PEÑÍSCOLA

   Ir a Peñíscola es hacer un viaje a la historia. Allí, en la villa marinera y hoy turística, murió el penúltimo papa del Cisma de Occidente, refugiado y solo, pero tenaz en su pretensión.

   Sirva este corto paseo por Peñíscola para conocer algo de su historia y como continuación y final de la historia de don Pedro de Luna y del Cisma de Occidente contado en “Cuando Benedicto se mantuvo en sus trece”.
      
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   Cuando el viajero llega a Peñíscola, hace casi cien años que dejó de ser isla ocasional. Fue entonces cuando el cemento invadió el espacio que sólo la arena ocupaba, y le quedó prohibido al mar, ni aun en los temporales, separar con sus aguas isla y pueblo de la costa. Hasta la construcción del puerto, en 1925, un camino sobre la estrecha lengua de arena era la única forma de llegar hasta la población y su castillo. No es extraño que esto hiciera pensar en aquella roca como un lugar fácil de defender y seguro para vivir, pues a su estratégico aislamiento unía la existencia de manantiales de abundante agua dulce.


  En 1292, los templarios se instalaron en Peñíscola y comenzaron a colocar sobre piedras anteriores, puestas por los árabes, lo que el viajero ve hoy: un imponente castillo que ha servido para mucho en el pasado.

    De su importancia da cuenta el que fuera corte papal durante el pontificado de don Pedro de Luna, el papa Benedicto XIII elegido en Avignon, que se refugió en Peñíscola, desde donde se mantendría como uno de los papas de la cristiandad en los últimos tiempos del Cisma. Benedicto había recibido Peñíscola de la orden de Montesa, heredera de la del Temple, cuando ésta fue disuelta e inmediatamente don Pedro ordenó acometer obras de mejora en sus murallas y de acondicionamiento y embellecimiento interiores.

   Aún no está definitivamente alojado en Peñíscola, cuando desde Constanza donde se celebra el concilio convocado por Segismundo, rey de Hungría, hijo del emperador Carlos IV, en el que se intenta unificar la obediencia papal en la del pontífice romano, se promueve un encuentro en Perpignan. Allí, en 1415, se tratará, una vez más, de convencer al anciano don Pedro para que renuncie. Acuden a Perpignan el rey de Aragón, Fernando de Antequera y Vicente Ferrer, que ya habían tratado de convencer al papa de lo mismo en Morella, poco antes, sin éxito; y también el propio Segismundo. Benedicto vuelve a mantenerse en sus trece, pero ahora perderá el apoyo de Fernando, cuyo reino dejará de someterse a su obediencia, y sobre todo el de Vicente que también lo abandona. Benedicto deja Perpignan. Dolido, se queja. Él, que tanto hizo por Fernando en Caspe le reprocha su ingratitud: “Yo te hice lo que eres, y tú me envías al desierto”. Y vuelve a su roca de la que ya no se moverá. Tiene ochenta y siete años, pero su espíritu es fuerte y no piensa rendirse.

   El viajero que pasea por la planta alta del castillo se asoma a la torre del papa Luna, contigua a sus aposentos, en la que se abre una ventana desde la que se ve el mar. Desde allí dicen que Benedicto miraba el horizonte, más allá del cual estaba la sede papal que creía corresponderle.

   Los años siguientes son de continua resistencia. Asediado al principio por el desagradecido Fernando, la presión disminuye mucho al reinar su hijo Alfonso. La vida del papa transcurre en Peñíscola con cierta placidez, dedicado don Pedro a sus rezos, sus estudios y defender su causa.

   Aún, desde Constanza, donde el concilio continúa sus sesiones, se hará un último intento. Martín V, el papa romano, envía a Peñíscola dos mensajeros. Son dos frailes benedictinos. Deben informar en persona a Benedicto que ha sido declarado cismático y hereje contumaz. También instarle de nuevo a la renuncia, a cambio, como en anteriores ocasiones, de grandes rentas y la consideración de segundo papa de la Iglesia. Benedicto y sus cardenales reciben con gran pompa a los delegados, pero éstos nada consiguen y regresan a Roma para dar cuenta de su fracaso.

