VIAJES EN TERCERA PERSONA. VALENCIA

   Hoy al viajero le cuesta como nunca contar las cosas de un viaje que no ha hecho como ha hecho los demás, porque va a contar cómo ve lo que todos los días tiene ante sus ojos, sin que ello suponga dejar de viajar a través del tiempo, a la historia que cada calle, edificio y monumento nos enseña de Valencia, de la que el viajero no quiere olvidar que tomó para sí, de su conquistador primero su nombre: del Cid.

   Porque lo primero que se le ocurre contar al viajero sobre Valencia no es hablar sobre su fundación romana cuando  el cónsul Décimo Junio Bruto, unos 138 años antes del cambio de era, andaba en guerras por tierras de Hispania, ni que fuera destruida al poco y refundada en tiempos de Augusto, sino lo que hace ya ochocientos años se dijo de Ella en el Cantar del Mio Cid. Se le llamó “la Clara”. Si fue por su luz, porque el Sol siempre alumbró bien esta tierra, y los pintores supieron captar siempre su luminosidad con sus pinceles y paletas; o por su importancia, porque las cosas insignes siempre han sido claras, el viajero lo ignora, y no es algo que tenga especial interés en averiguar, no vaya a ser que de intentarlo emplee esfuerzos en descubrir que las dos cosas son.

Torres y puerta de Serranos. Al anochecer la ciudad amurallada
cerraba sus puertas. Quienes distraídos quedaban extramuros
se decía que quedaban a la luna de Valencia.
   
   Y es que no puede este viajero dejar de decir algo en recuerdo de un caballero burgalés, don Rodrigo Díaz, Cid que da nombre al poema y a la ciudad que conquistó en los últimos años del siglo XI.

   La ciudad le honra agradecida. Una estatua ecuestre del Cid preside una importante plaza. La hizo Anna Hyatt, segunda esposa de Archer Huntington, hijo de un importante magnate norteamericano de la industria siderúrgica y ferroviaria. No tuvo Archer vocación por los negocios familiares, y sí por el estudio y el mecenazgo de artistas. Dedicado a conocer el mundo, sus gentes y cuanto en él hay, viajó mucho, y conoció España. Ya no olvidaría este país por el que sentiría siempre especial predilección. Y así, en 1904, creo una fundación, la Hispanic Society, destinada al estudio y divulgación de lo español.

   Cuando su primera esposa, Helen Manchester Gates, muy aficionada, como su esposo, a las artes, pero aquélla a las interpretativas, se fugó con un director de teatro inglés, el divorcio fue inevitable. No debió pesar mucho en el ánimo del hispanista el revés, pues pocos años después contrajo matrimonio con la madura escultora Anna Hyatt. Era Anna también aficionada a las artes. Sentía un gran interés por la anatomía equina y cuando visitó España con su esposo, tuvo la ocasión de diseñar la figura ecuestre del Cid, uno de los personajes que más fascinación había despertado en Archer. La estatua, cuyo original sería colocada frente a la entrada principal de la Hispanic Society, en Nueva York, fue tan celebrada que llovieron peticiones de muchas ciudades por poseer otra igual. Anna, complaciente, hizo cuantas réplicas se le solicitaron y, además de la de Valencia, fundida por Juan de Ávalos, hay copias de la misma en Sevilla, Buenos Aires, San Francisco y San Diego.

   Al viajero suele pasarle que en las ciudades de las que no lo desconoce todo vaya dando saltos en el tiempo con la misma facilidad con la que pasa de un barrio viejo a otro moderno.


El Micalet

   Y en uno de aquellos, el viajero busca la catedral. Como en tantas ciudades, la catedral concentra el arte y es testigo de la historia. De la de Valencia lo primero que el viajero ve es la torre. Fue construida en el siglo XIV, tiene planta octogonal y aunque al viajero le cueste creerlo, su perímetro y altura miden lo mismo. El viajero entra en la catedral y sube a la terraza de su torre. Su nombre, Micalet,  masculino,  a juicio del viajero, le cuadra perfectamente. Su porte tosco y fuerte, contrasta con la figura esbelta, curvilínea y femenina de la próxima torre de Santa Catalina, que desde allí ve. Desde esas alturas el viajero ve otras muchas cosas. A lo lejos, mirando al horizonte, en un ángulo de 360 grados, ve el mar, la huerta, las lejanas montañas de la sierra Calderona. De cerca el templo y las calles que la rodean. Al viajero se le ocurre pensar que la catedral valenciana puede ser una auténtica lección de arte, pues cada una de sus tres puertas es exponente de los estilos que se llevaban en el momento en el que se construyeron, y ello por el mucho tiempo que tardó en verse como hoy la ve el viajero. Una puerta románica y otra gótica en los brazos del crucero,  y a los pies del templo, la principal, barroca, terminada por Conrad Rudolf en los primeros años del siglo XVIII. Está se conoce como “de los hierros” por la verja que la antecede, uno de cuyos extremos se apoya en la torre.

   De la portada gótica no puede el viajero olvidar que es además el más bello marco para una de las tradiciones que perdura desde hace más mil años. El Tribunal de las Aguas es la institución jurídica más antigua que se conoce. Aún, todos los jueves del año, desde el siglo X, se desarrolla, con un procedimiento oral, sin documento alguno, la denuncia y resolución de los casos que afectan a uso de las aguas que los regantes emplean para regar sus huertos.

   Hoy,  siempre rodeado de turistas que forman corro en torno al tribunal, terminada la sesión, muchas veces sin caso que resolver, los turistas se desparraman en todas direcciones, pues en todas ellas hay algo que merecer verse. A un lado la basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, la Patrona; enfrente el Palacio de la Generalidad, gótico, pero con toques renacentistas, vio crecer el torreón más próximo a la Plaza de la Virgen a comienzos del siglo XVI, y estuvo sin par hasta mediados del siglo XX. Al viajero, más dado a la contemplación estética, que a las actuales ortodoxias, ve hermoso el resultado, hecho con la misma piedra, detalle y primor que lo puesto cuatrocientos años antes, y que el medio siglo largo transcurrido desde su construcción, hace difícil saber cuál es antiguo y cuál es nuevo torreón.

