EL FIN DE UNA DINASTÍA

   De los muchos pueblos y reyes que habitan y gobiernan en el Asia Menor los Heráclidas gobiernan Lidia desde hace veintidós generaciones. Ahora, a finales del siglo VII a. C.,  en su capital, Sardes, es Candaules el tirano que la rige.

   Candaules está casado y muy enamorado de su esposa. La considera la mujer más bella de cuantas existen. Tiene además Candaules un valido de nombre Giges, que atiende cuantos asuntos de importancia le confía el rey y cómo no, escucha los elogios que sobre la belleza de la reina le hace; pero Giges, discreto, guarda siempre silencio, escucha y calla. Cierto día Candaules, creyendo que el silencio de Giges supone una duda sobre la incuestionable belleza de la reina, le propone verla desnuda y convencerse así, no por lo oído sino por sus ojos, de aquello de lo que el rey está tan seguro.
   ─Mi señor ─contesta Giges─, no creo sea conforme a la ley ver desnuda a mi señora, tu esposa. Estamos de acuerdo en que cada uno debe conformarse con mirar lo suyo; sin su ropa, ante otro que no sea su esposo, la mujer pierde el decoro. No me pidas, porque no hace falta, que contemple desnuda a tu esposa, pues sé que es la más hermosa de las mujeres.
   ─No temas, mi buen Giges, pues no te estoy poniendo a prueba ─le contestó Candaules─; y nada temas tampoco de la reina, pues no sabrá nada del asunto y nada habrá de reprocharte. Yo te esconderé en mi alcoba, cerca de la puerta, verás cómo se desnuda, se acerca al lecho y ya en él, entretenida, podrás salir sin ser visto.

   A regañadientes, pero sin más remedio que hacer lo que su rey le pide,  Giges se esconde en la alcoba real, junto a la puerta, donde el rey le indica. Desde allí ve cómo la reina se despoja de sus ropas, camina desnuda hasta el lecho y se introduce en él; pero al escabullirse y cruzar la puerta la reina lo descubre; pero calla.

Odalisca. Joaquín Sorolla. Museo de Bellas Artes de Valencia

   Pasada aquella noche la reina hace llamar a Giges y le habla así:
   ─Sabes que es gran ofensa entre nosotros lo sucedido. Tú me has visto desnuda, y ha sido por culpa de mi marido. Así que tendrás que seguir uno de estos dos caminos: matar al rey, tomarme a mí por esposa y ser el nuevo rey, o morir tú mismo, pues no puedes seguir viviendo después de haberme visto desnuda, salvo como rey y esposo mío.

   Giges se disculpa por lo sucedido, trata de convencer a la reina de que olvide el asunto, pero ésta inflexible, se mantiene firme en sus exigencias y amenazas. No tiene el privado de Candaules más opción que someterse y puesto que no desea morir, será Candaules quien pierda la vida asesinado, y en el mismo tálamo real. Así lo dispone la reina, que le entrega una daga con la que consumar el crimen y así se dispone a ejecutarlo Giges.

   Escondido en el mismo lugar en el que ya estuvo, espera que Candaules duerma y es entonces cuando acercándose le apuñala. Por su estupidez Candaules ha perdido a su esposa, su reino y la vida, pero no el amor de su pueblo que no ve con buenos ojos cómo el antiguo privado se encumbra en el lecho de la reina y en el trono de los lidios, que alzados en armas están dispuestos a enfrentarse a Giges y sus seguidores.

