LA FUENTE DE CELLA

   El viajero, en su camino por tierras de Aragón, se desvía de su camino para ver una fuente al decir de unos, al de otros pozo, que sabe está en Cella. Durante mucho tiempo se ha tenido, y aún hoy, aunque estrictamente no lo sea, por el nacimiento del río Jiloca, un tributario del Jalón que las mezcla con las suyas, para entregarlas al Ebro.  

   Como en tantas ocasiones ocurre, la leyenda invade el terreno de la historia cuando ésta carece de certezas y detalles. Se cree que fueron los templarios quienes excavaron el pozo, y que más tarde, cuando la importancia, el gusto por lo bello y los recursos dieron para ello, se construyó el pretil que lo rodea; pero aún siguen vivas las leyendas que hablan del afloramiento de las aguas que riegan los campos de Cella y sus alrededores.

   Y a falta de una son dos las leyendas que se confunden y toman una cosas de la otra y ésta se apoya en la primera para fraguar la memoria de lo irreal.








   Una nos habla de Zaida, la hija de alcaide que, pretendida por Melek, hijo del rey moro de Albarracín, y por don Hernando, conde de Abuán,  caballero cristiano acompañante del Cid Campeador, que hizo de aquella tierra punto de encuentro en la toma de Teruel, se inclinó por el amor del cristiano, lo que despertó los celos del sarraceno y fue causa de trágico final para ambos.

   Y es que por no querer contrariar a Abú Meruán, el padre de Melek, puso a su hija como premio para aquel de los pretendientes que lograra cumplir el cometido que les encomendaba. Solo el vencedor lograría la mano de su hija, la hermosa Zaida. Tres años fue el plazo dado y duro el trabajo encargado. A Melek el de reconstruir el acueducto que los romanos, siglos antes, habían trazado desde Albarracín a más de cinco leguas, llevando a Cella las aguas del Guadalaviar; a don Hernando, más difícil si cabe, el de encontrar agua y hacerla aflorar en la misma población o sus alrededores.

   Quiso la fortuna que fuera el conde de Abuán quien diera con un pozo antes de cumplirse el plazo. La alegría de Zaida fue incontenible, y gozosa, se acercó al manantial donde, con sus propias manos, recogió cuanta agua cabía en sus palmas y la ofreció al esforzado conde, momento en el que acertó a pasar por allí Melek que, viéndose derrotado y celoso por las atenciones que la dama prodigaba a su rival, ciego por la ira, se abalanzó sobre don Hernando, que en defensa propia, dio muerte al príncipe moro. Triste y rabioso, Abú Meruán, para vengar la muerte de su hijo, concedió la libertad a un preso de la peor calaña al que pagó generosamente para que diera muerte a don Hernando. Y así fue como muerto también el conde, Zaida murió de pena y su espíritu sigue buscando en el fondo del pozo abierto el cuerpo de su enamorado.

   La otra, trágica como la anterior, habla de muerte y venganza también, en tiempos de Alfonso I el Batallador. De Cella era uno de los caballeros que acompañaban al rey en su avance hacia Teruel. Era casado con una hermosa dama que despertaba la admiración de todos, pero impuros deseos en un viejo y acaudalado vecino que, aprovechando la ausencia del esposo, cierto día que la encontró a su paso, dedicó deshonestas palabras a la mujer. El viejo, al verse despreciado en sus atenciones la empujó y cayendo sobre unas rocas resultó muerta. En ese instante el esposo en un estado próximo al de la clarividencia, retornó a Cella con ánimo vengativo, encontrando a su esposa fallecida y al viejo culpable de su muerte aún en el lugar. Sin vida también el lúbrico y rico anciano, se tuvo el lugar donde había acaecido el doble crimen por lugar maldito y se decidió levantar una ermita, mas al amanecer de cada día se encontraba deshecho lo construido durante el día anterior. Si era el espíritu maligno del viejo rico, quien cada noche desmontaba lo erigido durante día nadie lo sabía. Así día tras día, hasta que un peregrino de paso por Cella, escuchando la historia, advirtió que sólo con agua bendita lo construido por la mañana permanecería tras caer la noche. Se bendijo el lugar y, en la madrugada de aquel día, se desató una tormenta terrible y un rayo cayó donde se bendijeron las piedras. Y allí mismo, donde dicen hoy está la fuente de Cella, comenzó a brotar agua.











