TESTAMENTOS

    Disponer para después de la muerte de los bienes y derechos que se poseen en vida es un acto muy frecuente. Muchas personas de toda condición lo han realizado, pero la voluntad del testador no siempre ha satisfecho las expectativas de los herederos, y algunas veces pretensiones defraudadas han provocado violentas reacciones en quienes se creyeron perjudicados.
   
  Puede que de los testamentos más discutidos y cuyo cumplimiento ha provocado mayores conflictos han sido los otorgados por los reyes.

   No por discutido, pero sí por sorprendente en algunas de sus disposiciones, el testamento de doña Bárbara de Braganza, otorgado el 24 de marzo de 1756, disponía qué hacer con sus restos, cómo amortajarlo y la asignación de una manda para el pago de veinte mil misas, que tal fue el número de eucaristías que dejo dicho se cantaran por la salvación de su alma. Pero fue en la distribución de sus bienes y la institución de sus herederos donde la voluntad de la reina causó sorpresa en la corte y enojo en el pueblo. Éste, siempre ingenioso y sincero, decía:

                                   La estéril reina murió
                                   sólo preciosa en metales;
                                   España engendró caudales
                                   para la que no engendró.

                                   Bárbara desheredó
                                   a quien la herencia le ha dado
                                   y si la Parca no ha entrado
                                   a suspenderle la uña
                                   todo lo que el rey acuña,
                                   se trasladará al cuñado.

   Porque a su amado esposo Fernando, que tanto le lloró, dejó en legado la imagen de una Virgen, unas joyas y la libertad de tomar de sus enseres aquello que por su voluntad eligiese; pero en el resto instituyó por su único y universal heredero a su hermano don Pedro, infante de Portugal. Y no fue poco. Tras la entrega de los legados, al infante don Pedro se le adjudicaron unos siete millones de reales, cantidad nada despreciable que salió de España, camino de Portugal.

   En ocasiones no son el dinero y los bienes materiales lo único importante para los testadores a la hora de disponer su voluntad para cuando ya no estén. En Francia Jeanne Antoniette Poisson, la archifamosa marquesa de Pompadour, que tal título le regaló su regio amante y compañero, al morir no se olvidó de nadie. Generosa en vida, de gran liberalidad, al dejar lo terrenal dejó en legado, aunque quién sabe si más bien fue una carga, su loro, su perro y su mono, con el ruego de ser cuidados. No pudo elegir mejor la marquesa, pues fue el conde de Buffon, el famoso naturalista, quien los llevó a su palacio en Montbad donde las criaturas consumaron su existencia, es de suponer que a cuerpo de conde.

   También en Francia, pero mucho antes, el Cardenal Richelieu, que era un gran amante de los gatos, no tuvo reparos en nombrar a alguno de ellos con el nombre del príncipe de las tinieblas, y ello siendo él príncipe de la Iglesia. En su testamento el Cardenal dejó una manda a favor de Lucifer y sus compañeros felinos suficiente para su sustento durante el resto de sus gatunas vidas.

   Otras disposiciones, generalmente hechas por testadores carentes de patrimonio, se centran en lo emotivo. El 12 de junio de 1824 testaba en la casa nº 13 de la plaza de Samour, en el pueblo de Little Chelsea cerca de la ciudad de Londres doña María Teresa del Riego. A sus 24 años, vivía exiliada y pobre con las 25 libras asignadas por el gobierno ingles a los refugiados y la ayuda de don Miguel del Riego, canónigo de la catedral de Oviedo y cuñado suyo, que no mucho más solvente que ella, comerciaba con libros antiguos españoles, muy apreciados entonces por los ingleses. María Teresa, que había nacido en Tineo, contrajo matrimonio por poderes con su tío Rafael en 1821. Aplastado el régimen liberal por los Cien Mil Hijos de San Luis, María Teresa se exilió, como tantos otros, en Londres. Allí conoció la captura y ejecución de su marido, y allí, viendo, en plena juventud, como la enfermedad le iba arrebatando la vida, dispuso que a su muerte su cuñado exhumara sus restos “como y cuando lo crea más conveniente con el objeto de mandarlos a España y unirlos a los de mi esposo, si es que pueden ser hallados luego que brille el Sol de la libertad en aquel país”. Seis días después, el 19 de junio, tras larga y penosa enfermedad moría Teresa.