   Para tratar de resolver el pleito sin violencia, los partidarios de Giges y sus contrarios acuerdan someter el litigio al oráculo de Delfos. Convienen que si el oráculo da la razón a los heráclidas Giges les restituirá el gobierno sobre el reino, más si lo confirma a él, aquellos se allanarán. Y así sucedió. Cuando el oráculo habló confirmó a Giges como rey de los lidios, llegando a paz a aquel pueblo, comenzando el gobierno de una nueva dinastía, los Mérmnadas. 
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EL BESO

   Sometido el rey Fernando a la voluntad imperial y entregado a la vida regalada que Talleyrand le proporciona en su castillo de Valençay, el único anhelo del pueblo español es la marcha de España de José Bonaparte, el rey intruso, y el retorno de Fernando, el Deseado. No saben los españoles que pronto tendrán a su rey de vuelta. Napoleón, al que no le han ido bien las cosas en los últimos tiempos, ni en España ni en el Norte de Europa, donde la línea del Rhin se ve amenazada, necesita las tropas asentadas en España para reforzar otros frentes. Por medio del conde de La Forest, José Bonaparte conoce las intenciones de su hermano: “Su majestad juzga conveniente terminar los asuntos de España. Está dispuesto a colocar en el trono al príncipe Fernando”.

   No es que Fernando se muestre entusiasmado por su pronto regreso, a tenor de lo dicho poco antes: “Estoy bajo la protección del Emperador y me resigno a cuanto la Providencia quiera hacer de mí; y que contento con mi actual situación, pasaría el resto de mi vida en Valençay, si preciso fuera”, pero es muy posible que una mezcla de egoísmo, astucia, falta de escrúpulos y doblez en sus palabras siempre, le llevaran a manifestarlo así sin sentirlo.

   El 22 de marzo de 1814 Fernando VII entra en España. Habíase firmado el 11 de diciembre anterior el tratado de Valençay, por el que las tropas de Napoleón abandonaban España, se reconocía su independencia y a Fernando como su rey, al que ahora, libre de su cautiverio, al cruzar la frontera, acompaña buena parte de aquella corte aduladora y perezosa que le había distraído en Valençay a la que poco a poco se unían otros muchos. Entre ellos el intrigante Escoiquiz.

El 24 de marzo de 1814, Fernando VII cruza el río Fluviá
por este puente de Besalú. Durante todo el recorrido
el entusiasmo por el retorno del rey es constante.






 
   Poco tarda Fernando en comprobar lo que él mismo suponía y sus consejeros más próximos le aseguraban. Le llaman “el Deseado” y confirma dicho sentir la aclamación que le dispensa el pueblo. El paso por Gerona y Tarragona, camino de Valencia, es un clamor. En Reus, contra la opinión de la Regencia, el rey a ruegos del general Palafox, retrasa la llegada a Valencia y se dirige a Zaragoza. Tras comprobar allí también la entrega del pueblo que tan valientemente resistió el embate francés, se dirige por fin a Valencia. En el camino, próximo a su destino, se unen a la comitiva real importantes personajes: los duques del Infantado, Frías, Osuna y San Carlos; unos partidarios de la firma de la constitución, otros de lo contrario.

   Pero el rey, que en lo más profundo de su ser anida el absolutismo más intransigente, al llegar a Valencia comprueba una vez más la incontenible euforia del pueblo. El entusiasmo de las gentes y la presentación de “El manifiesto de los persas”(1), un escrito firmado por un grupo de diputados adeptos, en el que se repudian los logros obtenidos desde 1808 y especialmente desde 1812, tras la firma de la Constitución de Cádiz, terminan por disipar cualquier duda sobre su proceder futuro. Y el manifiesto que en realidad es una mirada al siglo XVIII, al antiguo régimen, y una venda en los ojos ante los nuevos tiempos del siglo XIX, escrito y hecho, pues, a la medida del nuevo dueño de España, envalentona al cobarde Fernando.

   Y tanto. En las proximidades de Valencia, reciben al monarca el general Elío, Capitán General, y el Presidente de la Regencia, el cardenal don Luis María de Borbón Vallabriga, hermano de la desgraciada esposa de Godoy, la condesa de Chinchón. El primero contrario a que el rey firme la Carta Magna de Cádiz, el segundo, dado su carácter liberal, de que lo haga.


El 17 de abril de 1814, el general Francisco Javier Elío y Oloriz,
Capitán General de Valencia, y sus oficiales juraron ante el rey
mantener la plenitud de sus derechos.

