Al amanecer del 2 de julio de
1881 James Abram Garfield, vigésimo presidente de los Estados unidos de
America se preparaba, tras despachar los asuntos más urgentes, para tomar el
tren en la estación de Baltimome-Potomak de Washington y asistir a la ceremonia
de graduación en el Williams College, en Massachusetts, donde él mismo se había
graduado en 1856.
Ese mismo día, casi a la misma
hora y en la misma ciudad, Charles J. Guiteau salía de su domicilio de la calle
17, se detuvo en una plaza próxima a su domicilio ante un limpiabotas que sacó
lustre a sus zapatos, y continuó camino de la estación de Baltimore-Potomak en
la calle 6ª. Había cargado en su domicilio un revolver Bulldog del calibre 44,
que ahora, camino de la estación, ocultaba bajo sus ropas
Hacia las nueve y media de la
mañana de aquel caluroso día de verano, llegaba a la estación el presidente Garfield con
dos de sus hijos, acompañado del Secretario de Estado Blaine y un detective de
escolta. Vieron en ese momento como el tren en el que debían embarcar se
detenía y se dirigieron hacia él caminando por el andén.
Mientras, Charles J. Guiteau, que
había llegado minutos antes a la estación, estaba apostado en una esquina del vestíbulo, vio la llegada del presidente, abandonó su observatorio, se acercó decidido
tras los pasos del presidente Garfield, sacó el revolver Bulldog calibre 44,
apuntó sobre el cuerpo del presidente Garfield y descerrajó dos disparos que
impactaron en un brazo y en la espalda del presidente.
Aunque Charles J. Giteau trató de
huir, no lo consiguió. Al ser detenido, justificó su acción invocando como causa
un mandato divino. Mientras, el presidente Garfield, que sufrió un desmayo, era
atendido por los doctores Townsend y Bliss en la misma estación, quienes
consiguieron reanimarlo con espíritu de amonio. Luego fue trasladado a la Casa
Blanca. Allí empezó un auténtico calvario que habría de durar noventa y un
días.
Sello de 1922 del vigésimo presidente de los EE.UU. |
Al ser reconocido, se advirtió que la herida del brazo carecía de gravedad, no así la causada por la bala que le había penetrado por la espalda, cuya localización se desconocía. Para aliviar los dolores de sufría en las extremidades y en el lado derecho del escroto, el doctor Bliss, su médico personal, que ya le había asistido en la estación, le administro morfina, mientras el resto del equipo médico llamado para atender al presidente comenzó la exploración de la herida. El doctor Wales, médico de la Armada, para averiguar la ubicación de la bala y el alcance de las lesiones introdujo su dedo desnudo por el orificio de la herida sin que lograra alcanzar el fondo; lo mismo hizo el doctor Hoodward que, más decidido, profundizó lo suficiente para descubrir la fractura de undécima costilla, aunque tampoco localizó la bala. Otros miembros del equipo médico repitieron la operación sin otro resultado que agrandar la herida.
Dos días después del atentado
llegan los doctores Hayes Agnew y Frank Hamilton, considerados los mejores
cirujanos del país. Inspeccionan de nuevo la herida, pero aunque tampoco
descubren dónde se ubica la bala, consideran correcto el tratamiento recibido
por el presidente hasta entonces. Sólo se puede hacer una cosa: esperar.
En los siguientes días el estado
del presidente mejora. La fiebre ha cedido de modo apreciable, los dolores han
desaparecido y tolera los alimentos. Todo el ciclo digestivo se desarrolla con
normalidad, prueba clara, piensan, de que no ha sido dañado el aparato
digestivo. Renacen las esperanzas. Pero conforme transcurren los días surgen
complicaciones, la herida comienza a supurar, está infectada. Se procede a drenarla
superficialmente en la primera ocasión, mucho más profundamente en otra
posterior, expulsando en ambos casos gran cantidad de pus. El herido, además,
ha dejado de comer, ha perdido mucho peso y mantiene una fiebre alta de tipo
séptico. El pesimismo cunde entre todos. Es preciso encontrar la bala, la causa
de todo mal, piensan los galenos.
Para ello el doctor Bliss se pone
en contactó con Alexandre Graham Bel, ya famoso y muy reputado por sus
inventos, que había ofrecido su balanza de inducción para tratar de localizar
la bala alojada en el cuerpo de presidente. La balanza de inducción era una
especie de detector de metales probado por Bel en voluntarios heridos de bala con resultados esperanzadores. En dos ocasiones se sometió al presidente
Garfield a las pruebas con dicho ingenio, pero el aparato que indicaba la
presencia del metal no era capaz de indicar la ubicación del mismo(1).
A finales de agosto la
glándula parótida derecha del herido se inflama, provoca la
parálisis facial en ese lado del rostro del presidente. Una punción libera gran cantidad de
pus. También el oído empieza a supurar. Puesto que el calor de Washington
resulta insoportable, se decide, para atenuar su sufrimiento, el traslado a su
casa de New Jersey, cerca del mar. Allí mejora levemente de lo que no tiene
remedio. Una bronconeumonía complica las cosas. A los pocos días entra en coma.
