LA HISTORIA EN LOS CUADROS. EL JURAMENTO DE EL PUIG

   En otoño de 1236 el rey Jaime I convoca cortes en Monzón. Unas cortes en las que se decide acometer la toma de Valencia. Ya eran dueñas las huestes cristianas de Burriana y desde allí llevaban tiempo hostigando en repetidas razias los puestos sarracenos para desmoralizar al enemigo, impidiendo los suministros a Valencia que desde la huerta próxima la abastecía.

  Puesto fundamental era una pequeña colina que los musulmanes llamaban de manera tal, que al pronunciarlo los cristianos sonaba algo así como Cebolla, que significaba cerro. De este modo, al llamar los reconquistadores de aquellas tierras al lugar Puig Cebolla no hacían más que repetir el nombre del accidente geográfico, puesto que puig significa también colina o cerro.

   De la importancia que ese cerro tiene en la defensa de Valencia para los hijos de Alá y para los cristianos en la conquista de la ciudad es el interés de los primeros por impedir que los segundos lo poseyeran. En febrero de 1237, ante el avance de los cristianos y sus evidentes intenciones de apoderarse de El Puig y su castillo, las tropas del rey Zayán de Valencia destruyen la fortaleza existente sobre el cerro y abandonan el lugar.

  Cuando los cristianos llegan todo era ruinas ya. Con celeridad se reconstruye el castillo y se traza un camino hasta las playas cercanas para facilitar los bastimentos que las naves aragonesas, dueñas del mar, procuren a las huestes cristianas, pero los sarracenos saben de la importancia del collado. Lo destruyeron una vez y quieren hacer lo mismo una segunda. Fracasan. Don Jaime conoce la victoria de sus huestes en octubre de 1237, una buena noticia, que se ensombrece con el fallecimiento poco después de su tío Guillem d’Entenza, el caballero puesto al frente de las tropas de El Puig por el mismo rey(1).

   La muerte de Guillem d’Entenza causa gran estupor. El rey pregunta a sus caballeros. Se inclinan estos por demorar, cuando no abandonar, la toma de Valencia. Pero a don Jaime su carácter no se lo permite, es un conquistador. El Puig es suyo, Zayán ha sido derrotado y Valencia está madura para caer en manos cristianas. No dejará escapar la ocasión. Acude, pues, don Jaime a El Puig, le acompaña el hijo del difunto, al que nombra caballero, y como heredero de todos sus señoríos y privilegios queda como jefe de los que su padre fue líder. Mas cuando el rey anuncia su marcha, comienzan los rumores. El rey ha prometido volver en la primavera para la toma de Valencia. Todos se muestran conformes, pero secretamente unos frailes advierten al rey de las intenciones de los caballeros y sus huestes de abandonar la empresa por peligrosa, la escasez de medios para abordarla y estar dirigida por un muchacho sin la experiencia y el liderazgo suficiente.

                El Juramento de El Puig (1892), de Ramón Garrido Méndez (1870-1940). 
                Museo Mariano de Valencia. El lienzo muestra al rey don Jaime ante el altar, 
                una mano sobre los Evangelios, otra sobre el pecho, dirigiéndose a sus caballeros
                en su más solemne juramento: no abandonar las tierras del Reino de Valencia 
                conquistadas y permanecer junto a sus hombres hasta haber tomado la capital.




















    Son momentos difíciles en los que el rey muestra su calidad. Con la conformidad de los frailes que le habían hecho la confidencia, reúne a todos los caballeros, les habla, los arenga sobre las virtudes de su voluntad, la suya y la de todos ellos, por las conquistas alcanzadas; y de la protección de Dios y de la Virgen, siempre al lado suyo en toda campaña, y en cuyo honor pasará a ser conocido aquel lugar como El Puig de Santa María, como así se verá a partir de entonces en todos los escritos. Pero no es suficiente. El cielo protege y ampara, pero las espadas las portan los hombres. Sigue hablando el rey:
   ─Oídme, nobles y caballeros: voto a Dios y juro ante vosotros que no pasaremos de Teruel ni más allá de las aguas de Tortosa, hasta que Valencia sea cristiana. Aquí estará vuestro rey, fiel a su palabra, con vosotros siempre.