  Durante el encuentro con el cardenal, Fernando VII ensoberbecido por la adulación del cortejo que le acompaña y el enardecido pueblo que le aclama, le tiende la mano. Don Luis, que preside la Regencia es también cardenal arzobispo de Toledo y Primado de España. Ante el gesto del rey, duda. Fernando impaciente se violenta. El cardenal parece quedar paralizado por la exigencia. La situación es de enorme tensión. Con imperioso ademán el rey insiste y grita exigente al Primado: “Besa”.

   Don Luis, humillado, pone su rodilla en tierra y besa la mano del rey. Es el principio de un nuevo reinado absolutista. En Valencia, el 4 de mayo de 1814, en la víspera de su partida hacia Madrid, Fernando VII firma el decreto que establece la monarquía absoluta. Mal aconsejado y carente de las cualidades del buen gobernante, muy pronto dejará de ser el Deseado.


(1) El nombre del manifiesto, como el propio documento indica en su artículo 1, resulta de una antigua costumbre persa: “Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor".

Nota: La disipada vida de Fernando VII y su pequeña corte en el castillo de Valençay fue contada en “Vie de Château”.

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LOS RAPTOS EN LA ANTIGÜEDAD

   De todos los vaivenes a los que la máquina del tiempo nos ha sometido en estos viajes por la historia es posible que sea éste uno de los que a mayor distancia nos haya llevado nunca, tanto que al detenernos en él la fantasía se entremezcla con la realidad en proporciones tan inciertas que es difícil saber si nos movemos en la etérea morada de los dioses, sobre la tierra firme, hogar de los hombres o, en ambas a la vez.

   Io era hija de uno de los dioses del Olimpo, Ínaco; fue seducida por Zeus, que la convirtió en su amante, hasta que Hera, siempre atenta a los desvaríos de su esposo, los descubrió. Para proteger a Io de la ira de la enojada Hera, Zeus convirtió a su amada en ternera, pero la celosa Hera, descubierta la añagaza de Zeus, se apoderó de ella y encargó a Argos que se ocupara de su vigilancia. Al saberlo Zeus, envió a Hermes, que asesinó a Argos, pero Hera, al enterarse, furibunda, colocó sobre la cola de un pavo real los cien ojos del difunto Argos, para que continuase la vigilancia y, para mayor suplicio de Io, envió sobre ella un enorme tábano que picoteaba constantemente y sin piedad los cuartos de la transmutada Io, quien enloquecida por las picaduras huyó errante por todo el mundo, hasta que al fin Zeus  la devolvió a su forma humana.

   Pero Io, también era la hija aquel rey Ínaco que, según los persas, dice Heródoto en “Los nueve libros de la Historia”, fue raptada por los fenicios en las playas de Argos y llevada a Egipto.

   En desagravio, tiempo después, los griegos, según cuentan los persas,  navegaron por las costas de Fenicia, llegaron a Tiro y raptaron a Europa, hija del rey y más tarde aún, a las costas de la Cólquida donde raptaron a Medea. El padre de ésta quiso negociar con los griegos la devolución de su hija, pero los raptores contestaron que aún no había sido devuelta Io ni satisfechas sus reclamaciones por lo que ellos tampoco lo harían.

   Las generaciones siguientes aún no habían olvidados aquellos agravios; y el hijo de Príamo y Hécuba, Paris(1), se obstinó en tener mujer griega a la fuerza. Su pretensión traería fatales consecuencias para el reino de su padre: Troya.