   Y muchas torres ve el viajero desde allí arriba; aunque muchas menos de las que hubo. Hasta trescientas, o al menos, eso debe creer el viajero si da crédito a lo dicho por Balzac, que dijo de Valencia ser la ciudad de las trescientas torres. Dos de ellas son las de las iglesias de San Sebastián una y San Nicolás la otra, parroquias las dos. En la primera, más alejada del mirador desde donde el viajero lo ve casi todo, habitó mucho tiempo Gaspar Bono, que fue soldado en tiempos del emperador Carlos V y resultó herido, dándose casi por segura su muerte. Prometió entonces Gaspar que si sobrevivía tomaría los hábitos, y así fue como acabó siendo superior de la orden de los mínimos. Cuando murió sus restos quedaron en la iglesia de San Sebastián, y por su fama de santidad fue beatificado en 1786, categoría que pese a los muchos siglos trascurridos aún no ha podido mejorar. Durante la Guerra de la Independencia, ante el temor de que los restos del beato fueran robados o ultrajados por las tropas francesas, se trasladaron a la iglesia de San Nicolás(1), situada intramuros, a salvo de la barbarie invasora. Allí, en San Nicolás están aún, pese a que, al terminar la guerra, se pidió desde San Sebastián la restitución de los restos; pero la petición no fue atendida y ambas parroquias iniciaron una disputa que duró muchos años. Sólo el tiempo ha sido capaz de hacer olvidar las rencillas. Pero el viajero no sólo conoce el lugar donde reposan los restos del beato, también conoce el lugar donde nació. Fue en la calle Cañete, hoy un callejón sin salida, próximo a la torres de Quart, en cuyo fondo está su humilde casa natalicia. El viajero, siempre propenso a curiosearlo todo, encuentra un día de paseo la calle Cañete  engalanada. Se celebran las fiestas del barrio en honor al beato Gaspar Bono. Se adentra, pues, y llega hasta el fondo del callejón; allí está la casa que vio nacer a Gaspar. La puerta está abierta y ve que hay un hombre en su interior. El hombre, fervoroso devoto del beato, con la amabilidad de las personas en las que algo ha transformado su ser, le enseña el local, prácticamente una habitación con recuerdos, objetos relacionados con el beato y una imagen suya. Nada que impresione al viajero en comparación con la historia que el hombre, con voz ronca y apagada le cuenta: su propia historia, la de la curación de una gravísima enfermedad de laringe que atribuye a la intervención del beato. El viajero se despide, dándole las gracias por todo. Desde la terraza del campanario catedralicio, vuelve a la realidad. Hecha una última mirada y baja por la acaracolada escalera hasta la planta de la catedral. Allí, sentado en un banco vuelve a hacer memoria y comienza a recordar algo de lo que pasó allí en el pasado.

   Porque allí se convocaron Cortes Generales del Reino y allí se celebraron bodas reales. Don Alfonso el Magnánimo se casó en la Seo valenciana un 12 de junio de 1415 con doña María, hija de Enrique III de Castilla. Aunque anduvo mucho por Nápoles, don Alfonso tuvo gran relación con Valencia. Las necesidades de la guerra en Italia le obligaron a buscar prestamistas. Los encontró aquí, y la garantía de los préstamos obtenidos fueron parte de las reliquias y bienes traídos con él al Palacio Real. El Santo Cáliz fue uno de los bienes ofrecidos en prenda, que al fin fue entregado a la Catedral en 1437.

   No fue la única boda real aquí celebrada. En 1599, Felipe III y  Margarita de Austria eligieron Valencia para celebrar sus esponsales. Juan de Ribera, patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia y el patriarca de Alejandría y nuncio apostólico, Camilo Caetano, oficiaron los actos litúrgicos. Fue el 18 de abril; mes y medio antes, en la misma catedral, el 28 de febrero, Felipe III había jurado los fueros valencianos.  

   No estuvieron solos Felipe y Margarita, porque en la misma ceremonia Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, la más querida del rey prudente, gobernadora y soberana entonces de Flandes, y Alberto de Austria, contraían ante Dios y los mismos prelados santo matrimonio.

   Y de Juan de Ribera, precisamente, hay mucho que decir, porque aunque nació en Sevilla, en Valencia lo fue todo, o casi. Beato y al fin, en 1960 proclamado santo, además de ser arzobispo  de Valencia, fue virrey, capitán general y patriarca, que es por este último título por el que le conocen los valencianos. Fundó un colegio, el del Corpus Christi, pero al que todos llaman del Patriarca. Con tan claras dignidades no es de extrañar que tuviera mucho que ver en lo que por aquellos años pasaba en Valencia y en España. Fue el gran contrareformista de su época en Valencia, trató la conversión de los moriscos y, viendo fracasado su propósito, impulsor de su expulsión.

   El viajero,  muy aficionado a  ciertos detalles de las cosas que ve, se queda en el zaguán del Colegio. En un muro, junto a la entrada al templo ve colgado un caimán disecado. La gente, por imposible, cree y refiere al hablar de este reptil la versión legendaria que llevó al gigantesco lagarto a quedar colgado en la pared del monasterio. Cuenta la leyenda que río arriba, desde el mar, se adentró un cocodrilo de gran ferocidad que atacaba a las gentes que quedaban a su alcance. Hizo muchas víctimas, hasta que un hombre se ofreció a matarlo. Confeccionó un traje compuesto por pequeños espejos  y se acercó a la orilla del río Turia en busca del reptil. El animal, al verse innumerables veces reflejado, creyendo ser atacado por tan considerable número de enemigos, se atemorizó y vencido, fue capturado. Fuese así o fuese por el cegador resplandor del traje espejado, que permitió abatirlo, según otra versión de la leyenda, la realidad es algo menos fantástica. Dicho animal –en realidad hubo dos– fue un regalo del virrey del Perú al Patriarca.









   En su caminar el viajero pasa por delante de un palacio. Lleva en ese lugar cerca de trescientos años, cuando el barroco decidió poner fin a sí mismo por sus propios excesos; y sin embargo al viajero, siempre más admirador de la tosquedad y sencillez de obras más antiguas, que tantas veces ha pasado ante esta especie de pastel de mármol y alabastro nunca le ha dejado indiferente.









   La historia del palacio del marqués de Dos Aguas fue tranquila hasta tiempos recientes. A principios del siglo XX la marquesa, poseedora del título, el marqués y su hija dejaron el palacio, que quedó al cuidado de unos guardeses. La situación económica, de cierta penuria, obligó a enajenar algunos muebles y objetos decorativos. Durante la Guerra Civil el palacio fue incautado y al trasladarse a Valencia el gobierno de la República, albergó el Consejo de Estado y fue Ministerio de Hacienda. Al terminar la guerra se devolvió a sus dueños, y al morir el marqués en 1941 dispuso que fuera entregado a la Beneficencia. Poco después lo adquirió el Estado para albergar el Museo Nacional de Cerámica.

   El viajero se dispone a entrar. Siempre ha pensado que esta casona que Hipólito Rovira diseño para los marqueses de Dos Aguas casa perfectamente con esta tierra, barroca en casi todo. El palacio, ejemplo del estilo churrigueresco en casi todos los manuales de arte, tiene en su fachada una portada labrada por Ignacio Vergara, en alabastro, con dos enormes titanes que representan los ríos Turia y Júcar,  en alusión al título de los marqueses. Del interior, el viajero ha ido viendo en sus visitas las pinturas que en diferentes épocas han ido decorando las muchas salas y dependencias del palacio. En la reforma de 1867 el pintor José Brell decoró varios techos y paredes. Cuenta una crónica periodística de la época publicada en “La opinión” que Brell puso la cara de los hijos de los marqueses en los cuerpos de los ángeles que decoran el salón rojo del palacio, haciéndolos inmortales.

   Antes de salir, el viajero no quiere dejar de decir algo sobre una pieza casi única. En el patio se exponen varias carrozas que fueron propiedad de los marqueses. Una de ellas es conocida como la carroza de las Ninfas, y el viajero ha dicho que es casi única porque sabe que hay otras dos similares, en Versalles una y en el principado de Liechtenstein la otra. Ésta de los marqueses fue diseñada y decorada en 1740 por los que hicieron lo propio con el palacio, Rovira y Vergara, y fue construida para ser tirada por siete caballos. El viajero no puede dejar de pensar la impresión que causaría en la ciudad aquella carcasa dorada arrastrada por semejante tiro.











