años veinte del pasado siglo. Durante su vigencia se tomó una decisión importante. En tiempos de Justiniano, el emperador de Bizancio, el Papa encargó a un monje escita, Dionisio el Exiguo, que determinara la fecha del nacimiento de Jesucristo. Usando el calendario romano restó a la fecha del cálculo treinta años, la edad en la que Jesucristo comenzó su vida pública, en el decimoquinto año del reinado de Tiberio, según el evangelio de San Lucas, y lo bautizó como año uno. La cuenta, por imprecisiones históricas no fue muy exacta, pero desde entonces la humanidad ha contado con un antes y un después(1). Así siguieron las cosas hasta que en el siglo XVI, gracias a los tímidos pasos que la ciencia comenzaba a dar y al impulso del papa Gregorio XIII fue adoptado el calendario gregoriano. No fue fácil su implantación. En una Europa dividida entre católicos y protestantes, la propuesta del papa de los católicos no era bien recibida por los reformistas, sin embargo, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico recibió al cardenal Madruzzo, enviado por Gregorio XIII, con los cálculos que Lulio, el astrónomo del papa, había realizado. Era necesaria una rectificación en la medición del tiempo. El error en el cálculo que cometía el calendario Juliano era acumulativo, retrasándose poco a poco la celebración de las fiestas señaladas por la liturgia cristiana. El emperador, convencido, impuso el nuevo calendario, decretando su uso en el imperio. El imperio español ya había tomado dicho calendario como oficial un año antes. Poco a poco las naciones fueron adoptando, entre el siglo XVI y el XX, el calendario gregoriano, aunque la Iglesia ortodoxa, aún hoy, usa el antiguo calendario juliano, que tras veinte siglos de uso les permite celebrar la Navidad, ya el siete de enero.

  El establecimiento del calendario gregoriano exigió, al implantarse, la corrección del retraso producido hasta entonces, por lo que los distintos países que decretaban su uso se vieron en la necesidad de dar un salto en las fechas hacia el futuro, tanto mayor cuanto mayor era el retraso con el que incorporaban el nuevo calendario. España, uno de los primeros países en usarlo dio un salto en el tiempo de diez días, ningún niño nació en España entre el 5 y el 14 de octubre de 1582, porque no hubo tales días; Grecia, uno de los últimos, trece. Nadie falleció en Grecia entre el 16 y el 28 de febrero de 1923. Dichos días no tuvieron lugar. Dicho salto supuso vivir los días que no figuran escritos en parte alguna porque no existieron.

Edificio del Reloj del puerto de Valencia
  
  El nuevo calendario tampoco es perfecto, pero su imperfección notablemente menor que la del anterior es corregida con los años bisiestos que todos conocemos.

   Pero hay algo que todavía no ha sido posible conseguir. El tiempo, aquello que ocurre entre dos sucesos percibidos por nuestros sentidos ha podido ser medido gracias a los calendarios ideados: juliano, azteca, chino, judío, gregoriano; y relojes de todo tipo: de agua, de sol, de arena, mecánicos, atómicos; hemos visto alterada su propia duración gracias a la aplicación de leyes relativistas. ¿Trataremos también de invertir su flecha? ¿Quebrar el inexorable discurrir del pasado hacia el futuro? Puede que alguien trate de inventar alguna máquina con la que hacerlo. El fracaso está garantizado. ¿O no?

(1) En realidad la contabilización de los años anteriores a Cristo no se produjo hasta el siglo VIII. Beda el Venerable fue quien introdujo la cuenta atrás. La humanidad tuvo desde entonces dos horizontes temporales que se alejaban entre sí.
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EL ASESINATO DE LINCOLN Y ALGO MÁS

   Cinco días después de la rendición del general Lee en Appomattox el 9 de abril de 1865, y la victoria en la práctica de la Unión sobre los estados del Sur en la Guerra de Secesión Americana, el presidente Lincoln asiste a una función de la comedia del dramaturgo británico Tom Taylor: “Our American Cousin”. Acompañan al presidente en el palco del Teatro Ford de Washington su esposa Mary Todd, el Mayor Henry Rathbone y la hija del senador por Nueva York, la señorita Clara Harris, prometida del Mayor. Ha excusado su asistencia, que tenía prevista con su esposa, el general Grant, el vencedor de Appomattox.
 
  Por raro que parezca, esa noche nadie cuida del presidente. Su guardaespaldas William Henry Crook había terminado su servicio a las cuatro de la tarde. Le sustituye el policía John T. Parker, pero Parker, una vez el Presidente en el palco presidencial, abandona su puesto y en compañía de otros ayudantes del presidente visita una taberna cercana. Más tarde diría para exculparse que el presidente le había liberado hasta el final de la obra.  

   Sorprendido por encontrar expedito el camino, John Wilkes Booth, un joven de 26 años simpatizante de la causa confederada y recalcitrante conspirador, llega hasta el palco presidencial, abre su puerta y empuñando una pistola Deringuer(1) de un solo tiro dispara contra la cabeza del presidente. La reacción del Mayor Rathbone no se hace esperar. Trata de detener al agresor, pero éste, arrojada su ya inservible arma de fuego al suelo, empuña un cuchillo, hiriendo al Mayor. Booth huye, pero en lugar de hacerlo por los pasillos por los que había llegado, se encarama al antepecho del palco y salta sobre el escenario, con tan mala fortuna que una de las espuelas de sus botas se engancha con una de las banderas que decoran la balaustrada. Booth sufre una fractura del extremo distal del peroné derecho. Pero renqueante, dañado su tobillo, aún logra confundir al público, que cree que aquello forma parte de la función, cuando grita “Syc semper tyrannis”, mientras el magnicida huye por un lateral y monta en un caballo que sus cómplices habían preparado para su huida.