   Ya sólo Escocia está bajo su obediencia, más por oponerse a Inglaterra, fiel a Roma, que por afecto a don Pedro. También mantiene influencia sobre algún condado de la Gascuña francesa, donde se halla un seguidor suyo, el francés Jean Carrier. El papa Luna está casi solo, pero resiste, parece que lo vaya a hacer siempre. En 1418, Benedicto sufre un nuevo embate de sus enemigos: don Pedro gusta de los dulces, de los que se ve bien surtido por la población de la roca y las monjas de los conventos próximos. Se los sirve su camarero Micer Domingo Dalava, y se los sirve envenenados. Entre él y Fray Palacio Calvet llenan los dulces de arsénico. Benedicto los come sin darse cuenta de que llevan la muerte dentro, pero don Pedro es un anciano fuerte, anda ya reseco de carnes, y su resistencia es como la de la roca en la que habita. Se sobrepone. Los culpables son detenidos, confiesan e involucran a varias personas, la de más alta categoría un cardenal italiano, que se hallaba presidiendo un sínodo en tierras leridanas. Nada se puede hacer contra éste, sí contra los responsables materiales, que son ajusticiados.

   Aún vivirá unos años más el irreductible papa Luna defendiendo sus derechos. Cuando se acerca su hora, antes de morir, Benedicto toma medidas, y al poco, a sus noventa y cinco años don Pedro fallece. No ha muerto de repente, sino por ancianidad, a finales de 1422. Cuando parte para el otro mundo, don Pedro ya ha dejado las cosas de éste arregladas. Ha creado cuatro cardenales, tres de los cuales se reúnen en cónclave y eligen nuevo papa. El nombramiento recae sobre un canónigo de la catedral de Valencia, Gil Sánchez Muñoz, que es coronado como Clemente VIII.

   Gil Sánchez Muñoz había nacido en Teruel. Cuando fue elegido papa, sucesor de Benedicto XIII, era además de canónigo en la catedral de Valencia, arcipreste de Teruel y chantre(1) de Gerona y poseía algunas rentas. Había sido colaborador de los dos últimos papas de Avignon, don Pedro de Luna y el predecesor de éste Clemente VII y aunque Aragón se sometía a la obediencia romana, Alfonso V el Magnánimo, al que interesaba oponerse al romano Martín V, que había excomulgado Clemente, contribuía con rentas suficientes al mantenimiento del palacio papal de Peñíscola. Así siguieron las cosas durante ocho años hasta que Clemente, a instancias del rey Alfonso, resueltas sus querellas con Martín por la cuestión napolitana, se dispuso a la renuncia, aunque no sin condiciones, sino exigiendo la legitimidad de los nombramientos de Benedicto y del suyo propio. Con sentido práctico así se hizo y con toda solemnidad el 29 de julio de 1429 Clemente VIII reconoció como único papa verdadero a Martín V, que lo nombró obispo de Mallorca. El Cisma había terminado(2).

Alfonso el Magnánimo

   No se olvida el viajero de otro nombramiento. En Peñíscola está también un joven secretario del rey Alfonso. Ha mediado mucho a favor de su señor en los asuntos napolitanos y también para lograr la conclusión del cisma. Hoy recibe de manos del legado papal, en la capilla del castillo, en la misma en la que ha renunciado Clemente, la mitra de Valencia. Se llama Alfonso de Borja y llegará a ocupar la silla de Pedro. Con él dará comienzo la historia de una familia de la que la Historia se ocupará con mucho interés.

   Mucho más sucedería tras los muros del castillo. En el siglo XIX fue cárcel y algunos presos de importancia fueron allí enviados por Fernando VII, al que parece faltaban prisiones en  las que encerrar a sus enemigos liberales o simplemente a sus enemigos, como le sucedió a don Juan de Almaraz, el último confesor de su madre, la reina María Luisa de Parma, y que según algunas fuentes reveló por escrito, a requerimiento de la arrepentida, la confesión de la reina acerca de la ilegitimidad de todos sus hijos, lo que provocó la ira de “El deseado”, cuando ya no lo era tanto, que mandó encerrarlo, pese a lo avanzado de su edad.

   El viajero deja el castillo, baja y vuelve a subir por estrechas y empinadas callejuelas limitadas por las blancas casas, muchas de las cuales ocuparon el lugar dejado por los edificios y palacetes góticos usados por la corte del papa Luna, destruidos en los bombardeos que sufrió la localidad, puesta del lado de Felipe V, durante la Guerra de Sucesión. Recorre parte de las murallas, gran parte de ellas levantadas en tiempos de Felipe II, y en una placa que hay en una de ellas lee el viajero que por allí anduvo Charlton Heston haciendo de Cid Campeador, simulando en el celuloide estar ante Valencia, cuando Rodrigo Díaz la conquistó en 1094.