                                                        *

   Y como habló, hizo. Para mayor firmeza de sus palabras ordenó que la reina Violante llegase hasta tierras valencianas, pues su presencia era prueba del compromiso y aviso al rey moro de su determinación de tomar Valencia. El rey acudió a recibirla a Peñíscola, pues no podía acudir a Tortosa, donde ella se encontraba, sin romper su juramento. Acudió la reina, pues, en pos de su esposo, pero el río Senia, frontera entre los reinos bajaba caudaloso. Era un peligro cruzar el río, más aún cuando la reina llegaba con su hija, tenida poco antes. Intentaron vadear la corriente las damas de la reina primero, pero no lo consiguieron, y la reina desistió del intento. Avisado el rey de las contrariedades y disgusto de la reina, partió para Uldecona, y cuenta las crónicas que sobre su caballo, las aguas hasta el vientre de su montura, pero sin sobrepasar la frontera del reino como había prometido, habló con la reina Violante de su juramento, de la seguridad de su estancia y de que bajo su brazo nada les pasaría a ella ni a su hija.

   Todo quedaba listo y preparado para el sitio de Valencia. Pronto su toma el 9 de octubre de 1238 sería una realidad.

(1)Pese a que algunos autores defienden que su fallecimiento se produjo como consecuencia de las heridas sufridas en la batalla, lo más probable es que fuera por causas naturales el 17 de enero de 1238. 
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MUJERES EN LA HISTORIA. LA ILUSTRACIÓN

   La edición de una nueva obra de la serie “Mujeres en la Historia” publicada por M.A.R. Editor que ve ahora la luz es, como siempre, una gratísima noticia. Es además, a diferencia de otras ediciones de esta serie, quizás la más genuinamente femenina. Es cierto que las anteriores ediciones recogían relatos escritos por mujeres y que las protagonistas de los mismos eran mujeres también, pero eran figuras femeninas aisladas, como cápsulas flotando en un mundo masculino, en una sociedad en todo, y en lo cultural también, dominado por los hombres, sin influencia apenas de aquellas disidentes de lo injusto.

   Las protagonistas en esta ocasión son mujeres de la Ilustración, aquel movimiento intelectual en el que la razón, la ciencia y el librepensamiento trataron de imponerse a la superstición, la magia y el dogmatismo. Y ello en una época, la del siglo XVIII, en la que no era fácil para las mujeres subirse al carro de esa nueva modernidad, pero en la que, al menos, alguna de ellas  llegaba al borde del camino y lo intentaba. Ya Pedro Rodrigo de Campomanes, un gran ilustrado, uno de aquellos hombres que gobernaron en los tiempos de Carlos III, dijo que “La mujer tiene el mismo uso de razón que el hombre; sólo el descuido que padece en su enseñanza la diferencia”.  

   Tantos siglos asignando roles a cada género había producido una inercia imparable e incuestionable al parecer. Que la educación de las niñas, por la que Campomanes abogaba, sería uno de los frenos, quizás el más potente para detener esa inercia, lo vieron también las mujeres de la época. Una de ellas, Mary Wollstonecraft, a la que la antología dedica un relato, obra de Carmen Paloma Martínez, no sólo lo dijo, sino que en su “Vindicación de los derechos de la mujer” lo dejó escrito. En Francia, durante la Revolución, acaso fruto postrero de esa época ilustrada, tuvo la esperanza de dar algunos pasos en ese sentido, mas la muerte se la llevó joven, sin saber si esa inercia comenzaría a frenar su ímpetu infausto.

   Pero lo que sí pudo conocer antes de morir es cómo una española conseguía lo que ninguna otra había logrado antes. Y si es indudable que la política educativa del que fue llamado “El mejor alcalde de Madrid” y sus ministros, algo tuvo que ver, también es razonable mantener la duda de ser la causa principal, por ser excepción y no la regla de lo que sucedería en adelante.

                                                       *

   Y es que Maria Isidra Guzmán y de la Cerda era hija de dos grandes de España, el conde de Oñate y de la duquesa de Nájera, lo cual, ya es, como se diría ahora, una forma políticamente incorrecta de presentarla para este propósito; pero es que cabe la duda, y no por la ausencia de méritos que, de no anteponer su rango y ascendencia, hubiera logrado la gracia real.