   Quizás pensara Booth que la muerte del presidente paralizaría la administración unionista y sus ejércitos, dando, quién sabe, una última oportunidad a las ya escasas, débiles y descompuestas tropas confederadas desde la derrota de Appomattox. Pero nada de eso sucederá.

   Herido de muerte el presidente, nada pueden hacer los doctores Leale y Taft, los primeros en atenderle, que determinan ante la previsible hemorragia mover lo menos posible al herido. Lo trasladan a un cuarto propiedad de un sastre dueño del edificio cuyas habitaciones estaban en alquiler, justo enfrente del teatro Ford. Allí llegó el doctor King, médico personal del presidente y el cirujano Joseph Barnes. Ante la gravedad de la herida, con orificio de entrada por la región occipital, sin salida, y la imposibilidad de extraer el proyectil, se limitan a vigilar y asistir al herido, tratando de aliviar su agonía. A las siete horas y veintidós minutos del día 15 de abril de 1865, el presidente Lincoln fallece. Era un Sábado Santo.

   Desde el primer momento se inicia la persecución del asesino y sus cómplices. Atendido Booth en su tobillo por el doctor Mudd, el fugitivo se refugia en la granja de Richard Garret, y hasta allí llegan los perseguidores. Conminan los soldados a Booth a rendirse, pero éste responde con su arma de fuego, entablándose un tiroteo, del que Booth resulta muerto. Un disparo en el cuello del magnicida, como revelaría la autopsia, destrozó las cervicales y médula de Booth.

   Con la muerte del asesino y la detención de los cómplices, que serían juzgados y ahorcados, parece que la historia del asesinato del 16º presidente de los Estados Unidos podría darse por terminada. Sólo el doctor Mudd, también detenido y condenado, salvó su vida por el indulto concedido por Andrew Johnson, el sucesor de Lincoln.

                                                         *

   Sin embargo, la ficción, a veces, parece querer apoderarse de la historia. En 1873, un tal John St. Helen, en trance de muerte, confesó al abogado Finis L. Bates, que su verdadero nombre era John Wilkes Booth. Según afirmó, era él quien había asesinado al presidente Lincoln. Aseguraba que el cuerpo del hombre muerto en el granero de los Garret era el de un empleado de la granja llamado Ruddy St. Helen, que sorprendido en el granero con unos documentos que Booth le había pedido le buscara, fue abatido por los soldados, confundiéndole con él. Bates no creyó de momento tan novelesco relato, que atribuyó al carácter teatral de St. Helen en momentos tan atribulados; pero el caso es que St. Helen sobrevivió a su enfermedad y poco tiempo después abandonó Texas.

   Años después, en el hotel Grand Avenue de Enid, Oklahoma, moría un hombre por los efectos que la estricnina que él mismo había comprado para quitarse la vida. Se llamaba David E. George. Era pintor de brocha gorda, y muy aficionado a la bebida. George, tres años antes había contado a la señora Kuhn una historia fabulosa. Quería hacerle creer que no era quien decía ser, que su verdadero nombre era John Wilkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln en 1865. La señora Kuhn, naturalmente, atribuyó las fantásticas declaraciones de George a su embriaguez y después de contárselo al que pronto sería su esposo, el reverendo metodista Enoch Covert Harper, dio el asunto por olvidado. Pero cuando en 1903 el reverendo Harper conoció la noticia del suicidio de George fue a ver el cadáver del difunto y reveló al embalsamador la historia que tres años antes le había contado su esposa.

   El cadáver embalsamado de George fue entregado a la funeraria de William Broadwell Penniman, que lo dejó expuesto a la espera de que alguien reclamara el cuerpo. Puesto que la espera parecía hacerse larga, Penniman decidió utilizar la momia de George como reclamo publicitario de su tienda de muebles, negocio al que también se dedicaba Penniman. Sentó al difunto en una silla, le colocó unos ojos de cristal y sujetó en sus manos un periódico. Así estuvo varios años, hasta que Finis L. Bates entró en escena de nuevo. Bates reconoció el cadáver de George identificándolo con el John St. Helen que había conocido en Texas, en 1873.

   Finalmente, Bates escribió un libro Escape and Suicide of John Wilkes Booth” y la momia comenzó un periplo de exhibiciones en exposiciones y circos durante mucho tiempo. Fue vendida, alquilada, sufrió un secuestro, felizmente resuelto con el pago del rescate. En 1931 se convocó a un grupo de médicos para determinar la autenticidad de la teoría de Bates. No se obtuvieron conclusiones claras y todo terminó en un fenomenal escándalo. De vuelta al circo, la momia de George siguió con su atribulada “vida”. En la década de los cincuenta se sabe que estaba en un sótano de Filadelfia. Después ya nada se supo de ella.

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SOCARRATS

   De entre las varias acepciones de este término valenciano tan relacionado con el fuego, quizás sea la artística la menos conocida. Socarrat es la capa de arroz que en contacto con la paella queda tostada y crujiente, delicia de los entendidos de universal plato valenciano. Por socarrats son conocidos también los habitantes de Játiva. Dicho gentilicio oficioso proviene del incendio que provocaron las fuerzas de Felipe V, cuando tras la batalla de Almansa, la población, que había sido partidaria del archiduque Carlos, fue saqueada y reducida a cenizas. Pero socarrats son también las hermosas losas de barro sin vidriar, que se cocían en los hornos de los alfareros valencianos. Tienen un origen medieval y durante los siglos XV y XVI era frecuente colocarlos como decoración entre las vigas de los techos de muchas casas y en sus aleros. También en los palacios, cuando los techos no estaban decorados por artesonados de madera, mucho más caros, se utilizaban los socarrats.


    Estaban pintados en tonos rojizos, marrones y negros, y se usaba para ello óxidos de hierro para los colores rojizos y de manganeso para los negros. Los motivos de los socarrats fueron muy variados. Los artesanos, en buena parte moriscos, los decoraban pintando con trazos gruesos formas geométricas, vegetales, animales tanto reales como imaginarios: grifos, dragones; y también figuras humanas o angelicales. De especial belleza eran las composiciones representando músicos, damas y caballeros en escenas galantes.