   ¿Y quién no ha oído hablar del testamento ológrafo?, aquél que, bajo determinadas condiciones, es redactado de puño y letra por el testador. Es éste el caso del que hizo valer como tal José Pazos.

   En 1873 José Pazos y Matilde Corcho eran novios y manifestaban su amor, como entonces era costumbre ─y en algunos casos aun hoy─ mediante notas y cartas de amor. La primera de esas cartas la envió Matilde a su novio José el 8 de marzo de aquel año. Pasó el tiempo, y dos años después la pareja contrajo matrimonio. En 1915, tras cuarenta de matrimonio, Matilde, en el reverso de aquella primera carta de amor guardada como un tesoro escribió: "Peñafiel,  24 de octubre de 1915.  Pacicos de mi  vida,  en esta mi primera carta de novios, va mi testamento, todo para ti, todo, para que me quieras siempre y no dudes del cariño de tu Matilde.”
 
   Pocos meses después fallecía Matilde, y José presentó ante el juez el texto de aquella nota como testamento de Matilde a su favor. Al no tener el matrimonio hijos, se creyeron los sobrinos de Matilde herederos suyos, pues las leyes civiles entonces no concedían prevalencia al esposo en la sucesión intestada, y trataron de impugnar aquel testamento. El 8 de junio de 1918 el Tribunal Supremo falló a favor de José, confirmando a José Pazos, como heredero de Matilde gracias a una última declaración de amor que era un testamento.

Billete conmemorativo del centenario de la sentencia del Tribunal
Supremo, que dio validez al testamento ológrafo de Matilde Corcho.
 
   En ocasiones, el otorgamiento de las últimas voluntades adquiere caracteres de folletín. Tal es el caso de las formalizadas por el Conde-Duque de Olivares, y las curiosas disposiciones otorgadas.

   Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, el todopoderoso valido de Felipe IV, se sabe que testó en Madrid pocos meses antes de su marcha a Loeches, al dejar la privanza(1). Fueron testigos, entre otros, Antonio Carnero, su secretario, y el conde de Grajal, y por tanto conocedores de la existencia de ese testamento. Debía andar el Conde-Duque sospechando, a sus 55 años, que por su estado de salud, muy mermada ya, era tiempo de dejar constancia de su voluntad antes de que las fuerzas le faltaran o aquélla fuera incapaz de manifestarse, y así lo hizo el 16 de mayo de 1642.  Mas como el testamento es acto personalísimo, sucedió que de aquel otorgamiento nada supo la esposa de don Gaspar.

   Y afligía mucho a doña Inés que el Conde pudiera fallecer sin testar. No era corriente que persona de su calidad no lo hubiera hecho, más teniendo en cuenta que no había descendencia legítima del matrimonio, pues María, la hija que habían tenido había muerto en 1626, y podrían abrirse disputas entre los candidatos a heredar los bienes del Conde-Duque: un hijo ilegítimo, Enrique Felípez de Guzmán, al que algunos ni siquiera estaban dispuestos a reconocer como bastardo,  y don Luis de Haro, sobrino del Conde-Duque, sustituto de su esposo en la privanza, y que ya se había interesado por los bienes de su tío, ante el previsible próximo fin del Conde.

   Parece claro, pues, que doña Inés desconocía la existencia de aquel testamento firmado por su esposo en 1642. Sabemos por una de las doncellas más próximas a la condesa, ya en el destierro en Toro, que ésta se quejaba de que su marido, visto el galopante deterioro de su salud, no hubiera testado; y por ello,  ante las pretensiones de don Luis de Haro, al poco doña Ana obtuvo un poder de su esposo, ya muy mermada su condición física y deteriorado el intelecto, para otorgar testamento en su nombre. Igualmente resulta obvio que, efectivamente, la capacidad de don Gaspar estaba notoriamente limitada, pues o no sabía lo que firmaba o sabiéndolo no recordaba haber testado con anterioridad. Así las cosas doña Inés de Zúñiga y Velasco haciendo uso de dicho poder testó en nombre de su esposo en noviembre de 1645, poco antes de morir don Gaspar.