   Y como la inercia es energía y por tanto fuerza y acción, la reacción debía presentarse indiscutible. María Isidra fue una de esas mujeres reactivas que logró meter la cabeza en un mundo vedado. De sus cualidades intelectuales poco hay que decir por evidentes, así lo vieron la mayoría de sus coetáneos, a los que quizás hubiera sido necesario recordarles las palabras de un humanista dichas dos siglos atrás, cuando a propósito de la enseñanza y capacidad de las mujeres decía que “nadie debe engañarse diciendo que por ser mujeres para las ciencias son inhábiles, pues si ellos y ellas aprendiesen a la par, yo creo que habría tantas mujeres sabias, como hay hombres necios”.

   Dejaba de ser una niña, como quien dice, y ya era, no sin oposición, académica de la Real Academia de la Lengua, pero sin letra, sin sillón, miembro honorario sólo. Ausente del listado de académicos de número de la ya vetusta Institución, quizás hicieran aquellos sesudos hombres oídos sordos a las palabras del humanista Guevara.

   Al poco, y por orden real, María Isidra se examinaba en Alcalá de Henares. Tenía 17 años cuando aquel 6 de junio de 1785 recibía el grado de Maestra y Doctora en Filosofía y Letras Humanas. ¡Qué poco se lo ha reconocido nadie después! ¡Cuánto olvido!

                                                        *

   No dirá quien estas pocas, torpes y escasamente ilustradas letras escribe que fuera la Ilustración solución a los problemas de abandono y desprecio de los que durante siglos fue objeto el intelecto femenino, relegándola de foros o de simples reuniones en las que se trataban asuntos de “hombres”. No, no se dirá eso aquí, pero sí que en esta época algo empezó a cambiar. Empezaron a surgir algunos salones, en los que damas cultas propiciaban encuentros y reuniones sin distinción de género, en los que la única exigencia era la educación, la cultura y el respeto. De alguna de ellas de habla en este libro.


   Y con su ejemplo, otras se atrevieron a dar la batalla. Como siempre le sucede al ser humano, no es preciso más que un estímulo para atreverse a hacer lo que parecía imposible conseguir; y piensa este pobre escribidor, que siempre tuvo muy presente este asunto, pero que últimamente está especialmente sensibilizado por el tema, que este libro es un reflejo de aquel impulso inicial, y del testimonio de algunas de las mujeres que en cualquier actividad, se atrevieron a darlo desde el escritorio, el lienzo, los salones, el convento, el castillo del un barco pirata o el hogar; sí, también el hogar. Mas no se crea el lector que encontrará un libro de militancia feminista. La antología, teniendo su trasfondo reivindicativo, es esencialmente un libro sobre mujeres que, por el solo hecho de ser valientes en un mundo difícil para ellas, dieron ejemplo, a veces sin pretensiones, de lo que son capaces cuando su impulso es mayor que la opresión. Así lo vemos en el magnífico trazo mostrado por Fátima Díez en su relato Zamba, un conmovedor relato sobre la esposa de Tupac Amaru; Rosi Serrano, hablándonos en una historia de amor y sangre con la costurera de la reina María Antonieta como protagonista;  Ana Gefaell, contándonos los recuerdos de Sor María Anna Agueda de San Ignacio o de Sol Antolín, narrando los lamentos, pero también las ilusiones de Josefa Jovellanos, hermana de su más famoso hermano, Gaspar.

   Si dije al principio que la aparición de este libro es una gratísima noticia; lo es por un doble motivo, el primero porque en esta ocasión, a la habitual participación de Montserrat Suáñez como autora de uno de los relatos dedicado a la madre de Napoleón Bonaparte, hay que añadir el encargo recibido para escribir el prólogo de la obra y su labor como directora de la edición. Tiene la obra, por mor de esta función y la erudición de su directora, además de los relatos de las autoras de hoy, una selección de textos clásicos escritos por las damas que en aquellos años tan importantes para la historia de la civilización supieron escribir y han llegado hasta nosotros; lo cual es muy de agradecer, pues no siempre es fácil el acceso a esos textos, a veces sólo disponibles en ediciones antiguas o caras.