   Fueron muy notables los fabricados en Paterna, donde su producción fue muy abundante, aunque no exclusiva. También en la vecina Manises y otros lugares se pintaron y cocieron estas piezas. Hoy, siguiendo las técnicas ancestrales, aún se fabrican. Sin tener la utilidad práctica de otros siglos, los fabricados hoy son destinados al puro ornato, con el único fin de la contemplación de lo bello. 

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CÓMICOS

   Durante el reinado de los Austria, y especialmente durante el de los Austria menores, el teatro fue divertimento habitual de las gentes. Al principio las representaciones se celebraban en las plazas, a veces sobre tablados montados ex profeso, en ventas o posadas, en patios de palacios y casas particulares; pero ya vencida la mitad del siglo XVI las funciones comenzaron a presentarse en espacios destinados a ello. Se les llamó corrales, pues era en esos patios que separaban las casas de vecinos, en los que se acomodaba el tablado y construían pequeñas gradas y palcos, a veces protegidos por tejadillos, quedando el centro del patio descubierto y ocupado por bancos y sillas. Descendientes, si así se puede decir, de aquellos espacios son los actuales patios de butacas de nuestros modernos teatros. También, en ocasiones, se abrían ventanas en las paredes de las casas que cerraban el local, que si no eran aprovechadas por los vecinos, se alquilaban a espectadores dispuestos a pagar al propietario por acceder al mirador.

   Pero si importante era tener un lugar donde representar, para el pueblo y los grandes señores que acudían a estos corrales de comedias, las funciones que los famosos autores de la época escribían, no lo eran menos quienes las interpretaban.


   Eran muchos los intérpretes, tanto hombres como mujeres, que alcanzaron notoriedad. En bastantes ocasiones contraían matrimonio, no tanto por un cariño sincero, sino por cuanto les estaba prohibido a las actrices ejercer la farándula como solteras. Y es que las actrices eran muy perseguidas por galanes de alta alcurnia que acudían a los corrales no sólo a disfrutar de la escena, sino a la conquista de las cómicas, y se trataba con esa imposición mantener la virtud de las mismas. Fue peor el remedio que la enfermedad, si es que había tal, pues no sólo los galanteos de unos y las coqueterías de otras se sucedían, sino que los maridos resultaban a los ojos del mundo complacientes consentidores. Poco importaba que para los esposos el amor no fuera sustento del vínculo matrimonial, la burla y el escarnio recaían sobre ellos. Aunque no en todos los casos fue así: Jusepa Vaca y Juan Morales era un matrimonio de actores muy de moda durante los reinados de Felipe III y Felipe IV. Ella, según se decía, coqueta y muy perseguida por conquistadores de la nobleza; él, según aseguraban, muy celoso. Varios, cuenta el conde de Villamediana, fueron los pretendientes a los favores de Jusepa. Duques como el del Pastrana, Feria o Rioseco; marqueses como los de Alcañices, Viñaflor, Peñafiel o Villanueva del Fresno o condes como Olivares y Saldaña disputaron su favor mientras él, esposo vigilante, hizo pública la amenaza de ensartar con su acero a quien osara entretenerse con su esposa. Alguno debió darse por aludido pues durante una función, unos dicen que el duque de Medina, otros que el conde de Villamediana, desde su asiento se levantó recitándole a Morales:  

                                 Con tanta felpa en la capa
                                 y tanta cadena de oro
                                 el marido de la Vaca
                                ¿qué puede ser sino toro?

   Otro caso de matrimonio de actores, sin duda tocados por el afecto mutuo fue el formado por Miguel Ruiz y Ana Martínez, a la que todo el mundo llamaba “La Baltasara”. Estaba especializada en interpretar papeles de hombre, lo que no impedía tener una legión de adoradores. Uno de ellos era estudiante en Salamanca, y tan prendado estaba de la actriz, que dejó sus estudios para poder manifestarle su pasión en todo momento. Pero sucedió que tras una función en el corral de la Olivera, en Valencia, Baltasara, tocada por un estado de gracia espiritual, decidió sacrificar su vida a la fe cristiana, y renegando de cuantas ligerezas cegaban su entendimiento, dejó el teatro, abandonó a su marido y marchó a Cartagena para consagrar su vida al ascetismo. Fue entonces su esposo, que sin duda la quería, o al menos la necesitaba, pues fue acompañado de una figuranta de la compañía, en pos de la esposa. Pero llegados a la ermita, tratando de convencerla para que volviera al siglo, fue Baltasara la que convenció a su consorte y aun a la acompañante, que adoptaron también la vida eremítica. Años después Vélez de Guevara, con Rojas Zorrilla y Antonio Coello compusieron “La gran comedia de la Baltasara” basada en la historia verdadera de la gran actriz.

   Y hablando de grandes actrices, no se puede pasar al capítulo de los actores sin nombrar a la más famosa de todas, María Inés Calderón, de la que ya se dijo algo en “El hermano mayor del rey”. Porque ese hermano mayor de Carlos II fue Juan José de Austria fruto de los amoríos del rey Felipe IV con “La Calderona”. Cinco años duraron aquellos amores, que obligaron a la renuncia de un marido y un pretendiente de alta cuna, y finalizaron con la comedianta en un convento.