   Siendo dos testamentos los existentes y sin tener descendencia legítima don Gaspar, la herencia del Conde-Duque fue objeto de pleitos durante largos años. La discusión sobre cuál de ambos testamentos era el válido, teniendo en cuenta las condiciones en las que se encontraba el Conde cuando otorgó el poder a favor de su esposa, fueron argumentos determinantes en las pretensiones de los deudos de don Gaspar.

   La validez de uno u otro era la cuestión principal. Parece claro que el válido debía ser el de 1642, por más que en él se apreciara el discurso de un hombre con signos de perturbación. Véase, sino, como entre los legados dispuestos constan algunos tan disparatados por su prodigalidad, que son redactados después de rogar al rey que pagase todas sus deudas. Así por ejemplo dispuso desde dejar al Presidente de Consejo de Castilla un aguinaldo perpetuo de 40 ducados el día de Navidad; hasta disponer una renta de 50.000 ducados para fundar diversos Monte de Piedad en Sanlucar, Coria, Salamanca, Tomares, Loeches, Sevilla, Córdoba y Granada y 100.000 para poblar Algeciras y mantener una escuadra que vigilase el Estrecho de Gibraltar, destinando lo obtenido por las capturas que dicha escuadra realice a redimir cautivos. Serían éstas unas excentricidades de menor tono, si no fuera porque hasta para las más pequeñas mandas usaba el ordeno y mando, más propio de un edicto que de un testamento, refiriéndose, además, respecto a los legados dispuestos que los mismos quedaran subordinados a los hijos legítimos que le pudieran nacer en el futuro, cuando “él y doña Inés estaban fuera ya de toda previsión fecundante que no perteneciera a la esfera del milagro”, como muy acertadamente dijo don Gregorio Marañón, si tenemos en cuenta que doña Inés había nacido en 1584, y tenía, pues, al momento de testar don Gaspar 58 años.

   Testamentos, una declaración de voluntad para un futuro incierto. Así lo testimonió el notario del famoso orfebre y escultor Benvenuto Cellini, en el que tras señalar que lo transcribía en tiempos del papa Pío V y del Serenísimo Cosme de Médicis, lugar y fecha, decía que “al no haber en esta vida nada más cierto que la muerte, ni nada más incierto que la hora de la muerte, es de hombres sabios pensar en la hora de la muerte”.

(1) Mucho se ha escrito sobre si el Conde fue echado o si él fue quien pidió abandonar el puesto que ocupó durante veintidós años. Sin embargo, parece que, contrariamente a lo que a veces se ha dicho, no fue imposición de la reina Isabel la marcha de Olivares. Éste ya había solicitado antes, y más de una vez, dispensa del cargo, y era el propio Felipe IV quien, por no querer o no saber prescindir de don Gaspar, le negara la gracia. Hecho demostrativo de esa especie de dependencia se observa en la respuesta dada por el rey al ministro cuando éste le pidió, una de esas veces, retirarse a Sanlucar: “Tan lejos no, Conde; más cerca sí”. 
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EL ZAR QUE MURIÓ COMO UN CÉSAR

   El 17 de noviembre de 1796 yacía moribunda en su lecho Catalina II, cuando su hijo, el gran duque Pablo, el ministro Alejandro Bezborodko y el Procurador General Samoilov, penetraron en el despacho de la emperatriz contiguo a la alcoba de la agonizante. Buscaban algo.

   En los últimos tiempos los rumores que avisaban de la intención de la emperatriz de nombrar a su nieto Alejandro sucesor se habían hecho muy intensos. Cuando no se hablaba de un documento, se esperaba el momento en el que Catalina lo anunciara. Aunque nada era seguro, todo era posible. Se conocía también el desprecio que sentía la emperatriz por su hijo, al que consideraba incapaz, heredero de las mismas obsesiones de su padre Pedro III(1), de cuya muerte el hijo acusaba a su madre a la que aborrecía con recíproca aversión.