   El segundo porque la antología rinde una equilibrada y sensata promoción de las mujeres como escritoras, sin militancias ideológicas, escribiendo sobre mujeres que reivindicaban sus derechos, a veces con la naturalidad de los actos más simples, consiguiendo que sea un libro para todos, sean mujeres u hombres, tengan la edad que tengan. Un libro, en definitiva, para las personas. Y ese enfoque si se le debe agradecer a alguien es a M.A.R. Editor, que en este tercer volumen ha querido y sabido promover lo que la marquesa de Châtelet, otra de las protagonistas de la antología por la pluma de Lorena San Miguel, en la bella portada del libro parece simbolizar al apoyar Émilie du Châtelet su mano sobre un globo terráqueo: el derecho de las mujeres al conocimiento del universo.
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IGUALDAD, LIBERTAD, LEY


                             ¡Oh, qué día tan triste en Granada
                             que a las piedras hace llorar
                             al ver que Marianita se muere
                             en cadalso, por no declarar.
                             Marianita sentada en su cuarto,
                             no paraba de considerar:
                             si Pedrosa me viera bordando
                             la bandera de la libertad!

   Y Pedrosa la vio, no bordando la bandera, como escribe García Lorca en su romance Mariana Pineda, pero sí con ella en su casa, pues con trampas y malas artes así lo había urdido.

   Todo había comenzado mucho tiempo atrás. Mariana se había casado, a sus quince años, con Manuel de Peralta y Valte, de inclinaciones liberales, pero Manuel falleció pronto, apenas tres años después y Mariana quedó viuda, pero prendido en ella el espíritu del trienio que terminaba justo entonces con la llegada del duque de Angulema y los Cien Mil Hijos de San Luis, que restituían el absolutismo más intolerante de Fernando VII.

   Por aquel tiempo el ministro Tadeo Calomarde nombró Alcalde del Crimen en la Real Chancillería de Granada a Ramón Pedrosa y Andrade, avezado sabueso e implacable perro de presa que se afanó en la persecución de los liberales de su demarcación. Su procedimiento era la tortura y el espionaje, y con la primera fue como consiguió que un revolucionario, Romero Tejada, rotos sus huesos, abiertas sus carnes, descubriera a muchos y que Mariana Pineda fuera puesta bajo vigilancia permanente al saber de sus relaciones con los liberales granadinos y los exiliados liberales en Gibraltar.

Casa familiar de Mariana Pineda en
la Carrera del Darro en Granada.

   Pero la actividad de Mariana no cesa. Asiste a reuniones, actúa como correo. Finalmente es detenida por Pedrosa, que la acosa, como liberal, y dicen que como mujer. Pero tiene que ser liberada. No hay motivos suficientes. Lejos de amilanarse continúa sus reuniones, ahora en la casa de los condes de Teba(1). En 1828 es detenido Fernando Álvarez de Sotomayor, comandante y primo de Mariana. Se descubren sus tendencias liberales y una carta que lo implica en un complot. Es condenado a muerte. Como nada se puede hacer por las buenas y Mariana no se resigna a perder a su primo, aprovecha la constante presencia de frailes en la prisión para concebir un plan de fuga. En las frecuentes visitas que le hace, introduce poco a poco las prendas precisas para confeccionar un disfraz. Nada falta para que el aspecto del prisionero sea el de un fraile cualquiera: hábito, cordón, rosario, y hasta un gorro negro. Si acaso hace falta algo más es un poco de suerte. El día 25 de octubre Álvarez, durante sus oraciones en la capilla, logra quedar solo unos instantes. No tarda mucho en salir de la capilla, ahora con su hábito de capuchino. Con la cabeza gacha y las manos juntas comienza un angustioso camino hacia la libertad.

   Que le abrieran las distintas rejas y lograra salir al patio y al fin ser libre antes de que descubrieran su falta, yendo disfrazado de capuchino, debió ser cosa de la providencia, pero el caso es que al poco estaba en casa de Mariana Pineda, de donde por considerarse lugar poco seguro, se trasladó a otros refugios.

   No tardo mucho Pedrosa en aparecer por la casa de Mariana en busca del reo fugado, y al no hallarlo allí, burlado, puso precio a la cabeza de Álvarez y cerco de vigilantes a la casa de Mariana.