Nada se puede hacer ya, y el 19 septiembre, 91 días después del atentado el
doctor Bliss certifica la muerte del vigésimo presidente de los Estados Unidos
de América. Había ejercido su cargo durante 210 días.
(1) Con posterioridad se sabría
que la causa de aquella imprecisión de la balanza de inducción utilizada para
localizar la bala, se debió al colchón de la cama presidencial. Era un colchón
de muelles, novedad de la época que muy poca gente tenía, y que distorsionó
todas las medidas de aparato de Bel.
Jolines, pobre, qué mal lo pasó y me queda la insoportable pregunta: dónde demonios estaba la bala !!??
ResponderEliminarPues tras la autopsia efectuada se vio que la bala estaba alojada en el tejido adiposo próximo a la parte inferior del páncreas y se había enquistado. Probablemente el presidente hubiera podido sobrevivir si no se hubiera hecho con los dedos aquella escabechina que, además, propició una infección fatal imposible de combatir en aquella época.
EliminarUn saludo.
Pues sí, eso de meter los dedos en una herida sin ningún tipo de medidas antisépticas, no ayudaría nada al presidente.
EliminarSaludos.
eso si
ResponderEliminarhttp://www.visiondearlequin.blogspot.mx/
Realmente un "mandato"corto, azaroso, frustrado y nada agradable. Y la medicina en aquellos tiempos tampoco ayudó demasiado,la verdad.
ResponderEliminarUn saludo.
Qué mala suerte y qué calvario tan terrible. Una muerte que dura 91 días es demasiado cruel. Lástima, un cúmulo de circunstancias impidió que pudiera salvarse, lo que seguramente hubiera sucedido hoy.
ResponderEliminarFeliz tarde
Bisous
Vaya sufrimiento, el pobre.Qué manía con hurgar en la herida, seguro que no se lavaban las manos con pulcritud. Una herida, de esa magnitud era temible sin antibióticos. Y para guinda, el colchón perjudicó una -improbable- curación.
ResponderEliminarUn abrazo
Un corto mandato y un largo sufrimiento antes de su muerte.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola Amigo:
ResponderEliminarTriste desenlace. Entonces no había guantes y todavía los antibióticos no habían hecho aparición. Se usaban antisépticos entonces en las intervenciones quirúrgicas.
Con los antibióticos, la bala es lo de menos. En las películas del oeste, siempre se sacaba la bala, justamente por la falta de antibióticos...Aun queda esa leyenda urbana.
Saludos. Que todo vaya bien
Que sufrimiento y para terminar falleciendo.Un mandato corto y un sufrimiento innecesario ; el pobre tuvo mala suerte.
ResponderEliminarCoincido con Manuel , una infección fue la causa más que la herida.
Le deseo un feliz inicio de otoño
Un abrazo.
Impresionante historia. Mira que siempre tiene que haber un iluminado.
ResponderEliminarUn saludo.
Dios mío, menuda carnicería. No sé nada de medicina, pero acaso no haber hecho nada hubiera sido mejor. Uf. Realmente fue una agonía, con tantas manos (¡y dedos!) manipulando al herido.
ResponderEliminarPor cierto, ni me sonaba remotamente este nombre, y menos como presidente de los USA.
Saludos.
Leer este triste episodio que desconocía por completo me ha llevado a pensar en los pioneros de la asepsia, que se pasaron la vida tratando de evitar casos como el que cuenta y soportando las burlas de sus compañeros cuando les insistían sobre la necesidad de lavarse las manos. Es este un tema en el que por suerte hemos avanzado muchísimo, señor DLT.
ResponderEliminarUna agonía espantosa que hoy día podía haber tenido solución. Lástima de aparato de Bell. A veces los detalles más nimios pueden desequilibrar un proceso satisfactorio en otros casos. No sería el primero ni el último presidente asesinado de los EEUU.
ResponderEliminarUn saludo
Para mandatos cortos, el de William Henry Harrison (1841): pilló un resfriado el día que asumió la presidencia tras dar un discurso de varias horas, al aire libre, en un frío día de marzo y sin abrigo (dicen que por orgullo, porque sus rivales políticos se burlaban de él por su edad). El resfriado derivó en pulmonía y Harrison murió exactamente un mes después de convertirse en presidente.
ResponderEliminarUn saludo.
todo el comentario y la historia esta bien en cuanto a la posicion como presidente fue el numero 24 y no el 20
ResponderEliminarLas fuentes consultadas me indicaban que era el número 20; la misma Wikipedia, de la que hay que fiarse en ciertas cosas hasta cierto punto, pero en un listado fácilmente contrastable, supongo de fiar, indica que Garfiel fue el vigésimo presidente, cuadrando las fechas; y el veinticuatro parece que fue Glover Cleveland.
EliminarSaludos.