   Hechizado por la figura de Federico II, como lo estuvo su padre; cautivado por Prusia y todo lo alemán, y fascinado por la disciplina militar que imponía a fuerza de látigo, su madre Catalina lo había reducido a dirigir su pequeño imperio en Gatchina, un feudo próximo a San Petersburgo, en el que desde su palacio(2) sometía unas cinco mil almas y dirigía con puño de hierro una tropa de rusos disfrazados a la usanza prusiana.

   Y desde Gatchina había acudido a la capital el gran duque Pablo, temeroso, sin la certeza de si a la muerte de la Semíramis del Norte, sería él o su hijo Alejandro el nuevo amo del imperio ruso. Pero ahora ya lo sabía: sería él. Allí, en el despacho de su madre, ella en su dormitorio sin apenas pulso, había descubierto el documento causa de su temor y sus desvelos. Atado con una cinta en el escritorio de la zarina lo habían encontrado él y sus compañeros fisgones. Podía leerse por su exterior: “Para abrir después de mi muerte, en el Consejo”. Y sin pensarlo dos veces fue arrojado al fuego de la chimenea.

   Sin mandato especial, muerta la zarina, todos, también Alejandro, se inclinan ante el gran duque, ya de facto el nuevo zar Pablo I, del que muchos saben como piensa, pero no han visto actuar.

   De inmediato restituye y colma de honores a cuantos su madre condenó. Fieles cortesanos que se pondrán agradecidos a sus plantas. Y con la misma prisa castiga a los fieles de la emperatriz muerta, pero no a todos. Su retorcida mente guarda alguna sorpresa. Había sido el joven Platón Zubov el último de los innumerables favoritos de Catalina. Desaparecida su amante, quedaba desamparado y expuesto al mismo odio que Pablo sentía por su madre. Nada esperaba y, receloso, aguardaba su incierto destino, cuando se vio colmado de todo tipo de bienes: a petición del emperador mantiene su puesto de edecán y, acompañado de la zarina María Feodorovna, lo visita en el palacio que le ha ofrecido a orillas del Neva. Sorprendido, pero complacido, el antiguo favorito de Catalina no conoce bien a Pablo. Apenas comienza Zubov a saborear las mieles de su nuevo estado, recibe el hachazo. Sin previo aviso, se le destituye de todo cargo y privilegios, se le embargan todos sus bienes, y se le expulsa de Rusia.

   Más cruel si cabe es el trato que dispensa a Alexis Orlov. Hermano de Gregori, uno de los primeros favoritos de Catalina, fue aquél quien comunicó a Catalina la muerte violenta de su esposo Pedro III, mientras se encontraba confinado en la prisión de Roptcha, tras el golpe dado por Catalina con la ayuda, precisamente, de los hermanos Orlov. El día del juramento, el viejo Alexis, enfermo, no acudió a la ceremonia. Se le obligó, entonces, a firmar una declaración de sumisión al nuevo zar.

   Un mes después, con una temperatura de 18 grados bajo cero, en el cortejo fúnebre con los restos de Catalina, junto con los exhumados de Pedro III, a quien Pablo, creyó muerto por la voluntad de su madre, Pablo exigió a Orlov encabezar el cortejo. Obligado a levantarse, tuvo que vestir sus mejores galas y  sostener con sus manos el cojín sobre el que llevar la corona de Pedro III.

   Comenzaba el reinado de un zar excéntrico, obsesionado por la milicia y admirador de todo lo prusiano. En palacio prohibió las corbatas, los cabellos sueltos, los vestidos vaporosos. Todo eran polainas, guantes, sequedad en el trato. En todos veía un soldado en potencia. Impuso los castigos físicos, y sin embargo tenía un marcado sentimiento religioso. A veces sus intenciones para con el pueblo parecían de un paternalismo demencial, como cuando en una de las paredes de palacio decidió abrir un buzón para que el pueblo depositara sus peticiones. Todas las mañanas era él, único poseedor de la llave de la estancia en la que caían las cartas de sus súbditos, quien accedía a dicha sala para revisarlas.

Sello de correos con el escudo imperial ruso.