   Cerca, en el puerto, unas embarcaciones ofrecen paseos rodeando la pétrea mole. El viajero embarca. Quiere ver la escalera que desde el castillo, dicen se labró, en la roca viva, en un solo día y por la que, durante los asedios, Benedicto recibía las vituallas suficientes para resistir los ataques enemigos. Desde el mar el viajero cree verlo todo como si el tiempo no hubiera pasado, como si el reloj que lo mide se hubiera detenido, como si la embarcación con la que rodea la antigua isla fuera una de las galeras del papa Luna con las que defendió su "reino" en este mundo.


(1) La dignidad de chantre estaba relacionada con la dirección del coro en los oficios divinos.

(2) O casi, porque hay que advertir que aunque Clemente VIII es considerado el último papa cismático, Jean Carrier, el cardenal creado por Pedro de Luna poco antes de morir, que no asistió al cónclave del nombramiento de Gil Sánchez, al enterarse del mismo lo rechazó.
Carrier, que desde tiempo atrás venía tratando de ganar prosélitos para la causa de Benedicto, tenía el apoyo del conde de Armagnac y él mismo, como si de una parodia se tratara, ante los ataques que recibía, como los recibía Benedicto en su roca mediterránea, se hizo fuerte en su castillo, al que la gente comenzó a llamar Pegniscolette. Muerto Benedicto, y sabiéndose cardenal, en 1425, nombró papa a su sacristán, con el nombre de Benedicto XIV, con el enojo de Martín, romano y de Clemente, heredero del aviñonés Luna. Carrier acabaría dando con sus huesos, preso, en el castillo de Foix, donde moriría en 1433.
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LA PATRIA ESTÁ EN PELIGRO

   Tras la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando y la captura de Godoy en Aranjuez, que a punto de ser linchado salvó la vida de milagro gracias a la intervención personal del propio Fernando, los acontecimientos se precipitan de manera rapidísima e incontrolable. Los españoles, títeres movidos por los hilos manejados por el emperador Bonaparte, pronto comprenderán que la patria está en peligro.

   Los reyes Carlos y María Luisa, sin el amor del pueblo, sin el brazo protector del amado Manuel, sin mayor aspiración que salvar el pellejo y su modo de vida, se entregan a Murat, o lo que es lo mismo a Napoleón. Joaquín Murat, cuñado de Napoleón por su matrimonio con Carolina Bonaparte es, además,  gran duque de Berg, almirante del Imperio y ahora lugarteniente de las tropas francesas que ya se enseñorean por la Península Ibérica, toleradas en España, en parte por los acuerdos suscritos con Francia, pura estratagema para pisar suelo español camino de Portugal; y en parte por creer, ingenuamente, que eran los garantes del nuevo rey Fernando, única oposición al odiado Godoy.

   Nada más lejos de la realidad. Aunque el 24 de marzo Fernando entra en Madrid, entre vítores, con la esperanza para la Nación de lo que un nuevo rey supone, pronto se darán cuenta los españoles, sobre todo el pueblo llano, inicialmente deslumbrado por las marciales formaciones de un ejército maravilla de Europa, de las verdaderas intenciones del invasor mandado por Murat, que íntima y secretamente abriga la esperanza de lucir sobre su cabeza la corona de España. Tampoco Murat verá cumplido su sueño. España, sí, iba a dejar de ser borbónica, pero sería un Bonaparte su nuevo dueño. Así lo había decidido el nuevo césar de Europa.

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   Y lo primero que se advierte es la candidez del nuevo rey. Puede pensarse que sus pocas luces  y mala educación tuvieran algo que ver. Testimonio de esto podría ser la nota que envío a su madre en 1800 cuando avisaba de su llegada a El Escorial:
    “Señora: Mamá mía. Llegué bueno, con ganas de cenar. Heres mi pichona como dises y te quiero mucho y he llorado porque no beniste conmigo, que estoy guerfanito de Padre y Madre…”.