   También entre los hombres hubo histriones de mucha fama. Entre los más notorios, si no el que más, cabe recordar a Juan Rana, al que apodaban así, con evidente sorna, por su supuesta aversión al agua; aunque su verdadero nombre fue Cosme Pérez. Era tenido por el más chistoso de los cómicos. Tal era su gracia, que era salir a escena y antes de pronunciar palabra el público reía y aplaudía a rabiar. Él, que lo sabía, se permitía, como los bufones o los enanos de palacio, hacer ingeniosos comentarios que a nadie se le habrían tolerado. Tanto éxito tenía, que los más célebres comediógrafos del Siglo de Oro escribían obras exclusivas para él, en especial entremeses, que titulaban con el nombre del actor: Los dos Juan Rana, El desafío de Juan Rana o Juan Rana toreador fueron escritas por Calderón de la Barca para él; Benavente, maestro del entremés, le escribió El doctor Juan Rana. Muchos otros hicieron lo mismo.

    Su última intervención se produjo durante el reinado de Carlos II. En el cumpleaños de la reina madre, Mariana de Austria, se representó el entremés de Calderón, El triunfo de Juan Rana, en el que el propio actor, ya retirado, mermado en sus facultades y tan mayor que apenas podía moverse, se interpretó a sí mismo en el papel de estatua. En 1672, Cosme Pérez moría en su madrileña casa de la calle Cantarranas, hoy, y desde 1844, de Lope de Vega.

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EL DONANTE

   Siempre la presencia del donante representado en las obras de arte ha parecido la de una figura contradictoria con la humildad. Si bien al principio, durante los años del gótico, el donante se mostraba en un lugar secundario, habitualmente arrodillado, en situación orante y con un tamaño claramente menor al de las figuras religiosas que componían la escena, con el paso del tiempo el donante fue ganando tamaño, afirmando ante los hombres su capacidad y su estatus social. Fue con el Renacimiento y ya bien entrado el siglo XVI, y más aún en los siglos siguientes, cuando los nobles y los ricos comerciantes igualaron si no superaron a la propia Iglesia en los encargos de obras de carácter religioso. Se hacían retratar en las obras que encargaban, y así ser reconocidos y trascender como mecenas y bienhechores de los templos a los que eran destinadas las obras.

   El cuadro que ilustra este texto es obra de Luis de Morales, pintor pacense conocido como “El divino”, por la mucha producción religiosa a la que dedicó su arte. Este “Calvario” es conocido también como “El Crucificado y don Francisco Roca revestido con hábitos de coro”, pues ese era el nombre del personaje que arrodillado ocupa la parte derecha de la tabla.

Calvario, de Luis de Morales.
Museo de Bellas Artes de Valencia.

   Don Francisco Roca era miembro de una familia asentada en Gandía y Valencia perteneciente a la pequeña nobleza. Había nacido en 1507, muy probablemente en Gandía, de cuya Colegiata fue deán, y ya establecido en Valencia, canónigo de su catedral. Beneficiado por el papa Paulo III, obtuvo crecidas rentas con las que favoreció a sus muchos sobrinos y contribuyó con generosas aportaciones a la fundación del Monasterio de San Juan de Ribera, y a mejorar el convento de San Cristóbal de Valencia. En este convento profesarían algunas de sus sobrinas como monjas y en él también ordenaría erigir el sepulcro de los Roca, donde serían enterrados algunos miembros de la familia.

    Aunque el cuadro mostrado parece un claro ejemplo de donante retratado, a cuyas expensas se realiza la obra, este óleo sobre tabla con don Francisco Roca, indudablemente donante de muchos bienes a los templos valencianos durante su vida, fue en realidad cumplido y agradecimiento de las monjas agustinas del convento de San Cristóbal, al que tanto benefició en vida, cuando el canónigo a sus 74 años falleció el 16 de octubre de 1581, disponiendo las sores fuera colocada la tabla en el altar mayor de la iglesia conventual.

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DIMISIONES

   Si el lector de este artículo pensara que en las siguientes líneas se van a exigir dimisiones andaría errado. Es de las dimisiones presentadas y de las causas que las motivaron, que las hubo muchas y variadas en el pasado, de lo que aquí se va a poder leer, y no de las que no se producen hoy, aun habiendo tantas y tan diversas razones como entonces para que se den.

   Los ceses que sucedían por mandato de quienes estaban por encima del destituido también eran frecuentes. Y no siempre estos ceses nacían de la incapacidad de los cesados. En estos casos, a veces, se producían avisos espontáneos que alertaban al desprevenido, como sucedió en 1834 cuando se produjo el relevo en la presidencia del Consejo.

   En los últimos meses del reinado de Fernando VII era jefe del gobierno don Francisco Cea Bermúdez.  Había sido nombrado este político y diplomático malacitano, a la vuelta de su embajada londinense, para hacer frente al pretendiente Carlos María Isidro.

   En septiembre de 1832 disfrutando el rey del periodo estival en la Granja, enfermó de gravedad. Fernando VII había tenido con su cuarta esposa María Cristina de Borbón dos hijas, Isabel y Luisa Fernanda, y considerando casi imposible un nuevo vástago varón a la vista del achacoso estado del monarca, el ministro Calormarde, afecto a don Carlos, pretendió con la firma del moribundo rey la derogación  de la Pragmática Sanción. Se privaba así, para el futuro, a la pequeña Isabel del trono, para evitar, decían, una guerra segura por la posesión de la corona de España. Pero el intento fracasó, en episodio que la histografía ha difundido profusamente por su bizarría, y tanto don Carlos como Calomarde fueron alejados de Madrid.

   Al morir el rey el 29 de septiembre de 1833, la reina María Cristina confirmó en el cargo a Cea Bermúdez. Trató Cea, fiel a la reina, de oponerse tanto a los liberales, libres de la persecución ya, como al Pretendiente, que desde el manifiesto de Abrantes, aún caliente el cuerpo de su hermano, y otros decretos posteriores, se hacía llamar Carlos V y reclamaba para sí el título de rey. Apenas un día después del manifiesto hubo un levantamiento carlista en Talavera de la Reina, al día siguiente fue Bilbao la que se pronunció. Después Navarra, Logroño y otras regiones y ciudades se alzarían en favor del Pretendiente. Comenzaba una guerra civil entre Cristinos y absolutistas carlistas.