   Como si fueran acicate para la su conciencia liberal, las intentonas liberales, como la de Torrijos o Manzanares, aplastadas por el régimen absolutista, no hacían más que fortalecer su espíritu. Encargó a dos costureras del Albaicín que confeccionaran una bandera liberal, pero el sagaz Pedrosa la perseguía tenaz, y enterado del encargo, ordenó a las bordadoras bajo coacción, después de que la cautelosa Mariana ordenara suspender el trabajo, que lo prosiguieran, grabaran las letras indicadas y terminado el trabajo lo llevaran a casa de Mariana.

   Llegado el día, las bordadoras entregaron la bandera, que Mariana, pese a haber anulado el encargo, guardó inocentemente en su casa. Inocente e incauta, pues el avieso Pedrosa se presentó de inmediato con varios soldados y el escribano de Cámara, Mariano Puga, que levantó acta del registro, en el que se descubrió la bandera en la que se hallaban bordadas las palabras: Igualdad, Libertad y Ley.

Puerta de Elvira. Granada. Junto a ella fue agarrotada
Mariana Pineda por el verdugo José Campomonte.

   Arrestada en su domicilio, Mariana es interrogada por un Pedrosa implacable. Pero de su boca no sale delación alguna. Enferma, se dispone su traslado al convento de Santa María Egipcíaca. En la última oportunidad, con ropas de anciana, en un descuido de sus vigilantes, logra salir de la casa, corre, pero es alcanzada. Requerida una pronta solución del caso por el ministro Tadeo Calomarde, se condenó a Mariana a la pena capital, que fue firmada por el rey. Nada podrá salvarla ya. El 26 de mayo de 1831, junto a la Puerta de Elvira, José Campomonte gira el tornillo del garrote que rodea el cuello de Mariana. Y se hizo el silencio.


 (1) El conde de Teba don Cipriano Palafox y Portocarrero y su esposa doña María Manuela Kirkpatrick fueros los padres de Eugenia de Montijo, futura emperatriz de los franceses.
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EL XIX. ¿EL ESPERANZADOR SIGLO XX?

   La perdida de Cuba y Filipinas en 1898 supuso el definitivo descalabro del sistema de turnos ideado por Cánovas, asesinado el año anterior. Ni Sagasta, ya anciano, ni Silvela, el nuevo lider conservador lograrían evitar el principio de una carrera hacia el desastre, por más que parte de la intelectualidad de la época, aún no conocida como “La generación del 98” ya pensara y exigiera una regeneración de la Nación absolutamente imprescindible, dando la razón a los que ya antes: Costa, Giner de los Ríos, Ganivet... habían luchado por cambiar el estado de las cosas.

   Porque lo cierto es que se había perdido una guerra primero en Santiago y en Cavite, y en los despacho de París después, y de forma humillante; pero en el fondo, en un país inculto y adormecido, nada pasaba; si acaso que quince millones de españoles ya no verían partir a sus hijos hacia una muerte casi segura en unas colonias inseguras(1); y otros tres millones, indolentes, se daban por satisfechos con seguir disfrutando de espectáculos taurinos en la plazas o funciones teatrales o zarzuelas en los coliseos. Ni la monarquía vio tambalear, con la pérdida de las colonias, la base sobre la que se apoyaba el trono. “España no tiene pulso”, diría Silvela, y no sin razón.

   El 17 de mayo de 1902 Alfonso XIII alcaza la mayoría de edad. Es nombrado rey. No pierde tiempo, viste por primera vez el uniforme de Capitán General y se dispone a reinar. Acaba de cumplir 16 años y parece tener las ideas claras, quién sabe si equivocadas, y quien sabe también si ciertos facultades premonitorias, pues había escrito poco antes en su diario: “Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando la patria; cuyo nombre pase a la historia como recuerdo imperecedero de su reinado; pero también puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros, y, por fin, puesto en la frontera…”(2)

   También en su primer discurso como rey dejó claro lo que ya algunos sabían y muchos sospechaban, que siendo un rey constitucional, heredaba los últimos modos del absolutismo. Alusiones frecuentes a “mi reinado”, “mi pueblo”, siendo yo “el primero en jerarquía”, así lo demuestra.

Alfonso XIII, por Mariano Benlliure. Museo BBAA. de Valencia.