   Paris había nacido bajo funestos augurios, y su padre, para evitarlos, decidió matarlo; pero su madre logró evitarlo sin que Príamo llegara a saberlo, abandonándolo en el monte Ada, cercano a Troya, donde fue recogido por unos pastores que le cuidaron, dedicándose al oficio de sus padres adoptivos. Joven y fuerte, acudió en cierta ocasión a unos juegos que se celebraban en Troya, en los que el joven pastor resultó vencedor. Fue entonces cuando Casandra, su hermana de sangre, lo reconoció. La alegría de todos fue grande y los muchos años pasados hicieron olvidar al viejo Príamo la causa de su decisión años atrás. Paris volvió al palacio de sus padres y fue colmado de honores. Cuando tiempo después hubo ocasión de ir a Esparta con motivo de una embajada, Paris consiguió ser enviado, pese a las advertencias de Casandra, que tenía fama de profetisa, sobre las consecuencias que aquel viaje de su hermano iban a suponer.

   Y es que Paris, siendo aún pastor, había sido elegido por Zeus árbirtro para dilucidar cuál era la más hermosa de las diosas, merecedora de la manzana de oro destinada a la más bella. La manzana que Eride, personificación de la discordia, había arrojado en la boda de Peleo y Tetis.

   Las aspirantes Hera, Atenea y Afrodita se exhibieron desnudas ante el joven pastor y le ofrecieron presentes a fin de ganarse su voluntad. Hera, la reina de las diosas, le ofreció toda Asia y ser el hombre más rico; Atenea  prometió que sería vencedor en cuantas batallas participase y Afrodita, sensual y descarada se aproximó a Paris, y prometió que si la elegía a ella, Helena, la reina de Esparta, tan hermosa como ella misma, la mujer de carne y hueso más bella, sería suya. Sin pensarlo mucho Paris dio el triunfo a la astuta Afrodita, que consiguió la manzana de oro. Así el hijo de Príamo se aseguró conseguir para sí a la hermosa Helena, y el odio de las otras diosas y la desgracia para su pueblo.

Medallones de Helena y Menelao, Lonja de Valencia.

   Cuando Paris llegó a Esparta su rey Menelao estaba ausente, sí estaba su esposa Helena, a la que Paris sedujo y raptó, llevándola consigo a Troya. Cuando a su vuelta Menelao fue informado del rapto, reclamó la devolución de Helena. La negativa de Paris y de los troyanos obligó a Menelao a pedir ayuda a su hermano Agamenón, quien invocó el juramento hecho por los griegos, formando un gran ejército todos los aliados griegos. Pronto habría guerra en Troya.

(1) También conocido como Alejandro.
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¿UNA INJUSTICIA HISTÓRICA?

   “Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos; la cual mejora la salud humana” es el largo título de la única obra escrita durante la corta vida de su autora Oliva Sabuco. Así se le reconoció durante más de tres siglos hasta que…

                                                         *

   Había nacido Oliva Sabuco en Alcaraz, a finales de 1562. Hija de Miguel Sabuco y Francisca de Cózar; su padre, bachiller y boticario, fue procurador síndico de Alcaraz durante muchos años, lo que permitió a su familia gozar de una buena posición y a Oliva, de natural curiosa y con la mente despierta, convertirse en una mujer culta, con amplios conocimientos en muy variadas disciplinas y en inspiradora de nuevas teorías, que plasmó en su obra, única, pero importante.

   La propia Oliva escribió una carta al rey Felipe II en la que, tras las cortesías iniciales, dio resumida cuenta de su contenido, de sus ideas sobre cosmografía, medicina, psicología, higiene y muchas materias más, algunas precursoras de las actuales, y se ofreció a debatirlo ante los eruditos de la época. Fue, pues, Felipe II perfecto conocedor de que Oliva Sabuco había sido  autora  de la obra y fue en nombre del rey que Oliva recibiera la autorización para su publicación. 


El rey Felipe II garantizó a Oliva Sabuco, en 1586,
 los privilegios  para la publicación de su obra.