   Pasando el tiempo la ciudad crecía. A finales del siglo XIX, los poblados marítimos fueron anexionados a la Capital; no hizo eso, o al menos así se dice, y muchos lo piensan, que Valencia dejara de seguir dando la espalda al mar; estigma que se ha desvanecido en los últimos años; pero si fue cierto en el pasado, no será este viajero en las cosas del tiempo el que lo confirme, porque por su puerto, hoy muy importante, siempre se dio salida a las mercaderías valencianas y aún de otros lugares, entrada a personajes que protagonizaron hechos que la historia recuerda bien, y fueron sus playas escenario luminoso para el pintor Joaquín Sorolla, que como pocos supo plasmar sobre una tela la luz de estas tierras mediterráneas.

   Por este puerto llegó a España desde Marsella, en la fragata Navas de Tolosa, el joven Alfonso de Borbón. El marqués de Molins le acompañaba. Encabezó éste la misión de traerle a España para ser Alfonso XII. Tras hacer escala en Barcelona, desembarcó en Valencia. La restauración borbónica era un hecho, tras el pronunciamiento hecho pocos días antes por el general Martínez Campos en los campos de Sagunto. Y no sólo los vivos: los restos de Vicente Blasco Ibáñez llegaron a Valencia, en 1933, desde Menton, a bordo del acorazado Jaime I. Blasco, de vida novelesca, coetáneo de Sorolla tuvo ante las mismas arenas de la Malvarrosa, sobre las que éste pintó, casa para el verano, hoy reconstruida y museo del escritor, político y aventurero, que de todo hizo en su vida.

   Y si el viajero no dice nada de La Lonja, patrimonio de la humanidad,  símbolo de poder comercial en su época, de sus torres, únicos restos de las murallas que le impedían crecer, o de la muy reciente Ciudad de las Artes y las Ciencias, no es por falta de méritos. Otras hojas en blanco podrán ser escritas con otras historias de una ciudad bimilenaria que aún tiene mucho que decir.


(1) La iglesia de San Nicolás no es tan conocida por guardar los restos del beato Gaspar Bono, como por los tesoros artísticos que también encierra; no en vano hay quien ha llegado a llamarla el museo Juan de Juanes, por la cantidad de obras que de este pintor hay en ella. Y no son éstas las únicas.  En esta iglesia de la que fue párroco Alfonso Borja, que sería el primero de los papas Borgia con el nombre de Calixto III, hay pinturas de Rodrigo de Osona y Yánez de la Almedilla, además de la bóveda del templo, obra pintada al fresco por Dionis Vidal, discípulo de Antonio Palomino, que hizo el diseño, y que fue restaurada en los años veinte del siglo pasado por José Renau Montoro, que hacen de este templo un auténtico museo. La fortuna y la intervención, durante la guerra civil, de Josep Renau Berenguer, el famoso cartelista, y en aquellos tiempos Director General de Bellas Artes del gobierno de la República, impidió que la iglesia y todo su arte fuera pasto de las llamas. Josep Renau era hijo de aquel otro Renau que pocos años antes había restaurado los frescos del templo. 

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LA INVITACIÓN

   Está bastante extendida la creencia de que fue un cocinero del general carlista Tomás Zumalacárregui quien inventó la tortilla de patatas. Si el cocinero del general fue autor del invento o si copió o versionó y luego se le atribuyó lo que en algún fogón norteño vio cocinar, poco importa. El caso es que a esa tortilla nadie puede ya negar su origen, pues es conocida en todo lugar como española.

   Pero si de tortillas hay que hablar, no podemos dejar de visitar Francia. Allí se inventó una conocida como omelette à la royale. Otro cocinero al servicio de un general la inventó: François Marin. Este cocinero, que además de dedicarse a los guisos escribía, trabajaba para el príncipe Soubise. El mariscal no ha pasado a la historia por sus aciertos militares, más bien lo contrario: en la batalla que sostuvo contra los prusianos en Rossbach, en la que sus tropas duplicaban muy holgadamente a las del enemigo, cosechó una decepcionante derrota, que alteró, desde luego, su ánimo. Véase su reacción sino cuando al dar cuenta del desastre escribió a Luis XV: “Escribo a S.M. en el exceso de mi desesperación. La derrota de vuestro ejército es total”; pero sí, por dar nombre a un condimento, siempre a base de cebolla, con el que se degustan los platos a la Soubise.

   Y es que Francia tiene fama por su gran cocina. Allí, como aquí y tantos otros lugares, hubo grandes comedores. Algunos de quienes podían permitírselo dilataban sus tripas hasta reventar. Ya se contó en otro lugar cómo el duque Luis de Vendôme era muy aficionado a los mariscos y que, viviendo en Vinaroz, durante la guerra de Sucesión Española, se dio tal atracón de langostinos que fue el último de su vida.

   Pero no sólo los varones han sido propensos a los excesos culinarios. En Francia, en tiempos de Luis XV, la reina María Leczinska era una glotona de mucho cuidado. Para celebrar el nacimiento de sus hijas gemelas Luisa Isabel y Ana Enriqueta no tuvo mejor ocurrencia que celebrarlo comiendo ostras, dando cuenta de quince docenas de tan jugoso molusco. No cuesta creer que con tan extraordinarios excesos y las indigestiones que ellos le producían, se le tuviera que administrar la extremaunción en dos ocasiones. Quizás en esa desmedida afición al yantar excesivo tuviera que ver el aburrimiento. La reina María cumplió bien sus obligaciones como reina dando abundante prole a la Corona. Se le oía decir a menudo: “¡Qué vida! Siempre haciendo el amor, siempre preñada, siempre pariendo”. Eso, claro, hasta que entró en la vida del rey Jeanne Antoinette Poisson, pronto marquesa de Pompadour.

Aunque conocido ya en Roma, fue a partir de Luis XIV
cuando el foie-gras adquirió en las mesas la categoría de manjar

   Mas no eran gastrónomos sólo los nobles. Quienes podían permitírselo empezaron a disfrutar de los placeres de la mesa fuera de casa.

   Aunque el primer restaurante, como tal, con mesas separadas, un menú o carta para elegir distintos platos y un horario fijado y distinto para los almuerzos y la cenas se abrió en París en 1765, no fue hasta 1782 cuando se abrió el primero de los que puede considerarse como restaurante de lujo. Su propietario, Antoine Bauvilliers, era conde de Provenza, y entre los habituales del establecimiento, al que llamó La gran taberna de Londres, estaba el gran gastrónomo Brillat Savarín, que dijo del local: “Es el primero en haber combinado cuatro requisitos esenciales: ambiente elegante, camareros amables, una bodega selecta y una comida superior”.