   Tras los fastos de la entronización, que fueron muchos y agotadores, un inmaduro, caprichoso y autoritario Alfonso XIII convoca Consejo de Ministros en el Palacio Real. Dura prueba por el gran esfuerzo que deben  realizar los miembros de un gobierno en el que la media de edad rondaba los setenta años y su presidente, el agotado Sagasta, a punto de cumplir los setenta y siete.

   Unas primeras palabras de don Práxedes dando la bienvenida al joven Rey dan comienzo a las discusiones. Porque eso fueron. Con su flamante uniforme, el rey de 16 años quiere hacer uso de los galones que su guerrera muestra. Y se dirige al general Weyler.

   Don Valeriano Weyler es ministro de Guerra. Premiado hasta no caber una condecoración más en su chaqueta, es un hombre de conversación lacónica, acostumbrado a mandar y a ser obedecido, que ha tomado medidas drásticas, pero necesarias, en el cuerpo militar. Recién perdida la guerra con los Estados Unidos, España languidece con una Marina sin barcos y un Ejército con demasiados oficiales y sin soldados. A algunos de estos, los vueltos de Cuba, los premia procurándoles empleos municipales de serenos, conserjes o matarifes; y para reducir el número de oficiales, incentivando los retiros, reduciendo los presupuestos de las academias militares.

   Parco en palabras también en los consejos de ministros, aquel 17 de mayo tiene que romper su costumbre, pues el rey, inquisitivo, pregunta por las causas del cierre de las academias militares. Weyler da pertinentes explicaciones, que son criticadas por el rey y replicadas éstas con oportunas razones por el ministro una y otra vez. No está el general acostumbrado a ese trato, pero se contiene. Sagasta por fin interviene dando la razón al rey empeñado en que las academias se abrieran de nuevo. El general calla disciplinado.

   No contento con esta victoria el rey adolescente, toma una constitución, lee a los ministros el artículo 54 y advierte:
   ─Como acaban de escuchar, la Constitución me confiere la concesión de honores, título y grandezas; les advierto que desde hoy, el primer día de mi reinado, me reservo absolutamente el uso de ese derecho.
   Una última rebeldía en aquel consejo de ancianos ante el impertinente mozalbete la protagoniza el duque de Veragua, don Cristóbal Colón de la Cerda, Ministro de Marina, que con la misma Constitución en las manos lee el artículo 49: “Ningún mandato del rey puede ser llevado a efecto, si no está refrendado por un ministro”. Tablas.

   Seis meses después dimite Sagasta, que al poco fallece. El último soporte del turnismo, pese a los inconvenientes del sistema, desaparecía. Con dos años de retraso los tiempos y modos del siglo XIX parecían llegar a su fin. Otros caminos estaban a punto de emprenderse.

(1) Ese gozo caería pronto en un pozo. Las guerras africanas, y sus exigencias a la Nación, volverían a azotar a las pobres familias españolas.

(2) Como así sería. La forma en la que sucedió el lector la puede conocer en este mismo blog, en el artículo : "Antes de que se ponga el Sol".

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HISTORIAS PICANTES

   El erotismo, en la segunda acepción de la Real Academia Española de la Lengua, dice ser el carácter de lo que excita el amor sensual. Es precisamente en el refinamiento de las maneras, en el sibaritismo de aquel carácter cuando la sensualidad se torna voluptuosa, irrefrenable. No hay mejor lugar que las paredes de los palacios, templos de la ociosidad unas veces, reinos de la indolencia otras, siempre refugio de los secretos peor guardados, para la difusión de las expansiones de sus habitantes, fueran estos reyes, nobles, funcionarios, o servidores del mundo o del cielo.

  Siempre atento el pueblo a las aventuras de quienes les mandan, no tardan sus correrías, cuanto más escandalosas más agrandadas, en ser comidilla en corros, tertulias, gacetas y al fin, si ciertos, figurar en los libros de historia.

    Hasta los más notables intelectos han abandonado alguna vez la razón y han sucumbido a pasiones voluptuosas. Tal ocurre, al menos así lo refiere el antiguo mito medieval de Filis, del que si la Historia no avala los hechos, sí se puede decir que son históricas las versiones y abundantes las representaciones artísticas del mito, usado para ilustrar el dominio que puede ejercer sobre el hombre la mujer, según narra la Canción de Aristóteles o Lai d’Aristote compuesta en el siglo XIII.