   Pero en realidad el origen de esta fuente, el mayor pozo artesiano de Europa, es muy otra y nada tiene que ver con leyendas y sí con los fenómenos naturales que supieron aprovechar los templarios, que excavaron el pozo, cuando Alfonso II, el Casto, entregó la futura villa ─fue Jaime I quien concedió dicho  título─ a dicha orden de caballeros. El caudal que es abundantísimo y proviene del gran acuífero que desde Cella alcanza el subsuelo de Molina de Aragón, se distribuye gracias a acequias que desde los dos cárcavos de la fuente riegan los campos de la comarca. Pero lo que más llama la atención del viajero es el pretil elíptico que, con sus ciento treinta metros de perímetro, cierra el manantial y le evita el peligro de caer al pozo que alcanza una profundidad de doce metros, y el templete que de manera tan armoniosa sirve para forma uno de los túneles de desagüe. Sobre la puerta de entrada una placa fechada en 1929 recuerda el bicentenario de la construcción del pretil y de esta capilla puesta bajo la advocación de San Clemente de Alejandría, al que se invoca para la obtención de aguas limpias y puras, como así le parece al viajero, viendo el cielo reflejado en ellas.
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LIBROS. INQUISICIÓN Y CENSURA

   Desde que a finales del siglo XV fuese inventada la imprenta, hasta que los primeros libros fueron tenidos en cuenta por el poder como instrumentos del inconformismo, de la creatividad o simplemente difusor de ideas nuevas, no pasó mucho tiempo. La censura de los textos, cuando no la destrucción de los libros ha sido desde entonces empeño constante manifestado por quienes, con autoritarismo intransigente, han tratado de imponer sus ideas, sin permitir que los demás expusiesen siquiera las suyas.

   No fue España la única que manifestó prácticas opresoras prohibiendo libros o reprimiendo a editores o autores de libros críticos. En Inglaterra fueron muchos los libros prohibidos durante los siglos XVI y XVII. Francia, durante el reinado de Luis XV, hacía recaer la pena de muerte sobre los autores o editores que difundieran libros prohibidos también. Más intensa fue la persecución en Portugal, donde la Inquisición se ocupó de autorizar la publicación de los libros y corregirlos si no se ajustaban a la ortodoxia imperante.

   Pero donde mayor significado alcanzó la represión impuesta por El Santo Oficio fue en España. Y esto tuvo muy negativas consecuencias en el desarrollo de un país que permaneció inculto y cautivo de las ideas impuestas por la Inquisición, en definitiva atrasado por el temor a manifestar lo que si era escrito podía acabar censurado o lo que es peor aun: ser pasto de las llamas.

   Así sucedió en 1501 cuando en Granada una enorme pira consumió miles de libros islámicos y, por orden del cardenal Cisneros, se publicó un edicto ordenando quemar todos los libros que de dicha materia se encontrasen. Ya antes, en Toledo, el inquisidor Torquemada había ordenado fueran pasto de las llamas buen número de libros judíos. Pero como en la voluntad de los que pretenden mandar sobre las ideas y el pensamiento de los demás no basta destruir lo escrito, sino también anular las intenciones de los que aún no han hecho nada, los reyes Católicos aprobaron casi de inmediato una ley por la que ningún libro podría publicarse sin el permiso real.

Prensa similar a las utilizadas por Gutenberg.
Museo de la Imprenta. Monasterio de El Puig. Valencia.

   El Santo Oficio, consciente de su poder y de su destino como director de conciencias, defensor de la fe y vanguardia beligerante en la lucha contra el mal, una vez consolidado, nos ha dejado múltiples ejemplos, durante los siglos en los que actuó, de la persecución a la que sometió a los autores, a los editores y a los libreros.

   En 1523 fue descubierto en Guipúzcoa, en un barco francés, un cajón lleno de libros protestantes. Fue incautado y se inició una investigación y varios registros para asegurarse de que ningún ejemplar de aquellas nefandas ideas contaminasen Castilla. De ahí, a sospechar que los libros prohibidos estuvieran disponibles para determinado público en las estanterías más secretas de las librerías, y que por tanto había que registrarlas a fondo no había más que un corto paso. No era fácil ser librero entonces ─cuándo lo ha sido─, y bien lo supo Vicencio Millis, librero en Medina del Campo a finales del siglo XVI, que se hallaba esperando unos paquetes con libros que su padre le había facturado desde Lyon. Al llegar al puerto de Bilbao, el Santo Oficio se dispuso a inspeccionarlos, mas la demora era tal que Vicencio no tuvo más remedio que pedir se practicara la inspección en Medina, y poder disponer de los libros que libres de sospecha le fueran entregados. Y es que el contrabando de libros prohibidos era tal, que los funcionarios no daban abasto para cumplir su cometido.