   Algunos podían permitírselo incluso estando presos. Jean Françoise Marmontel fue un importante polígrafo francés de la Ilustración. Dramaturgo, poeta, filósofo, participó con muchas entradas de carácter filosófico, lingüístico y literario en la Enciclopedia. Aunque procedía de una familia humilde había logrado prosperar, participar en salones literarios y ganar algunos premios. Amigo de Voltaire, cuando era ya notorio su triunfo, dirigió El Mercure, convertido en altavoz contra el Antiguo Régimen, lo que le llevó a la Bastilla. No por mucho tiempo,  todos sea dicho, apenas once días, pero durante los que pareció no privarse de nada. Lo dejó escrito en sus memorias en las que relató cómo fue alguna de sus comilonas: le acompañaba su criado y fiel Bury, y cierto día, de los pocos que estuvo preso,  le presentaron la comida y tras servírsela su criado y dar cuenta de ella dijo:
   ─El puré de habichuelas fue magnífico, pero nada comparado con el exquisito plato de bacalao que degusté después. El suave y delicado sabor a ajo, lo hacía delicioso. Hubo vino, que era pasable y aunque no hubo postre pensé que de algo me tendría que privar en un lugar así. Iba a ceder, pues, el asiento a Bury, para que diera cuenta de cuanto me había sobrado, cuando dos carceleros entraron con nuevas y más apetitosas fuentes: una sopera con un excelente consomé, un filete de buey, un muslo de capón, alcachofas, espinacas, vino de Borgoña…
   ─Señor, dijo mi fiel Bury, creo que habéis tomado mi almuerzo; y puesto que vos ya habéis comido, creo que sería justo que fuese yo ahora quien tomara el vuestro. Y así se hizo, salvo un pera y el cafe  que el bueno de Bury cedió a su amo, ambos hartos de comida y risas terminaron aquel almuerzo en la Bastilla.

   No iba a tardar mucho París en ver sus calles llenas de restaurantes. La revolución próxima iba a dejar a muchos cocineros sin trabajo. Buenos cocineros al servicio de nobles que ya no comerían más se colocaron en los ya existentes y sobre todo se establecieron por su cuenta. Cuando Napoleón Bonaparte se coronó a sí mismo emperador, rondaba el medio centenar el número de restaurantes abiertos en París; seis años después en 1810 eran dos mil los establecimientos que servían comidas con un  amplio abanico de calidades y precios.

   Aunque más tarde, también España vio como sus ciudades abrían comedores con gran variedad de precios en los menús ofrecidos. Tenemos un divertido ejemplo protagonizado, en 1852, por un grupo de bohemios, jóvenes promesas de las artes que firmaron al pie de esta curiosa invitación. Participaron en ella, entre otros: Ramón Rodríguez Correa, Cosme Algarra, Francisco Asenjo Barbieri y Manuel del Palacio, y fue este último precisamente el encargado de formularla, que lo hizo así:

Carta cariñosa y franca
que escriben con efusión
doce hombres de corazón
a don José de Salamanca.
Nos, los abajo firmantes
muchachos de porvenir,
que se acaban de reunir
con dos pesetas sobrantes
viéndole pasar la vida
prodigio siempre y fecundo,
convidando a todo el mundo
mientras nadie le convida,
queremos, aunque sin blanca,
nos halle el 20 de enero,
gastarnos aquel dinero
con don José Salamanca.
Comidas de dos pesetas
no son malas, don José:
habrá sopa de puré
y una entrada de chuletas.
Tendremos fritos los sesos
y, entre platos no sencillos,
rábanos y pepinillos,
manteca y otros excesos.
Iremos, aunque se alarmen
los que rigen el país,
a la fonda de París,
sita en la calle del Carmen.
Preséntese usted contento,
sin temor a una emboscada,
que nada debemos, nada,
en dicho establecimiento.
Allí, a las seis de la tarde,
el sábado nos reunimos;
vaya usted; se lo pedimos,
y el que lo busque, que aguarde.
No tema usted que la crítica
con nosotros se entrometa,
que no es cuestión de etiqueta
ni se hablará de política.
Ni piense que en esta acción
vaya, como en otras ciento,
después del ofrecimiento
oculta la petición,
que el favor de más valía
que usted puede dispensarnos
es solamente el de honrarnos
con su grata compañía.
Posdata. Si por si acaso
no se puede presentar,
denos cuenta del fracaso,
porque el paso de esperar
ha sido siempre un mal paso.

   Don José de Salamanca y Mayol, marqués, dedicado a los negocios, las finanzas, la política, millonario, el hombre más rico de España de su tiempo, los de la reina Isabel, agradecido, aceptó asistir y encargó al poeta Ramón de Campoamor acusara recibo a tono con la invitación:

Con labios agradecidos,
cual su arrogancia merece,
a los doce consabidos
les besa la mano el “trece”.
Acepto con gran placer
vuestra franca invitación,
y así podremos saber
lo bien que saben comer
los hombre de corazón.
Comeremos, y ese día,
con dulce fraternidad,
brindaremos a porfía,
unos, por la monarquía;
otros, por la libertad.
Y a todo aquel que no acierte
como a invitación tan franca
corresponderé…, se le advierte
que avive el seso y despierte
y que estudie en Salamanca.



   Y parece que todo acabó bien, y que los comensales, ya sólo doce, para celebrarlo improvisaron un espontáneo homenaje a don Miguel de Cervantes, ante la estatua del escritor universal colocada en la plaza de las Cortes pocos años antes. 

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BEAUMARCHAIS, UN HERMANO ENTROMETIDO

   El primero fue famoso por sí mismo, por lo que hizo, por inspirar sus obras a otros autores importantes; y era francés. Comenzó siendo relojero, de familia le venía el oficio, pero pronto su ansiado ascenso social le lleva a la Corte de Luis XV, donde madame Pompadour lo recomienda, allí da cuerda a los relojes y los repara. No es suficiente para él. Acumula cargos, consigue hacerse con el puesto de supervisor de la despensa real, un empleo que, próximo al rey, desempeña monsieur Franquet, un anciano enfermo casado con Madeleine Catherine Aubertin, una mujer mucho más joven que él, con la que, una vez viuda, se casa. Puesto que su pretensión es medrar, piensa que conviene a tal fin dotarse de nombre sonoro, de apariencia linajuda y, puesto que su esposa tiene una propiedad conocida con pomposo nombre, le parece que tal es apropiado y lo toma para sí. Seguirá llamándose Pedro Agustín Carón, pero ahora con el rimbombante añadido de Beaumarchais, el nombre de la finca de su esposa.

   Como Pedro Agustín también es músico, toca la flauta, el arpa y canta. Dos de las hijas del rey, María Adelaida y Victoria Luisa, reciben, también el Delfín, clases de música; les canta, pues, toca música para ellos, les enseña a tocar el arpa y les procura todo tipo de diversiones; le adoran. Muy pronto queda viudo. Madeleine ha muerto súbitamente, algunos pensarán después que más pronto de lo que cabía esperar, y habrá sospechas.

   En Versalles su posición va mejorando, ha comprado el título de Secretario, que lleva aparejado condición de nobleza. Acumula otros empleos, es Teniente General de las Cacerías Reales. Conoce gente, y comienza a recibir favores, pero también a darlos. Y, no olvida a la familia. Tiene varias hermanas. En 1764, con treinta y dos años, viaja a Madrid para ver a dos de ellas: María Josefa y María Luisa, la segunda, a la que todos llaman Lisette, tiene un novio español.