   Mientras, Cea, de pensamiento absolutista, se había mostrado condescendiente con Miguel, el rey de Portugal, al contrario que con don Pedro, mejor visto por los liberales y por la propia María Cristina. Miguel había estado prestando ayuda a don Carlos, desterrado en aquel país entonces, y María Cristina, tras consultarlo con su consejeros más próximos, tomó la decisión de sustituir a Cea en la presidencia del Consejo.

   Determinada la reina al cese, pero sin saberlo aún Cea, alguien debió filtrar las intenciones de María Cristina, y una noche en la que se celebraba en el palacio de Villahermosa un baile de disfraces, concurrieron al mismo tres personajes disfrazados de arlequín. Cada uno de ellos llevaba escrito en la espalda una de las letras que componen el apellido del Presidente. Y mientras evolucionaban los participantes en la fiesta al son de la música, los arlequines, en un paso del baile, se aproximaron formando la palabra CEA, para en el siguiente, cambiar su posición y dejar que todo el público pudiera leer la palabra CAE.  El caso fue sonadísimo, tanto por la audacia de los protagonistas como al conocerse las identidades de alguno de los atrevidos arlequines, pues entre ellos se encontraban Ventura de la Vega y José de Espronceda.

   Pero hubo un tiempo en que las dimisiones de los políticos españoles no se hacían esperar tanto. El genio que exhibían al ejercer sus cargos, la dignidad de los dimisionarios o el escaso apego al sillón, causas ahora inimaginables, los hacía renunciar con una frecuencia que hoy nos parece asombrosa, quien sabe si convencidos de que en el futuro nuevas oportunidades se les presentarían.

   Una dimisión debida al temperamento sanguíneo del protagonista la encontramos en el general Narváez, personaje principal en la historia de España durante buena parte del siglo XIX.

   El 30 de diciembre de 1850 se celebra sesión en el recientemente inaugurado Palacio de las Cortes de la Carrera de San Jerónimo. Habla don Juan Donoso Cortés, amigo personalísimo, pero disidente con la forma de llevar los asuntos públicos, de Narváez, jefe del Consejo del Ministros. Aunque ya era víctima el duque de Valencia de anteriores críticas, el discurso del amigo hirió profundamente al presidente. Salió en su defensa Martínez de la Rosa, reconocido orador, que se creyó vencedor en aquel duelo de la palabra; mas cuando al cabo quiso confortar a don Ramón de la puñalada recibida, diciéndole: “La victoria ha sido nuestra”, el ánimo del presidente estaba tan afectado, aunque su genio tan vivo como siempre, que no tuvo por respuesta más que un “Pues disfrútela usted, porque esta misma noche presento mi dimisión a la Reina”. No era ésta la primera dimisión de don Ramón, ni sería la última, como tampoco de las que se le presentaron y no aceptó.

                                                         *

   No mucho después, tras la Vicalvarada, pronunciamiento que puso fin a la década moderada, que sacó al veterano Espartero de su retiro logroñés para inaugurar, como presidente del Consejo, un bienio progresista con el liberal Leopoldo O’Donnell, se produjo otra sonada dimisión. No encajaban bien el duque de la Victoria y el conde de Lucena. En el mes de julio de 1854 habían aparecido juntos en el balcón del alojamiento del duque, dándose ambos generales un fraternal abrazo, cuando tan poco tenían en común, salvo su condición de espadones. Conforme pasaba el tiempo las diferencias se hacían más patentes. Tampoco la reina se hallaba cómoda. Ni gustaba a la soberana la desamortización de Madoz, que a regañadientes había firmado, ni los enfrentamientos entre moderados y progresistas.

El general Espartero. Anónimo siglo XIX.
Museo Palacio de Cervelló (Valencia)

     En 1856, agotado el proyecto progresista, cada vez más fuerte la Unión Liberal de O’Donnell, se reúne el Consejo de Ministros con asistencia de la reina. A cuenta de los desórdenes y el modo de atajarlos se produce una agria disputa entre Patricio de la Escosura, ministro de la Gobernación, y O’Donnell.
   Viendo imposible la avenencia, Escosura espeta a O’Donnell:
   ─Es evidente, don Leopoldo, que en este gobierno no cabemos los dos─, y anuncia su dimisión.
   No se queda atrás O’Donnell, que dimite también.
   Espartero, el jefe del gobierno trata de mediar, y advierte:
   ─ Si persisten en su postura y no se arreglan, también yo dimitiré.
  Surge entonces una oportunidad para la reina, que viendo en pie a Escosura camino de la puerta, le acepta la dimisión.
   Es entonces cuando también Espartero se dirije a don Patricio:
   ─Escosura, espere, que nos vamos juntos.
   ─Pues O’Donnell no me abandonará─ dicen que se le oyó decir a la reina.
   Y así fue.

                                                        *

   Quedó dicho al principio que también ha habido dimisiones que presentadas no se llegaron a producir. La protagonizada por el general Narváez, de cuyo carácter ya sabemos, es de las más conocidas.

   No hacía mucho que el duque de Ahumada, el segundo que llevaba ese título, había fundado la Guardia Civil. Era, es este Cuerpo paradigma del honor. Lo dice su propia cartilla y Reglamento desde 1844, año de su fundación: “El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil, debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás”. También debe ser “prudente sin debilidad, firme sin violencia y político sin bajeza”. Y así debió ocurrir, cuando en cierta ocasión, yendo el general Narváez, a la sazón jefe del gobierno, camino del teatro en coche de caballos, embocó una calle por cuyo paso estaba encargado de prohibir el tránsito un guardia civil. Mandó detener el carruaje el guardia, y de inmediato Narváez, irritado, exige se le franquee el paso, sin que el guardia ceda ante el imperio del general.
   Pide pues el Presidente al agente su nombre, y al día siguiente hace llamar a su despacho al duque de Ahumada, jefe del guardia. Narváez le ordena el inmediato traslado del atrevido guardia, pero el duque, tranquilo, deja su bastón sobre el escritorio del Presidente y contesta:
   ─No haré tal cosa, pues el guardia no hizo sino cumplir con su deber; ahora bien, ahí está mi bastón de mando; quien me suceda que ordene el traslado.
   A lo que el espadón, entregando un cigarro al duque, contestó:
  ─Tome, déselo al guardia de mi parte, y usted recoja su bastón; nadie es más digno que usted para llevarlo.