   Pero en realidad Pablo I era un déspota, que era más temido que amado. A su hijo, el gran duque Alejandro lo menospreciaba con frecuencia; a su nuera, la gran duquesa Isabel, tampoco la apreciaba. Estaba convencido el zar de que la gran duquesa trataba de influir en Alejandro en su contra, ser infiel a su esposo y ser su hijo fruto del engaño al gran duque con algún amante. Su comportamiento con los subalternos tampoco era ejemplar: en cierta ocasión hizo azotar a un oficial del ejército, encargado del aprovisionamiento de la cocina de palacio, por no resultar a su juicio aceptable una sopa. Y no sólo eso, se encargó él de facilitar la vara con la que administrar el castigo y presenciarlo el mismo. Cuando en otra ocasión mandó encarcelar a un hombre, el gran duque le observó la injusticia, pues la falta era de otro. Sin hacer caso, ordenó se detuviera al culpable y ambos compartieran la celda.

   Si sobre cualquier servidor la arbitrariedad del emperador era posible, en la de los cortesanos y miembros de sus gobiernos era segura. San Petersburgo vivía amedrentada por las ocurrencias del zar Pablo, que se creía infalible, ayudado por consejeros a los que creía fieles, pero que lejos de serlo conspiraban contra él. Ya en 1800, el almirante Ribas, español nacido en Nápoles, pero naturalizado ruso, héroe naval, almirante, fundador de la ciudad de Odessa, al caer en desgracia y ser alejado de San Petersburgo, entra en inteligencia con el conde Panin y el conde Pahlen. Conspiran, pero Rivas enferma y fallece; Panin también es destituido de sus cargos y Pahlen, queda solo. Solo, pero determinado a no seguir el camino de otros.

   Para asegurarse el éxito, Pahlen acude al gran duque Alejandro, tantas veces despreciado por su padre y ahora incluso en riesgo de perder sus derechos sucesorios: “Dentro de poco me veré obligado a cortar cabezas que me son muy queridas” le cuenta Pahlen haber oído decir al zar. Duda Alejandro, en pugna su conciencia entre su ambición y el deber filial, aunque lo sea por un padre al que no ama, pero Pahlen lo tranquiliza: no habrá sangre, sólo es precisa su abdicación y que pueda ser feliz en algún lugar, como lo fue en Gatchina. Son muchos los implicados: Platón Zubov, el último amante de Catalina y por serlo, tan perjudicado por Pablo, sus hermanos, el general Bennigsen, héroe militar y hasta una cincuentena de oficiales importantes del ejercito apoyan el plan. Y Alejandro acepta.

   La noche del 23 de marzo de 1801, el zar Pablo duerme en su alcoba. Avanzada la madrugada, el puente levadizo del castillo Miguel es bajado por los centinelas concertados con los golpistas, que penetran en el palacio y ascienden por las escaleras. Mientras el conde Pahlen, cerebro del golpe, pero que no quiere ser ejecutor material del mismo permanece fuera con parte de la guarnición, el general Bennigsen alcanza el dormitorio del zar, que es guardado por dos ujieres. Uno de los guardias grita alarmado. De poco sirve. El filo de un sable ahoga el grito del sirviente, pero no lo bastante como para no despertar al zar, al otro lado de la puerta. Pablo, asustado, salta del lecho y busca donde esconderse. Aterrado, cree encontrar refugio. Al poco son abiertas las puertas y un torbellino de gente penetra en la alcoba del zar. Registran la estancia. Zubov encuentra la cama imperial vacía. Crece el temor entre los conjurados. El zar ha huido, piensa; pero Bennigsen, apartando las hojas de un biombo, encuentra al emperador acurrucado en un rincón descalzo y en camisón. De esa guisa, lo llevan a la mesa, le muestran un documento y le entregan una pluma.
   ─Majestad, no debe temer por su vida. No venimos a hacerle daño. Estamos aquí para obtener su abdicación─, le dice Bennigsen.
   Pero Pablo, temeroso al principio, hace acopio de valor y se resiste.
   ─No firmaré, no lo haré.
    Los conspiradores dudan, pero sólo un instante; lo empezado no tiene vuelta atrás. Alguien, impaciente, arroja un objeto sobre el emperador, le hiere. La vista de la sangre exacerba los ánimos. Cunden los golpes sobre el zar Pablo. Otro, con el fajín del zar intenta estrangularlo. Cuando llega Pahlen, contempla el panorama: el zar ha muerto. Y al abandonar las habitaciones imperiales se enfrenta a los pocos guardias de palacio aún fieles a Pablo. Les habla: “El zar ha muerto como resultado de una apoplejía. Tenemos un nuevo soberano. El emperador Alejandro”.