   Y comenzaron las listas, las listas negras. Varias en toda Europa se habían confeccionado en la primera mitad del siglo XVI, también en España; pero en 1559, el Inquisidor General Fernando Valdés publicó un índice de libros prohibidos novedoso. No sólo incluía libros de carácter religioso(1) , en la lucha por impedir el avance de las ideas luteranas, sino todo tipo de textos. El Lazarillo de Tormes, novelas de Boccaccio y varias comedias profanas figuraban en la lista de Valdés.

   Como siempre sucede, cuanto más se prohíbe algo, con más ahínco se busca la manera de burlar el veto. Atravesando los Pirineos, por cualquier puerto o playa, con nocturnidad o a la luz del día, cualesquiera medios, lugar u hora, eran buenos para hacer llegar a España las ideas que en otros países menos escrupulosos se permitían poner por escrito. La demanda era grande, no por parte del gran publico, no; sino por un pequeño sector social, que buscaban no solo conocer las nuevas teologías, sino los avances técnicos y científicos, tenidos por perversas manipulaciones de la obra de Dios. Pero los inquisidores no cedían en su propósito censor. Si el índice de libros prohibidos de Valdés contenía 699 libros, el de 1583 del inquisidor Gaspar de Quiroga enumeraba 2.315 títulos con obras de Dante, Maquiavelo, Rabelais, Tomás Moro, Luis Vives, sin olvidar a Heródoto, Tácito, Platón u Ovidio. Aunque éste índice a diferencia del anterior de Valdés y de los índices romanos que prohibían el texto completo, era más meticuloso y procedía a expurgar ciertos títulos, suprimiendo los pasajes más perturbadores y permitiendo en algunos casos la publicación mutilada de la obra.

   El Enciclopedismo y la Ilustración surgidos en el siglo XVIII multiplicó por el mismo factor las ganas de leer aquellas nuevas ideas de unos y el empeño de impedirlo de otros. Obras de Milton, Hume, Locke, Montesquieu, Rousseau o Voltaire, vieron prohibida su venta, edición, importación, su lectura en fin, salvo para algunos privilegiados con licencia. Uno de ellos fue don Estanislao de Lugo, erudito canario, hombre discreto, situado en la corte, profesor en Cánones, Director de los Reales Estudios de San Isidro, que reunió una importante biblioteca. Afrancesado como Moratín, con el que charlaba a menudo, tuvo que exiliarse en Francia, y en 1817 al registrarse su biblioteca fueron confiscados muchos de los libros que tiempo atrás se le había permitido tener.

   Pero la Inquisición tenía los días contados, los aires ilustrados, difusores de la cultura, cargados de razones, lograrían barrerla. No ocurriría lo mismo con la censura y la afición del poder por imponer sus ideas o prohibiendo las de quienes no compartían las suyas, sin comprender que siempre tendrá enfrente una nueva "Ilustración" dispuesta a impedir que la oscuridad y la intolerancia se adueñen de la sociedad.

(1) Entre ellos el Catecismo de Carranza, que sirvió para encausar al arzobispo de Toledo, y mantener un proceso largo y penoso del que sólo poco antes de morir vería resulto con su absolución.  Puede ver el índice de Valdés en el siguiente enlace. En él, en el último lugar de la letra C, de los enumerados en lengua romance es citado.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. TORDESILLAS

   Por Tordesillas se puede pasar o se puede ir, que siendo lo mismo son dos cosas distintas; aunque el viajero las hace ambas: pasa, porque va hacia otros lugares, pero va porque, cómo puede dejar de mirar el sitio en el que vivieron reyes y reinas, donde amaron unos o enloquecieron otras, también de amor o desamor, que como el pasar o el ir, siendo lo mismo son cosas distintas.