                                                         *

   Al segundo, aunque tiene méritos sobrados para lucir por sí mismo y su brillo se refleja en las enciclopedias, si se le conoce es, sobre todo, por lo que los demás han escrito sobre él. Nació en Teguise, en la isla de Lanzarote en 1726, pero fue en Madrid donde logró posición. Hombre culto, ilustrado, muy interesado en asuntos de la historia natural, admira a Linneo y al conde de Buffon. Es funcionario de cierto rango en los archivos reales, publica “El pensador” y tiene también la estima y protección de gentes importantes. Vive en el palacio de los Consejos, en la calle Mayor, donde su jefe don Antonio Portugués, regidor honorario de Madrid, caballero de Santiago y muchas otras cosas le tiene cedida una habitación. Se llama José Clavijo Fajardo, y tiene una novia francesa.

                                                          *

   Lisette Carón y José Clavijo se conocieron en la tienda que ella y su hermana mayor tienen en la Carrera de San Jerónimo. Es una tienda de postín frecuentada por señoras de alto copete, donde abunda el buen género que las dos hermanas saben  vender muy bien a sus clientas. Como José Clavijo necesitaba mejorar su pronunciación en el idioma de Montesquieu, anduvo buscando entre los residentes en la Villa y Corte franceses con los que practicar el idioma, y así fue cómo conoció a las hermanas Carón y cómo Lisette y José comenzaron una relación, que ya empieza a ser demasiado larga según ella y no tanto según él. Lisette tiene ya 33 años, mantiene relaciones con Clavijo desde hace dos y tiene prisa; además él se lo ha prometido y ella quiere creer a pie juntillas el compromiso dado. Enfadada Lisette se lo cuenta a su hermana mayor, que por carta escribe a Pedro Agustín, ya bien colocado en París, contándole el ultraje padecido por su hermana.

   Coincide en el tiempo la intención del financiero Joseph Pâris, conocido como Duverney, de llevar a cabo ciertos negocios en España; y ha contado el ricachón con Beaumarchais, del que tiene buena opinión, pues en el pasado medió en su favor en cierto asunto, para que sea él quien se ocupe de estos negocios en España. Así que Beaumarchais, el hermano de la ofendida, viaja a España en la primavera de 1764. Mas no lo hace solo, le acompaña un amigo bien dispuesto y que conoce España. Le resultará muy útil si las cosas llegaran a ponerse feas, o si hace falta ponérselas feas a los demás.

   Cuando Pedro Agustín Carón de Beaumarchais llega a Madrid, visita a sus hermanas, pero sin tardanza decide ocuparse de los asuntos que le traen a España. Se presenta en la casa de Clavijo y lo enreda con buenas palabras, lo adula, recibe lisonjas sobre sus escritos y su labor en “El Pensador”, tantea su carácter. Se entrevistan más veces. Una mañana Beaumarchais acude al domicilio de Clavijo, el amigo que trajo de Francia le acompaña. Bajo amenaza de muerte obliga a Clavijo a firmar una declaración. Dice en ella que Lisette y él mantienen relaciones desde hace tiempo, que él le ha hecho promesas frecuentes de matrimonio y que, sin falta por parte de ella, él, ruin y canalla, ha faltado a tales compromisos, ofreciéndose incondicionalmente a la reparación que la dama desee.

   Beaumarchais está decidido. O el canalla se entrega por fin a su hermana o destruirá su reputación hasta conseguir pierda el empleo. Se cree fuerte por el favor que tiene en Versalles de las hijas del rey y busca en Madrid cuantos apoyos puede. En Aranjuez visita al marqués de Osunn, el embajador francés, que allí reside cuando la corte de Carlos III se traslada al Real Sitio; pero el marqués, diplomático, todo buenas palabras, elude cualquier compromiso:
   ─Mi querido Beaumarchais, olvide el asunto. Son cosas de enamorados. Nada hay que pueda o deba hacerse. Y, tenga presente que Clavijo  también cuenta con amigos influyentes.

   Y es cierto, Clavijo cuenta a don Antonio la intromisión de Beaumarchais en su habitación, en la casa del propio don Antonio, y cómo para salvar su vida, puesta en peligro por el secuaz  que le acompaña, firma la nota ahora en poder del francés.


Palacio de Consejos, hoy sede del Consejo de Estado.

   Con la resolución de la que Clavijo carece, don Antonio Portugués, su jefe, con la colaboración de otro de sus empleados toma la iniciativa, idea un contraataque: seis años largos hace ya, cuando todavía no conocía Clavijo a Lisette, que trabajó en el palacio de Consejos, al servicio de don Antonio y su familia, una moza de carácter noble, pero que cuando dejó el trabajo, se dio a la vida que llaman fácil aunque no lo sea. Al marchar quedó en buenos tratos con sus amos.  Ahora, como de la moza se sabe que va y viene por calles en las que el gremio al que pertenece se desenvuelve bien no cuesta mucho encontrarla. Se le ofrece un trato. Ella tiene aprecio por don Antonio y del señor Clavijo, al que conoció durante su estancia en el palacio de Consejos, no tiene queja. Acepta pues el negocio y firma una carta en la que afirma que José Clavijo y Fajardo le prometió matrimonio, el cual se verificará al tiempo en el que la prometida lo exija. Firma la moza, y firman, como testigos, don Antonio y su empleado, fechándolo en día y mes dentro del año 1756. Para mayor seguridad han registrado el documento en la Notaría Apostólica y exigido certificado de presentación, de modo que cuando Beuamarchais, en la misma Oficina, trata de registrar la declaración de Clavijo ve cómo su pretensión resulta imposible. Mas no lo ve todo perdido el francés. En cuanto sabe quién es la muchacha del escrito, y puesto que a Pedro Agustín interesa la perdición de Clavijo sobre todo lo demás, se pregunta si será posible forzar el matrimonio del español, del burlador de su hermana, con la antigua criada. La busca, pero insobornable, no sólo rechaza las proposiciones del francés, sino que corre y cuenta a don Antonio lo sucedido.

   A estas alturas José Clavijo ha visto a Lisette, no la quiere mal, no le guarda rencor; le ha dicho lo que su hermano ha hecho y que presentará una querella contra él por allanamiento de la vivienda, amenazas de muerte y el robo de varias monedas de oro, de las que el acompañante de Beaumarchais se apropió. Indignadas, las hermanas Carón advierten al hermano que ceje en su empeño. Lisette dice que todo ha terminado entre José y ella; le ruegan que abandone Madrid, como también se lo pide el marqués de Osunn, que ha sido advertido de que se procederá a su arresto si no abandona España.

   A partir de ese momento Beaumarchais parece perder el control de la situación. Son muchas las quejas recibidas, son asuntos menores, es verdad, pero protagonizados por personaje recomendado, molestos: trifulca en los bajos fondos, trampas en el juego; tampoco los asuntos de monsieur Pâris llegan a buen término. Al fin, se expide orden de arresto. La detención de Beaumarchais sería su fin. Ossunn intercede, habla con el ministro Grimaldi, la orden está dada, es irrevocable, pero si se fuga, si el denunciado abandona España, se hará la vista gorda. ¡Más vale que se vaya!, le dicen. Y se va.