     Tal nota corresponde a un infante de España de dieciséis años, al que ya están buscando esposa y de cuya educación se ocupa Juan Escoiquiz(1). Pero es posible que más que una demostración de idiotez, fuera un aviso de su doblez. En el mismo Escorial, siete años después, traicionaría con la ayuda de Escoiquiz a cuantos se comprometieron con él en una conjura contra los reyes, sus padres. No, no era un idiota Fernando, sino que estuvo mal asistido, mal aconsejado, y a esa desgracia, no poca para un futuro rey, añadió de su cosecha un temperamento impropio de un buen gobernante.
                                                     
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    Porque es difícil comprender cómo Fernando, como un ratoncillo tras un pedazo de queso, fue engañado y atraído por Napoleón hacia tierras francesas, pero así fue: el general Savary, enviado por Napoleón para ello le dice que Bonaparte viene a España, que complacerá mucho al emperador que salga a su encuentro. Y Fernando, convencido de las buenas intenciones del emperador y rendido admirador de sus gestas, se deja convencer. Primero llega a Burgos, pero el emperador aún no ha llegado allí; luego a Vitoria, tampoco allí se halla el césar de Europa. Savary, ladino, se ofrece a Fernando. Aunque Savary tiene órdenes precisas que le prohíben retroceder, que cada etapa es un viaje de ida sin posibilidad de retorno, anuncia que irá a Bayona para conocer las causas del retraso. Mientras, Fernando es advertido por los más sensatos, que no son muchos, para que regrese, que no siga, que aquello es peligroso. Cuando Savary regresa trae noticias de Napoleón, eso dice, que regalan sus oídos. Además, le advierte que sus padres van camino de Francia. Fernando teme que lleguen antes que él al encuentro con Napoleón. El 19 de abril Fernando llega a Irún, está a punto de entrar en la ratonera. Al día siguiente cruza la raya de Francia. Muy pronto dejará de ser rey para convertirse en cautivo. Pocos días después también estarán allí sus padres.

   El mismo día de la llegada a Bayona, casi sin respiro, Napoleón hace una oferta indigna a Fernando: le ofrece la corona del reino de Etruria, creación de Bonaparte tiempo atrás y comodín usado más de una vez, a cambio de la de España, que Fernando ya ha perdido. Por una vez Fernando se muestra digno. Dice que no. El día 27 de abril, el ministro Ceballos comunica al ministro francés señor Champagny la negativa de Fernando.

   No se rinde el emperador. Si por las buenas no lo consigue, lo logrará por las malas. El 5 de mayo Napoleón se reúne con Carlos, María Luisa y Fernando. Bonaparte está colérico al conocer lo que pasa en España. Ahora todo tiene que pasar por la renuncia de Fernando a favor de su padre y la cesión de éste de todos sus derechos a favor de su carcelero.


   Y lo que pasa en España es que al clarear las primeras luces del día 2 de mayo de 1808 dos coches de caballos están dispuestos en las caballerizas del Palacio Real de Madrid. Están preparados para trasladar a unos pasajeros muy especiales. Son éstos los miembros de la familia real que aún quedan en España, la infanta Luisa y su hermano Francisco de Paula, que van a ser trasladados, raptados entendió el pueblo de Madrid, y llevados a Francia.

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   No mucho tiempo atrás el embajador francés en España había escrito a Napoleón advirtiéndole del carácter español y la prudencia con la que le convenía obrar:

   “La nación española no se parece a ninguna otra. V.M. no debe tomar ningún partido antes de venir a conocer las cosas por sí mismo. Los españoles tienen un carácter noble y generoso, pero tienden a la ferocidad y no soportarían ser tratados como una nación conquistada. Reducidos por la desesperación, serán capaces de las más grandes y valientes revoluciones y de los más violentos excesos”.

   No hizo caso el emperador a su embajador y sí a su cuñado que lo tranquilizó diciendo: “Sire: con estas tropas y nuestros cañones, respondo de todo”.

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   El pueblo llano, con todo aquello que podía servirle de arma, cuchillos, hoces, palos, piedras, se enfrenta a los franceses. Asalta el carruaje en el que se llevan al infante: “¡Que nos lo llevan!” grita una mujer. Pronto la lucha se generaliza. Hacen falta más armas. Los franceses son muchos y bien armados. Los españoles, gentes corrientes, creen saber donde encontrarlas y no se equivocan.