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UCLÉS

   El viajero que cruza tierras castellanas, ve a lo lejos el Monasterio de Uclés y decide verlo de cerca. Cuántas veces, de paso por la antigua carretera general entre Valencia y Madrid, atisbó el viajero, en la lejanía, la negra torre de pizarra del monasterio que anunciaba una imponente construcción. Y como imán atrayendo virutas metálicas, así se vio el viajero rodando en su automóvil, camino del conocido como Escorial Chico.

   Lo que hoy hay es obra de la Orden de Santiago, que construyó sobre lo que en tiempos de reconquista fue castillo de frontera erigido por sarracenos. El viajero ha ido sabiendo que allí hubo batalla grande, la de los Siete Condes, en la que perdió la vida, a cambio de nada, un infante de Castilla. Tuvo que ser el octavo de los Alfonso, el héroe de las Navas de Tolosa, quien liberara Uclés del yugo almorávide.

   La orden de Santiago estableció allí su “caput ordinis” encargando a reputados arquitectos y artistas la edificación que el viajero ve. La Iglesia, sobria como corresponde a la obra de Francisco de Mora, el aventajado discípulo de Juan de Herrera, y de proporciones más que medianas, como debe ser habiéndola hecho quién fue epígono del hacedor de la que dicen es octava maravilla de mundo. 


   De la iglesia quiere contar el viajero que, además de sus puras líneas renacentistas, de los elementos arquitectónicos que la embellecen o de algunos pocos, de los muchos que hubo, objetos suntuarios, están en ella los restos de Jorge Manrique, noble de la casa de Lara, y poeta que compuso las famosas Coplas a la muerte de su padre, el maestre don Rodrigo Manrique. Fue don Rodrigo muy influyente personaje que participó en la Farsa de Ávila, aquella pantomima en la que se entronizó al joven infante don Alfonso, medio hermano del rey Enrique y hermano completo de la futura Isabel la Católica. Fue también Gran Maestre de la Orden de Santiago. Y aunque se sabe que las cenizas de don Rodrigo, como las de su hijo, están en la iglesia del monasterio, nada se sabe del lugar exacto en el que se encuentran.

   El viajero, aunque mediterráneo de carácter, admira por igual las sobriedades herrerianas de la renacentista iglesia, con sus líneas puras, y las del exuberante barroco del brocal del aljibe, obra pequeña, esencia de la filigrana pétrea, en el centro del patio porticado, en cuya panda Sur se abre una monumental escalera, tipo imperial, donde ¿cómo no?, un cuadro del apóstol Santiago el Mayor en la Batalla de Clavijo, a lomos de su montura blanca, blandiendo su espada, adorna uno de sus rellanos. Pintado por la mano de Antonio González Ruiz, que fue pintor de cámara de Fernando VI, no es el único lugar en el que Santiago Matamoros exhibe su icónica figura. Quizás el viajero debiera haber comenzado a contar que en la fachada principal, lugar de entrada al monasterio, remata su churrigueresca traza la efigie del santo patrón de España, anunciando que el lugar, es o fue la cabeza de la Orden de Santiago. Pero tampoco es mal momento contarlo al salir y abandonar el lugar, en una última mirada, antes de deslizarse por las rampas que discurren desde la explanada hasta la villa.

                                                     *

   Pensaba el viajero guardar para sí, por considerar que despertaría poco interés en el lector, lo visto en el pequeño pueblo de Uclés, que hoy alcanza poco más de 200 habitantes, y cuyo devenir en la historia no es posible separar del seguido por el monasterio que le da sombra. Pero caminando por la villa y conocidos algunos de los acontecimientos ocurridos y la existencia de alguno de sus hijos, se ha visto impulsado a contar algo de lo que ha ido aprendiendo durante su paseo. 

   Poco dirá de los lejanos tiempos en los que la población pasó por el gobierno de distintos señores sarracenos, fue conquistada por reyes cristianos y recuperada por los agarenos, hasta que de nuevo cristiana, se comenzó a construir el monasterio, del que el viajero ya ha dicho algunas cosas.

   Pero sí hablará de hechos más recientes. Porque si en algún momento el infortunio castigó a los habitantes de Uclés, fue cuando durante la guerra contra el francés, las tropas invasoras exhibieron la crueldad que nadie podía esperar de los hijos de una nación culta.


   Se habían replegado las tropas españolas del general Venegas, pensando el general ser Uclés lugar ventajoso para la defensa. El 13 de enero de 1809, desde su atalaya en el convento santiaguista, Venegas se disponía a dirigir la lucha que sobre el llano entre el pueblo de Tribaldos y Uclés iba a enfrentarle a las superiores en número del mariscal Victor. Pronto se verían arrollados los españoles por el empuje de los franceses, y retrocediendo aquellos hacia Uclés, enseguida, con un Venegas herido, aunque levemente, iniciaron los españoles la retirada, casi en desbandada. Pocos fueron los que lograron huir, y aún estos perseguidos por el mariscal francés. Quedaba la Villa de Uclés abandonada a su suerte.