                                                       *

   La historia, un auténtico drama, dejó tan honda impresión en Beaumarchais que, el autor de “El barbero de Sevilla” y “Las bodas de Fígaro”, la dejó reflejada en sus memorias, no como sucedió, sino como él la vivió, y fue más tarde inspiración de su obra “Eugenia”. No fue el único. Unos años después el mismísimo Goethe, paradigma del romanticismo europeo, publicó el drama Clavijo, inspirado en aquellos hechos, de modo, si cabe, más fantástico y “romantico”.

                                               *

   Clavijo y Beaumarchais, después del tiempo en el que transcurre esta historia, siguieron sus carreras de éxito y reconocimiento: Clavijo continuará su labor en “El Pensador”, traducirá al conde de Buffon, el famoso naturalista francés, y será nombrado director de los Teatros de los Reales Sitios primero y director del Museo de Ciencias Naturales después. Beaumarchais, fiel a su carácter,  compaginará su labor literaria con la de espía al servicio de Luis XV y Luis XVI. Aventurero por naturaleza, su propia vida será digna de los dramas que escribió.

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EL XIX. DE LA REPÚBLICA A LA RESTAURACIÓN

   Tras la dimisión de Salmerón, fracasados antes los gobiernos de Figueras y Pi y Margall, durante los que el caos se adueña de la Nación, Castelar parece la única opción para enderezar la adversa situación que hiere a España. Fincas incendiadas, revueltas, anarquía en fin, se extienden por Andalucía, Castilla, Extremadura. Su causa: hambre y miseria, fanatismo y revolución. Y mientras el pueblo sufre, los políticos continúan sus tejemanejes.

   La necesidad de amplios poderes para restablecer el orden lleva al Poder Ejecutivo a tomar medidas de carácter muy autoritario. La propuesta de suspender las sesiones de las Cortes hasta el 2 de enero de 1874 es aprobada por la Cámara a mediados de septiembre. Se deja así vía libre, sin interferencias, y con prácticamente poderes de guerra, para que el Gobierno dedique sus afanes a recuperar el orden perdido y salvar la República, ahora, desde el poder, de tipo unitario tras las experiencias segregadoras.

   Enseguida se adoptan medidas tildadas, con cierta injusticia, más propias de una dictadura que de la democracia que se dice defender. Es cierto que se anulan todas las licencias de armas, se suspenden las garantías individuales y, a la prensa se le imponen ciertas restricciones a su libertad. Con la imposición de cuantiosas multas a quienes incumplieran el decreto se prohíbe a la prensa publicar incitaciones a la rebelión contra el Gobierno constituido, defender cualquier acto rebelde o sedicioso o la conducta de quienes estén en armas contra el Gobierno y publicar cualquier noticia sobre insurrecciones, que no hubiera sido comunicada por conductos oficiales, esta última medida suavizada poco después ante la presión que con sus críticas recibe el gobierno por parte de la prensa. “La Independencia Española” comienza así un artículo en defensa de sus derechos: “El señor Castelar, el antiguo demócrata, el que tantas veces ha dicho que con sólo la libertad de imprenta, aunque faltase todo lo demás, había lo bastante para destruir cualquier tiranía y oponerse a toda reacción; el señor Castelar, que tan magníficos piropos ha dedicado a la prensa en sus brillantes discursos; el señor Castelar…”; pero no menos cierto que tales medidas, temporales, y tan injustas diatribas se hacen sobre un hombre con buenas intenciones, que sólo pretende sacar España del atolladero en el que se encuentra. No pasarán muchos meses hasta que se compruebe, con su leal proceder, cuán injuriosas resultan las críticas vertidas sobre su persona.

   El dinero, tan necesario como el poder para mantener la lucha en el Norte y Cataluña contra los carlistas, en Cartagena para doblegar a los cantonalistas, y en las Antillas, donde cunde el ejemplo secesionista de la metrópoli se obtiene con la emisión de empréstitos tanto dentro como fuera de España, aunque nunca en las cantidades precisas para tantas necesidades.

   Porque en el norte los carlistas, con un poderoso ejército, constituyen no el único, pero sí el mayor quebradero de cabeza para la República. Un gran ejército da amparo a las pretensiones de Carlos VII, instalado en Estella y allí, en Montejurra, es donde los ejércitos carlista y republicano se ven las caras a principios de noviembre: un esfuerzo estéril para las fuerzas de Madrid que dará alas a los carlistas que, sin tener en su poder ninguna capital de provincia, sí lograran penetrar en Aragón, Valencia y rondar las puertas de Madrid. Y aún más, establecida por el pretendiente don Carlos una especie de corte en Estella, organizar una eficaz maquinaria administrativa nombrando ministros, tribunales, cobrando impuestos…, refundar la Universidad de Oñate, acuñar monedas con la efigie de Carlos VII y emitir sellos de correos también. Hasta 1876 esta guerra civil no verá su fin.

   Pero estamos en 1873, en los primeros días de noviembre. No tiene bastantes problemas el gobierno de Castelar, cuando llegan desde Cuba muy preocupantes noticias. No, no es la guerra contra los rebeldes que se mantiene en la Gran Antilla, es el peligro de otra contra los Estados Unidos, nación con apetencias sobre la isla, sí, pero también primera, y una de las pocas, en reconocer la República Española. Y es que patrullando en aguas españolas de Cuba la corbeta Tornado avista al Virginius, un vapor norteamericano sospechoso de realizar contrabando de armas a favor de los rebeldes cubanos. Como se resistiera el vapor a las órdenes que se le envían desde el buque español, dispara éste algunos cañonazos que intimidan y doblegan la resistencia del Virginius, que es llevado a puerto, a Santiago de Cuba. Allí, descubiertos miembros de la resistencia, en juicio militar sin consultar con la superioridad de La Habana ni de Madrid, son ejecutadas 53 personas entre rebeldes y pasajeros de nacionalidad norteamericana y británica. El conflicto tiene efectos muy preocupantes y obliga a intervenir directa y enérgicamente a Castelar. Don Emilio  habla con el general Sickles, el embajador de los Estados Unidos en España, le ofrece, contando con el apoyo de la oposición, todo tipo de garantías en la solución pacífica del asunto; telegrafía a Polo de Bernabé, el embajador español en Washington para que ofrezca lo mismo al gobierno norteamericano, y al Capitán General de Cuba la orden de obedecer al gobierno y evitar a todo trance un enfrentamiento armado, letal para la atribulada República española. Y lo consigue: conformes las naciones e indemnizadas las familias de los ejecutados, el Virginius es liberado.

Firma de don Emilio Castelar. Fotografía tomada del libro
España histórica de Antonio Cárcer Montalban. Edioiones Hymsa. 1934.