   La obra se publicó en 1587. El éxito fue inmediato, tanto que al año siguiente, el libro al que la Inquisición, un año antes, había dado el “imprimatur” con la mención expresa del nombre de su autora, en su segunda edición fue adquirida íntegramente por el Santo Oficio. No prohibía la obra, pero no debió gustar mucho al inquisidor su contenido. Aún así no se logró impedir su difusión. En Lisboa se publicó la tercera edición, que había obtenido a nombre de su autora, Oliva Sabuco, autorización para ello. En menos de cincuenta años hubo ocho ediciones. La fama de la obra trasciende España, no así su autora, cuyos postulados son usados como propios por autores extranjeros. El padre Feijoó la defendió mucho. En su Discurso “Defensa de las mugeres” del Teatro Crítico Universal, habla de ella, dice dónde nació, cuenta resumidamente el contenido de su obra, de sus ideas y teorías y del abandono y desprecio de España y los españoles por lo propio cuando dice: “A este sistema que desatendió la incuriosidad de España, abrazó con amor la curiosidad de Inglaterra, y ahora ya lo recibimos de manos de los extranjeros, como invención suya, siéndolo nuestra. ¡Fatal genio de los españoles! Que para que les agrade lo que nace en su tierra, es menester que lo manipulen y vendan los extranjeros”.

   No pudo Oliva disfrutar del éxito de su obra. Al año siguiente de su publicación Oliva moría. Tenía veintiséis años.

   Pero quizás la causa de la escasa consideración por la figura de Oliva haya que buscarla en el género de la autora y ello, la causa también de la actitud de su padre y la injusticia que más tarde, en tiempos tan próximos a los nuestros como la segunda mitad del siglo XX, se ha cometido con ella, en contra de lo creído durante cuatro siglos.

                                                        *

… en 1903, don José Marco Hidalgo, registrador de Alcaraz, quien pocos años antes había escrito sobre Oliva en términos muy elogiosos, descubre un testamento de Miguel Sabuco, el padre de Oliva. No es un documento público, y está fechado en 1588, cuando el libro llevaba escrito un año y coincidiendo aproximadamente con la muerte de Oliva, fallecimiento de cuya fecha no hay constancia exacta, si bien se cree que sucedió en ese año de 1588. En él Sabuco, un hombre sin duda maduro, pero del que no se conoce obra escrita, negaba la autoría del libro a su hija y se la atribuía a sí mismo, declarando haberla puesto a nombre de su hija “por darle el nombre e la honra”; y no queda ahí la cosa, maldecía a su hija, quizás viva aún o en trance de muerte, si contradecía tal hecho, mandando “a la dicha my hija Luisa Oliva no se entremeta en el dicho privilegio, sopena de mi maldición”. Sí, es cierto, que firman, en dicho testamento, después de Miguel Sabuco, como testigos, gentes de calidad, pero nada indica, y no hay porque suponerlo que conocieran su contenido.

   Para consumar la “injusticia”, en 1966, la Biblioteca Nacional, en una nueva catalogación, atribuyó la autoría de la obra al padre de Oliva. Se daba así mayor crédito al testamento de Miguel Sabuco, descubierto por el señor Hidalgo, que a los privilegios reales concedidos el 23 de julio de 1586 por don Juan Vázquez, por mandato del rey, o al imprimatur otorgado por la Inquisición a favor de Oliva.

   Y, aunque así consta hoy, junto al nombre del padre aún figura el de la hija, como si la duda o un cierto remordimiento permanecieran vivos, impidiendo consumar plenamente una injusticia histórica.
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EL REY Y LA CORISTA

   Ya desde sus comienzos, cuando empezaba a ser popular y faltaba poco para consolidar su fama como cantante, Benito Pérez Galdós dijo de ella que “era una moza espléndida, admirablemente dotada por la naturaleza en todo lo que atañe al recreo de los ojos, completando así lo que Dios le había dado para goce y encanto de los oídos”.

   No fue por casualidad que Alfonso de Borbón y Elena Sanz, una cantante nacida en Castellón el 6 de diciembre de 1844, casi trece años antes que Alfonso, iniciaran una relación al quedar viudo el rey de María de las Mercedes, su primer gran amor. 