   Según una de las versiones del mito, siendo Aristóteles maestro de Alejandro, futuro rey macedonio, observó el excesivo celo que su pupilo mostraba por la cortesana Filis. Como censurara el tutor la distracción en sus estudios al joven príncipe por la atención desmedida prestada a la cortesana, cedió el alumno a las razones del maestro y se apartó de la hermosa Filis; mas no se conformó ésta, y la despechada, resentida, se propuso rendir al entrometido filósofo a sus encantos. Lo sedujo primero y sometido el maestro a la voluptuosidad de venus, lo enjaezó con arreos de bestia y cabalgando sobre él, lo obligó a pasearla, mientras fustigaba sus ancas, mientras Alejandro, advertido por la perversa Filis, oculto observaba la escena.

Ménsula en piedra caliza (S. XIV), representando el
 mito de Filis y Aristóteles. Museo de Historia. Valencia.

   También en la Francia de la Ilustración el pueblo seguía con interés las andanzas de su rey Luis XV. Olvidada la reina María Leczynska fue la favorita Marquesa de Pompadour la que durante un tiempo recibió las atenciones del rey y la que se ocupó de atender las necesidades nada ordinarias del monarca. Lúbrico hasta el extremo Luis, la marquesa más enamorada del poder que el rey le deja ejercer que del propio monarca, se toma en serio su trabajo como amante, primero como mujer, preparando espectáculos teatrales, contando las historias picantes que en los informes policiales se hacía presentar con todas las historias lujuriosas averiguadas en París y ya personalmente citando al rey en lugares preparados al efecto. Eran estos lugares casitas aisladas, próximas a palacio, a las que como en cuentos de hadas, el rey llegaba por sendas que le hacían creer estar en lugares lejanos, misteriosos o prohibidos. Y allí la encontraba a ella. Disfrazada, ya no era la marquesa de Pompadour. Era pastora unas veces, abadesa otras; jardinera un día, otro la encontraba ofreciéndole un tazón de leche como si fuera una campesina. Cualquier fantasía real imaginada, la marquesa lograba hacerla realidad.
   Después, pasados los años, la marquesa seguirá ejerciendo el poder. Será la gobernanta de los amores efímeros del rey y el Parc aux Cerfs, en Versalles, cantera y lugar de todas las lascivias del Bienamado, cuando ya no lo era tanto.

   También las reinas han sido protagonistas de las picardías de los sentidos. Muchas son las anécdotas protagonizadas por Isabel II, la castiza reina española. Tenía la reina como confesor al Padre Antonio María Claret, prelado con olor de santidad, pero también con un especial empeño en moderar, sino suprimir, las diversiones en palacio y desde luego que nada en la reina ni en las damas que frecuentaban la corte incitaran a la concupiscencia de quienes acudían a palacio. Se vanagloriaba de haber reducido los convites, los bailes y los besamanos. En estos es donde más empeño ponía, pues en ellos lucían las damas generosos escotes, en cuyos abismos era difícil evitar cayera derrotado algún general, algún banquero o político de los que para el acto se reunían. Pocas veces el padre Claret, guardián de las buenas costumbres, asistía a aquellas veladas que tan poco le gustaban. Aunque en cierta ocasión sí lo hizo; y el disgusto fue tan grande al comprobar la descocada exhibición de una de las damas asistentes que, incontenible, no pudo hacer otra cosa que acercarse a la reina y amenazar diciendo: “O se cubre, o se marcha, o me marcho”. Isabel, oveja buena y fiel, a ratos, de la Iglesia tranquiliza al pastor:
   ─Pero, padre, si es la moda; y la moda nos lo impone. Usted tranquilo, con no mirar.

   Pero el prelado sí miraba, inquisidor, y cuando aparecía ya sabían las damas como cubrir su“poitrine” con las gasas que para el caso llevaban ocultas, por si fuera menester usarlas y evitar así las malas caras del confesor real. Ni que decir tiene que, como vapores, aquellas gasas se desvanecían apenas el padre Claret abandonada el salón; y todos, damas y caballeros volvían a sus asuntos. A los de siempre.

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