   El parque de artillería de Monteleón está bajo el mando de dos capitanes: don Luis Daoiz y don Pedro Velarde. Cuando grupos de madrileños llegan a sus puertas en busca de armas, allí ya se está al corriente de lo que pasa en las calles de Madrid. Las puertas se abren. Los amotinados se arman. Va a dar comienzo lo que podría considerarse la primera batalla de la Guerra de la Independencia. Gran número de tropas francesas, incluido el batallón Westfalia, se dirigen a Monteleón. Comienzan los disparos, los cañonazos. Primero Daoiz, luego Velarde, caen. Luego lo hará el siguiente en el mando, don Jacinto Ruiz, teniente, que conviene se sepa su nombre, porque si su graduación está un grado por debajo de sus jefes, su valor y sacrificio estuvieron a la misma altura. Se encontraba enfermo cuando los hechos, herido en un brazo, cubrió su herida con una venda y se mantuvo en su puesto hasta que una bala atravesó su pecho.

   Mientras esto sucedía en el Parque de Monteleón, en la Puerta del Sol, los mamelucos cargan sobre los españoles, que rabiosos con lo que tienen a mano responden a los egipcios. Dicen que hasta las tripas de los caballos eran abiertas por las mujeres con las tijeras de coser. Si así fue Goya no dejó testimonio de ello en uno de sus más famosos cuadros: La carga de los mamelucos; pero sí se sabe que por llevar unas, que usaba en el taller de costura en el que trabajaba, fue muerta, a sus diecisiete años, Manuela Malasaña. Madrid, con justicia, se ha ocupado de que la historia la recuerde.

   Lo que está sucediendo en Madrid empieza a conocerse fuera de la capital. En Móstoles, Simón Torrejón y Andrés Hernández, sus alcaldes, publican un bando. Si fueron ellos los autores del mismo o don Juan Pérez Villamil, director de la Real Academia de la Historia, mucho importará a la historia, pero poco ahora a los españoles. España está en guerra.

(1) Sobre Juan Escoiquiz se dijo algo sobre su carácter y labor educativa sobre el herededo, en este mismo blog, en “El saber no ocupa lugar”.
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LAS FRAGUAS

   Hoy el viajero no empieza por contar lo primero que ve, sino que pasados unos días en Santander toma rumbo al sur. Antes de llegar a Reinosa, se desvía. Muy cerca de la autopista hay un pequeño pueblo. Se llama Las Fraguas. No es municipio, sino pedanía de población más importante con ayuntamiento: Arenas de Iruña. Tiene Las Fraguas dos joyas que casi nadie mira o, al menos, eso le parece al viajero. No hay turistas, apenas algún visitante. En realidad el viajero sólo ve un coche que se detiene, del que bajan dos personas y miran con prisa lo que el viajero contempla con pausa.





   Tranquilo, el viajero ve a un lado del camino el palacio de Hornillos, versión pequeña e inspiración del santanderino de la Magdalena, pero que al viajero gusta más. Está rodeado de bosques, excepto por su lado sur, hacia donde encara la fachada principal y una de sus alas, que tienen delante una inmensa pradera. Es la hora del mediodía y tenues nubes difuminan los rayos del sol. La fachada del palacio recibe la suave luz del sol. El viajero toma su cámara, encuadra y dispara varias veces. Del palacio sabe el viajero que fue construido por Selden Wornum a caballo entre los siglos XIX y XX, y un siglo después de construido le ha llegado la notoriedad por haber sido el escenario de la película de Alejandro Amenábar “Los otros”, en la que se nos hace creer que se encuentra en la isla de Jersey, en el canal de la Mancha. El palacio es de propiedad privada y el viajero no puede acercarse, pero aún así da la visita por buena.




     Sin moverse del sitio, el viajero se da la vuelta. Justo detrás ve la otra pequeña maravilla de Las Fraguas: la iglesia de San Jorge. De estilo neoclásico, se le conoce como “El Partenón”. Tiene más o menos la misma edad que el palacio vecino. Esta situada en lo alto de un pequeñísimo cerro desde el que se domina el cementerio de la población, y mandó levantarla el duque de San Mauro como capilla y panteón familiar, donándola después al pueblo para cumplir funciones parroquiales. El viajero se acerca, rodea la iglesia, camina entre sus columnas y toma algunas fotografías. Santander, de la que viene, le espera otra vez.
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EL ESPEJO MÁGICO DE SCOTTO

   Casi todo en Scotto es un misterio. De nombre Jerónimo, muchos le llamaban Alessandro. De apellido Scotto, otros le decían Scota. Aunque no es seguro que naciera en Parma, parece claro que era italiano. Tampoco se sabe con precisión la fecha de su llegada a Praga, pero está comprobado que hacia 1590 ya se encontraba en la ciudad. Atraído por la ciudad que Rodolfo II, emperador, había convertido en capital del Sacro Imperio Romano Germánico, y en capital de las artes, la astrología,  la magia y la alquimia, llegó haciéndose notar.