   Años antes, cuando el joven Alfonso estudiaba en el Colegio Theresianum de Viena, la reina Isabel, exiliada en París, muy aficionada al canto, que practicaba, y, según parece, con gracia, no se sabe muy bien por qué,  pidió a Elena Sanz, que representaba en Viena, hiciera una visita a su hijo Alfonso, y no resulta difícil imaginar el efecto que la presencia de la cantante, una mujer de veintiocho años, causó entre el joven alumnado del Colegio y muy especialmente en un imberbe Alfonso.

    Se ha especulado mucho con la posibilidad de que fuera intención de la reina, advertida del carácter enamoradizo de su hijo, sembrar la semilla de un amor que le alejase de la tentación que Antonio de Orleans, duque de Montpensier, gran conspirador y eterno aspirante a la corona de España para sí o alguno de los suyos, y culpable a los ojos de la reina de su desgracia y exilio en París, parecía querer poner ante los ojos de Alfonso, al concertar un matrimonio con su hija María de las Mercedes. Si fue esa la razón o no, poco importa, el caso es que Alfonso, después de aquel encuentro con Elena Sanz en el Theresianum, ya no podrá olvidarla jamás, aunque se casará con María de las Mercedes.

   Poco dura el matrimonio. Viudo el rey por la prematura muerte, el 26 de junio de 1878, de María de las Mercedes, a sus recién cumplidos dieciocho años, quedó sumido don Alfonso en una gran pena, tan intensa, como breve en el tiempo, ya que para tratar de aliviar su tristeza, el siempre fiel duque de Sesto, el conde de Benalúa y otros amigos suyos de la corte logran convencer al rey para que asista al Teatro Real. En la función de aquel día se anuncia la representación de “La favorita” de Donizetti y la presencia del roncalés Julián Gayarre, tenor descubierto años antes por Hilarión Eslava en Pamplona y consagrado ya como gran figura. Pero no son éstas las razones que animan al rey para asistir, sino la de la presencia también de la contralto Elena Sanz. La fuerte impresión causada por Elena años antes revive en la memoria del rey, quien a partir de entonces acude al Real todas las noches en las que Elena actúa, y la cita al terminar la función, y la corteja, y le hace regalos, que Elena acepta, aunque sin ceder al principio a las pretensiones reales, hasta que vencida su resistencia, como si el título de aquella primera función fuera un premonición Elena se convierte en la favorita del rey.

Teatro Real de Madrid
 
   El resultado de aquella relación se verá nueve meses después, en París, cuando  Elena, ya casado el rey con María Cristina de Habsburgo, tiene su primer hijo de Alfonso, al que se bautiza con el nombre del padre e Isabel, la abuela, exiliada en la ciudad del Sena, decide ocuparse del bienestar de su nieto y dirá de Elena que “es mi nuera ante Dios”.

   Recién casados, acudían los reyes a todas las funciones del Real. No sabía muy bien, al principio, la razón de esa afición del rey al bel canto, pues era conocida y muy notoria la falta de oído de Alfonso XII y su escasa predisposición para la música, pero pronto vio claro cuál era la causa de aquella, sorprendente para ella, inclinación por los asuntos de Orfeo. Ahora, allí en el Real, con la bella Elena Sanz en el escenario, y sus trinos que, como cantos de sirena, atraían al rey, alejándola de su corazón, los celos atormentaban implacablemente a doña Cristina, aunque disimulados como sólo la dignidad de una reina sabe hacerlo, quedaban ocultos en lo más hondo de sí, pues como decía el conde de Romanones, manifestarlos “suponía reconocer cierta beligerancia a la amante y esto no lo podía otorgar la soberana”.

   Después, con gran disgusto conoció la reina la reciente maternidad de Elena, pero sabiendo que era fruto germinado antes de haber entrado ella en el corazón de Alfonso, lamentarse hubiera sido evidenciar sus celos, igual que hacerlo al conocer el regreso de Elena a Madrid, que instalada en la Cuesta de Santo Domingo, recibía al rey para quedar de nuevo encinta y parir en febrero de 1881 un nuevo varón, Fernando, esta vez, a diferencia de lo sucedido en el parto anterior, a escasos metros del palacio Real.