   Porque si hay persona de la realeza que habitara Tordesillas durante más de media vida sin ser la villa capital del reino, esa fue doña Juana, primera reina de Castilla y de España con ese nombre. No dirá el viajero cómo el apelativo con el que ha pasado a la historia, en parte no se le atribuya con razón. Aunque si de razones hubiera que hablar, no escaparían de parte de la culpa su esposo don Felipe, duque de Borgoña, que la volvió loca de amor, sin que él la correspondiera en sus sentimientos; su padre, don Fernando, rey de Aragón, que desconfiando de las intenciones del yerno, nada contribuyó al bienestar de la hija; y su hijo don Carlos, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Todos aprovecharon la debilidad de la reina para enclaustrarla a orillas del Duero hasta el fin de sus días en 1555. Allí estuvo confinada durante más de cuarenta años la hija de los Reyes Católicos. Cautiva, con la única compañía de su hija Catalina, hasta que ésta partió para ser reina de Portugal. Vivió doña Juana, entre locuras y corduras, víctima primero de las desconfianzas entre su esposo y su padre primero, luego en Tordesillas, siempre vigilada, y a veces con dureza, por sus linajudos carceleros que, por mandato de los suyos, la querían mansa y dócil. Y lo consiguieron. Ni los comuneros, presentados ante ella lograron sacarla de su incertidumbre vital.

Estatua de Juana I en Tordesillas
   
   El viajero ve en Tordesillas un palacio, no el que habitó doña Juana construido por Enrique III, desaparecido en tiempos de Carlos III,  sino otro, o lo que queda de él,  convertido en convento y ocupado por monjas clarisas. Pedro I, justiciero para unos, para otros cruel, lo acondicionó finalizando lo que su padre Alfonso XI había comenzado. Pero allí lo que el rey castellano hizo fue amar. En ese palacio quiso a María de Padilla, a la que declaró su esposa tras su muerte. Y allí estuvo también, a finales de diciembre de 1808, Napoleón Bonaparte que ocupó algunas estancias del convento e hizo buenas migas con la abadesa María Manuela Rascón, que logró convencer al general corso para que perdonara la vida a dos españoles que habían sido capturados, disfrazados de frailes,  espiando los movimientos de las tropas francesas. En la Navidad de 1808 despartieron la amable abadesa y el emperador. Preguntó aquélla por sus gestas al dueño de media Europa, contó éste historias de sus hazañas, ofreció café a sor María Manuela, y finalmente la dulzura de la monja se vio premiada con el título de abadesa emperatriz, lo que rehusó ella para cambiar dicha gracia por otro favor: la libertad de los cautivos que, a regañadientes, pero rendido a la bondad de la abadesa, Napoleón concedió.

   Deja el viajero de momento estas viejas piedras, a las que volverá más tarde, cuando se abra el torno, para cumplir el encargo que él mismo se ha impuesto, y adquirir unos dulces de los que elaboran las clarisas que aún profesan en el convento, pues de los paladares que los degusten ya trae nota el viajero.

   Y caminando por los miradores que se asoman al río Duero el viajero ve unas casas blasonadas. Son las casas del Tratado. Porque allí fue, en aquel, hoy apartado e insignificante lugar, donde España y Portugal, las dos potencias marítimas de la época, se repartieron el Nuevo Mundo que se acababa de descubrir. Juan II de Portugal desde Setúbal, los Reyes Católicos en la propia Tordesillas, estaban atentos a las negociaciones. Aceptado por el portugués cambiar la línea horizontal, siguiendo los paralelos, que partiendo desde las islas Canarias dividían la mar océana, por otra vertical coincidente con un meridiano, el 7 de junio de 1494 ambas monarquías firmaron el Tratado que llevaría el nombre de la villa donde se firmó. Hubo sus más y sus menos, deslizando la raya de las 100 leguas al Oeste de las islas Azores, según la propuesta del papa Alejandro VI,  hasta las 370 leguas después. Era lo que Isabel y Fernando, a la vista de los informes entregados por Colón, podían ceder, quedando Portugal conforme al asegurar sus posesiones y rutas africanas y España lo descubierto por Colón por occidente.

Tordesillas. Casas de los Tratados.