   Alejandro vive en el castillo Miguel. Sin saber lo que pasaba, ha escuchado gritos, ruidos, más voces y por fin silencio. Al corriente de lo que debía suceder, desconoce lo que ha ocurrido, hasta que se presenta el conde Pahlen.  El silencio de éste le revela la tragedia. Y Alejandro llora como un niño, hasta que el conde lo saca de su conmoción.
   ─No es tiempo de lágrimas, majestad. Sois el emperador y fuera hay una tropa ante la que debe presentarse, y ser aclamado. Y asomándose al patio del castillo Miguel, Alejandro anuncia la muerte de su Padre por una apoplejía, mientras recibe los vítores de la guarnición. Rusia tiene un nuevo zar.

(1)  En realidad el presunto padre del futuro Pablo I fue Sergei Saltikov, nombrado chambelán de la corte por la emperatriz Isabel, con los inconfesables fines de seducir a la gran duquesa, o ser seducido por ella. Tanto daba una cosa como la otra, pues Catalina, tras cinco años de matrimonio, y a lo que se veía, sin visos de que fuera a ocurrir en el futuro, por el “poco interés” del gran duque, todavía no había dado descendencia al imperio.

(2) El palacio había sido regalado por la emperatriz Catalina a su favorito Gregori Orlov. A su muerte, lo recuperó de los herederos de aquél y lo cedió a su hijo el gran duque Pablo.
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L’INCONSTANT

   En abril de 1814 Napoleón Bonaparte está en Fontainebleau. Ha llegado allí desde París. La capital había caído y el futuro de Napoleón por primera vez en mucho tiempo no dependía de él; o mejor dicho no dependía de él si vivía. Según las memorias de Caulaincourt, la noche del  12 al 13 de abril, Napoleón intentó suicidarse con veneno. Esa noche su mayordomo al escuchar gritos en la alcoba de Napoleón, entró alarmado y viéndolo entre estertores de agonía, llamó al doctor Yvan, que le provocó el vómito y salvó la vida de Bonaparte. Al día siguiente, resignado, firmó su abdicación. Sus enemigos habían decidido, no sin cierta generosidad propia de quien ostenta el poder y dadas las circunstancias, concederle el control de un pequeño principado creado para él en la isla de Elba, y unas rentas anuales de dos millones de francos, que nunca le fueron pagados.
    
                                                        *

   En Elba, Napoleón parece feliz. Un carácter emprendedor, una mente activa y una inteligencia clara serán un gran beneficio para la isla. Reforma los cuarteles y las murallas de la isla, hace que se adoquinen  varias calles y arbolen muchas avenidas, se construye una fuente de agua potable, un hospital, un teatro, inaugura un servicio de recogida de basuras; en el campo se plantan viñas y muchos cultivos se benefician del sistema de regadío construido; a sus habitantes, poco más de once mil, de su propio peculio, hace donaciones de dinero y a la biblioteca de Portoferraio, de gran cantidad de libros; y ello en menos de diez meses.

   Pero por esas mismas condiciones personales, Napoleón no puede permanecer confinado permanentemente. Es cierto que sólo dispone de una guardia de seiscientos hombres, que la mayor parte de los políticos y generales que estuvieron a su lado, sirven ahora a Luis XVIII, último miembro de la dinastía odiada por Napoleón.  Pero su voluntad es inquebrantable y la necesidad acuciante. La ilusión de que Francia desea su regreso y la sospecha de que en el Congreso de Viena se decida su exilio a Santa Elena, acelera los acontecimientos.