   La situación es insoportable para doña Cristina, que harta de una situación que lejos de haberse llevado con discreción la humilla a la vista de todos, avisa a Alfonso:
   ─Esa mujer tiene salir de España. O lo hace ella o lo hago yo.
  Al tanto Cánovas de lo acontecido, dispone la salida de España de Elena Sanz y su prole. En París, recibirá de don Alfonso una pensión de cinco mil pesetas mensuales, y los niños el apoyo de su abuela Isabel.

   No iba a tardar mucho la reina en comprobar que el insaciable apetito genésico del rey, pese a su enfermedad, o debido a ella, lo iba a llevar a nuevos lechos. En realidad, los años de tormento vividos por la reina habían sido una sucesión de infidelidades, de las que la consumada con Elena Sanz no era más que la punta visible de un iceberg, que no iban a cesar hasta el fallecimiento de don Alfonso.

   Una nueva cantante entra en la vida amorosa de don Alfonso. Se llama Adela Borghi, aunque es conocida como la Biondina. Sus cabellos rubios y sus formas rotundas enloquecen al rey. Pero Adela no es Elena, no tiene su discreción, y procura airear el romance; más bien parece una aprovechada, y como tal va a ser tratada.
   ─Esto se tiene que acabar, ─dice un preocupado Cánovas─, y de modo inmediato.
   Antes de que la reina cometa una locura ─se habla de que está dispuesta a abandonar España, sin atender a consideración alguna─, el gobernador civil de Madrid, José Elduayen, acompaña a la diva a la estación, la acomoda en un tren y la despacha para Francia.

   En el otoño de 1885 la salud de Alfonso XII empeora notablemente. Se traslada al palacio del El Pardo. Se espera que el aire limpio de las afueras de Madrid sirva para mejorar su salud; pero será inútil. El 25 de noviembre expira el rey Alfonso XII.

   Si mucho lo siente doña Cristina, que pese a todos los agravios recibidos le quiso, mucho lo siente también Elena Sanz, en París, por el amor que sintió por él y por la situación de desamparo en el que se podrían verse ella y sus hijos, aún contando con el apoyo que desde el palacio de Castilla le presta Isabel II, que no olvidará en su testamento a los hijos tenidos por Alfonso XII y Elena Sanz.

   Por amor y por sus hijos, ha renunciado a su carrera como cantante, a las rentas que le proporcionaba su trabajo, muy superiores a las que le otorgó el rey y ahora la reina suprime. La necesidad obliga a Elena Sanz a vender muebles y otros bienes; pero la cantante, cuyas razones, a sus cuarenta y un años, para no volver a la escena se desconocen, tiene una última baza, y juega sus cartas, las que el rey le envió durante su romance. Cartas de amor y cartas en las que se habla de sus hijos, de los hijos de Alfonso, el rey de España, y de su paternidad.  Y tienen precio, un precio, que tras el trato logrado entre ella, por medio de don Nicolás Salmeron y la Corona, en acta fechada el 24 de marzo de 1886, recibirá en metálico, más una pensión para sus hijos menores y la promesa de cierta cantidad a percibir por ellos a su mayoría de edad.

   El día de Nochebuena de 1898 fallece Elena Sanz. En los días que siguen funcionarios de la embajada española en París perpetran el allanamiento del domicilio de la cantante. Durante el registro se incautan de documentos, dinero y diversos enseres. Seis años después, en 1904, quien fallece es la reina Isabel, protectora siempre de sus “nietos a los ojos de Dios”, quienes alcanzada la mayoría de edad comenzarán una larga serie de pleitos con la Corona, a cuenta de sus pretendidos derechos como hijos de don Alfonso y por la mayor parte de las cantidades acordadas por su madre y nunca percibidas.
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