   Con los dulces de las clarisas en sus manos el viajero se despide,  dando un último paseo por la villa, se asoma al Duero, su puente medieval uniendo las orillas; enfila junto a la iglesia de San Antolín el camino de la plaza Mayor, porticada y sobria, ni grande ni pequeña, bien conservada, como si el tiempo se hubiera detenido en el siglo XVI, y llega a su alojamiento. Ha acogido bien la villa al viajero, no la olvidará en el futuro cuando, camino de otros destinos precise de parada y fonda.
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DE LOS COLORES

    Casi todos hemos tenido la suerte de ver alguna vez el arco iris. No es algo que pueda observarse a menudo, pero a lo largo de una vida puede que lleguemos a verlo unas cuantas veces. La luz blanca al atravesar un prisma de cristal se descompone en siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta; lo mismo puede ocurrir cuando un rayo de luz solar incide sobre una gota de lluvia. El estudio de este fenómeno ha dado lugar a una rama de la física: la colorimetría; pero siendo importante conocer todo lo relativo a la formación de los colores, también es interesante conocer el uso que damos a cada uno de ellos desde un aspecto social y cultural.

    El blanco y el negro constituyen el paradigma de lo opuesto. Quizá por ello se les haya relacionado con aquello que nos resulta más antagónico: la vida y la muerte. El color negro, aquel capaz de absorber todos los colores, sin producir reflejo alguno, es el usado para expresar lo tétrico. Es el color del luto; mas no siempre fue así. Hasta finales del siglo XV, el blanco fue el color que indicaba el fin de la vida. Fue mediante la “Pragmática de luto y cera” cuando los Reyes Católicos impusieron el color negro para indicar el luto.

   Y siendo lo percibido por el sentido de la vista lo que, probablemente, más impacto inmediato produce en las personas,  es por lo que se han usado  los colores para distinguirlo casi todo: banderas, escudos, señales de todo tipo… Convencidos de que todo el universo gira en torno a nosotros, hemos creído que el resto de los seres vivos tienen la misma percepción de las cosas que nosotros; así, aún persiste la creencia de que el toro bravo, que percibe bien los colores azul, verde y amarillo, embiste al torero debido a la irritación que le produce el color rojo de la muleta, que no puede apreciar, más que por el movimiento del trapo y las citaciones que el matador dirige a la res.

  Casi todas las actividades humanas se han servido de los colores para establecer diferencias, usándolos como signos: la política, el mundo del sexo, la religión. ¿Quién no ha oído hablar del color político? No sólo figuradamente, para señalar tendencias, sino de modo bien concreto: camisas pardas,  negras,  rojas, azules. Algunas veces la elección de un color tuvo motivos estrictamente prácticos.

   El rojo de las camisas del los ejércitos garibaldinos tuvo su origen en la necesidad de uniformar a un grupo de seguidores de Garibaldi en su afán unificador de Italia, y de la oportunidad que encontraron en una partida de tela de dicho color, a un precio conveniente: el azar haciendo historia.

   El color de las camisas negras de los fascistas italianos fue adoptado por los partidarios de Mussolini cuando, antes de ser un partido propiamente fascista, tenía un sustrato social proletario. El negro era el color usado por los trabajadores del campo, porque era el que mejor disimulaba la suciedad. Tenía connotaciones socialistas, y por ello fue adoptado por el Duce.

También en el arte es el color factor esencial. Comiendo fruta de
Francisco Pons Arnau. Museo de Bellas Artes de Valencia

   También el mundo del sexo tiene sus colores. Bombillas rojas tienen casi todos los “night club” y casas de lenocinio de medio mundo. Así ha sido desde que en 1234 se estableció en Avignon el primer barrio chino, como se dice en España, o rojo, como comúnmente son conocidos en en resto del mundo, debido a que un edicto impuso que los burdeles fueran identificados mediante una luz roja situada a su entrada; sin embargo en oriente era el color azul el que permitía reconocer, en China,  las casas de nota alegre: eran los llamados “aposentos azules”, por tener sus paredes pintadas de dicho color. De esa tradición ha tomado la cultura inglesa el término azul para calificar a las películas picantes o blue movies que en España conocemos como películas verdes.

   El teatro también ha tenido en cuenta los colores. En particular el amarillo, que ha sido considerado, supersticiosamente, como de mal agüero. Y ello por una razón histórica: Molière falleció sobre un escenario vestido con un batín de dicho color. Lo cierto, es que nada tuvo que ver dicho color en el óbito del autor y comediante que, en ese momento fatal, representaba “El enfermo imaginario” en el papel de Argàn, el enfermo. De pronto, en escena, sufrió un colapso. Agónico, fue trasladado a su domicilio. Allí le sobrevino un acceso de tos, que le produjo una hemorragia. La tuberculosis que arrastraba desde tiempo atrás, le mató. Murió ahogado en su propia sangre. Tenía 51 años de edad.