   Y si penosa fue la derrota militar, más lamentable fue el castigo infligido por los vencedores sobre los civiles. Escarnecidos los frailes del monasterio, muchos fueron ahorcados. Parecida suerte corrieron las gentes de la villa. Degollados muchos hombres, tampoco las mujeres se libraron de la indignidad de los embrutecidos saqueadores. Algunas fueron, después de ultrajadas, quemadas vivas. Todo quedó arrasado. Arruinados los edificios públicos, los archivos municipales recogieron después lo sucedido con expresiones que no dejaban duda sobre las atrocidades cometidas.

   El manuscrito R 62665 conservado en la Biblioteca Nacional  relativo a La entrada bárbara, sangrienta y abominable de las tropas francesas en Uclés no puede ser más esclarecedor de los hechos: “(…) entraron en la villa los insolentes enemigos, y apoderados de las plazas, calles, conventos y casas empezaron el mas horrible saqueo de que no habra exemplar en la historia (…). No saciada su codicia y barbarie con el robo y el fuego, cogieron 69 personas, entre ellas tres sacerdotes, tres conventuales de la Orden de Santiago, tres frayles del Carmen Calzado, tres monjas del mismo instituto y varias mugeres, y les degollaron con la mas horrorosa inhumanidad”.

   El viajero pasea por la plaza Pública, que así se llamó hasta que le cambiaron el nombre por el de Pelayo Quintero. En ella está el ayuntamiento, la iglesia de Santa María, de construcción reciente, donde estuvo la anterior iglesia del siglo XVI, y aun antes, según se dice, una mezquita. La plaza tiene, además, la escultura con el busto del insigne ucleseño que desde 1925 le da nombre. Gusta mucho al viajero comprobar cómo la villa se siente orgullosa de uno de su más distinguidos hijos y por ello, ha indagado, siquiera muy superficialmente, la justa causa de admiración por parte de sus vecinos. Ha sabido, pues, el viajero, que don Pelayo Quintero Atauri nació en 1867, que estudio Derecho y también dibujo en la Escuela Superior de Pintura y Grabado, y que gracias a un tío suyo, Román García Soria, el gusanillo por las cosas antiguas y la Arqueología, ciencia de la que llegó a ser gloria, se apoderó de él. Fue también académico de la Real Academia de la Historia, cronista oficial de Uclés, y en Cádiz, a donde se trasladó, Director del Museo Provincial de Bellas Artes y delegado de la Junta Superior de Excavaciones, además de otros muchos cargos que ahorrará el viajero enumerar para no aburrir.



   Aunque, para terminar, el viajero contará una curiosidad sobre una de las investigaciones llevadas a cabo por Quintero. Había sido descubierto en Cádiz, en 1887, un sarcófago de época fenicia, datado hacia el año 400 a.C. El sarcófago, de gran valor arqueológico, pertenecía a un varón con su cara labrada en mármol y don Pelayo, ya en la Tacita de Plata, dirigiendo excavaciones posteriores, señaló la convicción de que en algún lugar próximo al sarcófago encontrado debería encontrase otro de la misma época, pero con la efigie y los restos de una mujer, pues afirmaba era costumbre que piezas de esa calidad fueran encargadas por un matrimonio. Afanose don Pelayo en la búsqueda durante años, encontrándose en las sucesivas excavaciones multitud de enterramientos antiguos, pero ninguno pareja del descubierto en 1887. Destinado don Pelayo al protectorado marroquí, partió hacia Tetuán sin haber encontrado el ansiado sarcófago tanto tiempo buscado. Allí fundó el Museo Español de Tetuán, y en aquellas tierras  falleció en 1946.

   En 1980, durante las obras de cimentación de una obra en Cádiz, algo llamó la atención de los operarios. Desenterrado lo tapado por la tierra durante dos mil cuatrocientos años, apareció un sarcófago con rostro de mujer. Acaso fuera el tan larga como infructuosamente buscado por don Pelayo Quintero, que nunca encontró, porque nunca pensó que el lugar donde se hallaba oculto era la tierra que había bajo la casa que él mismo habitó durante su estancia en Cádiz.

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MAXIMILIANO, ¿EL EMPERADOR QUE VIVIÓ 104 AÑOS?

   Trieste, 10 de abril de 1864. En el palacio de Miramar con el boato acostumbrado de una entronización, pero sin el entusiasmo propio del acto, es declarado el archiduque Maximiliano de Austria emperador de México. El nuevo emperador, acompañado por su esposa, la princesa Carlota de Bélgica, y presente la delegación mexicana encabezada por don José María Gutiérrez de Estrada, que ofrece el cetro al archiduque austríaco, acepta el trono y la ayuda económica y militar que otro emperador, el francés Napoleón III, inspirador del proyecto, le ofrece. Por fin, Napoleón III ha conseguido su propósito largamente perseguido: colocar un peón afín a Francia en el continente americano que haga frente, tras la independencia mexicana de España, a las ansias expansionistas estadounidenses.

   Había visto México reducidos en los treinta años anteriores la superficie mexicana a la mitad, primero con la separación de Texas, que se unió después a los Estados Unidos, luego con la cesión, por el oneroso tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, de los actuales estados de California, Arizona, Nuevo México, Utah, Nevada y Colorado, y por fin con la cesión de La Mesilla, un territorio al sur de Arizona de superficie similar a la de Andalucía, vendido por Santa Anna, en 1853, por quince millones de pesos, al gigante del norte.

   No fue la aventura mexicana venturosa para Maximiliano. Su imperio enfrentado a los republicanos de Benito Juárez, fue al fin abandonado por Napoleón III, incapaz éste de mantenerlo en el poder, o borrado el sueño de mantener su influencia en América, una vez liberados los Estados Unidos de la carga que suponía su propia guerra civil.  Solo, Maximiliano, entre derrota y derrota, osciló su voluntad entre resistir o abdicar. 