   Embarcado en L’Inconstant, sorprendente nombre para el barco en el que Napoleón va a iniciar su última campaña apoyado en traidores e inconstantes personajes, fieles a él por segunda vez, después de haberlo sido entremedias al Borbon Luis XVIII, desembarca en Golfe-Jean el 1 de marzo de 1815. Al poco llega el primer tropiezo: tropas realistas, en número muy superior a los pocos que acompañan a Bonaparte, le cortan el paso. Napoleón da un paso al frente y descubriéndose, reta a los soldados que le hacen frente:
   ─Aquí está vuestro emperador. ¡Soldados!, ¿os atreveréis a dispararle?
    Ninguno se atreve a hacerlo, y todos se unen a él, iniciando la marcha hacia París. Ni siquiera el general Ney, uno de los más inconstantes en sus lealtades, antiguo general napoleónico, ahora fiel a Luis XVIII,  que al conocer el desembarco de Napoleón en suelo francés había prometido a su nuevo amo que capturaría a Napoleón  y se lo presentaría “en una jaula de hierro”, pudo cumplir su palabra. Ver a Napoleón y ponerse a su servicio es una misma cosa. 


   Conforme avanza Napoleón hacia París, como él mismo dijo: volando de campanario en campanario hasta las torres de Notre Dame, Francia se indigna al principio, se preocupa después y ya, las vísperas de su entrada en París, con el Borbón huido, se alegra o teme, quién sabe, por la presencia de Bonaparte. Lo demuestran los periódicos de aquellos días, que al conocer la llegada de Napoleón escriben sobre el desembarco del “monstruo”, para poco después referirse a él como general Bonaparte y al fin, dar la noticia de la entrada de su Majestad el emperador en París.

   Los aliados del Congreso de Viena se aprestan a la lucha, igual hace Napoleón; pero mientras aquellos reúnen ochocientos mil hombres, Bonaparte forma un ejército de unos trescientos mil, y parte de él debe permanecer en Francia sofocando los disturbios que Wellington promueve en la Vendée. Aun así, el ejército francés es temible y pronto medirá sus fuerzas en Bélgica, en una desconocida llanura cuyo nombre pasará a la historia, Waterloo.

                                                         *

   Mucho se ha hablado de los movimientos, posiblemente equivocados de algunos de los generales de Napoleón, de Ney y sobre todo de Grouchy, que en persecución del ejército del mariscal Blücher, dejó a Napoleón abandonado a su suerte, volviendo el prusiano en ayuda de Wellington.

   Si fue decisivo o no el error de Grouchy, es materia sobre la que mucho se ha especulado. Igual se puede hacer sobre lo que hubiera podido suceder de ser el conde Augusto de Ornano, otro general, quien hubiera estado al mando de ese cuerpo de ejército. Y es que el conde había sido designado por el ministro de la guerra Louis Nicolas Davout por su brillante hoja de servicios; pero siendo más antiguo en la carrera el general Bonet, se creyó éste con más derechos, y reclamó para sí el destino. Queriendo apuntalar su pretensión con el favor de Napoleón, trató de manchar el nombre del conde con maledicencias. (1)  El resultado no podía ser otro. Se notificó a Ornano el cese, al tiempo que llegaban a sus oídos noticias de las injurias contra él proferidas por Bonet. El conde pidió explicaciones. Bonet no se las dio, y poco después estaban ambos, excelentes tiradores, empuñando sus pistolas uno frente al otro. De nada sirvieron los ruegos de María Walewska para que el conde desistiera, incapaz de comprender que desistir lo convertía a los ojos de los demás y a los suyos propios en un cobarde.

   Apuntándose los dos hombres, abrieron fuego y resultaron heridos. Si un duelo pudo cambiar la historia, nadie lo sabrá. Ni Bonet, ni Ornano, que se recuperaban de sus heridas en un hospital estarían en Waterloo al lado de Napoleón. Sería Grouchy a quien correspondiera ese “honor”.

(1) El conde Augusto de Ornano había conocido a María Walewska, la amante polaca de Napoleón, cuando éste le encargó atenderla en sus necesidades al llegar a París. Discreto y prudente en su devoción por María siempre, muerto el conde Walewski y casado Napoleón con María Luisa de Austria y confinado en la isla de Elba, Ornano le ofreció matrimonio, que María aceptó, si bien, con el retorno de Napoleón a Francia, los preparativos del enlace quedaron en una especie de confusa pausa.

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