    La Iglesia católica también usa los colores para sus distintas celebraciones litúrgicas y, así como la jerarquía militar usa de estrellas y galones para distinguir sus grados, los religiosos usan solideos de distintos colores para revelar su categoría: negro el de los sacerdotes, morado los obispos, rojo los cardenales  y  blanco el  papa.

   Y, hasta la realeza ha querido distinguirse del resto de los mortales mostrando azuladas venas bajo una piel fina y casi transparente, que la plebe tiene ocultas por una piel coriácea y a menudo tostada por el sol; aunque para todos con un torrente de roja sangre. Afortunadamente, la ciencia ha demostrado que una misma proteína, la hemoglobina, tiñe de ese color la sangre humana y que sólo los gusanos hacen correr por sus venas la sangre azul que tantos han presumido tener.
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LA LANZA DEL DESTINO

   Así la llaman, y son muchos los que por creer en su influencia sobre el porvenir han querido poseerla a lo largo de la historia. Y aunque se sabe muy poco de ella, o precisamente por ello, la leyenda tejida en torno suyo no ha hecho más que crecer a lo largo de los siglos.

  El evangelio de Juan es el único que menciona que un soldado, sin expresar su nombre, abrió el costado de Jesús, para asegurarse de que estaba muerto, y al instante salió sangre y agua. Poco más se dice. Tiempo después se puso nombre al soldado, y la Leyenda Aurea y testimonios, como el de Ana Catalina Emmerick añadieron que Cayo Casio Longinos, nacido en Cesarea, el centurión según el resto de los evangelistas, padecía alguna afección en los ojos que le impedía ver bien. Añade la tradición que al recibir en su rostro algunas de las gotas emanadas desde del costado de Jesús, éstas obraron el milagro de sanarlo devolviéndole la vista, lo que agradeció Longinos de Cesarea, con las palabras que los evangelistas todos recogieron en sus textos cuando, ante los hechos sobrenaturales que se producían, dijo aquél: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”,  convirtiéndose y a la postre siendo muerto mediante el martirio, por lo que la Iglesia le reconocería la santidad.

Detalle del retablo mayor de la Iglesia de La Compañía, de Valencia

   Pero aquella lanza, enterrada, según algunos, durante un tiempo, trasladada a Italia por el propio Longinos, fue objeto de fama y cada vez mayor objeto de deseo. Su aura de talismán crecía. Los papas contribuyeron a ello. La poseyó Carlomagno, Otón El Grande, y fue llevada como protección durante la cuarta cruzada por Federico Barbarroja, lo que de poco le sirvió, pues pereció ahogado antes de llegar a Tierra Santa. Eso sí, se afirma que había extraviado la lanza y por tanto el amparo que le procuraba.

   Se sabe que Napoleón, tras la batalla de Austerlitz quiso poseerla, y que en 1909, Adolfo Hitler la descubrió en el Museo de la Hofburg, el palacio vienés de los Habsburgo. Un joven Hitler de visita en el palacio escuchó como un guía explicaba a los visitantes que “Existe una leyenda, según la cual quienquiera que la reivindique y descubra sus secretos tiene el destino del mundo en sus manos, para bien o para mal”

   El mismo Hitler dejaría escrito más tarde la impresión que aquellas palabras y la contemplación de la lanza causaron en él: “Me volví progresivamente consciente de que existía una presencia alrededor de la lanza, la misma y aterradora presencia que ya había sentido en el fondo de mí mismo en los raros momentos de mi vida en los que se me había aparecido el gran futuro que me esperaba”.

   El 14 de marzo de 1938, tras el Anschluss, la anexión de Austria por el Tercer Reich, Adolfo Hitler llega a Viena. Esa misma tarde, acompañado por Himmler, se dirigió al Hofburg, contempló la lanza del tesoro de los Habsburgo y ordenó su traslado a Nuremberg.

   Siete años después el sueño de su ilegítimo último dueño se había convertido en humo, y el 6 de enero de 1946 la lanza de Longinos de Cesarea volvía a descansar en el palacio Hofburg de Viena. Ojalá nadie desee poseerla de nuevo para sus fines.

(1) Esta de Hofburg no es la única de las que se disputan el honor, si acaso alguna lo es, de ser la que por el brazo de Longinos de Cesárea atravesó el costado de Jesús. Otras dicen hallarse en el Vaticano y en el monasterio armenio de Geghard.
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