   Conforme se aproxima el 2 de enero, fecha acordada para un nuevo periodo de sesiones tras la tregua parlamentaria dada al Gobierno, las cábalas sobre lo que sucederá a partir de entonces no cesan. Castelar convencido de que su labor de pacificación y restablecimiento del orden, conseguido sólo a medias, pero con una situación considerablemente mejor que la heredada, le asegurará su permanencia no duda, incluso, en rechazar ─no sólo por ese convencimiento, sino también por su sentimiento demócrata─ la oferta de algún general que le garantiza el poder por la fuerza. Lo sucedido en los meses anteriores son la excepción, la necesidad de una nación en guerra, necesitada de orden, piensa, y así lo dice en las Cortes.

   Al iniciarse la sesión del 2 de enero se suceden los discursos. Una sesión maratoniana que se prolonga hasta la madrugada del día 3,  cuando después de ser derrotado el presidente Castelar en una votación de confianza, los federalistas,  envalentonados, parece que van a ser de nuevo dueños de la situación y con ellos reeditar multiplicados los desmanes que afligieron España antes del orden impuesto por Castelar. Es este temor el que convierte los rumores en realidad.

   Pendiente del resultado de la votación, a las siete y media de la mañana el Capitán General don Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, al conocer la derrota de Castelar, se presenta con sus tropas en los alrededores del Congreso; hace llegar una nota al presidente de la Cámara don Nicolás Salmerón. Conmina el general al desalojo del hemiciclo, y advierte en la nota que de negarse los diputados, será usada la fuerza para que tal suceda. Los siguientes minutos son de gran tensión. Algunos hablan de resistir, ninguno de abandonar su puesto. Es inútil. Entran algunos soldados. Se oyen disparos. Todos salen.

   Aún hay un último intento del general Pavía por mantener la Republica, y también el orden. Castelar ya en la calle recibe el ofrecimiento del poder: lo rechaza, su dignidad se lo impide, contesta.

   Descartado Castelar, el general Pavía, que no quiere el poder para sí, lo ofrece al duque de la Torre, el general Serrano, que aún como presidente del Poder Ejecutivo de la República forma gobierno. En el están, Sagasta, Martos, Topete, Echegaray…, pero no don Antonio Cánovas del Castillo, quien voluntariamente permanece al margen. El 8 de enero de 1874 queda disuelta la Asamblea Constituyente y anuncia el gobierno la convocatoria de Cortes Ordinarias tan pronto sea restablecido el orden y garantizado el sufragio universal libre.

   Se dedica, pues, el general Serrano al conflicto con los carlistas, con resultados mediocres, que dañan su prestigio, siendo Sagasta de facto el alma del gobierno, mientras, el partido alfonsino crece y la población harta de las pesadillas vividas comienza a mirar hacia el exilio donde el joven Borbón crece y ser forma. Sagasta, presidente del Consejo, y también Cánovas saben cuán difícil es entronizar al Príncipe de Asturias en las Cortes. Muchos militares también lo saben.

                                                        *

   A finales de 1874, nada más cumplir los diecisiete años, Alfonso de Borbón, que estudia en el colegio militar de Sandhurst, en Inglaterra, publica un manifiesto. Tras agradecer las felicitaciones por su cumpleaños, vindicarse como único representante del derecho monárquico en España tras la abdicación de su madre la reina Isabel, y señalar la orfandad legal en la que se encuentra la Patria, termina “El manifiesto de Sandhurst” con las siguientes palabras: “Sea lo que quiera mi suerte, ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal”.

   Uno de los generales que sabe cuán difícil es entronizar al joven Borbón es el general don Arsenio Martínez Campos, un militar de convicciones monárquicas. Camino de Ávila, su destino o su confinamiento, recibe un telegrama: "Naranjas en condiciones". Es la clave. Da media vuelta y se presenta en Valencia. El día 29 de diciembre, en las afueras de Sagunto, arenga a las tropas reunidas y proclama a Alfonso XII rey de España. Ganada enseguida Valencia, sin el apoyo de su Capitán General, al que en un tren se despacha hacia la capital de España, se telegrafía a Madrid  dando cuenta del pronunciamiento. Es allí Capitán General de Castilla la Nueva don Fernando Primo de Rivera, que se suma al movimiento. El golpe se consolida.  España ya tiene rey. Alfonso pronto lo sabrá, porque al día siguiente, 30 de diciembre, el principe de Asturias llega a París para celebrar el Año Nuevo con su madre en el Palacio de Castilla. De lo que acaba de suceder don Alfonso recibe aviso: se prepara en su cámara para asistir a la cena y luego a una función de la Ópera, cuando se le entrega una nota. Es anónima, y dice: “Sire: Votre Majesté a été proclamé Roi hier soir par l’armée espagnole. Vive le Roi”.
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EL XIX. LA PRIMERA REPÚBLICA ESPAÑOLA. EL CANTONALISMO

   Apenas han transcurrido tres meses desde que el rey Amadeo saliera de España y se constituyera la Asamblea republicana. Se han celebrado elecciones a Cortes Constituyentes y, como antes, nada más formadas, las desconfianzas y riñas entre republicanos comienzan a sucederse. Federalistas de izquierdas: intransigentes unos, moderados otros; radicales, unitarios temerosos de la desmembración del Estado, todos parecen ser los miembros de una familia mal avenida.

   A la hora de formar un nuevo gobierno Pi y Margall es el encargado de nombrarlo, pero las diferencias entre los grupos lo impiden. Es entonces cuando sucede lo que en términos taurinos conocemos como "espantada". Fracasado el intento de Pi de formar gobierno, piensa éste que es el dimisionario Figueras, al que se le ofrece de nuevo la presidencia, quien tiene que ver en su rechazo; pero a don Estanislao, cansado, contrariado con el comportamiento de don Francisco y muy afligido por el reciente fallecimiento de su esposa, que se ve de nuevo presidente del Poder Ejecutivo, se le presenta el requerimiento como res imposible de lidiar y no tiene mejor ocurrencia que coger los trastos y retirarse, sin previo aviso, a Francia. La sorpresa de la marcha de Figueras, tan grande como se podrá suponer, facilita un nuevo intento de Pí y Margall por formar gobierno que, ahora sí, lo logra. Poco durará su mandato, apenas un mes y ocho días, tiempo en el que España se convierte, si no lo era ya,  en un polvorín. Razones hay para ello.

   Si Pi y Margall no tiene el predicamento de su antecesor Figueras, sus ministros tampoco contribuyen al prestigio del gabinete. Desconocidos la mayoría, Nicolás Estévanez, antes Gobernador Civil de Madrid, es de los pocos con cierto renombre. Ocupa el ministerio de la Guerra, cartera la de este ministerio fundamental en un país enfrascado en dos: contra los carlistas y contra los rebeldes en Cuba. Su nombramiento, no obstante, era el anuncio de un fracaso. El mismo Estévanez cuenta en sus memorias cómo fue votado con tan amplia mayoría en las Cortes, tras la entrevista que mantuvo con don Emilio Castelar en la biblioteca del Congreso. Castelar es el primero en hablar y va al grano:
   ─Las Cortes ven con buenos ojos su nombramiento como ministro de la Guerra; también muchos diputados amigos míos, que esperan mi recomendación; pero yo tengo dudas, no sé qué haría usted en el ministerio si fuese elegido.
   ─Pues miré usted ─contesta Estévanez─, nunca he tenido esa ambición, y como nunca he pretendido ser ministro, nunca he pensado en un programa con el que postularme, así que lo más probable, si insisten en nombrarme ministro, es que no haga en el ministerio absolutamente nada.
   ─Pues entonces ─dice don Emilio─, cuente con nuestro voto.