   A Scotto le precede su fama, que cree será suficiente para abrirle de par en par las puertas del Castillo de Praga, que Rodolfo ha convertido en galería de arte, pero también en laboratorio de magos y alquimistas.

   Rodolfo está trastornado. Desea vivir siempre. Desea tener oro para poder pagar el tributo a los otomanos que acechan. También para seguir acumulando obras de arte(1). No se casa, no tiene hijos legítimos. Los astrólogos han predicho que sus hijos le arrebatarían el poder. Rodolfo lo cree a pies juntillas.  

  Scotto había aprendido las artes diabólicas en Alemania y aplicaba todos esos conocimientos en su propio beneficio. Mago, espía, mujeriego, aventurero en definitiva, se decía que poseía un espejo mágico. Su ambición le llevó, en su afán de llegar a lo más alto de la escala social,  a codearse con políticos y diplomáticos. Uno de éstos fue un embajador de España. Le enseñó el espejo, y le hizo ver en él al rey Felipe escribiendo una carta. Scotto tentó al embajador: “Si lo deseas puedes leer el texto”. El diplomático, prudente,  rehusó la oferta. Scotto no se detiene. Visita al arzobispo de Colonia. Se llama Gebhard. Le tienta. Le enseña a la mujer más hermosa de la ciudad. El arzobispo sucumbe. Es la condesa Inés de Mansfeld. El arzobispo olvida su condición, queda enamorado de la condesa, afamada seductora. Gebhard es católico. Inés, salida del espejo, protestante. El arzobispo la oculta, la esconde. Inés, ofendida, protesta. Gebhard, al fin, la presenta en público. La conmoción es grande. El escándalo está servido.  A Gebhard se le exige una boda. Ello supondría la conversión del  arzobispo de Colonia, príncipe elector. El imperio podría dejar de ser católico en la próxima elección. Los católicos no aceptarían. Tomarían quizás las armas. El Papa condescendiente hasta entonces interviene. Insta al arzobispo a la vuelta al redil. El emperador, por su parte, le ofrece dinero por lo mismo. Gebhard responde casándose con la condesa. El Papa lo excomulga. Gebhard huye de Colonia. Otro obispo, Ernesto, hermano del duque de Baviera, católico, ocupa la vacante.
  

   Scotto también huye. Ha sido el causante de todo. Se dirige a Praga. Allí, el emperador busca la eterna juventud, la transmutación de los metales. La competencia es feroz. Scotto encuentra oposición. Los mejores puestos ya están ocupados y sus dueños los defienden con uñas y dientes. Edward Kelley es el alquimista oficial del emperador. No consentirá intrusos. Otros muchos tampoco. Tres años después Scotto ocupa una humilde casa en la parte vieja de Praga. No logrará levantar cabeza. Su espejo, roto, no le salvará. Sobrevivirá elaborando ungüentos y otros potingues en una ciudad dominada por la magia. Varios siglos después, escritores románticos del siglo XIX hablarán de él en varias novelas y contarán sus trucos, como si fueran vistos en un espejo que nunca existió. ¿O sí?

(1) A lo largo de su mandato, Rodolfo II acumulará grandísimas colecciones de arte. Se verá ayudado por Arcimboldo, pintor oficial del emperador, que ya lo había sido de su padre Maximiliano y de su abuelo Fernando. Esa ingente cantidad de obras de arte de las más variadas disciplinas:  tres mil cuadros, dos mil quinientas esculturas, varios millares de objetos diversos, acumuladas en los sótanos del castillo de Praga, sin inventariar hasta algunos años después de la muerte de Rodolfo, se dispersó durante los siglos siguientes debido a continuos saqueos del castillo, subastas y expolios. Hoy, la mayor parte de dichas obras se encuentran en diversos museos de Europa, especialmente en Viena, y en colecciones particulares.
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