  En febrero de 1867, Porfirio Díaz, general de las fuerzas republicanas, amenaza Puebla, y Maximiliano decide dejar la capital y refugiarse en Querétaro con las fuerzas monárquicas. Había tenido el emperador antes la oportunidad de abdicar y ponerse a salvo, antes de que el fin, que se vislumbraba próximo, convirtiera su destino en irreversible tragedia, pero tras dudar si dejar México y volver con Carlota, ya declarada loca, a su querido Miramar, optó por resistir. Aún tuvo Maximiliano una segunda oportunidad para eludir un fatal desenlace. Juárez, a punto de quedar sitiado Querétaro, le brinda la ocasión de marchar sin daño. Pero era tarde ya. Quizás el emperador, que ya casi no lo era más que de nombre, no podía más que afrontar los hechos con la dignidad de su título. Refugiado con los generales Mejía y Miramón resistirá poco tiempo, siendo capturado el 15 de mayo. De inmediato, en el Teatro de Iturbide de Querétaro, comenzó el juicio, en el que, por un tribunal militar, fue acusado, entre otros cargos, de violar la Constitución de 1857, adoptar un título inexistente en México o de promulgar el decreto por el que se condenaba a muerte a quien se enfrentara al Imperio.


La Constitución de 1857, de carácter liberal, era la vigente
 al ocupar Maximiliano el trono mexicano. Una de las  acusaciones
que pesaron sobre el emperador en el consejo de guerra al que
 se le sometió, fue la violación de dicha Constitución.


   Muchos e intensos fueron los intentos por salvar la vida del archiduque. Los Estados Unidos, por medio de su Secretario de Estado William Seward, y Prusia pidieron clemencia para Maximiliano. También Francisco José, hermano del condenado, solicitó el perdón, al tiempo que cartas escritas por Víctor Hugo y Garibaldi pidiendo lo mismo resultaron inútiles, pues llegaron a México cuando el emperador había sido ejecutado.

   El 19 de junio de 1867, de madrugada, Maximiliano oye misa. La canta el obispo don Manuel Soria. Luego desayuna con los generales fieles. A las seis y media de la mañana es llevado al Cerro de las Campanas. Allí será fusilado. Pide a los soldados del pelotón que apunten a su pecho. No quiere que su madre, cuando su cadáver sea entregado a su familia, vea su rostro desfigurado, y entrega a cada soldado una moneda de oro. Después, en un gesto de generosidad y agradecimiento a Miramón, se coloca a un lado, cediendo el centro al general. Poco después tronaron los cañones de la fusilería y el Imperio Mexicano llegó a su fin.

                                                       *

 Las circunstancias de la ejecución, posterior cuidado del cadáver del archiduque y la misteriosa aparición, poco después, de un enigmático personaje en la República de El Salvador, han dado pábulo a la especulación.

  Varios autores han escrito sobre la ejecución de Maximiliano, que iba a ser pública, pero que apenas tuvo testigos; que el pelotón de fusilamiento estaba integrado por soldados y campesinos que no conocían a Maximiliano, a los que se les prestaron uniformes, razón por la que era tan heterogénea la altura de los soldados y que les cayeran tan mal los uniformes; que no hubiera fotografías del fusilamiento y que todo se hiciera con precipitación e incluso, que un negligente  embalsamamiento del cadáver lo tornara en prácticamente irreconocible meses después, incluso por su madre, cuando al llegar los restos del archiduque a Austria en enero de 1868, negó que fuera el cuerpo de su hijo. Quizás, la intención de privar al emperador derrocado de cualquier halo de heroísmo en el momento de su muerte estuviera detrás de todo ello.

   Hay un famoso cuadro de Manet recreando el fusilamiento, en el que el rostro del emperador, situado en el centro, aparece borroso, en contraste con la nitidez de sus compañeros, los generales fieles; y aunque es cierto que no hubo fotografías del momento de la ejecución, sí hubo fotografías de su cadáver. Francois Aubert, fotógrafo de Maximiliano, fue su autor, y aquellas fotografías, en el formato conocido como tarjetas de visita, se vendían por dos pesos, y fueron muy populares.

   También el hecho de que Juárez y Maximiliano fueran masones, se esgrime por algunos como razón para salvarlo de la muerte, pero lo cierto es que no está acreditado que el emperador lo fuera, habiendo incluso testimonios que lo niegan.

   De las anteriores circunstancias surgieron especulaciones y de la aparición en El Salvador de un personaje misterioso el mito. El caso es que hacia 1870 ya se había presentado en dicho país un hombre enigmático. No se sabía nada de él, ni él decía mucho de sí mismo. Era de tez y ojos claros, muy educado, de buenos modales, culto y conocedor del protocolo. Hablaba el alemán y otros idiomas europeos, y decía llamarse Justo Armas, pues, según manifestó en testamento por él otorgado en 1922, una rica familia de origen español con dicho apellido lo había acogido y educado, tras ser rescatado del cautiverio que sufrió de los indios cuando fue apartado de niño de una señora y un clérigo austríaco que vivían en un Texas aún mexicano.

   Parece ser que al llegar a El Salvador, impolutamente vestido de blanco, pero descalzo por una promesa hecha a la Virgen que le salvó de una muerte segura, le acogió y promocionó don Gregorio Arbizú, vicepresidente del país, masón, ocupándose de los encargos que sobre asuntos protocolarios y relaciones públicas, se le encargaban por parte de la alta sociedad salvadoreña, haciendo uso de una enorme cantidad de objetos suntuarios, muchos de los cuales procedían, nadie sabe cómo, de los que el emperador Maximiliano había dispuesto en sus palacios.

   El mito despierta la curiosidad, a veces de modo más intenso que la propia historia. Si era Armas el emperador que, como algunos han defendido, Juárez permitió escapar de la muerte, o si fue, más probablemente, como apuntan otros, uno de sus ayudantes, huido tras la ejecución de Maximiliano, es parte del mito. Sirva éste para conocer la historia, los hechos comprobados, y aventurarnos por los  enigmas que la misma historia no es capaz de explicar.

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