   Tampoco, una vez nombrado, tiene Estébanez mucho tiempo para arrepentirse de sus perezosas inclinaciones. A los trece días de su nombramiento el general Socias, desde su escaño en las Cortes, acusa al ministro de desertor durante su estancia en Cuba como capitán. El escándalo es enorme y Estébanez dimite. Pocas veces un político cumplió su propósito de modo tan escrupuloso ante quienes le votaron.

   No es sólo la guerra civil, que desde hace más de un año se mantiene con el pretendiente Carlos María de Borbón, que el 16 de julio entra de nuevo en España después de su huída el año anterior ante los avances de general Moriones; son desdicha de la nación española también la anarquía, la indisciplina del ejército, la depauperada hacienda pública(1), el cantonalismo, que se extiende sin cesar por el solar español, convirtiéndolo en una jaula de grillos: Andalucía se declara independiente, Sevilla quiere también ir por su lado,  Málaga también se constituye en cantón y Toledo y Salamanca; Castellón y Valencia  también se pronuncian , y… Cartagena.

   La mayoría fueron de vida efímera, de apenas algunos días; pero en Cartagena la situación pasó a mayores. Éste y el resto de los problemas que España tiene ya no serán de Pi y Margall, que dimite el 18 de julio, sino de don Nicolás Salmerón que hereda tan lamentable estado de cosas. Será por poco tiempo también.

   Proclamado en Cartagena el 12 de julio el Cantón Murciano, los sublevados, a cuyo mando está Antonio Gálvez, diputado del grupo de los intransigentes, toman el ayuntamiento y destituyen al gobernador de Murcia. Sin que nadie lo pueda impedir el general Contreras se presenta en Cartagena. Se pone al mando. Se toman los fortines y castillos de la plaza, el Arsenal con toda la flota, se forma un Comité de Salud Pública, cuyo nombre habla a las claras del sesgo del movimiento. Es éste comité el embrión de un futuro gobierno, que a su tiempo preside Contreras, que parece así desquitarse de no haber sido nombrado ministro en Madrid; y en el que Gálvez, asume la cartera de ultramar y se atribuye el grado superlativo de generalísimo de tierra y mar.

Ayuntamiento de Cartagena
 
   Bien armados, con la escuadra bajo su mando, los sublevados no tienen la intención de permanecer inmóviles. El “generalísimo” Gálvez, con la fragata blindada Victoria arriba a Torrevieja y se apodera de los caudales de la aduana; el Gobierno, qué remedio, declara piratas los barcos en poder de los rebeldes; y no sólo eso,  autoriza su abordaje y captura, a los buques de las potencias amigas. A la lógica de la disposición, habida cuenta la falta de oposición naval a la escuadra, ahora en poder de los cantonales casi toda, se opone el voto de los intransigentes, Roque Barcia a la cabeza, que favorables al movimiento cantonal, además, consideran indigna la autorización dada a naciones que en seis meses aún no han reconocido la República española. Firmes en su propósito los cantonales, tratan de aparentar lo que no son: se incautan de cuantos objetos de plata pueden y fundida toda, emiten sus propios duros de plata; llevan impresa la leyenda: Revolución Cantonal.

   Irreductibles los cantonalistas, sus barcos prosiguen las escaramuzas. El general Contreras, ministro de Marina también, mientras Gálvez toma el camino de Orihuela con intención de saquearla, inicia una loca singladura. Con las fragatas Victoria y Almansa bombardea Almería y exige el pago de contribuciones antes de continuar su derrota hacia Málaga; pero pronto se ven acechados por buques alemanes, franceses e ingleses. Rondan aquellas aguas la fragata prusiana Friederick Karl y la británica HMS Swiftsure, que mejor gobernadas dan cuenta del vapor Vigilante. Más tarde también de la Victoria y la Almansa, que son llevadas a Gibraltar, dejando libre al general Contreras.

   Pese al éxito de los generales Pavía y Martínez Campos, llamados a escribir muy pronto sonoras páginas de la historia, reduciendo los cantones de Sevilla y Valencia, la indisciplina en el ejército sigue siendo asunto preocupante. A Salmerón, hombre cultísimo y de gran prestigio, la objeción de su conciencia le impide firmar unas condenas a muerte a las que habían sido sentenciados unos desertores del ejército, y antes de confirmarlas lo que firma es su propia dimisión como presidente de Poder Ejecutivo. Es el 7 de septiembre. Como Pi y Margall antes que él, tampoco ha logrado mantener su gobierno ni dos meses.

   Tras varios intentos negociadores fallidos, el gobierno, ahora bajo la presidencia de Castellar, envía a Cartagena los pocos barcos que quedaron en su poder más los incautados a los rebeldes. Aunque la oficialidad es buena, la mayor parte de los barcos a cuyo mando se ponen son pocos, de madera y muy antiguos.  En realidad poco más que unos corchos flotando en el mar que poca resistencia pueden oponer a la flota rebelde, por mal mandada que pueda estar. Presentes los barcos del gobierno frente a las aguas de Cartagena, la flota cantonalista se hace a la mar con intención de romper del bloqueo. Se intercambian disparos y al fin la batalla queda en tablas: los rebeldes vuelven a Cartagena y los leales a Gibraltar. Reducida Murcia, sólo la plaza de Cartagena resiste. En condiciones cada vez más precarias, pero fortificados y realizando algunas escaramuzas navales sobre puertos en los que conseguir suministros y vituallas, iría el Cantón entre bombardeo y bombardeo languideciendo hasta su rendición final.

   El 8 de septiembre el nuevo presidente de Poder Ejecutivo nombra sus ministros. Ha vencido en las votaciones a Pi y Margall, el federalista que, como en anteriores ocasiones, incluso en la que siguió a su propia dimisión, ha luchado por la presidencia. Muy criticado por sus fracasos al frente de los ministerios o la presidencia puestos a su cargo, Pi es un idealista carente de pragmatismo. España, si algo queda de ella, con un dueño al Norte, varios al Sur y al Este, sin recursos, necesita un hombre de Estado y los diputados, ya los intransigentes muy reducidos, ve en don Emilio Castelar el único camino que seguir. Carente del sectarismo del que hicieron gala sus antecesores, trata de restablecer el orden con autoridad, imponer la disciplina en el ejército, contener los afanes separatistas, los avances carlistas, cesar en la política antirreligiosa y, en resumen, pacificar los campos y ciudades de España. La Republica cambia de signo, pero sigue viva. Pero para llevar a cabo su plan hacen faltas dos cosas: más poderes y más dinero.

(1) Las necesidades de financiación eran perentorias. Se pone la esperanza en la obtención de un empréstito de los Estados Unidos de 1.500 millones de pesetas, ofreciendo las rentas de Cuba de los siguientes veinte años entre otras concesiones, pero finalmente el negocio no se formalizará. 
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